viernes, 31 de agosto de 2012

La máquina gana


"Luces calientes atraviesan mi mente,
 te veo a vos."
Sumo

-Tengo un par de deudas o mejor dicho, un par de miles de deudas.  A cada santo una vela como reza el dicho popular.  Sin embargo estoy convencido que antes que el año termine, saldaré la mitad al menos.  -Rufino se consolaba pensando lo bien que iba el trabajo.  Era la época del año en que las cosas suelen empezar a cambiar de rumbo, la temporada alta que le dicen.  Los clientes empiezan a agolparse en la entrada del negocio, y la cara del dueño cambia totalmente.  Se convierte en un sujeto agradable, sonriente y generoso  que lo tiene a uno en bandeja de plata.  Te da todos los gustos, incluso antes que te atrevas a pedirlos.  Es adivino.  O brujo.  Se me ocurre ésta metáfora: cuando el viento sopla de cola y las olas están bajas, la nave avanza a toda marcha y el jefe es bueno, solidario y buen compañero.  Pero cuando el viento arrecia y las olas estremecen el barco, ahí la cosa cambia.  El jefe es un ortiba de aquellos.

Eso es lo que ocurre una vez terminado el verano.  Los días parecen cambiar el humor de la gente.  Incluso los pocos clientes que vienen al negocio están de mal humor, menos quieren comprar.  Sólo lo indispensable para la vida.  Cualquier otra cosa es inútil, incluso mi cara.  Les falta escupirme a veces.  Yo lo noto enseguida y trato de calmarlos hablándoles del clima, ofreciéndoles algún regalito que tenga a mano, o cualquier oferta que me imagino les pueda servir.  Los conozco a casi todos.  Vivir en esta especie de bosque retirado del pueblo, nos da una seguridad de que es aquí donde van a venir todos.  Y a todos los conocemos.  Sabemos cuántos familiares son en casa, cuántos vecinos y quiénes son.  De manera que es fácil acertar cuando queremos adivinar y hacer un regalo.  De verdad, sabemos mucho de la gente que vive aquí.  Todos ellos vienen a cargar combustible acá, es el único lugar habilitado.  Tenemos esa bomba tan vieja pero que todavía funciona a la perfección.  Y eso funciona también como gancho.  Muchos vienen por el combustible, pero terminan llevando otras cosas.  Para el auto o para la casa.  De primera o de segunda necesidad.

Igual, es un tanto aburrido en el invierno.  Sobre todo cuando nieva, hay que trabajar mucho.  Por eso a la noche, a mí me da por jugar al poker on-line, y eso lamentablemente ha sido mi perdición.  Estoy endeudándome a pasos agigantados.  ¡Mi jefe me sigue a la par, eh!  Está entusisamado con la tecnología como yo.  A los dos nos encanta jugar y más ahora con internet que jugamos con gente de todo el mundo.  ¿Será cierto?  ¿No será que la máquina tiene esos jugadores completamente inventados? ¿Ah, pero y cuando chateas?  ¡Y qué, bien podrían ser robots!  Eso me decía un amigo.  Hoy la tecnología hace que uno crea que está hablando con alguien y no, en realidad es la misma máquina que elabora contenidos y conversaciones de los más variados temas teniendo en cuenta ese conocimiento que va acumulando de nosotros y que registra obviamente en sus memorias internas.  Nos conoce mejor que nosotros mismos, de hecho evita mostrar de repente todo lo que sabe.  Nos retacea información, nos oculta todo lo que sabe de nosotros porque nos daríamos cuenta enseguida que estamos siendo engañados.  Tan hábilmente las han programado.

O sea, el escenario es el siguiente: me conecto a un servidor de juegos, y elijo uno al azar.  Normalmente elijo póker.  Este servidor ya tiene información sobre mí, y me pone a jugar con "julio399" que es un robot.  Yo entro como un caballo y empiezo a conversar con él, pero atención, el tipo sabe cosas de mí como gustos, preferencias, ideologías, y un largo etcétera y va desgranando una conversación totalmente inventada, en la cual obviamente me va envolviendo y haciéndome perder muchísima guita.

Termino la sesión feliz.  Feliz de la vida porque he conversado con alguien, pero totalmente seco:  la máquina me ganó otra vez.

sábado, 25 de agosto de 2012

while en Emacs Lisp

Una plantilla para el comando while en Emacs Lisp sería la siguiente:
   (while true-or-false-test
      body...)
Este bucle se va a ejecutar siempre que el test nos de 'verdadero'.
Evaluar una lista vacía, nos da 'nil'.  Entonces puede ser útil para salir del bucle, simplemente evaluar una lista.  Si la lista está vacía, salimos del bucle.  Si no, continuamos con la ejecución del mismo que puede ser, por ejemplo, quitar un elemento de la misma, y así sucesivamente hasta encontrarnos con la lista vacía.

Otra posibilidad naturalmente es utilizar un contador.  Este contador a medida que va ejecutándose el bucle, va decreciendo hasta llegar a un valor que ocasionará que el test de falso y así salir del bucle.

El test puede ser una expresión del tipo (< contador numero-deseado) que va a devolver t de verdadero si el valor de contador es menor que el del número deseado.
inicializar contador
(while (< contador numero-deseado)           ; test
   body...
   (setq contador (1+ contador)))            ; incremento

El valor inicial del contador suele ponerse en 1.

martes, 14 de agosto de 2012

Un robo programado

Se quitó el abrigo y lo colgó en el perchero que habían instalado detrás de la puerta.  Se sentó un momento en la silla del living y apoyó el codo en la mesa, pensativo, observando la calle a través de la ventana.  ¡Qué hice!  Se preguntaba.  ¡Qué hice!

Un fuerte golpe.  Más de cien mil pesos robados a gente que seguramente no los necesita.  El sentimiento de culpa estaba presente, para recordarle que otras veces había actuado igual, desobedeciendo las costumbres familiares, los mandatos sociales y la seguridad impuesta por su conducta intachable.  Tenía ese socio bastante hábil para atar personas en situación de robo, bastante hábil para planear hechos delictivos, y llevarlo a él por el camino del delito, convirtiéndolo en el malo de la película, en el personaje que nunca en su vida había sido un héroe para el.  De chico veía las películas del lejano oeste y se encariñaba con los buenos, jamás con los malos.  Había leído que ciertas personas tenían preferencia por los otros, por los que acuchillaban, mataban con revólveres o simplemente traicionaban a su mejor amigo.

El consideraba la situación, veía que por lo menos los próximos cuatro años no debería trabajar.  Así, un cálculo rápido le daba esa cifra.  Cuatro años.  Lo mínimo indispensable de una vida silenciosa, tranquila, de bajo perfil, que tranquilamente podía pasar desapercibida en el pueblo.  Mudarse no era una alternativa a considerar siquiera.  ¿Para qué levantar sospechas?  ¿Para qué agitar las aguas, si podía armarse de paciencia y tolerar a la idiota de la vecina que le daba alimentos a su perro, y el no podía decirle nada, y regaba todas las mañanas a la misma hora y como quien no quiere la cosa, regaba también sus plantas, lo cual estaba bueno pero le sonaba a invasión, a falta de límites, a meterse en la vida de los demás.

Sus pasos habían sido los adecuados.  Robar esa cifra, esa cantidad de dinero exagerada, no estaba en sus planes, pero ¡qué va!  ¡quién iba a imaginarse que los tipos esos tendrían tanto en la caja fuerte!  ¡Y que iban a estar dispuestos a entregárselo sin chistar, sin hacer ningún movimiento sospechoso que lo impulsara a lastimarlos y complicarse la vida!   Por supuesto, su amigo se encargó de casi todo.  Él sólo tuvo que vigilar con el arma empuñada y lista, una de las ventanas que daba a la calle.  Digamos, había cumplido su función de campana a la perfección.  Estaba seguro que nadie los había visto.  Habían vigilado de cerca los movimientos del dueño y se habían memorizado todos los rincones del lugar en sus visitas inocentes cada mañana.  Iban, preguntaban una estupidez y miraban alrededor buscando cámaras de seguridad, vigilantes ocultos, vidrios espejados que pudieran figurar un espía interior, todo eso.  Los riesgos son riesgos, se habían dicho esa mañana que decidieron finalmente planear el robo.  Estaban tranquilos, solos, nadie más los acompañaba ni sabía que iban a alzarse con un botín semejante.  Sus familiares habían viajado y a otros les habían mentido acerca de un trabajo urgente que les había salido en San Luis, donde pasarían la temporada de invierno y quizás entrada la primavera.  Durante el tiempo que permanecieron en la ciudad, se pasaron los días encerrados planeando todo, y sólo salían para ir de compras a un almacen retirado de ahí, de modo de no despertar sospechas, ni hacerse ver.  Las visitas al local donde hicieron el atraco las habían hecho antes.  Se habían tomado un tiempo más que prudencial para hacer bocetos, controlar movimientos y hacer preguntas a los vecinos que, desprevenidos, respondían con entusiasmo sin advertir que aquellos tipos estaban armando un plan para robar ahí.

Después, viajaron a Las Leñas.  Con todo el dinero en las valijas, se tomaron un taxi y huyeron hacia el centro de esquí.  Era un buen lugar para esconderse.  Nadie pensaría que podían ocultarse tan cerca.  Tan cerca y tan lejos.  -Estos lugares selectos y elitistas normalmente son de difícil acceso para la policía y los investigadores y además están llenos de chorros -bromeaban ellos- y nadie nos buscará ahí.   -Además, podremos tomar clases por fin, y usar los medios de elevación, va a ponerse bueno -fantaseaban al borde del éxtasis.