lunes, 29 de noviembre de 2010

Rufino lanzado (XIV)

Rufino corría mientras se desplomaba una manga de piedras al mejor estilo cacería humana, lanzada contra todos en esta ciudad ahora gris de nubes y malhumor.  En esto estaba cuando alguien salía de un negocio de la cuadra y tropezó con él y los dos cayeron al suelo, al agua, a las piedras amontonadas.   Resbalaron por el colchón de granizo que ya se había juntado en la vereda, y los dos se miraron a la cara confundidos, aturdidos y llenos de bronca. Pero qué haces boludo -quiso decir Rufino- pero se guardó la puteada pensando que tal vez él también tenía la culpa del incidente.  El otro flaco se levantó rápidamente y siguió corriendo, detrás de el, el dueño del kiosco salió con el inalambrico en la mano, llamando a la policía: le acababan de robar.  Ese idiota que tropezó en la puerta del negocio, se llevaba la recaudación del día.  Bien hecho por hijo de puta.  Que se parta la cabeza en la esquina también, gritaba mientras le contestaban del otro lado del teléfono.

Rufino entendió la situación y siguió caminando.  

-Eh, pibe pará no te vayas -le pidió el kioskero.  -Vos lo viste al cabrón ese, me robó, esperate un rato que venga la policía así me ayudás de testigo.  Vos lo viste, no te vayas.

-Bueno, está bien, muy bien no lo vi, no me dio ni tiempo a mirarlo a la cara, pero me quedo y te doy una mano.  ¿Me puedo quedar adentro del local?  ¡Mirá como llueve!  -preguntó Rufino.

-Claro, pasá, servite lo que quieras.  Tenés una cara de hambre vos, ¿sos de por acá del barrio?

-Si, de acá a la vuelta, de la pensión de doña Rosa.

-Ah, la vieja esa... pasá pasá... ¿Pero entonces de dónde venís?  -preguntó el hombre mientras Rufino se secaba la cabeza  con servilletas de café y sacudía sus pies.

-Del campo, soy de un pueblito acá a 300 kilómetros, perdido en la frontera.

-Ah, qué lindo, uh allá si se vive bien, no tenés estos quilombos.  Acá hermano te roban a cada rato, es una mierda.  -dijo el hombre esperando con el teléfono en la mano.

-Si, está difícil y más para mi que no conozco mucho la ciudad.  A mi me gustan las computadoras, vine a aprender de eso y llevarme lo que aprenda para el campo, allá en mi pueblito no hay.  

-Es al pedo, no te gastés... las computadoras son una mierda, lo único que me sacaron a mi fue la plata.  Una porquería.  Gasté más de media vida trabajando en eso y mirá, terminé de kiosquero, nunca me fue mejor.  Acá conocés gente, te relacionás, hacés amigos, pero amigos de verdad.  Con la computadora estaba todo el día sentado ahí resolviendo problemas de otros, y para qué... para nada.  -El hombre se había entusiasmado y ya se estaba olvidando.  El teléfono no respondía nunca y se había olvidado del incidente, ahora estaba más preocupado por convencer a Rufino que las computadoras eran una lacra, nada útil.

-Es que no quiero trabajar en eso, yo quiero aprender nomás para comunicarme con otros a miles de kilómetros, como hacen todos.  Eso quiero, y nada más ¿es muy complicado decís? -preguntaba el.

-Puras huevadas nene, acá tenés laburo en serio.  Acá hay que arremangarse todos los días y atender a estos cabrones que dicen que quieren algo y si, lo que quieren es cagarte el día, amargarte la semana y no laburar.  ¡Hijo de putaaaa!  -gritaba en la vereda, mirando hacia donde se fue el chorro.

Al fin vino el móvil policial.  Rufino declaró lo que había ocurrido, los oficiales tomaron nota, formalizaron la denuncia y se fueron dejando al dueño del kiosco más tranquilo y a Rufino con una citación para declarar en la comisaría ampliando los detalles.  


sábado, 20 de noviembre de 2010

Rufino lanzado (XIII)

Rufino se sentía solo y triste por primera vez desde que llegara a la ciudad. Era mediatarde del domingo y su semblante estaba pálido por esto de la primavera. Su tristeza era toda suya, había estado durmiendo ese día en su cuarto, solo, recordando su llegada a la ciudad buscando conocer y estudiar eso que llamaban computadoras e internet.

Al final, se había ido por las ramas, distraido por tantas cosas nuevas que encontraba a su paso y sobre todo sus amistades nuevas: doña Rosa de la pensión y su vecina del otro cuarto, la que había rechazado su revista de historietas por aburrida -decía- y fea. Rufino quería conversar con ella, y preguntarle tal vez si tenía computadora y le enseñaba los primeros pasos.

Caminó hasta la habitación y golpeó la puerta. Silencio.

-Pasá -escuchó que le decían muy bajito.

Rufino tímidamente se animó a entrar. Se preguntaba qué estaba haciendo si estaba loco o qué. Pero avanzó en una habitación semioscura, con un velador mínimo orientado a la pared para mitigar la luz que competía con la pantalla minúscula de una notebook. Vanesa lo miraba dulcemente desde su cama, sentada, respondiendo mensajes en su computadora.

-Sentate -le dijo, guiándolo con su mano. -Acá, vení, sentate dale, no seas tímido.

-Ahí voy -dijo él controlando sus deseos de lanzarse como animal sobre ella y comérsela de un solo bocado toda entera. Pero esta imagen nada tenía de sexual, era solo el deseo de comérsela literalmente cual si fuera un monstruo cavernícola, un ermitaño caníbal capaz de saciar el hambre insaciable de unas cuantas eras humanas. A cada paso que daba, las imágenes se volcaban en su mente nítidas y definitivas. Él era un terrible monstruo-loco capaz de pensar en comerse un ser humano, una chica, una minúscula hembrita toda tibia y llena de pelos en su cabeza. ¿A quién quería engañar? Eso también era él. ¿Sería posible semejante atrocidad?

-Mirá, estoy contestando unos meils y ya estoy con vos. Termino en un minuto. -dijo Vanesa volviendo su vista de lentes a la pantalla y sus manos al teclado.

Rufino quiso ver cómo se hacía y para eso se sentó atrevido muy cerca de ella, oliendo cada cosa, cada retazo de perfume que emanaba de su cuerpo estremecía a Rufino, lo hacía temblar. Se mantenía con la vista fija en la computadora adivinando cómo se hacía, tratando de leer mientras su nueva amiga escribía.

-Parece fácil -dijo él.

-Si, tal cual, es una pavada. -contestó Vanesa.

-¿Yo podría enviarte meils? -preguntó Rufino.

-Pero por supuesto pavote, si es re facil, tenés que abrirte uno.

-Ah, abrirme uno... ¿me enseñás después?

-Por supuesto. ¿Pero me estás jodiendo? !Es increíble Rufino que no tengas meil!

-Y bueno, qué querés, si supieras de dónde vengo yo entenderías. -explicó él sosteniendo su pera con la mano, y el codo apoyado en su rodilla.  -Si vos supieras entenderías.



jueves, 11 de noviembre de 2010

Rufino lanzado (XII)

Salió de su cuarto con una revista en la mano. Quería prestársela a ella que estaba con insomnio y fumando en la escalera. Todo el tiempo que había perdido buscando alguien así ahora veía claramente que era su oportunidad de ofrecerse como amigo, de arrimarse como compañero de vida, de proyectar algo junto a ella.

Era una revista de historietas que Rufino había comprado ahora que vivía en la ciudad; historietas duras, con gráficos inquietantes y de muy buena calidad. Se había sorprendido, jamás antes había visto algo así. Quería ofrecerle la revista a ver si le ayudaba a conseguir el sueño.

-Leete esto -le dijo.

-Ay gracias Rufino, no te hubieras molestado -le contestó y tomó la revista con interés.

-Fijate la de indios, está rebuena -dijo él.

-Gracias otra vez, besito. -dijo dulcemente y se fue a su habitación dejando ese perfume que enloquecía a Rufino, que la miraba de atrás suplicando que lo invitara a seguirla.

Se quedó ahí un rato. Impávido, sordo, enmudecido por aquellas manos cuando tomaron lo que él ofrecía. Dulces, suaves, pintadas las uñas, bonitas. Manos de mujer. Allá en el campo las manos de mujer son duras, ásperas, al menos las que él conocía. Manos suaves es más difícil encontrar. Pocas mujeres usan guantes y las que lo hacen van al campo de a ratos no viven allí. Son de la ciudad. Más asustadas que otra cosa cuando les hablás de trabajar la tierra, y de todas las tareas del campo donde él vivía.

Las manos de ella en cambio eran sutiles y nuevas. Tenía la piel gastada por el aire. Nada. Eran bellas y ahora tenían un trabajo: hojear la revista de historietas de Rufino.

"¡Te vas a ensuciar las manos con tinta, tené cuidado!" quería decirle pero ella había cerrado la puerta hacía rato. Se acercó, quería escuchar algo, lo que fuera, pero la luz estaba apagada y solo había silencio. Raro, pensó, se habrá quedado dormida. Y bueno, la leerá mañana.

domingo, 7 de noviembre de 2010

Lucha

Llegué a la cocina en el momento justo para ver cómo entraba una araña tarántula enorme como buscando refugio.

Quise aplastarla de un pisotón pero se escabullía con una rapidez inusitada. En eso llegó Ella que había escuchado mi voz, y empezamos a seguirla juntos pero era imposible.

Se metió debajo de la cocina.

Cuando salió, se subió por su pierna pero quien gritaba era yo. Quiso agarrarla ella misma con la mano -imaginate yo, espantado-, y la agarró finalmente muy tranquila. La revoleó hacia afuera. Ahí le arrojé lo primero que encontré, una manguera enrrollada con toda la furia ¡y le pegué! Tiré hacia mi para ver si era cierto y venía toda sucia, ensangrentada, seguramente la había matado.

Yo era el cantante principal en las fiestas familiares.


García Be

miércoles, 3 de noviembre de 2010

Rufino lanzado (XI)

De aquella muerte poco se supo en la pensión, solo quedó el recuerdo de doña Rosa enfurecida con los brujos (así llamaba ella a los que escribían barbaridades en el diario) y uno que otro portazo.

Rufino lo recordaba aquel sábado contándolo con el mayor lujo de detalles del que era capaz a todo nuevo pensionado. Su explicación rozaba lo inverosímil. Que doña Rosa tenía indicios -según él- de dónde había sido la muerte pero acá se busca tapar todo, decía. La negación de aquel caso publicado hasta en los diarios había llamado la atención de Rufino que empezaba a darse cuenta cómo se manejaban en la ciudad, con qué rapidez se tapaban algunos hechos y de qué manera se miraba para otro lado cuando el tema aparecía en las conversaciones. A nadie le gustaba quedar como un desubicado comentando semejantes cosas. Mejor callarse.

Era doña Rosa, sin embargo, la que aquella mañana estaba hablando sobre la muerte misteriosa ocurrida en su propio barrio.

-Para mí que fueron los Benavidez -dijo ella y se sentó a tomar unos mates.

-¿Por qué lo dice doña Rosa, tiene algún indicio? -preguntó Rufino entrando en la charla mientras se hurgaba el oído como distraído.

-Y mirá Rufinito, yo los había visto con cara de enojados a esos diablos. Conozco lo que son capaces de hacer cuando les viene el demonio.

-Pero, ¿a quién habrán acuchillado doña? -preguntó

-Esa es una buena pregunta, dicen que a alguien de acá la vuelta, no se. Un tal Ramirez. Un cabo de la policía.

-Eh, pero esa gente anda armada siempre, cómo no se avivó que venían por su cogote -dijo Rufino en su español campesino.

-Mirá querido, vos imaginate que te agarran cuando te estás bañando, suponete, y obviamente no vas a andar con el arma a todos lados, ¿no? -explicaba ella.

-Claro, claro, y si puede ser, algo así habrá sido. -contestó Rufino.

Ya un poco aburrido saludó al pasar y se fue a dormir. Antes, abrió la heladera tomó un yogur vencido que alguien había dejado olvidado, sacó una cucharita del cajón y subió a su habitación. En la escalera fumaba con cara de preocupada la vecina del otro cuarto, que estaba junto al suyo y que habitualmente se sentaba ahí a fumar. Rufino con su yogur, se sentó unos escalones más arriba y se encontró fumando sin querer al ratito nomás. Pero quería terminarse la cena y charlar unas palabritas con ella. Estaba fuerte -según él- y a esta altura del año ponerse de novio era una idea que lo envolvía y no lo dejaba dormir en la noche. Ella estaba más buena que las mañanas de verano allá en el campo, bien temprano, cuando había llovido y salía a acuchillar la tierra con la máquina y el caballo overo.