miércoles, 3 de septiembre de 2014

Olvido

-Es imposible hacerlo aquí -le dije con firmeza.
-No dale, animate: hay lugar y estamos solos -contestó.
-Vamos, no quiero.  No aquí -insistí.

Caminamos unos metros y vimos un árbol derribado con algunas inscripciones de corazones y nombres de personas que decían amarse.  Era una invitación a recostarse y dejarse acariciar por la brisa de la tarde, de aquella tarde sombría en que nos vimos en una situación inequívoca de amantes, aunque todo indicara que era mucho más  peligroso.  Pero no íbamos a evitarlo, no teníamos la menor intención.  Además, sus besos comenzaron a mecerme y llevarme en la dirección contraria.  Contraria a todo lo conveniente y perfecta para nuestros cuerpos que empezaron a dejarse llevar.  Más tarde, en el cine, mientras la película se ponía aburrida,  nos besábamos recordando y acariciándonos, tiernamente al principio y apasionadamente después.   Solos, en el cine, teníamos espacio de sobra para pensar en nada y dejar que el calor nos embriagara.

Estamos juntos cada vez que podemos, en cada distracción de la gente, en cada circunstancia que sea propicia.  La adrenalina fluye en cada encuentro, tiene que ver con que sabemos que nuestra unión es incómoda para muchos.  Lo saben, no somos tontos, pero aún así no lo blanqueamos.  Estamos juntos a pesar del qué dirán y de las críticas más absurdas.

Cierta noche soñé con su padre, un hombre de salud delicada que actuaba como borracho en el sueño, que me suplicaba que hiciera algo mientras su entereza se derrumbaba frente a nosotros y dejaba ver una persona destruida por el paso del tiempo y las dificultades de la vida. Su voz era desconocida, parecía de ultratumba, su tez había empezado a cambiar hasta volverse color aceituna y sus piernas eran temblorosas y débiles. Estábamos asustados pero aún en esa situación sacaba fuerzas para rogarle que no abandonara, que se levantara, que siguiera adelante a pesar de todo. Nosotros queríamos que estuviera bien, que siguiera trabajando, luchando como le gustaba decir. Pero se lo veía realmente cansado y deprimido.
Hice lo que pude pero el hombre cayó muerto en medio de la sala, que a veces era la cocina, a veces el patio y hasta el restaurante cerca de casa, donde solíamos ir a comer algunos mediodías. Era un hombre valioso, se podía conversar con él. Su carrera de médico no había terminado, era consultor en algunos hospitales en temas de dirección y administración. El tipo tenía amigos y gente que lo apreciaba bastante.  Lo dejamos ahí, solo, es que teníamos otros asuntos que atender. Y además, era solo un sueño.

Me desperté lleno de temor, no era un sueño agradable.  Se trataba del padre de mi mujer, de mi amante.  ¿Por qué habría de desearle el mal?  ¿Por qué soñaba con él, acaso se trataba de uno premonitorio?  ¿Podía hacer algo?  No era lógico pensar que aquello tuviera algún tipo de asidero en la realidad.  Era solo un sueño, estúpido y fugaz como todos.  Y sí, había sido muy fuerte la sensación de ver caer una persona que imaginás duro como un toro, fuerte como un roble.  Pero se nos caía derrotado, y eso era desconsolador.

He resuelto algo: no insistir.  Fuma donde no debe, bebe cuando no debe, es completamente indisciplinada.  Pero aún así me encanta y quiero estar con ella esta noche así que tendré que hacer algunos arreglos.  Pasar por casa y dejar los platos limpios no sea cosa que me hagan un escándalo por eso.  Tal vez sea buena idea llevarla al cine otra vez, que hoy  proyectan una buena película, nacional pero buena.   Estaría encantado que después me recibiera en su casa,  me hiciera pasar y dejarme sentar en su sillón confortable, que me convidara un café sin ofrecérmelo y después un trago, un vodka estaría perfecto.  De ser posible que encienda la tele en algún partido de fútbol del viernes y lo vea conmigo sin hacer comentarios salvo que haya un gol o una jugada digna de nuestro mejor fútbol.  Después, hacerlo ahí mismo en el living, o tal vez ir a la habitación como otras veces y después a cenar.  Soy un vivo bárbaro me dirán los amigos del club y sí, claro que lo soy.  Las quiero todas, todas para mí.  Pero aquella que quiero conmigo ya no está, ni va a estar nunca.  De manera que puedo hacerlo con esta otra, puedo bromear con que su presencia va a reemplazar los ojos de aquella.

Qué tarado, cómo no empecé por ahí... lo que tenía que hacer era buscar la receta en el oculista.


miércoles, 16 de abril de 2014

Relato (tercera parte)

Eugenia, que ya estaba mejor, abrió el portón de su casa y buscó la bicicleta. Salió a la calle principal a recorrer un poco el vecindario y si tenía tiempo, andaría por el parque, que el clima estaba hermoso, lleno de luz y fresco para la hora que era: las 9 de la mañana. A esta hora, normalmente ya el sol está alto y cualquier actividad física se convierte en un baño sauna. Pero esa mañana, hacían apenas 8 grados y unas nubes iban y venían ensombreciendo y aclarando el cielo continuamente. Ella agradecía el fresco, se sentía en plenitud con el verde de los árboles, el canto caótico de las aves en esa época del año, y algunos ladridos de perros callejeros que a esa hora han comenzado su rutina matinal de buscar restos de comida en los cestos de basura. Buscar restos de comida, y destrozar el orden y la prolijidad de la calle también. Y no dejarte dormir si puede ser. Hay que ladrar justo a la hora en que se acuestan -parecían decir aquellos animales-, y ladrar si es posible de manera monótona y continuada, sin motivo aparente. De pronto callar, sin motivo alguno, y de pronto retomar. Eso vuelve locos a los humanos y los hace despertarse bien cansados, bien aturdidos, bien malhumorados. De alguna manera, esto influye en la economía mundial: se retrasan las cadenas productivas, se demora el tránsito, se caen las bolsas mundiales, y por alguna razón que desconocemos eso nos beneficia directamente. Aquellos perros no estaban locos.

Eugenia esquiva pozos, mira grupos de ciclistas profesionales con su atuendo particular, sus calzas estrictas y ajustadas, sus cascos protectores, y algunos hasta rodilleras ¿para qué rodilleras?, se pregunta. Pero pasan veloces a su lado, casi sin advertir que ella también va, que ella hace ejercicio. ¿Que no es ejercicio verdadero lo que ella hace? ¡Que vayan a cagar! Sigue con una velocidad lenta, disfrutando el paisaje, el aire, el perfume de las plantas en primavera, sobre todo un tilo gigante que hay en la esquina de casa. Cuando vuelva me paro debajo, y me aspiro todo, piensa. Que sea una droga si quiere, no me importa. Ese aroma es inigualable. Quiero detenerme ahí todas las mañanas, si puedo.

De vuelta en su estudio, Eugenia enciende las luces, se pone su atuendo de trabajar con materiales que normalmente ensucian la ropa y va hasta su mesa de trabajo. Ahí está el último objeto que está modelando, en yeso, buscando una forma desconocida, inexistente, creando. Piensa en su familia. Desconocen lo que hace. Ella tiene su taller en el fondo de la casa de la abuela, como una amiga. No lo comparte, es todo para ella y eso le asegura cierta tranquilidad para trabajar, para concentrarse en lo que hace. De pronto, una alarma se activa en el vecindario. Fastidio. Sale a ver si hay algo que llame su atención, pero no, no hay nada. La alarma se desactiva. Vuelve a la mesa. La mano (porque era una mano) no está. Qué pasa, se pregunta, me estoy volviendo loca, o qué. Si recién estaba aquí trabajando en ella. Busca inconscientemente el espejo de la pared y echa un vistazo rápido. Ahí está, como siempre, como antes. Se tranquiliza y piensa en un robo. Lo primero aunque corre un sudor frío por su espalda y la piel se le eriza y le baja la temperatura como hielo -piensa-, cree que va a desmayarse. Acaso hay alguien observándola escondido por ahí, que le juega estas bromas, que no son ninguna broma sino que le desatan toda clase de pensamientos y emociones desordenadas y caóticas, pero básicamente son el espanto y el terror de saberse vigilada y acompañada. ¿Por qué aquella persona no se muestra? ¿Por qué tiene que hacerlo escondido, por qué no habla con ella y entablan un vínculo digamos, de la manera que sea? Es un misterio, es algo que está tratando de descifrar. Piensa en aquellas apariciones de la mano cuando estaba en el baño, de cuando estaba arreglándose frente al espejo, y ahora esto. La mano cobra vida, se baja de la mesa y se esconde. Es eso. ¡Es ridículo, eso es! ¡Por Dios, qué me está pasando!
Busca en la heladera un bocado dulce, lo que hay es una barra de pasta de maní. Lo muerde abriendo lentamente el envoltorio, sin cortarlo con cuchillo, si total es la única persona que lo está comiendo. El sabor dulce explota en su boca y le trae recuerdos de niña, de cuando en casa de su abuela, se pegaba menudos atracones con todo lo dulce que la anciana tenía.

Raúl se niega a contestar. Que atienda otro, dice. De pronto levanta el teléfono y pregunta:
-Sí, hola ¿quién es?
-Hola, ¿está Eugenia?
-No, ¿quién habla?
Alguien del otro lado cortó.

Y esto, claro, llenó de estupor a Raúl que nunca había pasado por una situación así, en su vida. Una nube oscura y enorme se vino a ubicar justo encima de su cabeza y parecía temblar el piso y en vez de granizo, caer rayos sobre todo San Rafael. Pensó no decir nada, al menos por el momento. Quería averiguar quién podría ser la persona que hacía ese llamado, y si se repetía a menudo y por qué. Le pareció que estaba exagerando, que tal vez se le había terminado el crédito o la batería, si llamaba de un celular, o que lo hacía desde un teléfono público sin monedas. Llamará otra vez, pensó. Y buscó algún pretexto para quedarse en el living de la casa, atento más que nada al teléfono. La salud de Eugenia estaba a salvo, ella había salido esa mañana a andar en bicicleta de manera que nada malo podía estar sucediendo. Fue así que pensó en llevarla a cenar a un restorán macrobiótico y de calidad que habían inaugurado en pleno centro, hacía poco. Al menos así lo vendían en los folletos y los avisos en facebook. A él le importaba bastante poco, sinceramente, lo que pasaba en esos restoranes. Prefería un buen churrasco a la parrilla, unas costillas de cerdo, y hasta las mollejas bien preparadas y con abundante limón, eran su plato favorito. Lo del veganismo le tenía sin cuidado y lo soportaba porque Eugenia estaba en medio del tema y porque ella sí era aficionada a ese estilo de vida. Pero él, no.
En la cena tendría oportunidad de hablar sobre eso y preguntarle quién podía ser el autor del llamado, estudiar sus actitudes en un lugar público, ver qué estaba pasando en realidad, alrededor de su novia. ¿Había otros, antes, que tal vez no habían terminado de entender que ya no estaban juntos? ¿O simplemente, había otro todavía? Todas preguntas que lo martirizaban, no lo dejaban en paz. Son celos, pensaba, no tengo que darles pelota. Sí, pero tengo al menos un motivo y tendría que descartar cualquier sospecha, sería bastante malo para mi carrera que me pongas los cuernitos, Euge... por favor, ni pensarlo. De todos modos, el amor es el amor. Si alguien había en la vida de su novia que todavía la tenía enamorada o a quien ella no pensaba dejar tampoco ahora que salían juntos, quería saberlo. Y estar en guardia también porque si la relación avanzaba, cada día que pasaba se transformaba en un un montoncito más de dolor para el futuro.

No conocía esa voz. Bueno, era nuevo en aquella familia. Tal vez había sido un pariente, alguien cercano que llamaba todos los días, y no tenía por qué preocuparse. A la hora de la cena, intentó el diálogo, a pesar de la música y el bullicio general de platos y cubiertos y algunas miradas que lo buscaban a él, especialmente de los chicos que lo conocían.
-Euge, ¿sabés qué? Hoy hubo un llamado en tu casa, que atendí yo -le dijo.
-¿Quién llamó?
-Y no supe... le pregunté pero no me contestó.
-Habrá sido equivocado -dijo distraída.

La sensación de haber sido traicionado se había instalado esa noche, en el alma y el cuerpo de Raúl que tenía mucho más para decirle a Eugenia, pero prefería seguir con la cena, hablando de otras cosas. Al menos por el momento. El restorán estaba decorado con elementos que parecían extraídos de cualquier película de James Bond incluso de las más viejas, en las que los objetos parecían entre franceses e ingleses, pero siempre futuristas. Y no había necesidad, en la opinión de Raúl, de decorar así esas paredes. Algo más sutil, sobrio, y casi que pasara desapercibido, habría sido de su agrado. Lo comentaba con Eugenia. De algo había que hablar. Parecía que no daba más, que no podría aguantarse toda la noche, que en cuanquier momento tendría que soltarlo, pero de hacerlo se terminaba la noche y eso no estaba bueno. Mejor esperar, mejor guardarse un poco, aunque sea para el postre.
-¿Qué te pasa? Estás raro -preguntó ella.
-Nada. Estoy bien. Es este lugar y esa decoración.
-A mí me gusta, ese estilo futurista no es mi preferido, pero lo han hecho bien. Mirá, todas referencia a películas de los 80. Está bueno.
-Si vos decís.... Acá la artista sos vos.
-Te noto raro, ¿estás enojado?
-No, no... para nada. Es el llamado ese, que me dejó medio confundido. Es que el tipo preguntó por vos, y colgó antes que le contestara. ¿Hay algo que deba saber, Eugenia? Porque prefiero enterarme cuanto antes.
-Bueno, sí. Hay alguien. ¡Pero bueno, todos tenemos una vida, no te parece? -contestó ella, serena-. Es un chico que conocí hace mucho. Salimos un tiempo pero se terminó, en serio que se terminó. Es que él ha quedado medio loco, o qué se yo, estará muy enamorado. De vez en cuando me llama, es un pesado.
-¿En serio me lo decís? Pero hay que ponerlo en vereda, dejame a mí... ¡que me lo cruce ya va a ver!
-Uy, cuidado, el señor tiene un costado violento también... -sonrió ella.
-No, es que me molestan estos tipos que no entienden mucho de límites. Yo estoy acostumbrado a que si la pelota cruza la raya, está afuera, o es gol o lo que sea. Inapelable. Hay límites en el fútbol como en la vida, pero hay gente que quiere seguir jugando fuera de la cancha, y eso me pone los pelos de punta, mirá.
-Si, si... ya se. Te entiendo, y no me gustaría que vuelva a llamar, no quiero que te sientas mal por eso -le dijo, mientras buscaba su mano para acariciarla y demostrarle que ella lo había olvidado por completo-. Hay gente mala, vos lo sabés, pero este pibe no es de esos, es más bien un pobre pibe. No se da cuenta que hay cientos de otras mujeres en el mundo, él sigue ahí detrás mío... Como si yo valiera tanto.
-Y será por algo -dijo él, y se arrepintió de inmediato.

La cena se había terminado. Pidieron la cuenta y salieron del lugar. Raúl la invitó a pasear otra vez por el mirador de la cuesta de los Terneros, pero ella dijo que no, que estaba cansada que mejor otro día. Que dejaran para el fin de semana, que tenía que recuperarse bien de su descompostura, que más para el fin de semana -repitió-, sería mejor. Como quieras. Se despidieron con el primer beso profundo, ese que salta los límites y dice algunas cosas más como que nos volveremos a ver y te voy a partir la boca, y esa boca es sólo mía y de nadie más, y cuidado con andar besando a otros, y dejame que te abro... la puerta, ¿qué pensaste? Chau. Y te quiero.


-Buen día -le dijo Raúl al encargado de utilería del club.
-Hola Raulito, querido, cómo andás?
-Bien Pichón, ¿vos? -contestó.
-Arrancando la mañana, che. Acá están tus botines.
-Gracias. Y dame un par de medias extra. Por favor.
-Si, ya te los alcanzo -dijo el utilero, buscando la indumentaria del mejor jugador del club, ese que te pone los pelos de punta cada vez que toca la pelota; ese que emociona hasta las señoras mayores que van a ver a sus nietos y se entretienen mirando ese otro muchacho de melena larga, que según les dijeron, el otro día la clavó al ángulo -dicen las señoras-, y gracias a él, le ganamos a los turros de Las Paredes.

Raúl se dirigió a las duchas, se bañó antes de salir a la cancha. Ese día estaba intentando cambiar su actitud y un buen duchazo de agua fría le aclaraba las ideas y le hacía explotar la bronca hacia afuera. Salía con los tapones de punta. Tenía motivos para salir a pegar saltos y patadas como un buen potrillo recién entrenado. Su chica andaba en algo raro, al menos a él no le cerraban algunos puntos de lo último que conversaron. Quién era ese fulano que estaba llamándola a cualquier hora y cuando él no estaba, ¿ella atendía? ¿Hablaban por mucho rato? ¿Él la convencía?
Estiraba las piernas ahora, en el césped del club. Miraba la tribuna, vacía, buscando algún curioso que le despertara sospechas, alguien que pudiera ser un extraño que lo estuviera observando sin que él supiera. Y había un par, pero eran del club que habían venido a verlo a él, justamente. Podía estar tranquilo. Su mano había empezado a temblar, sin querer, de pronto, como delatando algún problema de circulación, o algo. Era imperceptible, pero ahí estaba. Un jugador conoce su cuerpo, de la misma manera que un atleta. Ahí estaba ese brazo, con un comportamiento que él no esperaba, que no entendía. ¿Y por qué, se preguntaba, este movimiento? ¿Me impedirá jugar, acaso?
Lo sacudió, buscando liberar tensiones, y al poco rato se había olvidado del asunto. Probaba una y otra vez tiros al arco donde un arquerito suplente había sus movimientos de entrenamiento reglamentarios. Ahí estaba, queriendo atajar todo lo que le tiraran. Sabía que 5 de 6 iban al ángulo. Lo tenían estudiado, no de una manera muy precisa, pero ese podría decirse era su récord cuando entrenaba, así por puro placer y diversión. La clavaba en el ángulo con mucha facilidad. Y cuando venía el sexto, que vos ya te habías convencido que la iba a tirar ahí y te estirabas lo más que podías, él no, él había cambiado y te la dejaba tranquila, suave, al medio del arco. Ese era el sexto.

Gol, otra vez.

lunes, 3 de marzo de 2014

Relato (segunda parte)

Eugenia ya es toda una profesional de la arcilla. Trabaja desde muy temprano hasta eso de las diez y se va al centro, a visitar amigas, o al gimnasio que queda cerquita del parque. Los trabajos los está empezando a vender en las casas de artesanías o regionales que ahora con el auge del turismo hay por todos lados. Los que más le compran son los que están en Valle Grande, que hay muchos y trabajan bien. No alcanza a recorrerlos todos, cuando faltan unos kilómetros para llegar al murallón, se queda sin productos. Lo suyo es puramente artístico, no quiere producir en serie ni industrializar por ahora, una producción lenta y cuidada es lo que prefiere. Los comerciantes siempre le están pidiendo más: «Traenos más Euge, que tengo las cabañas llenas de gente y los tuyos siempre gustan» le dicen, y ella encantada de escuchar eso, promete que sí que va a venir antes de fin de semana con unos nuevos que está haciendo, hay uno que es una mano, dice, que lo estoy terminando y va a quedar fantástico, les asegura. Sabe que trabajar esa mano le está trayendo problemas, pero empezó a modelar un objeto en forma de tubo y cuando quiso ver, ahí había algo con forma de un brazo y fácilmente pensó en la mano. Así que para qué negarlo, era la oportunidad de pensar y procesar ese tema que la tenía nerviosa. ¿Por qué no?, se dijo, y se puso a dibujar en el papel para ver cómo terminarlo, hacer un boceto previo que era la mejor manera de lograr el objetivo. Ya está. Eso voy a hacer. Y siguió trabajando. La mano era una mano cualquiera, de hombre, con los dedos estilizados y firmes, en actitud de garra pero también era una mano suave. Así la había concebido ella a partir de las sensaciones que le producía recordar aquel incidente en el baño de casa. Qué susto había pasado, cuánto terror. Era la primera vez que le sucedía algo así y no quería que volviera a pasar, lejos estaba de ser algo agradable.

Tiró sin querer la botella de la mesa del bar, que arrastró un vaso con agua y le mojó la pierna a Raúl mientras le contaba aquel episodio. Él se levantó de pronto buscando algo para secarse.
-Ya está -le dijo- no importa se va a secar, no te hagás problema.
-Pucha qué tonta -dijo ella.
-No, dejá, no es nada -le contestó-. ¡Mozo! Un repasador por favor, quiero secar acá.
-Sí, ya voy -dijo el muchacho.
-Y pedile la cuenta cuando venga así nos vamos -dijo ella.
-Dale.

Otra vez la mano, una mano cualquiera, la suya que le hace pensar en un objeto animado con vida propia que hace algo que precisamente no le agrada. No había sido grave, claro que no, pero había algo ahí que la inquietaba y la distraía con quien sea que estuviera. Así no se podía vivir tranquila ni nada. Volvería al taller a seguir trabajando. Por ahora no voy a contarle mucho más a Raúl -piensa-, hasta que tenga algo más concreto... ¡a ver si me toma por estúpida o loca! Mejor me callo.


Le venían a comunicar que su novia Eugenia se había desmayado en casa, delante de sus padres y que habían llamado al médico y en estos momentos la estaba atendiendo. Pensó qué hacer y no demoró un instante, le dijo a su dirigente que se iba porque tenía una urgencia familiar.
-Pero mirá que quieren hablar con vos -le dijo Julio, el que lo tenía a cargo en el club.
-No, si ya se, pero mi novia... tuvo un desmayo.
Raúl salió del club, y paró un taxi. Le pidió que lo lleve volando a la casa de su novia Eugenia, queda en la calle tal y tal, por favor urgente.

Al llegar se encuentra con Eugenia, en cama y los padres alrededor. La madre con un te en la mano que acaba de llevarle y le pregunta, ¿estás bien? Sí, si, dice él.
-Euge, qué te paso!?
-Hola amor... nada estoy bien... tuve una lipotimia no es nada.
-Te pasaste de rosca con el trabajo -le dice.
-Y algo de eso -le permite ella, pero quiere negarlo, ella trabaja bien.
Se sienta a su lado en la cama, los mira antes a los padres como pidiendo permiso y le da un beso. Él mira alrededor, está reconociendo ese lugar al que no había entrado nunca. Ve los cuadros pintados por ella, antes que se decidiera por la escultura. Son coloridos, hermosos -piensa- y todos con su firma. También hay algunos objetos sobre la cómoda y la mesa de luz de la madre. Él reconoce el trabajo de su novia. En la mayoría hay dedos. O manos, o brazos. Es su obsesión. Su gran figura a estudiar. En todo están las manos. Todas manos derechas, se da cuenta de observar el dedo pulgar siempre a la derecha de la palma abierta. El dedo anular, un poco más débil es el que más le cuesta. Se sorprende a sí mismo dentro de todas estas observaciones, si él no es un experto, pero está atento a esos detalles, ¿acaso le gusta el arte, tiene alguna idea? Claro que no. Pero se trata de lo que hace su novia, cómo no prestarle atención. Además son objetos bonitos. Hay que decirlo, ninguno repele o espanta. Todos ellos son atractivos y van bien en cualquier lugar que los pongas. Eso seguro.
Acaricia su frente, nota algo de calor pero no lo suficiente como para preocuparse de alguna fiebre.
-¿Y no habría que llevarla a hacer estudios? -pregunta, mirando a la madre.
-Estábamos pensando -dice-, pero le dijimos y no quiere. Veremos cómo sigue, si no, al hospital.
-Estoy bien mamá, quedate tranquila, ya se me va a pasar. Es que me asusté un poco nada más.
-¿Cómo que te asustaste, qué pasó en realidad?
-Nada, te digo... nada. Es que vi algo en el espejo y me asusté pero no es nada.
-¡Y claro, te viste! -dijo él intentando ser gracioso, y ella esbozó una sonrisa pero no estaba segura que le hubiera gustado la broma.
-Callate tonto...
-No mi vida... si ya se, sos hermosa. ¿Qué viste, contame?
-Estoy trabajando en la mano, esa... y me pareció verla detrás mío en el espejo del baño. Se me bajó la presión casi me desmayo. Estoy muy obsesionada con el trabajo pensé, por eso la ví. Me está haciendo ver visiones tanto trabajo. Voy a dejar por unos días.
-Pero claro, bueno... Descansá.
-Sí. Eso voy a hacer.

Raúl salió de la habitación y fue al baño a ver qué había. Se encontró un cuarto normal, limpio, que no tenía nada de aterrador. Simplemente un espejo. El espejo donde se había estado peinando Eugenia, y no había ninguna mano, como era de esperar. Ella asegura haberla visto -piensa- pero dónde, por qué. Pidió permiso y entró en su habitación. Echó un vistazo rápido y vio sobre un escritorio la mano en la que estaba trabajando. Ella no lo hacía ahí, trabajaba en un cuartito del fondo de la casa, lleno de estanterías con materiales, pinturas, herramientas y otras cosas que no eran de artesanías, algunas del padre. Pidió ir hasta allá, miró alrededor buscando algo que llamara su atención pero solo vio el taller de una artista. Nada más. Nada que pudiera despertarle alguna sospecha. Pensaba que estaba todo bien, que no había sangre -por ejemplo-, ni siquiera algo rojo. No sabía por qué había pensado eso, qué podría tener que ver la sangre o el color rojo, qué, acaso era detective él? No. No lo era. Pero esto ya se estaba convirtiendo en un caso.

Raúl tomó el teléfono y llamó a su amigo Javier López, de la policía científica. Javier era experimentado en casos extraños, y le había contado varias veces de llamados que se lo habían derivado a él y que tenían que ver con exorcismos y esas cosas. Le contó lo básico de esta historia que había relatado Eugenia. El otro parecía más interesado por el fútbol, no dejaba de preguntarle si ya había firmado para algún club importante, de capital, y si estaba pensando participar en algún torneo regional y esas cosas.
-Pará, Javier, esto es serio.
-Si, si... ya se. Mirá, antes de que intervengamos nosotros tienen que pasar varias cosas, en principio, ¿por qué no hablás con un psiquiatra?
-Es que me está afectando a mí, también. Quiero decir, no lo veo como algo aislado, que le esté pasando sólo a ella. Yo también estoy un tanto sugestionado, tal vez, veo cosas, aprecio cosas que antes... qué se yo -dijo y puso freno a la charla, sintiendo que estaba tocando algunas palabras que no debía.
-Bueno, mirá. Tenés mi número, llamame cuando lo necesites, y charlamos. Pero desde ya te aclaro para que intervengamos nosotros tiene que haber un crimen. Y por lo que me contás, todavía estamos lejos -le dijo y a Raúl le sonó extraña la palabra todavía.
Hubiese preferido que usara cualquier otra, menos esa.
-Dale, gracias hermano. Estamos en contacto. Te mando un abrazo, y cualquier cosa te llamo. Pero no esperes que lo haga desde adentro de la cancha, es imposible.
-¡Qué pelotudo! -dijo y se echó a reir dando por entendido el chiste-. Chau, cuidate.
Raúl colgó, y volvió donde estaba Eugenia, que seguía pálida. Ella lo miró angustiada buscando alguna respuesta, alguna expresión de alivio a lo que venía sintiendo en torno a las manos que estaba creando en su taller. No creía que el desmayo tuviera que ver con algo de la comida, su madre preparaba platos ricos, en cuanto a sabor y nutrición, estaba tranquila. Sin embargo, sabía que la gran cantidad de malestares que sentía la gente eran producto de un desorden en la comida. Eso lo tenía claro. Y por eso era vegana, cosa que su madre respetaba y normalmente preparaba cosas que reemplazaran el faltante de proteínas y ella lo comía con gusto, aunque el sabor no estuviera del todo de acuerdo con lo que prometían los platos a la vista. Su paladar se había acostumbrado a ciertos sabores especiales, peculiares que su madre lograba haciendo una mixtura entre la comida tradicional y su fanatismo por no comer carne. De ninguna clase.
Eugenia lo agradecía. Cuando ella empezó a hablar del veganismo, aquella abnegada mujer se hundió en internet y en libros de cocina macrobiótica, buscando las claves que le permitieran a su hija seguir adelante con aquella elección. Como buena madre quería agradar y consentir a su hija, desde niña lo hacía. También era severa a veces como aquella vez que se Eugenia se dejó la maleta en el colegio por distraída, y que estaba segura no lo olvidaría nunca.


Confusión, indecisión, duda. Ya estamos -pensó-, empezó la mañana. El resabio de la cena en su boca le recordaba lo duro que había sido cocinar para Eugenia, que estaba en cama con reposo indicado por su médico, y él había insistido en cocinar.

Recuerda que abrió la heladera, sólo había un zapallo calabaza, lo partió al medio lo condimentó con lo que encontró que no era otra cosa que varios dientes de ajo, un poco de manteca, y al horno. En cuarenta minutos comemos, le había dicho y así fue. A ella no le gustó. Le faltaba algo, tal vez queso o más sazón. Igual, agradecida por el gesto, comió. Pero él notaba algo en la mirada, en la manera que hundía el tenedor en la carne tierna del zapallo, y cómo apartaba los trocitos de ajo que le habían quedado grandes para su gusto pero quería, de alguna manera, retribuir el gesto de su novio que había llegado esa mañana con todas las ganas de cocinarle algo, lo que fuera.
El vino estaba prohibido al menos mientras dure el tratamiento del reposo, y aquellas pastillas. Él se sirvió medio vaso. Quería disfrutarlo en las comidas. Por su entrenamiento estaba completamente prohibido, y él mismo lo evitaba pero algo en su interior le reclamaba aquel vaso. Era medio vaso, no es nada. La cantidad de alcohol que hay ahí, no asusta a nadie, no complica a nadie, decía para convencerse. Y quizás tenía razón, no había de qué preocuparse por medio vasito de vino tinto además, que tiene los taninos justos para prevenir problemas cardiovasculares y una dosis más que interesante de antioxidantes, cosa que definitivamente no tiene el agua. Mucho menos los jugos azucarados que le compraba la madre, que esos sí eran un desastre, a base de quién sabe qué químicos apestosos. No porque olieran mal, sino apestosos en un sentido más amplio, apestosos porque estaban hechos con ingredientes que tenían varias intenciones ocultas para el común de la gente, los únicos que sabían qué corno le agregaban eran los industriales de aquellas super mega compañías de productos básicos de la canasta familiar que tenían seguramente algunos intereses digamos, ¿oscuros? Él se estaba contagiando del pensamiento de su novia. Y no hablaban de aquello, pero de alguna manera él se iba enterando de lo que pensaban todos los veganos, los vegetarianos, los lacto-ovo-vegetarianos y aquel largo etcétera, y tal vez por el amor simple que le tenía a su chica, iba incorporando aquella manera de sentir y pensar acerca de los alimentos. Ahora cualquier programa de televisión que hablara del tema, captaba su atención. Antes habría cambiado de canal, buscando fútbol. Ahora no.

sábado, 1 de febrero de 2014

Relato (primera parte)


Comenzar de nuevo. Volver a empezar, dejar atrás aquello que tanto malestar le producía y calzarse con humildad los botines y salir a la cancha.

Como aquella vez que metieron cinco, y él hizo tres. Y se los dedicó a Eugenia que estaba en la tribuna detrás del arco contrario, en los dos primeros. Y los gritó frente a ella y estaba feliz y los festejaba a sus anchas.  Habrían festejado dentro de la cancha, gritando como locos, pero era imposible. Ella estaba envuelta en una humareda blanca que el viento arrinconaba frente a las gradas,  por el vendedor de choripán detrás del estadio. Habría saltado, habría hecho toda clase de payasadas estando ahí con él, pero estaba detrás de la tela, y gritaban como locos su gol número dos.


-Hola Eugenia -le dijo horas después por teléfono-, te ví en la tribuna, sos loca cómo te metés entre la gente de la popular.
-Bueno, cuando me gusta algo voy al frente -dijo ella.
-Pero ese estadio es un horno en verano y vos con esas musculosas, te veía ahí entre los hinchas todos chivados y furiosos... vos al medio... sos corajuda.
-Y claro. Cuando algo me gusta no me importa, yo voy.
-Está bien. ¿Y cómo estás? ¿Salimos esta noche?
-Bien, todo bien -contestó ella-. Y dale salgamos, ¿no te duelen los pies?
-No, para nada, o sí, algo me duelen pero estoy acostumbrado y más vale que me acostumbre -dijo.
Salieron. La fue a buscar por su casa de Pueblo Diamante, cerca del estadio, y salieron con rumbo al centro primero y después tomó para Valle Grande, en busca de algún rinconcito donde cenar, algo tranquilo, íntimo como le gustaba a él. Era su propuesta y se la respetaría. Giró por Balloffet y cuando habían atravesado los dos puentes, tomó a la derecha en vez de seguir, de manera que había un repentino cambio de planes: en vez de ir al Valle irían a El Nihuil. Lo dejó seguir, todavía no estaba nerviosa, era su primera salida pero confiaba en aquel jugador de fútbol que quizás alguna vez soñó con jugar el fútbol grande.
Al cabo de una media hora, ya entrada la Cuesta de los Terneros, ella dijo:
-Viste acá cerquita está el mirador, ¿vas a parar?
-Dale -contestó él, sonriendo.
-Qué hermosa vista -dijo ella mirando las luces, la noche, las estrellas.
-Es bárbara la vista, ¿nos bajamos?
-Bueno, bajemos, esperá que busco el sueter.

El se acercó y la abrazó por su cintura, suavemente, como para abrigarla y ella le dejó hacer. Un abrazo no se le niega a nadie. Además la noche está bárbara, pensaba, y no tiene nada de malo. Una suave brisa refrescaba el momento. Era cálido y fresco a la vez, como una noche de verano pero arriba de la montaña. Una luz se acerca en la curva de la trepada y pasa detrás de ellos doblando y tocando bocina, quizás para molestar. El eco de los cerros les devuelve la cercanía y la lejanía del auto que ya se va. Es una noche mágica, ideal para comenzar un romance, ponerse de novios, o hacer el amor. Ésto último no, claro: están conociéndose, piensa ella, pero sería bonito venir aquí y hacerlo en una noche así y dentro del auto, por qué no.
Y recordar, que fue aquí la primera salida la primera noche juntos.
-Tengo hambre -dijo-, ¿vos no?
-Sí, vamos.
Raúl se subió al auto, Eugenia lo siguió, recogiendo algo del piso ignorando qué era.
-Mirá, diez pesos -dijo.
-¡Qué suerte, ya tenemos para la cena! -bromeó él.
-Qué bobo, pero mirá estaban ahí tirados -dijo, guardando el billete en el bolsillo de su pantalón.
-Salir conmigo te va a traer suerte, ya vas a ver.
-Espero que si, espero que buena suerte.
Tomaron por la ruta hacia San Rafael, plácidamente, escuchando la voz dulce del cantante melódico que pasaban por radio y que hacía la noche todavía más agradable.


Al llegar a Mitre y San Martín, Raúl buscó estacionamiento y paró el auto. Eran ya las cuatro de la mañana. Cómo se fue el tiempo pensó Eugenia, dispuesta a seguir disfrutando la noche. Juntos, sin preocuparse demasiado, miraban de vez en cuando un auto, tal vez una bicicleta, alguien caminando. Muy poca gente a esa hora de la noche, aunque sea pleno centro. Ahí cerquita, una farmacia de turno era el único centro de atracción al que venía algún auto, se paraba y alguien bajaba apurado a comprar tal vez medicamentos, tal vez preservativos, o algún regalo.
-¿A esta hora? -preguntó ella- ¿Regalos...? No creo.
-A ver ese que se bajó ahora, qué decís que va a comprar -preguntó Raúl.
-Algo para su mujer a punto de tener familia.
-Y puede ser, puede ser... -dijo mirando con atención la salida del muchacho.
-¿Y qué tal si vas y te fijás dale, porfi?
-Bueno, voy -dijo y se bajó de pronto corriendo hasta la farmacia con el plan de preguntar cualquier estupidez pero más que nada saber qué compraba el muchacho. Volvió a los pocos minutos.
-Compró remedios, dice que para la madre.
-Ah, mirá... bueno subite, dale, no seas pavo -dijo ella y se echó a reir.
-Claro, primero me mandás en misión secreta y ahora te reís, ya vas a ver vos! -se le tiró encima a hacerle cosquillas, pero también a tocarla un poco, eso era obvio.
Ella vio que alguien conocido estacionaba cerca de la farmacia y quiso prestar atención. Era su primo, que dejaba el auto ahí mismo para bajarse y comprar algo, ¡ahora sí quería saber qué pasaba! Pero no le dio tiempo: el muchacho preguntó algo y rápidamente se subió al auto y se fue, con evidente urgencia. Ella no comentó nada. Prefería guardar silencio y preguntarle después por teléfono qué había pasado, si estaba todo bien. Por ahora, seguiría la diversión con Raúl que se estaba pasando de listo con las manos y entre cosquilla y cosquilla había rozado sin querer sus lolas y no ocultaba sus deseos de besarla. Ella lo dejaba hacer, no había problemas, eran jóvenes y se gustaban, para qué ocultarlo. Finalmente la besó. Y a ella le había gustado. Pero hasta ahí. Ya está bien. Sigamos con lo que estábamos haciendo o vámonos. Que recién nos conocemos, ¿dale?


El preparador físico del club había indicado minutos antes la rutina y quienes habían llegado a tiempo al entrenamiento tenían marcadas las tareas a ejecutar, y tenían que hacerlo antes de las diez de la mañana. A esa hora había partido entre ellos. Un picado.
-Cómo van tus cosas Raúl -preguntó uno de los compañeros, el defensor central.
-Y bien, ahí vamos. A ver si el salame de mi representante hace algo bien un día, che. Para mí que voy a cambiarlo en cualquier momento -contestó él.
-¿Ah pero no son tus viejos?
-No, mis viejos no se pueden ocupar. Están con su vida, su empresa, no me dan ni bola. Siguen todo desde afuera, además no entienden nada de fútbol ni de manejo de jugadores.
-Ah, y sí..., todo un tema.
Raúl empieza la rutina que consiste en trotar alrededor de la cancha hasta entrar en calor, y después toda clase de movimientos con la pelota. Toques, pases, gambetas, ejercitando todos los músculos de las extremidades inferiores, buscando mayor flexibilidad, mayor adaptación al esfuerzo físico que supone un partido, bajo la atenta mirada de los dirigentes y el cuerpo técnico que solo piensa en ganar. Ganar partidos y ganar plata. Que de eso se trata el fútbol. Raúl los mira a veces de reojo, pensando en el par de sueldos atrasados que le deben y en las ganas de ir a probar suerte en clubes de Buenos Aires, aunque sea Villa Dálmine, mirá... La tribuna está vacía, salvo en una esquina que hay un grupito de familiares y simpatizantes. Acaso serán diez, que les dejaron libre ese lugarcito para estar presentes mientras los chicos entrenan. Pero tienen que hacer silencio, nada de arengar ni cantar. Silencio.

Raúl y Eugenia se quieren. Es un hecho. Ella lo siente en el cuerpo, en la mirada, también se nota en los regalos que le hace, que no son caros pero demuestran su cariño, su atención y ella lo agradece siempre con un beso sonoro o un abrazo generoso. Cada vez que se ven, él trae algo. Rara vez es una flor, aunque también hay esos días. Busca lo que sea que haya caído en sus manos y se lo da: un llavero, un mapa, una foto, un calco, un helado, un caramelo, bombones, algún rosario en madera, cualquier cosa. Todo o casi todo es para ella, es un dulce. Sabe conquistar a su novia con pequeños gestos, y también sabe pegarle a la pelota con precisión de relojero. Su especialidad es el gol de cabeza en el córner. Ha hecho diez, y sólo en este campeonato que lleva ocho fechas. Una barbaridad. El promedio de este muchacho ha trascendido a otras ciudades, lo mencionan cada vez más en las notas periodísticas y se emociona viendo a sus familiares que le cuentan cada noticia, cada recorte de diario que amontonan -según él- inútilmente, pero ellos son felices, dejalos, le dice una tía, cuando le habla de los primos y él, modestamente, se queja. Que no tienen que hacer eso si sus goles no son la gran cosa, los rivales tampoco -se agranda-; él último fue una pavada, se lo comió el arquero de punta a punta lo querían matar sus compañeros. ¡Pero tirate!, le habían gritado y él como si quisiera cuidar su ropa que estaba impecable siempre, tal vez para la foto, sólo la miró. Y después dijo balbuceando: ¡no lo ví che! Pero se mantuvo en esa postura, no dijo nada más. Otros suelen echarle la culpa al defensor, pero esta vez el arquero no dijo nada.

Eugenia le cuenta a todos que está saliendo con el nueve de Huracán. Algunos se ríen porque dicen es un equipo local, dejate de embromar, que empiece a trabajar pronto o se quedan en la calle. Ella lo defiende, dice que sí tiene talento y que ya van a ver cuando lo vendan a Buenos Aires, y ahí si, nos casamos. Es todo un tema eso eh, no te creas, mirá que no es fácil, está bien, ya debutó en primera, pero aquellos equipos prefieren los jugadores que salieron de las inferiores. Muchos les ofrecen formación universitaria, que no cualquier club la da. Y eso es importante porque así estás educando personas no solamente una maquinita de hacer dinero.
Ella, no muy convencida, asiente con la cabeza. Confía. Su novio no le habrá mentido cuando dice que su gran ilusión es irse a trabajar a la capital. Allá está la verdadera movida del fútbol y la cocina de todo en realidad. Si hasta es capaz que ella encuentre algo que hacer con su oficio de escultora. Siempre le gustaron los cacharros y cada vez que puede vuelve a su torno y a sus cinceles y empieza a modelar algo, por puro placer, y por no perder la práctica. Raúl no entiende demasiado su trabajo. Le dice que están muy buenos pero es que no sabe qué decir porque no sabe mucho de arte, aunque le resulten atractivos. Hay algo que a él le cae bien y se lo dice con toda naturalidad. Ella lo agradece, y algunos objetos ya fueron a parar a su casa, como retribución por tanto regalo. Ella también es agradecida y sabe reconocer los buenos momentos. Sus compañeros le preguntan bromeando si es “gauchita”. El cambia enseguida su semblante y se pone serio. No le gusta que hablen así. Se trata nada menos que de la futura madre de sus hijos, con eso no se jode.
-El jabón -dice él, agitando su mano hacia el piso.
-Agachate vos nene -le contesta un compañero.
-Dale no seas pavo, pasamelo -se rie.
El chico lo acerca con el pie hacia donde está Raúl, que quiebra las rodillas hasta alcanzarlo, no sea que le gasten una broma pesada y ahora sí se baña tranquilo.


[#]

Raúl quiebra la cintura y pasa entre dos que quedan tendidos en el césped. Levanta la vista, mira al arquero y la clava en el ángulo de derecha. Gol. No es un gol cualquiera, están peleando la punta del campeonato y es el mejor momento para hacerlo: minuto cuarenta del primer tiempo. Se van al vestuario trasladando el problema al equipo contrario. Ahora, que laburen ellos, dice con una sonrisa. Y Raúl es el héroe. Los compañeros lo palmean, lo abrazan, murmuran mientras bajan por el túnel señalándolo en voz baja. Él lo sabe, sabe que es un poco el ídolo de sus compañeros pero lo toma con naturalidad y humildad. Dos cualidades que aprendió de chico en la escuelita de fútbol del Aldo. Qué profesor, cómo nos enseñaba -les dice a sus compañeros-, era un capo. Agarraba el pizarrón viejo, y te desmenuzaba un partido en dos segundos. La tenía muy clara. Se jubiló el año pasado, ¿lo conocés? ¿Cómo no vas a conocer al Aldo, nene?

En los vestuarios se viene la charla técnica y debe estar concentrado. Mira su celular en el banco y se reprocha, pero cómo lo dejé ahí. No suena, ni va a sonar, porque Eugenia sabe que a esa hora no lo puede molestar, pero él lo mira por las dudas, le aburre un poco la charla técnica, la arenga del profesor de educación física, de los muchachos. Sale a la cancha y hace lo que tiene que hacer y punto, ahora estaría perfecto un llamadito de la Euge, que le interese saber qué estoy haciendo. Hice un gol -piensa-, a ver si hago otro enseguida. Pero la tribuna estuvo floja, o hacen más quilombo o no hago nada ningún gol. Se los voy a decir apenas salga a la cancha. Ya veremos cómo. El celular sigue ahí, quietito y callado. Bueno, mejor -piensa-, si total qué otra cosa puede estar haciendo la Euge que necesite hablarme, seguro estará lo más entretenida con sus cacharros y su arcilla y sus proyectos. Los goles no son su fuerte. Aunque a veces viene, me acompaña, pero las tribunas no son para ella, es muy fina y delicada. A veces ha mostrado también un costado más agresivo, más barrial, más tribunero pero conservando la elegancia. Eso ante todo.

También tiene -piensa- su costado inverosímil, como aquella vez que le contó de la mano extraña que ella sentía que le daba un manotazo al aire mientras estaba en el baño, con la puerta abierta, arreglándose frente al espejo. Fue espantoso -dijo Eugenia- porque fue “real”, lo más real que viví en mi vida quiero decir y sin que estuviera allí. Es como si de pronto alguien fuera pasando vos te das cuenta que la tiene con vos que algo te quiere decir pero en realidad está enojado y sentís su presencia ahí del otro lado de la puerta aunque estuviera cerrada, solo un poco como para que entre aire que cuando me estoy depilando me mata el calor -sigue el relato de Eugenia-, justo ahí se apareció. Me tiró un manotazo, dos, hasta tres creo. Ninguno acertó. A mí se me bajó la presión, casi me desmayo. Me puse blanca, me miraba al espejo para descartar que estuviera loca, necesitaba la confianza de ver una cara conocida, aunque sea la mía ahí reflejada, y pensaba qué sería eso que por suerte había pasado ya.

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