sábado, 8 de enero de 2011

Rufino lanzado (XVI)

Serenamente recostado en su habitación Rufino estudia un manual de instrucciones del último aparatito que compró.  Un GPS.  ¡Para qué habría de necesitar semejante artefacto este muchacho!  Lo vio en vidriera y sin pensarlo sacó su billetera y entregó el dinero necesario.  Se fue a su habitación como un niño chico con juguete distinto.  Distinto y nuevo.  Cero kilómetro.  Eso le falta, un cero kilómetro, o un usado o algo en qué moverse y con qué perderse.  Camina la ciudad y su nuevo orientador le resulta prácticamente inútil.  Conoce todas las bocacalles, todos los atajos, todas las veredas y los nombres de las calles ya le resultan familiar.
Sin embargo, en la soledad de su cuarto estudia el manual que le promete divertidas aventuras y encuentros inesperados, tal como el lo soñó alguna vez.
Observa por la ventana de su habitación intentando divisar algún satélite de los que se vale su GPS pero le resulta difícil.  En su pueblo el cielo solía ser diáfano y luminoso.  Aquí, hay siempre bruma.  Y cuando no, humo.  Las estrellas no se mueven.
Entonces, vuelve a mirar por la ventana y descubre una voraz nube blanca que empieza a cubrirlo todo, como quemando el cielo viene a devorarlo.  Tiene forma de pacman y en su andar va destruyendo estrellas y oscuridad.  El color negro va dando paso a las luces como de flash de una tormenta inusitada y oscura que borra del mapa toda huella del abismo.
Golpean su puerta y Rufino no responde.  Quiere seguir así, sin que lo molesten, estudiando su manual y presionando botoncitos en el adminículo.  Lo prende y apaga cada vez que se siente perdido, en una pantalla distinta y sin opciones.  Se va quedando sin baterías de tanto gastarlo con los dedos y vuelve a enchufarlo.  Vuelven a golpear la puerta.  Esta vez, se levanta pesadamente y camina hasta la puerta.  Pega el oído a ver si descubre voces.  Si son más de uno, no abro -piensa-.  Silencio.
-¿Quién es? -pregunta.
-Soy yo Rufino, tu madre, abrime. -contestan del otro lado y es por lejos la respuesta menos esperada, aquella que nunca soñó.
-Mamá ¿qué hacés por acá? -pregunta él, abriendo apuradamente la puerta.
-Hijo.  ¡Dónde te has metido!  ¿Qué es este cuchitril, me querés decir? -pregunta la mujer y lo abraza llorando.
-Hola má.  Aquí estoy, mirá pasá, no está tan mal. -la invita a pasar y cierra la puerta detrás suyo.
-Tu padre está allá afuera, bajemos que queremos hablar con vos, pero no acá.  Queremos que vuelvas con nosotros.
-No mamá, aquí estoy bien, tengo todo lo que necesito, estoy buscando trabajo y mirá, ya me compré un GPS.  -dice Rufino.
-Ay, querido, cuánto te extrañamos y cuánta falta nos hacés a tu padre y a mi.
-Si, me imagino.
Rufino entiende que esta vez le va a ser difícil librarse de ellos, han venido dispuestos a llevarlo de vuelta y no sabe cómo hacer para convencerlos.  Quiere saltar por la ventana pero un primer piso no es garantía de nada.