martes, 8 de junio de 2010

SIN TITULO (VI)


VI


Cerró su ventana del chat. Deseaba no volver a abrirla jamás. Su experiencia reciente le dejaba un sabor amargo en cualquier actividad de internet. Especialmente cuando su amigo aparecía, su nombre, su apodo, cualquier referencia suya era motivo de amargura, de temor desmedido. Estaba arrepentido de haberlo confesado, y presisamente a él, de modo que ahora el protagonista de su sufrimiento estaba enterado, sabía de su desesperación. Había cambiado definitivamente su relación con internet. Un milagro hacía falta para que volviera la normalidad.

Consultó el estado del tiempo, quería salir a trotar por el parque. Era la única actividad que le permitía desconectarse, sacar renovadas fuerzas para pensar y olvidarse de sus problemas. En el parque había WI-FI, pensaba. Podría llevar un equipo y conectarse allá pero mejor no, mejor salia a correr, después de todo ese era el plan.

Había un frondoso bosque donde quería correr entre los árboles, exigirse, hacer piques cortos, tomar sol y saltar algún cerco. Era lo que más le agradaba, la sensación de estar cruzando algún límite no del todo permitido, era fantástico para Nicolás, siempre lo estaba haciendo. Recordaba cuando con su amigo frecuentaban el cine condicionado y no tenían mayoría de edad. A veces los dejaban entrar porque, o bien simulaban una edad mayor o bien le daban una generosa propina al de la puerta. Las películas aquellas eran en su mayoría brasileñas y estaban llenas de mujeres desnudas. En el cine de su época había pocas películas condicionadas demasiado obscenas, tan solo insinuaciones, misterio, erotismo. Era como saltar un cerco de 100 centímetros. Era algo divertido que compartía con su amigo cercano, a quien estaba siempre contándole cómo le iba en la vida real tratando de simular esas situaciones tan extrañas que veía en el cine. Una vez quiso llevar una chica al parque ahí donde estaba ahora, intentando repetir una escena de la película donde la chica se entrega bajo una florida selva, un impenetrable bosque del norte. Fue divertido hasta que la mujer se alejó saltando también ella los cercos que encontraba a su paso.

Ahora buscaba contraseñas, otros límites que sobrepasar. Quería encontrar la clave de su amigo, intentaba franquear la entrada del correo de Ricardo, pero sin éxito. El sistema le denegaba el acceso por muy complicado que fuera el algoritmo con que lo intentaba. Las palabras, las combinaciones de números y letras eran inútiles, era imposible conseguirlo. Pensaba que así descubriría cualquier intento de violentar su información. Quería encontrar en la agenda de su amigo algún contacto que revelara para quién estaba trabajando secretamente y en su contra. Su amigo era un experto también y seguramente no regalaría la contraseña de acceso a cualquier extraño que pretendiera ingresar combinando algunos números sencillos de la fecha de nacimiento o similares. Había puesto una clave bien difícil y Nicolás desistió en su intento. Era un límite que debía respetar. Mientras no tuviera pruebas fehacientes, por respeto a su juventud, tendría que olvidarse de la posibilidad de ingresar en ese correo.