jueves, 26 de julio de 2012

Crudo

"¡Ah bueno! Con los amigos no.  Con los amigos no te metas maldito estafador."
Matías comía su manzana recordando las palabras de aquel conocido suyo que le traía a la memoria a su padre cuando se ponía a darle consejos absurdos y supuestamente bien intencionados.  El quería marcharse de aquel lujoso estadio de fútbol y comenzar una nueva vida alejado de los rumores de infidelidades y acoso sexual en que se había visto envuelto la última temporada.

Temblaba.  Sentía frío, y claro, las ventanas estaban abiertas y el maldito aire polar se colaba asechándolo y entumeciendo sus manos que pedían a gritos unos guantes para pasar el invierno.  Su mirada vagaba insegura en torno a las fotografías que había colgado en las paredes del estadio.  Viejas glorias del fútbol local, en curiosas imágenes blanco y negro donde habitualmente aparecían viejos vecinos de la zona formando el equipo  antes de salir a la cancha, o también las de algunos osados y atrevidos esposos que celebraban su boda en el S.U.M. del estadio.

Hasta allí se dirigío Matías.  Pensaba llevarse de recuerdo algún souvenir, una foto o algo que encontrara por ahí y que pudiera ocultar entre sus ropas.  Amaba ese club.  Había nacido a pocas cuadras y de niño había pasado las tardes recorriendo el estadio que demolieran años después.  Ahora, con treinta y pico de años, no estaba para hacerse el pendejo.  Sabía lo que quería.  Era hora de retirarse, de calmarse, de comenzar una nueva vida, de ordenarse un poco como quien vuelve a recorrer un viejo barrio y busca al amor verdadero en cada una de las casas y se reprocha haber dejado una casa sin visitar, sintiendo que ahí justamente habría estado esperándolo, pero en su infinito desorden, lo había dejado pasar.  ¿Qué le pasaba?  ¿El hablando de amor verdadero?  Era inaudito.  Solo debía interesarse por su trabajo y por su casa en construcción.  Su carrera en el fútbol local estaba acabada, los rumores no hacían más que empeorar su variada lista de metidas de pata colosales, de las que salía normalmente sangrando o echando fuego como un desesperado animal bajo amenaza de muerte.

miércoles, 4 de julio de 2012

Sereno y tranquilo

En otro dormitorio contiguo al suyo, Martín tenía escondida la treinta y dos con la que terminó para siempre con los problemas de su vida.  Así lo sentía él, acurrucado en su sillón, terminando un vaso de vino con aquellos maníes salteños que conseguían en un almacén único del barrio.  ¿De dónde los sacaban?  ¡Eran sencillamente espectaculares!  Sin embargo, se sentía sólo.  Estaba solo.  Él y su secreto, bien guardados.

Al momento de esconder el arma no había considerado siquiera las medidas de seguridad aprendidas en la escuela de tiro.  Estaba bien donde estaba, encima del placard de la habitación, bien a mano por si se presentaba la ocasión de usarla en su defensa o en defensa de su familia.  Siempre con una bala en la recámara y con el seguro colocado, pero fuera de su estuche.  Al alcance.  Estaba contento.  Por fin su problema había concluido y todo gracias a esa pistola calibre 32 que había utilizado con tanta precisión.  Es que el maldito se lo merecía.  ¡Qué tenía que decirle a él cómo hacer las cosas!  Está bien, es normal que en tu trabajo te digan como hacer la tarea, pero ¿había necesidad de hacerlo humillándolo?  Seguro que no.

Había entrado esa mañana en la oficina del jefe y le había apuntado directamente a la cabeza, sin miramientos, y sin decir una palabra le había disparado silenciosamente, aquella bala mortal.  El hombre quedó desparramado en el suelo dejando un espantoso cuadro de sangre y vísceras por el piso y la pared completamente sucia.  Después, un regreso tranquilo sintiendo una calma extraña, un alivio desconocido y largamente buscado, inolvidable y sucio, pero intenso.

El desenlace era previsible.  No quería que su crimen quedara impune.  Si la investigación no conducía a él por algún motivo, se encargaría igualmente de guiar a la justicia para llegar a la verdad.  Quería pagar por lo que había hecho.  Pensaba en la mujer de aquel hombre mayor, en los hijos y en los familiares directos.  Pensaba en su soledad, la sentía en el pecho como una brasa caliente quemando por dentro, y pensaba en aquel cuadro lamentable que habían dejado los dos en la oficina de su jefe.  Pero estaba tranquilo y sereno,  confiando -¿por qué no?- en la justicia.