lunes, 29 de abril de 2013

Apuestas

Se escuchaban algunos perros ladrar desesperados cada diez o quince minutos y después el silencio.  El vecino disparó un arma de grueso calibre y era inevitable pensar lo peor a esa hora.   Había rajado el silencio de la noche, como un rayo mortal sacude el frío nocturno en el desierto.

Imaginó que su padre de pronto abría la puerta y lo invitaba a jugar apuestas sobre caballos esa misma tarde.  Los apostadores se jugaban la vida allí pero él odiaba las apuestas y cualquier asunto relacionado con los juegos de azar.  Le parecían una invitación al resentimiento, a la envidia, a la fuerza de la naturaleza cuando parece destruir los hogares al desatar su furia, e interrumpe la vida con algo llamado muerte.

Su madre dormía sonoramente en la habitación cercana, y en su ronquido parecía imitar una vieja canción de cuna.  Ella había logrado algo siniestro: que su ronquido recordara una canción de cuna.  Algún día mataría a la vieja, se decía cada tanto, cuando ese ronquido se instalaba en su mente para despedazarle sus fantasías, sus alegrías e ilusiones...

Fue allí que se escuchó otro disparo. Inconfundible. En la seguridad de su casa, todo parecía volverse peligroso. ¿Y qué si uno de esos disparos atravesaba la pared de ladrillo hueco y terminaba con su vida? ¿Y qué si de pronto se terminaban para siempre los ronquidos  salvajes de su madre, durmiendo en la habitación de al lado? De sólo pensarlo sus manos empezaron a temblar. Su cuerpo estaba de pronto bañado en sudor y su frente era la frente de un asesino a punto de ser descubierto.  Es que las armas las carga el diablo, ¿acaso no sabe eso el vecino, el idiota del vecino que siempre se las ingenia para arruinarle a él los asados del domingo con su partido de fútbol atronando en la radio, mezclado con los gritos espantosos de su mujer cuando tienen sexo? Y qué habría pasado ahora, se preguntaba. Otra vez el silencio. Otra vez el ladrido lastimoso de algún animal en la calle que calaba el aire, como buscando una respuesta a los misterios del vecindario, como si el ladrido fuera a responderle  qué estaba pasando ahí al lado en esa casa de paredes ocres recién pintadas, que tenía unos dueños muy amistosos a veces, y que solían tirarle a ellos huesos y toda clase de restos de comida los domingos.

Su bronca empezaba a hacerse cada vez más evidente. Llamaría a la policía, que ellos se ocuparan.  Finalmente, para eso estaban ¿no?  Era inaudito que todas las noches, en medio del frío y de los ladridos, se oyera un disparo.  ¿Es que acaso tendría un equipo para imitar el sonido de las armas aquel idiota?

Todo era posible.