lunes, 14 de mayo de 2012

Una bonita historia

De pie frente al empleado del banco, contaba el dinero, cuando escuchó los disparos al aire (una locura) y los gritos de la gente y las amenazas del ladrón.  De inmediato buscó alrededor una mirada que le dijera qué hacer en una situación como esa.   Tirarse al piso, con dinero nuevo, su dinero, sus ahorros y un maldito chorro al acecho.  Qué mala suerte.  Ahora tendría que entregarle todo y pensar en la fortuna de seguir con vida, si es que aquel delincuente tenía la bondad de dejarlo ir.  ¿Y si estaba drogado o borracho y enloquecía de pronto, y empezaba a los tiros contra él y los que estaban ahí en la fila?  Sería estúpido morir así, de ninguna manera lo permitiría.  En especial por su familia que lo estaba esperando.  Sano y salvo y con dinero.  Ojo.  Mucho cuidado con volver con las manos vacías.  Mucho cuidado con volver a casa con las manos lastimadas.  Tendría que hacer algo con aquel tipo.   No sabía qué, pero debía pensar en algo y rápido, así como estaba con la cabeza tapada con las manos y el dinero en el suelo, bajo su pecho.

Miró a los costados, una chica de un rostro hermoso lo miraba con los ojitos llenos de lágrimas, el estupor, el horror dibujados con claridad.  Sintió por primera vez ganas de ser un héroe.  Por él, por la chica, por su familia y también -por qué no- por aquel pobre infeliz que estaba ahí llamando la atención desesperadamente, quién sabe qué problemas tuvo en su infancia, parado ahí con un arma en la mano y con dinero en los bolsos listo para huir.

Agazapado como estaba, sacó de su bolsillo una pequeña navaja con la que más de una vez había bromeado acerca de lo que realmente se podía hacer con eso, que apenas servía para cortar una soga, abrir una caja encintada o atornillar algo sin demasiada fuerza porque lo rompería.  No importa -se dijo- la voy a tener aquí cerca por las dudas.  Él con un arma de fuego.  Yo, con esta cortaplumita de mierda que no corta sino que apenas lastima.

Devolvió a la chica una mirada de "ja, mirá lo que voy a hacer..." y estudió la situación.  El muchacho rodeaba a la secretaria del gerente a quien había ido a buscar por las llaves de la bóveda.  ¡Abrime la caja fuerte!  ¡Vamos, vamos, la guitaaa! -gritaba enloquecido.  La secretaria lloraba y se movía torpemente buscando una llave en un cajón.  Él sospechaba que aquello mal podía abrir ninguna caja fuerte.  Lo cierto es que la distracción servía y mucho para cualquier pequeño movimiento que pensara hacer.  De pronto se movió.  Estiró una pierna hacia atrás como un corredor a punto de largar, afiebrado, esperando la oportunidad.  En la mano el cortaplumas sostenido con fuerza y con la única esperanza de que aquella locura saliera bien.  El chorro miraba atentamente los movimientos de la secretaria que buscaba en el cajón del escritorio alguna llave, alguna combinación numérica.  Él saltó de su lugar con audacia y clavó de un sólo golpe aquella hojita afilada en la garganta del delincuente.  Brotó un tibio chorro de sangre y cayó desplomado mostrando su arma, queriendo moverse en aquella lucha, como quien intenta un último movimiento salvador.  Pero no le alcanzaron las fuerzas para apretar el gatillo.  Solamente, caerse al piso, desplomarse y rendirse a la muerte que lo esperaba con los brazos abiertos, feliz, muy orgullosa de aquel amigo nuevo que llegaba a su encuentro con las manos vacías pero con una bonita historia de delitos que contar.

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