lunes, 12 de agosto de 2013

Para seguir viviendo

Lo mira fascinada, pensando cuánto amor, cuánta locura aquellos días de primavera cuando se conocieron y empezaron a salir, a frecuentarse animadamente.   Lo mira jugando al fútbol, con sus amigos, en el baldío cercano que alguien regaba aprovechando las acequias que había en la ciudad, que traían agua de quién sabe donde y que la gente usaba para regar las plantas y las calles de tierra.   También lo observa cuando arregla un auto para competir en las carreras de speedway. Pero ahí la dificultad son los auspiciantes.  Todo el revuelo se arma llegando el fin de semana, porque a la noche tienen que presentar el auto, y correr.  Hay que llegar afinados, con el auto bien armado para ganar por las buenas o por las malas.
Había abandonado los planes de ir a estudiar a la capital de la provincia.  Es que por aquel muchacho era capaz de cualquier cosa, sería capaz de eso y mucho más.  Tan fuerte era su amor a esta altura de las cosas.  Lo sentía así, y quería demostrarlo en cuanto fuera posible.  No le importaba nada su condición de virgen, su condición de niña recién salida del cascarón, no le importaba que él fuera un atorrante con todas las letras, que seguramente le era infiel después de los partidos de fútbol o después de las carreras de auto.  A ella le daba lo mismo.  O no, en realidad no... Sentía unos celos enormes pero para reafirmar su amor debía ser capaz de no sentir, de fingir que todo estaba bien, que era capaz de tolerar todo eso y más.  Sabía que era una actitud condenable, pero quería por todos los medios posibles retener a su amor de la juventud.
Y no lo lograba.  Él siempre terminaba escabulléndose por alguna rendija de sus redes, siempre encontraba la manera de escaparse para reunirse con sus amigos e irse de joda incluso con otras chicas de su edad.  Cuando ella se enteraba se amargaba bastante, eran momentos duros, desolados y muy tristes, mezclados con la bronca lógica de saberse traicionada por quien dice ser su amor eterno.  Eterno las pelotas, se decía, con el rostro lleno de rubor, encendido de la bronca, y esperando el momento para desquitarse con él, o con quien fuera que tuviera a la mano.
Su padre, por ejemplo.  Le servía de blanco de todas sus quejas, de todos sus gritos por el mal rato que le hacía pasar su novio.  Y era fácil, cualquier cosa que le preguntara al buen hombre, este respondería una barbaridad, total era un absoluto ignorante de las cosas en informática, ahí tenía un un gran terreno donde hacer sentir idiota a su padre.  Cualquier pedido, cualquier duda, cualquier interrogante sobre el particular, dejaba al pobre hombre en un estado de mente en blanco total, de absoluto desconocimiento de lo que se estaba hablando.  Y ahí aplicaba su puño de palabras, donde más duele, donde cualquier otro ser humano hubiera estallado en insultos que él callaba porque se trataba de su hija, un ser casi de otro mundo.  Jamás le levantaría la mano por más que le dijera aquellas brutales palabras que lo herían en lo más profundo.  ¿Y a quién le importa si no sabe nada de computación? ¡Que le pregunten a otro!  ¡A mí qué mierda me importa si hay que usar sistemas operativos libres o propietarios!, se preguntaba íntimamente el padre, mientras mordía su lengua antes de decir nada ante cada palabrota que profería su hija, su tierna hija adolescente cargada de frustración por aquel mal novio que le hacía pasar muy malos momentos.
Pero ella lo quería y frente a la urgencia que significaba el paso del tiempo sin estar con él, y ver que todas sus amigas pasaban esos mismos momentos abrazadas y dándose besos con sus novios y ella no, tenía que esperar y sentirse sola y traicionada, y dejar que aquel muchacho se fuera de fiesta con sus amigos.
Pero un día, tranquilamente, conoció a Estela.  Una joven vendedora de verduras de un puesto que abrieron cerca de su casa, al que concurría regularmente a comprar sus verduras y sus frutas, tenían de la mejor, y llevaba a su casa encantadoramente con su bolsito de supermercado, y desparramaba en la mesa de la cocina hasta lavarlos bien y guardarlos en la heladera.  Estela que, como su nombre lo indica, dejaba también una estela a su paso, tenía un agradable aroma a mujer joven y ya sabemos qué significa eso, cuán encantadoramente atractivo puede ser, era una muchacha muy bien mandada que hacía su tarea con dedicación y esmero  y que solamente por ella daban ganas de seguir viniendo (no,  viviendo) y comprando regularmente ahí en ese puesto.  Además se encargaba de mantener todo húmedo y limpio, como le gustaba a su jefe.  Era una delicia ver las manzanas brillantes y rojas, todas en sus cajoncitos prolijamente ordenados y perfectos al lado de las naranjas, rozagantes y simétricas, todas iguales.  Gracias a Estela.  Un amor.
-Dos kilos, dame. -dijo ella.
-¿Dos? -preguntó Estela- ¿No querés aprovechar la oferta?
-Bueno, dame la oferta.
Era imposible negarse.  Cuando ella ofrecía, la fruta ya estaba en tu bolsa.  Nadie se negaba.
Milagros, resurgía por aquellos días del infierno de ese novio totalmente desalmado que la llevaba a la rastra, de las mechas, en una relación sin sentido y sin cariño.  Por fin, un día, ella se decidió a plantarlo.  Tal como hacían seguramente los proveedores de Estela con sus productos.  Ella lo plantó y el chico quedó desconcertado.  Diez minutos.  Después siguió planeando su fin de semana, tranquilamente, sin importarle demasiado aquella ruptura.
Milagros lloró, claro, toda esa tarde, y solamente volvió a sonreir frente a Estela cuando le devolvía el dinero de su vuelto, con una sonrisa aspiradora, como le decía después, a esa sonrisa que es imposible no contestar con algo parecido o al menos con un comentario halagador.  Qué bonita era.
-Un kilo de remolacha.  ¿Y ahora qué hago con esto?  Mi madre nunca me enseñó a cocinarla, no debe ser difícil, pero sí me acuerdo de todo ese color rojizo en el agua que había que tirar porque en realidad no servía de mucho.
-No te hagás problema, enseguida me conecto y te mando al correo unos truquitos para que te salgan espectaculares -dijo Estela-.   ¿Cómo es?.
-Sí, anotá.
-Chau, gracias. -se despidió Estela, mientras pasaba el turno al otro cliente.   Milagros estaba encantada.  Qué facil era atender bien a la gente, hacerla sentir feliz aunque sea por un instante en su vida.






Milagros sigue con su rutina habitual de los días martes: a la mañana estudiar para rendir un final, y a primera hora de la tarde, gimnasio.  Dos horas.  Es una adicta al gimnasio.  De ahí no se mueve hasta estar completamente agotada y cansada de la bicicleta, del elíptico, de las pesas, que ella misma controla con gesto serio y más de una vez, asegurándose que los varones hagan bien las cosas sino ella misma los corrige.
-Ahí pusiste dos pesas de más, te vas a lastimar -les dice en tono de broma a algunos.
-Mirá, Mili, esto es fuerza. -contestan mientras suben muchos más kilos de los que ella sería capaz.
La calza que normalmente lleva vuelve locos a todos.  Disimulan, respiran, transpiran, se dan cuenta que ella los está mirando y bajan la mirada o inventan algo rápido para que no se note su calor.
La heladera de jugos es el lugar favorito para hacer sociales.  Hasta allí va distraída a buscar la bebida y lo encuentra justamente a él, demorado con otra chica, así que da media vuelta y se va.  Después volverá -se dice- total qué me importa este tonto, si es un pedazo de infeliz que no me merece.
Vuelve a su mente el recuerdo de Estela, y empieza a sentir un calor inusitado y nuevo, algo que la inquieta y no logra entender todavía de qué se trata.  ¿Estará Estela dispuesta a salir con ella?  ¡Pero no por Dios, en qué esta pensando!  ¿Lo único que le falta ahora, volverse trola?
Lo piensa y cambia la mancuerna de posición.  Ahora con el otro brazo.  Y uno, y dos, y uno y dos... así rítmicamente, mirándose en el espejo, disfrutando de la vista, de la suya y de los chicos prendidos fuego a su alrededor que no le sacan los ojos de la cintura.  De la cintura y de las caderas.  Y ella lo sabe y lo disfruta como loca.  Ella misma se disfruta, y eso le parece bastante... gay (sonríe).
Mira el reloj, ya son más de las cuatro.  Debe seguir con sus estudios.  Antes pasará por el centro a retirar una cadenita que dejó en la relojería, que se rompió en la última sesión de gimnasia.  Sabe que en el camino puede tomar por la vereda de la derecha, y de paso disfrutar de la sombra escasa en este tiempo, pero sobre todo así podrá pasar por la verdulería de Estela y saludarla, hacer como si nada, como si la casualidad estuviera llevándola por ahí.  Está ansiosa por llegar, por saludarla y sentir su perfume.  Se sorprende a sí misma con estos pensamientos, evita pensar en la moralidad de todo eso, más bien se siente a gusto porque la tarde está preciosa y salir del gimnasio es la mejor hora del día.






Entró a la relojería mirando de reojo la vidriera, y adivinen a quién tenía en sus pensamientos.  ¿Le gustará ese anillo a Estela?  No he visto que use  mientras atiende, pero seguro cuando sale se pone algunos. ¿Y aquel reloj?  Cuesta caro, pero me encantaría preguntarle la hora y que me la diga mirando ese reloj pulsera hermoso, de color dorado.
-Hola.  Vengo a retirar una cadenita que dejé para arreglar -dice ella.
-Si, decime tu nombre.
-Estela... no perdón qué tonta, jaja, ¡Milagros! decime Mili -dijo ruborizada-, estaba pensando en una amiga con quien venía conversando -se justificó.
-Dale, ahora me fijo -contestó el empleado revisando el semblante de Milagros que estaba algo contrariado.
Dio media vuelta y se puso a mirar con detenimiento la vidriera del interior de la joyería pensando en la situación absurda que acababa de vivir.  El empleado seguramente ni se imaginaba los pensamientos en su interior, sobre este germen de sentimiento homosexual que la estaba penetrando, que estaba creciendo en su interior de una manera imposible de frenar.  Y ya no vio más nada en la vidriera.  Quería retirar eso, pagarlo, y escapar corriendo pero también se sorprendía cómo, cada día que pasaba, ese sentimiento se hacía más y más estable en su vida, ya no se peleaba tanto con él, y crecía y crecía.






Es una mañana fresca en San Rafael, todavía no ha salido el sol, y ya algunas vecinas riegan la vereda sin mayor sentido que el darle a la mañana más frescura y humedad.  En un clima seco como el nuestro, se agradece.  Solo que me cuesta entender cómo hacen con el frío de la mañana y el agua helada.  Las plantas de las veredas se preguntan angustiadas cada día, si el resto de la semana tendrán que pasar por lo mismo, pero claro, ellas no dicen nada.  ¿Será sólo mi imaginación?
Milagros paseaba por la avenida del centro, preguntándose estas cosas sospechando que a ella le tocaría pasar por lo mismo si alguna vez se formaba una familia, tenía su casa y sus hijos, y a su marido esperándola cada día o más bien al revés ella esperándolo a el, pero muy bien no sabía.  Esta confusión angustiante: imaginarse que él la esperaba a ella.  ¿Sería que estaba más del lado de los hombres que de las mujeres?  ¿Le parecía sensato que él la esperara en casa mientras ella trabajaba afanosamente para ganarse el pan?  Era la costumbre de la época que le tocaba vivir.  Ahora son ellas las que trabajan.  Pero ellos también, igualmente, eso de la vereda húmeda no lo veía en sus planes, a menos que estemos hablando de una muy entrada edad, cuando ya las canas hacen lo suyo y probablemente ella esté retirada.  Lo del agua, no.  Y menos ahora con la escasez que hay, y con la preocupación por el medio ambiente que ya nos tiene fritos a todos.  ¿O no?  Estela seguramente sabría qué hacer.
¿Y esos ruidos?  A ver si tengo unos minutos más -dijo, sintiendo a Looney dando lamidas a su nariz.  ¡Eran más de las ocho y ella durmiendo!  Había tenido un sueño.  Un sueño sereno y placentero que se había terminado con aquel perro lamiendo su nariz y dejando una fina humedad en su rostro.
El sueño no decía mucho, que ella era el hombre de la casa, la que llevaba los pantalones, y dejaba a su pareja en casa atendiendo las tareas del hogar, como si eso fuera algo avergonzante.  Pensaba otra vez en Estela.  Ella sabría qué hacer, se dijo antes, pero aún así lo que de verdad quería era verla, hablar con ella y tal vez decirle o hacerle entrever lo que le estaba pasando por su cabecita y su corazón.  Aquella atracción bien podía ser mutua.  Bien podía Estela estar pensando lo mismo, estar sintiendo lo mismo, estar soñando lo mismo quién sabe.  Y si así fuera, en un par de meses estaría durmiendo a su lado, y tal vez Looney no le daría más bolilla a ella sino a Estela.   Y eso la pondría celosa, pero no importaba.  Era fácil compartir el cariño del perro con quien se ama.  Lo meterían también a la cama a que duerma con ellas, pero no, quizás a ella no le gustaban los perros, o por lo menos ensuciar la cama con las mascotas...






-Estela, qué tal -dijo bajando la mirada en dirección a los cajones de frutas.
-Hola Milagros, bien, ¿cómo estás vos? -preguntó Estela, con su sonrisa brillante y joven.
-Bien.  Aquí andamos, queriendo comprar alguna fruta, ¿qué me recomendas hoy?
-Mirá lo mejor que tengo son las manzanas, están impecables, riquísimas. -Le faltó decir deliciosas.
-Bueno, poneme dos kilos, y de esos kiwis también algunos -dijo Milagros, buscando en el aire alguna palabra para llevar la conversación  a donde ella quería.-   ¿Se llevan bien las manzanas y los kiwis?
-Sí, claro se llevan bien -contestó.
-Qué linda está la mañana, no?
-¡Si, realmente! -dijo Estela mirando el cielo- está increíble.
-¿Salís a caminar, Estela?
-Nooo, para nada, demasiado camino acá en el trabajo, y además los feriantes me hacen madrugar mucho.  La siesta es para dormir a pata ancha nena.
-Ah, qué lástima, me hubiera gustado salir esta tarde a caminar un rato es que estoy muy sedentaria últimamente.
-No, pero te digo, yo veo pasar muchas parejas de mujeres caminando y me pregunto realmente, ¿qué le ven a caminar? ¿Estarán realmente locas?
-Bueno, un día acompañame y vas a ver que vale la pena.  Lo bueno es hacerlo en compañía así vamos charlando un poco también, no se, es que mis amigas son unas vagas todas, a ninguna le gusta.
-Bueno, dale, seamos amigas si querés, pero caminar no lo creo, lo veo muy remoto -contestó ella y comenzó a reirse sabiendo que era gracioso esa actitud antideportiva.
-Daaaale genial.  Te llamo un día y hacemos algo ¿si? -preguntó Milagros feliz.
-Cuando quieras, tomá te doy mi número.
-Ok.
Milagros lo guardó en su billetera en el lugar del dinero.  Así de importante era ESE número.  Quería tenerlo ahí y no perderlo por nada del mundo.  Apenas tuviera un momento libre la llamaría pero para invitarla a pasear, a tomar un helado o lo que fuera.  ¿Por qué no, a charlar y tomar mates en casa?  Como para empezar, unos matecitos en la vereda, al calor del sol de la siesta estaría perfecto.  Además, Estela cerraba la verdulería a esa hora, y podría perfectamente tomarse un rato para estar con ella.  ¿Y si se le hacía costumbre?  ¿Y si toooodos los días la tenía ahí, charlando y contandose sus cosas?  Sería perfecto.  Mientras no vengan los clientes a molestarlos, a decirle cosas ridículas por esa relación extraña para muchos, e indebida para otros, y totalmente normal para otros tantos, no habría problema.  Pero si esto le ocasionaba problemas a cualquiera de las dos, no se lo perdonaría.  Sería horrible tener que soportar a las viejas chusmas mirando de reojo y molestando todo el tiempo.  Conocía a un par.






Su lengua pegagosa, su vientre entumecido, su paladar completamente ampollado nos dan una idea del día que estaba amaneciendo para Milagros, y su completa perplejidad de no entender qué le había caído mal, si habían sido las verduras (imposible) o el helado de chocolate (mucho) que había comido la noche anterior.  Sin dudas, pensó en esto último.  ¿Pero es que ya no los hacen de ingredientes naturales, o justamente estos son los que hacen mal?  ¿Acaso estará prohibido comer en exceso aunque sean de buena calidad?
Llamó a Estela.  A su celular.  Le dijo que se sentía horrible, que por favor en cuanto tuviera un ratito se diera una vuelta por su casa que necesitaba ayuda.  Estela respondió que sí, que apenas pudiera iba lo más pronto posible.  Que no se moviera de la cama,  que ya iba.
Diez minutos después, golpearon la puerta de casa, y Milagros gritó
-¡Pasá!
-Holaaaa  -dijo pausadamente Estela, mientras abría la puerta.- ¿Dónde está la enfermita?
-¡Aquí, Estela! -contestó ella.
-Hola, amiga, ¿qué anduvo pasando?
-Y mirá, debe haber sido el helado que me comí ayer, estaba riquísimo -se veía pálida.
-Ahhh, pero la señorita se da una panzada de helado y después quiere andar fresca como una lechuga, ¿cuánto te comiste, un kilo vos solita?
-Y..., más o menos.
-Eso es too much señorita... a ver que le preparo un te. -contestó Estela cariñosamente, mientras buscaba la puerta de la cocina pero se volvió y le estampó un beso en la mejilla, que a Milagros le sonó prematuramente húmedo y cariñoso.
-Gracias por venir Estela, me siento terrible.
-De nada nena, bancá que te hago un te de yuyos a ver si se te pasa, si no vas a tener que ir al médico eh -gritaba desde la cocina.
-Y sí, ya lo creo.
El cuadro es el cuadro típico de dos amigas que se sostienen una a otra, que se acompañan, que están cuando la otra necesita, pero había algo en la mirada de Estela que hacía perder la confianza.  Y les pasaba con todos los que la conocían.  A poco de conocerla su mirada como distraída por momentos, retirada de la realidad, comenzaba a levantar algún tipo de sospechas.  Eso sucedía en cuanto entablabas una amistad con ella, y habían pasado unos días, nunca de primera intención, pero siempre terminaba sucediendo.  Y aquel momento era el preciso momento en que la relación de ambas cambiaría para siempre.  Sin lugar a dudas, la búsqueda de Milagros estaba llegando a su fin.  Era Estela la persona indicada, se lo preguntaba una y otra vez, y la respuesta llegaba rápidamente, al verla también a ella sola y muy servicial, muy buena amiga, muy buena mina en general.  Ella sabía con tan poco tiempo de frecuentarla que podía contar con ella en cualquier urgencia.  Ella estaría ahí.  Habría que respetarle esos tiempos de mirada perdida, de ausencia, pero por lo demás hacía tés de yuyos riquísimos y muy sanadores especiales para los atracones de helado, por lo que rápidamente volvió la sonrisa a la cara de Milagros, volvieron a reir de cualquier estupidez, y como se había hecho la tarde se metió ella también en la cama y durmieron plácidamente la siesta.  Estela durmió.  Milagros la miraba con sus ojos entreabiertos, maravillada del momento de tenerla ahí cerquita, de sentir su olor y de verla con los labios cerrados descansando confiadamente al lado de una desconocida -quizás- como era ella.






Se le antojó masoquista el hecho de comer tanto helado y después sentirse terrible como se había sentido pero por otro lado, estaba feliz de que ese acontecimiento hubiera hecho que Estela se metiera en su cama, de manera que, no todos los actos masoquistas están del todo mal.  Lo volvería a hacer.  De hecho, compraría helado esa misma tarde, para invitarla a ella que se estaba despertando de la siesta, confundida con las sábanas, y medio enrollada en la almohada.  Su piel era muy suave, Milagros lo había comprobado mirando a través de su musculosa verde y casi transparente que dejaba ver lo más sutil y redondo del cuerpo de mujer y que ella había mirado con deseo.
-Hola -le dijo.
-Hola, Milagros ¿qué hora es? -preguntó.
-Son las seis.  Linda siestita nos dormimos -respondió.
-¡Cómo que las seis! ¡Nena tengo que estar trabajando a esta hora!
-No me digas, bueno andá, andá -contestó Milagros sonriendo, sabiendo de la doble complicidad de ver que Estela había faltado al trabajo por estar con ella durmiendo la siesta, plácidamente, en su cama, y que todo había sido culpa del helado y su descompostura.  Bendita seas inestabilidad intestinal, bendita seas.  Mañana estarás aquí otra vez, oh sí...  O tal vez no.  Ya era hora de invitarla formalmente a cenar, tal vez no esta misma noche pero si mañana, cuando fuera de compras le diría si era posible que se venga a cenar, y después del café seguramente se animaría a quedarse.  Por lo menos podrían hablar y ella le preguntaría por su familia y todo eso, pero se imaginaba que Estela estaba sola.  No había mencionado a sus padres, ni a posibles hermanos en ningún momento, ni hablar de pareja ni cosa por el estilo, así que estaba muy entusiasmada.  Se veía ganadora del momento y de la situación.  ¡Ey, ya estuviste en mi cama, podrás perfectamente venir a casa y cenar y quedarte a dormir esta noche!
En su mente bailaban estas ideas cuando tocaron la puerta violentamente.  ¡Abran!  gritaban del otro lado.  ¡Abran, es la policía!
¡Qué estaba pasando allá afuera, de qué se trataba esa locura, alguien que estaba por tirar la puerta abajo era terrible para ella.
Miró alrededor buscando certificar el desorden, pensando si estaría disponible su habitación para una inspección porque esos gritos sólo podrían estar anunciando una requisa por parte de la policía o algo así, pero qué había hecho ella para semejante situación, si era la vecina más tranquila del barrio por decirlo de alguna manera.   Jamás había hecho ruido con la música fuerte o con alguna discusión con alguna pareja, que por lo demás raramente había tenido hasta ahora y menos de haberla metido allí.  Y el desorden era bastante amplio.  La cama por ejemplo, era un completo desastre, había estado ahí las últimas cuatro horas, y con visita.  Ya sabemos.  Por lo menos los haría pasar al living.
[continuará]