viernes, 23 de marzo de 2012

Un árbol frondoso

Aquella mañana, trepado a su árbol preferido, mi amigo Julián cantaba con voz de hincha de fútbol todas las canciones que había aprendido en la cancha cuando lo llevaba su abuelo.  Y las sabía todas, no le hacía falta anotarlas en absoluto, las conocía de primera mano, de la popular, ahí donde lo llevaba el viejo, que había sido jugador de fútbol del club de barrio y ahora ya no estaba para verlo festejar.

Había crecido, ya no era el mismo ni era un niño.  Pero seguía subido al árbol, recordando viejos tiempos, aquellos años de infancia con su grito ahogado de emoción y lágrimas por su abuelo, por el fútbol, por el árbol de la infancia que ya no estaba frente a su casa, sino frente a la casa que sus padres vendieron muchos años atrás.

Todo el vecindario conocía la afición de Julián y su abuelo.  Era buen jugador.  Jugaba en el medio de la cancha, controlando todo, dando órdenes y armando el equipo.  Cuando hacían un gol, su festejo era tranquilo, normalmente los dejaba a los otros más efusivos y calientes.  Él prefería volver a su lugar con una sonrisa en la cara -eso sí- pero no iba a la montonera, no se permitía demasiado expresar sus emociones.  Sus amigos, sus compañeros del club lo gastaban por esto. Le decían: "¡dale puto, qué hacés que no festejás los goles, somos tus amigos, tus compañeros, qué te pasa loco!".  El les explicaba que estaba bien, que la próxima vez lo haría.  No había manera.   La próxima vez iba, le daba una palmadita al que estuviera más cerca y se volvía como siempre a su puesto a esperar el saque del medio del campo.

Pero le gustaba subirse a los árboles a gritar.  Ahí si.  En aquella frondosa copa se escondía y festejaba a lo grande.  Miraba por encima de todos, observaba la cancha si quería.  El árbol estaba en la pared lindera del club y si trepaba lo suficiente alcanzaba a ver el partido tranquilo.  Ahora,  ya no jugaba como antes, no le importaban demasiado los resultados, pero sí agradecía que su árbol de la infancia, frondoso, verde y maternal, estuviera ahí todavía para cobijarlo y darle color a su tristeza.