lunes, 28 de junio de 2010

SIN TITULO (X)



X


Nicolás lo supo desde un principio. Me vino a ver a mí que escribo este relato. Quién sabe cómo se enteró que quien había puesto unas trampas en su computadora era yo mismo. Me tomó de sorpresa porque no dejó suelto ni un sólo indicio de que estaba sobre la pista, jamás lo adiviné.

Se enteró por boca de una amiga en común. ¿Quién podría estar detrás de esto sino alguien que lo sigue a sol y a sombra y que publica lo que él hace a cada momento, quién sino yo estaría vigilando sus movimientos y habría incluso hackeado su computadora para que la cámara web mostrara sus movimientos sin que él siquiera lo sospechara?

Pensé que vendría a verme furioso pero no fue así. Estaba muy tranquilo y hasta una mueca de diversión se escurría por la comisura de sus labios, satisfecho de haber descifrado el enigma, de haber descubierto la trama, el secreto hilo que conducía al ladrón de su paz por estos meses que duró la persecución.

-Entendeme, estoy preparando una tesis para el final de mi carrera -argumenté inquieto ante su mirada.

-Sos basura, sos una mierda, tenés que entender que eso no se hace -me dijo.

-Estaba a punto de terminar los objetivos que me había propuesto, faltaba muy poco. Estuviste muy bien, me siento traicionado por la gente de mi confianza, me han dejado en ridículo.

-Es lo menos que te merecés. Buscate un robot y no personas para jugar al titiritero, idiota -dijo Nicolás, y dio media vuelta y se fue.

Quedé atónito, furioso ahora yo por el ridículo de la situación, y por que no esperaba un desenlace así, el plan era ir personalmente y explicarle lo que había estado haciendo y por qué. Ahora deberé presentar el trabajo a medias, sin terminar; ya no podré decirle que todo esto lo estaba haciendo para lograr el maldito título de una vez.



FIN

jueves, 24 de junio de 2010

Amigos

Fumaba en el balcón y caminaba de aquí para allá nerviosamente como respondiendo a la luna furiosa de amarillo todo eso que daba vueltas en su mente. Discutía con ella, la increpaba, la insultaba. Quería cortar su rostro, si tuviera un cuchillo a mano lo habría hecho. Pero tenía que llegar al cielo, llegar hasta ella que pretendía ser una mujer encendida, una heroína fuera de cuadro, toda hermética en su armadura, toda lejana.

Entró. Se dispersó en algunas tareas sin sentido pero seguía caminando de aquí para allá, buscando algo difuso, algo etéreo y transparente como el humo de su cigarrillo, como el cigarrillo que fumaron juntos a medias, a bocanadas, a quemarropa.

Tecleaba unas palabras, y seguía con sus tareas, seguía de aquí para allá, ahora cortaba para sus hijos unas letras del periódico, ahora escribía en su computadora, llamaba la atención de sus amigos escribiendo frases que se leian igual de atrás para adelante que de viceversa para atrás. (Idiota, me hace equivocar).

Lo observo tranquilo, lo dejo actuar, hacer su teatrito infantil y absurdo, lo llamo por teléfono porque él no sabe de mi, no tiene idea de mi presencia, prefiere ignorarme y seguir caminando de aquí para allá, en una mueca absurda y aburrida, en un histérico movimiento perpetuo y circular.

Ahora llama por teléfono y este de aquí a mi lado hace un sonido sencillo y me queda claro que es a mi a quien llaman.


García Be

viernes, 18 de junio de 2010

SIN TITULO (XIX)


XIX


Empezó a notar el frío y a mitad de cuadra había una farmacia abierta a cualquier hora de la noche. Pensó comprar un tranquilizante para dormir, cosa que hacía días no estaba haciendo reposadamente, sin sobresaltos, sin temer que su mundo se viniera abajo, sin pensar en su ahora ex-amigo que lo seguía a cada paso, que vigilaba sus movimientos en principio en internet, pero seguramente también en la otra vida, en la vida real.

El farmacéutico era una persona conocida del barrio, amigo de todos, muy querible que siempre tenía un remedio para casi todos los males, exceptuando los del corazón, aunque también a veces ofrecía algunas tisanas para los pobres tipos como él, enfermo de traición y abandono. Detrás suyo, y para su desgracia, entró un hombre andrajoso y sudado que se puso a caminar de aquí para allá dentro de la farmacia mientras lo atendían a él. Quiso irse, pero fue justo ahí cuando mencionaron su número, no había más remedio que comprar.

-Qué necesitás Nicolás? -preguntó Ramiro, el farmacéutico.

-Hola, mirá, algo que me tranquilice y pueda dormir a la noche -dijo él, seguro de lo que pedía.

-Tengo un te de esa marca que ves ahí, fijate.

-Sí, algo así ando buscando, nada de pastillas sofisticadas.

-Fijate eso, mirá tranquilo mientras atiendo al señor -dijo el hombre dirigiéndose al personaje que todavía caminaba dando pasos de militar, haciendo media vuelta ¡mar! cada vez que llegaba a la vidriera y no le quedaba espacio.

Nicolás se hundió en la lectura de diez envases diferentes de tés para tranquilizarse, para dormir, para despertarse a tal hora, para sosegarse, para humedecer los labios, para todo tipo de males. Todos envueltos en estricto papel celofán con una presentación envidiable. Le recordaba cuando miraba artículos de computación días atrás, todos con código de barras. Miraba de reojo al comprador afortunado que estaba comprando mientras él miraba cartelitos, y ya casi se iba. Prestó atención y no, el otro no compraba. Le dieron un papel con algo escrito y se fue.

¿Por qué aquel sujeto tenía también ese misterio encima como atacándolo, como acechándolo, y se llevaba algo que seguramente tenía que ver con él. Acaso el farmacéutico ya había dicho qué estaba buscando Nicolás. Todo se sabía ahora, todo. Eligió cualquier té, alguno que le aliviara el sueño, que le prometiera un descanso reparador, y un despertar en otro país, pero eso no había. Solo lo primero, un buen descanso, y a seguir al otro día con sus pequeños problemas, mitad inventados mitad reales.

miércoles, 16 de junio de 2010

SIN TITULO (VIII)


VIII


En el supuesto caso que supiera tocar la guitarra iría a comprarse una como la de vidriera pero el problema es que no sabía, entonces no había caso, no había supuesto, no había guitarra. Siguió de largo hasta la próxima vidriera que vendía camisetas de rock y le llamó la atención una de los Sex Pistols, que le recordaba las andanzas de su padre que visitó Londres únicamente para estar cerca de ellos cuando todavía eran una banda. Se la compró a su padre. Le va a gustar pensaba mientras pagaba en la caja.

Era una banda la que estaba detrás de aquella significativa angustia suya. Desde luego que había más de una persona y que su amigo y ese personaje del sobretodo eran los brazos ejecutores de aquella fantasmagórica lucha. ¿Ella también estaría en la organización? ¿Acaso estaba en esa plaza por pura casualidad, o había ejecutado también parte de aquella partitura macabra?

Sentía que estaba exagerando, que de ninguna manera podría estar ocurriendo semejante locura. Intentaba distraerse, mirar el cielo, revisar los árboles en busca de pájaros que lo hicieran sentirse un ave, un poco más liviano. Podría ser cierto que todo fuera una gran fantasía suya, y que las personas a quienes estaba juzgando nada tuvieran que ver, pero su presencia le molestaba, su cercanía lo llenaba de angustia y se sentía defraudado y molesto por aquella situación. ¿Qué más podía sentir?

Ella no. Aquella suavidad en el rostro, aquella brillante mirada enmarcada por esos enormes ojos verdes estaban fuera de esta película, acá el único cachivache era él, con sus terribles fantasmas. Ella estaba en otra historia, en una de esas que llenan salas y que tienen un feliz final con atardeceres enamorados. Tal vez sabe ella tocar la guitarra. ¿Con quién habría tomado clases? ¿Será diestra? Recordaba su amigo zurdo que tenía dolorosos ejercicios para cambiar de mano y sufría en cada canción, sufría con cada acorde especialmente los de los tonos más altos.

sábado, 12 de junio de 2010

SIN TITULO (VII)


VII


En su barrio se escuchaban sonidos de fanfarria, había un acto en la plaza cercana. La banda de música local estaba celebrando sus 40 años a todo trapo, tocando canciones de hace unos 50, pensaba Nicolás. Así se fue arrimando tal vez para distraerse, tal vez para entonar alguna, la que siempre le había gustado era Febo Asoma. Pero tuvo una muy grata sorpresa: ahí estaba ella. Era una chica que había ido al acto acompañada por desgracia, pero a él no le importaba en absoluto, solo quería observarla, mirarla de cerca y que ella lo mirara aunque sea una vez. Tenía una mirada cálida y dulce, entibiaba la fría mañana de invierno con su bufanda violeta y su abrigo blanco.

Se fue olvidando del acto, de la fanfarria y de los metales, era todo oídos y ojos para ella. Se acercó hasta casi rozarla, intentaba ser nadie en ese momento que ella ni siquiera supiera que él estaba ahí. Quería borrarse, ser un hombre invisible para estar cerca, sentir su respiración, su aliento, su calor de cerca, el aire de su nariz. Estaba fascinado, y observaba también al que estaba ahí atrás, que hablaba con ella, que le sonreía, que le hacía chistes (estúpidos) y que iba muy mal vestido.

Llegaron algunas tropas en desfile militar, por un momento tuvieron que moverse unos metros, Nicolás observó solamente quedar cerca de ella y que nadie lo notara. Estuvo así, soportando el sol justo encima de su cabeza, y a pesar del frío le resultaba bastante molesto, pero era capaz de aguantar todo eso y más. El desfile se desarrollaba y todos prestaban atención al paso marcial, estaban muy entretenidos con las armas al hombro, las armas en los brazos, las armas entre las piernas, todo resultaba perfecto en una mañana de celebraciones y cantos. Hasta ahí había llegado él, sin pensarlo siquiera, sin estudiar quizás consecuencias, ni nuevas heridas.

-Qué hacés boludo! -dijo el chico que la acompañaba.

-Uy disculpá, te pisé -contestó Nicolás dirigiéndose directamente a ella.

No lo podía creer. Lo peor estaba pasando, lo peor y lo mejor. Por un lado la veía esbozar una sonrisa débil y también mezclada de bronca por el pisotón que debió doler ese día y por otro le estaba dirigiendo la palabra. Se sintió el tipo más estúpido. Quiere hablar con alguien y lo hace pisándole el pie, no se podía ser más idiota. Y aquel infelíz haciéndose el valiente, pedazo de basura, te rompería la nariz con el zapato -pensaba, gimiendo, y haciéndose callar para no embarrarla más.

Ambos se corrieron unos metros y ya no la veía a la cara. Debería saber volar, se decía, podría elevarme unos metros y ubicarme justo encima de ella a pocos centímetros, para observarla, decirle cosas, acariciarla. Pero la realidad estaba ahí, azotándolo otra vez. Cerca suyo el sujeto del sobretodo gris estaba simulando una actitud de observador del acto, pero era claramente una advertencia hacia él. Lo miraba de reojo, lo espiaba, estaba estudiándolo. El estaba solo, se sentía en medio de un drama inexplicable y escandaloso. ¿Dónde terminaría con su paranoia? ¿A quién contarle lo que le estaba pasando y que no lo juzgara como un buitre en busca de sangre?

jueves, 10 de junio de 2010

Una mañana de invierno


A mi amigo
Carlos Sarra




Andrés subió al ascensor a media mañana, llevaba facturas para el mate y estaba contento porque lo estaban esperando. Era una entrevista de trabajo pero conocía a todos los que había allí en esa oficina.

Era un lugar amplio con ventanales enormes, un tercer piso radiante de modernidad y espacio. Llegó a la oficina, algo nervioso golpeó la puerta y entró sin esperar. Sentía la presión del sistema de calefacción que se hacía notar y por suerte era así, allá afuera la sensación térmica apenas rozaba el cero grado.

Un televisor también enorme de plasma recordaba que era época de espectáculos deportivos excepcionales. Nadie quería perderse el combate entre la pulga de Río Cuarto y el enano ese del gran País del Norte.

Bueno muy bien -se dijo- todo sea por un trabajito- y se sentó frente al televisor a esperar, pero se ocupó muy bien de no levantar la perdiz. Quería pasar desapercibido, que lo atiendan en media horita. Observaba con detalle el lugar. Había perchas plásticas por todos lados, claro, era una fábrica de diseños y evidentemente estaban trabajando en algo así. Pensó en colgarse de una. Pero no como un suicidio o algo así, sino más bien para esperar. Dijo: ¿y si me cuelgo? ¿Se les habrá ocurrido inventar una cosa semejante, como para poner una persona en lista de espera, o para secarse al sol, o guardarla en un vestidor?

Debería ser muy resistente, soportar más de ochenta kilos, tener un interior de acero o similar. Una música de reaggae lo sacó de su letargo, se levantó de la silla, se dejó caer pesadamente en el mostrador y dijo:

-Hola, ¿me atienden?


García Be

martes, 8 de junio de 2010

SIN TITULO (VI)


VI


Cerró su ventana del chat. Deseaba no volver a abrirla jamás. Su experiencia reciente le dejaba un sabor amargo en cualquier actividad de internet. Especialmente cuando su amigo aparecía, su nombre, su apodo, cualquier referencia suya era motivo de amargura, de temor desmedido. Estaba arrepentido de haberlo confesado, y presisamente a él, de modo que ahora el protagonista de su sufrimiento estaba enterado, sabía de su desesperación. Había cambiado definitivamente su relación con internet. Un milagro hacía falta para que volviera la normalidad.

Consultó el estado del tiempo, quería salir a trotar por el parque. Era la única actividad que le permitía desconectarse, sacar renovadas fuerzas para pensar y olvidarse de sus problemas. En el parque había WI-FI, pensaba. Podría llevar un equipo y conectarse allá pero mejor no, mejor salia a correr, después de todo ese era el plan.

Había un frondoso bosque donde quería correr entre los árboles, exigirse, hacer piques cortos, tomar sol y saltar algún cerco. Era lo que más le agradaba, la sensación de estar cruzando algún límite no del todo permitido, era fantástico para Nicolás, siempre lo estaba haciendo. Recordaba cuando con su amigo frecuentaban el cine condicionado y no tenían mayoría de edad. A veces los dejaban entrar porque, o bien simulaban una edad mayor o bien le daban una generosa propina al de la puerta. Las películas aquellas eran en su mayoría brasileñas y estaban llenas de mujeres desnudas. En el cine de su época había pocas películas condicionadas demasiado obscenas, tan solo insinuaciones, misterio, erotismo. Era como saltar un cerco de 100 centímetros. Era algo divertido que compartía con su amigo cercano, a quien estaba siempre contándole cómo le iba en la vida real tratando de simular esas situaciones tan extrañas que veía en el cine. Una vez quiso llevar una chica al parque ahí donde estaba ahora, intentando repetir una escena de la película donde la chica se entrega bajo una florida selva, un impenetrable bosque del norte. Fue divertido hasta que la mujer se alejó saltando también ella los cercos que encontraba a su paso.

Ahora buscaba contraseñas, otros límites que sobrepasar. Quería encontrar la clave de su amigo, intentaba franquear la entrada del correo de Ricardo, pero sin éxito. El sistema le denegaba el acceso por muy complicado que fuera el algoritmo con que lo intentaba. Las palabras, las combinaciones de números y letras eran inútiles, era imposible conseguirlo. Pensaba que así descubriría cualquier intento de violentar su información. Quería encontrar en la agenda de su amigo algún contacto que revelara para quién estaba trabajando secretamente y en su contra. Su amigo era un experto también y seguramente no regalaría la contraseña de acceso a cualquier extraño que pretendiera ingresar combinando algunos números sencillos de la fecha de nacimiento o similares. Había puesto una clave bien difícil y Nicolás desistió en su intento. Era un límite que debía respetar. Mientras no tuviera pruebas fehacientes, por respeto a su juventud, tendría que olvidarse de la posibilidad de ingresar en ese correo.

sábado, 5 de junio de 2010

SIN TITULO (V)


V




Nicolás buscaba algo de paz llevando a su sobrino a la plaza. En el sube y baja pensaba en aquello que lo torturaba, era difícil concentrarse en su tarea diaria. El equilibrio se había perdido. A su alrededor habían otras personas caminando, haciendo quién sabe qué, él jugaba con su sobrino en el sube y baja, qué difícil mantener el equilibrio, de eso se trataba y cada vez se hacía más complicado. Su suerte estaba echada, todo a su alrededor estaba muy tensionado, muy desequilibrado, esa era la palabra.

Tensión. Su muñeca había perdido la calma, sentía dolor ahora, sus últimas sesiones en la máquina lo habían dejado exhausto. Buscaba aquí, allá, alguna respuesta, alguna solución, sus dedos estaban entumecidos, prefería el teclado y no el mouse para trabajar, pero en esta ocasión hacía uso de ambas cosas a la vez. En su teléfono móvil también escribía con desconfianza. Ahí tal vez nadie lo estaría espiando, nadie estaría mirando su actividad secretamente. Se podía comunicar por teléfono. ¿O no? Y esta persona que se acerca ahora lo llena de temor. Viene demasiado abrigado, parece más bien alguien que busca pasar desapercibido, alguien que busca el anonimato.

-Hola, es usted del barrio -pregunta el hombre algo mayor.

-Sí, qué tal, quién es Usted? -interroga Nicolás.

-Nadie, no me conoce, estoy de paso aquí busco una casa de computación, me dijeron que a la vuelta de la plaza había una.

-Si, mire ahí enfrente. Esa del cartel descolorido.

-Ah, gracias, con razón no la vi. -El hombre parecía ahora algo nervioso. Sin embargo Nicolás no se percataba de esta nueva coincidencia.

-Y qué anda buscando, a lo mejor le puedo ayudar.

-No creo, ya fue suficiente. Ese dato me sirve. Gracias.

Se marchó rumbo al negocio de computación que estaba en frente de la plaza. Nicolás, algo confundido, decidió seguirlo, ahora bastante inquieto quería saber si era cierto. Agarró del brazo a su sobrino y cruzó detrás del hombre. Algo se le ocurriría, algo iba a inventar para salir de una situación algo incómoda.

Entró al negocio, hizo sonar una campanilla electrónica, y se puso discretamente a mirar las estanterías, pero estaba claro que no veía, solo escuchaba la conversación de su reciente interlocutor. Él conocía al vendedor. Después podría preguntarle pero prefería escuchar por él mismo de qué se trataba. Sentía el aire cortarse, podía sentir el vuelo de una mosca si quisiera. Su sobrino le hacía preguntas, y le pedía cosas, pero él lo dejó entretenido con un juego electrónico de los estantes más bajos.

Nicolás estaba aturdido. El hombre llevó un teclado inalámbrico, eso era todo, pero para él había algo en su mirada, en su sobretodo gris plomo que lo hacía sospechoso. ¿A qué oscura organización pertenecería este sujeto que le dirigía miradas extrañas a él? ¿O sería todo producto de su imaginación? ¿Hacia donde se dirigía aquel hombre? Tomó para el este, para el centro. Salió detrás, a pocos metros, con su sobrino de la mano, intentando disimular. Tuvo que frenar en el semáforo y dejar pasar una abuelita que caminaba con dificultad. El hombre entró en un consultorio y Nicolás tomó nota de la dirección. Había abierto un "expediente" decía, en su cuaderno de notas. Iba a llevar un minucioso registro de todos los incidentes de este tipo que tuviera que enfrentar. Tal vez así descubriría alguna conexión y lograra desbaratar esa red.

jueves, 3 de junio de 2010

SIN TITULO (IV)


IV



Nicolás se sentó en el bar cerca de la ventana y miraba hacia afuera curioso del taxi que recién frenaba en la calle y del cual se bajaba alguien muy apurado tanto que apenas si alcanzaba a tomar el vuelto que le pasaba el taxista. Empezaba a caminar casi correr hacia el bar cuando se acordó de algo que se olvidaba en el taxi, y se volvió a los gritos haciendo señas con sus manos para que el chofer frenara. Lo alcanzó, y abrió la puerta rápido. Se olvidaba una notebook. Mucho dinero -pensó Nicolás- mucho más si cae en manos inadecuadas.

Ricardo demoraba. Esto lo impacientaba a Nicolás que solamente podía sumergirse en sus pensamientos de espías y traiciones. Pidió un café, con una medialuna. Mientras el mozo se alejaba la vista lo siguió y terminó justo sobre un televisor que pasaba imágenes de una película de los ochenta, nada menos que Sin Salida o No way Out, inquietante film acerca de la libertad y los espías tecnológicos y nada menos que en el área de los militares estadounidenses. Él la recordaba pero su mente hoy no podía disfrutar del cine, y menos de esta película que tantos recuerdos le traía.

Volvió a la ventana. Algo debería encontrar ahí. Su amigo Ricardo no aparecía. Alguien apoyaba su bicicleta en la pared de la vereda opuesta, el chico se bajaba y desconectaba el móvil que llevaba atado a sus oídos y se disponía a cruzar hacia el bar. Traía un mensaje.

-¿Usted es Nicolas? -preguntó el cadete.

-Si, soy yo. -contestó él, adivinando que su amigo ya no vendría.

-Me manda Ricardo, quiere decirle que por favor lo espere una hora, que está demorado en la lavandería.

-Ah, está bien, decile que no hay problema que yo lo espero. -contestó Nicolás mirando a los ojos del muchacho.

-Chau. -dijo el chico y se fue, casi corriendo hasta su bicicleta.

Ricardo no vendrá. Estaba seguro y esto lo preocupaba aún más, estaba completamente convencido de la traición de su amigo, el lo estaba siguiendo en sus actividades en internet. Como resultado, él se pasaba muchas menos horas conectado. ¿Esa sería su intención? ¿Alejarlo de internet hasta lograr que sintiera terror? Su mensaje había sido más que claro. Hagas lo que hagas, yo estoy mirando, estoy controlando tu actividad, puedo seguir la línea de tu pensamiento, puedo navegar en tu mente y sin escritorio. Todo lo que hagas, digas, busques, escribas, va a terminar guardado en un historial de mi máquina, todo.

Fantástico. Va a necesitar un disco rígido bien grande ese sorete. Ya va a ver con cuánto lo voy a torturar. Eso tengo que hacer, multiplicar mi actividad, distraer, confundir, voy a buscar infinidad de temas, voy a recorrer todos los foros escribiendo todas las boludeces posibles, voy a descargar todas las películas posibles, ¿tanto espacio va a tener para guardar toda esa actividad? Imposible.