jueves, 10 de junio de 2010

Una mañana de invierno


A mi amigo
Carlos Sarra




Andrés subió al ascensor a media mañana, llevaba facturas para el mate y estaba contento porque lo estaban esperando. Era una entrevista de trabajo pero conocía a todos los que había allí en esa oficina.

Era un lugar amplio con ventanales enormes, un tercer piso radiante de modernidad y espacio. Llegó a la oficina, algo nervioso golpeó la puerta y entró sin esperar. Sentía la presión del sistema de calefacción que se hacía notar y por suerte era así, allá afuera la sensación térmica apenas rozaba el cero grado.

Un televisor también enorme de plasma recordaba que era época de espectáculos deportivos excepcionales. Nadie quería perderse el combate entre la pulga de Río Cuarto y el enano ese del gran País del Norte.

Bueno muy bien -se dijo- todo sea por un trabajito- y se sentó frente al televisor a esperar, pero se ocupó muy bien de no levantar la perdiz. Quería pasar desapercibido, que lo atiendan en media horita. Observaba con detalle el lugar. Había perchas plásticas por todos lados, claro, era una fábrica de diseños y evidentemente estaban trabajando en algo así. Pensó en colgarse de una. Pero no como un suicidio o algo así, sino más bien para esperar. Dijo: ¿y si me cuelgo? ¿Se les habrá ocurrido inventar una cosa semejante, como para poner una persona en lista de espera, o para secarse al sol, o guardarla en un vestidor?

Debería ser muy resistente, soportar más de ochenta kilos, tener un interior de acero o similar. Una música de reaggae lo sacó de su letargo, se levantó de la silla, se dejó caer pesadamente en el mostrador y dijo:

-Hola, ¿me atienden?


García Be