miércoles, 18 de abril de 2012

Quería vivir ahí

La mente tiene esas extrañas ideas que te complican la vida unas veces y otras que tal vez te sacan de apuros.  El caso es que mi amigo Verardi un día decidió quitarse la vida subiéndose a un edificio lindero al hospital psiquiátrico del barrio, para desde allí tirarse al suelo, eran unos cuatro o cinco pisos más o menos.  Digamos que las posibilidades de matarse eran cincuenta y cincuenta, quiero decir, uno ve la altura y dice sí, desde acá te matás pero en realidad no lo es tanto.  Hay posibilidades de quedar vivo y mal herido... y eso sería fatal.

Verardi quería hacerlo bien, pero el ahorcamiento le parecía espantoso, no había forma que se confundiera con un accidente.  Y armas no tenía, le producían un escalofrío de solo verlas.  En cambio la caída era diferente, uno puede hacer pensar que tropezó y se cayó.  De modo que no estaba en sus planes dejar carta alguna, simplemente quería suicidarse de manera segura incluso al punto de confundir a la policía, a los medios y al juez.  Eso le seducía. Confundir, despistar al juez aunque sea en aquel último acto inútil y cobarde de tirarse al vacío.  Como un tiro de gracia hacia la cordura de la gente que deposita en un modesto juez la razón de ser de su vida, la justicia en el mundo y en las relaciones.  Una atroz locura, una singular estupidez de la que él, por supuesto, estaba asqueado.

Pero muy por el contrario, subido al cuarto piso, Verardi vio el patio de aquel hospicio para enfermos mentales y sintió un extraño alivio en su mente, como si por fin hubiera encontrado la paz.  El quería vivir ahí.  Era su sueño.

viernes, 13 de abril de 2012

La izquierda

Eduardo trabaja en la pensión de Elsa.  Corre las cortinas en la mañana, deja entrar la luz y barre el piso de las habitaciones, ordena los cuartos que tiene a cargo, que son cuatro, y saca a pasear el perro, un gran-danés del tamaño de una locomotora que tiene el andar lento y la orina fuerte por los golpes y la vejez.

Eduardo tiene una mueca de dolor permanente a causa de su muñeca izquierda, mal curada después de la operación a la que fue sometido a raíz de un accidente, por eso le duele terriblemente algo tan sencillo como pasear al perro y no tiene más remedio que hacerlo, si no lo castigan.  En la pensión tienen reglas estrictas para la gente que se hospeda y reglas crueles para los que trabajan ahí.  Reglas crueles que no termina de entender.  Reglas siniestras y absurdas que terminan por destruir a la persona, convirtiéndola en un ser vil y deprimido que pasa el día rumiando su venganza y destrucción de todo cuanto lo rodea.  Y el ha terminado creyéndose ese cuentito sobre sí mismo.

Y pasear el perro es realmente un suplicio en su vida por la molestia en su mano izquierda.  Claro, uno dirá, por qué si tiene la otra mano libre, pero ahí está el asunto.  En la pensión le obligan a pasearlo con la izquierda y no porque él tenga ese problema, no, sino porque quien diseñó esta regla lo dispuso así fundamentando su decisión en la idea de que al quedar libre la mano derecha, la persona tiene más chances de hacer bien su trabajo.

El explicó su problema y debido a eso, estuvo dos semanas a pan y agua en la habitación del fondo, ahí donde la luz se empeña en retroceder.