miércoles, 6 de marzo de 2013

Las cuatro

El horror.  Hacer login en tu cuenta de facebook y encontrar que un hacker ha invadido todo y ha publicado mensajes en tu nombre.  Suena aterrador.  Eso exactamente es lo que le pasó al bueno de Horacio la noche del viernes antes de salir.   Estaba espantado, lo único que pensaba era en arrancarle las orejas al primero que se cruzara en su camino, después dárselas de comer a los perros.  Su odio era visceral aquella noche.  Qué tenía que hacer un maldito hacker entrando en su cuenta y arrasar con todo su buen nombre y honor que tanto le habían costado construir.  Por qué, se preguntaba angustiado, no había controles más estrictos para impedir el acceso de usuarios inescrupulosos que sólo se divertían haciendo daño a la gente... Este sería sin dudas, un delincuente común, con acceso a las últimas tecnologías de los navegadores y la informática en general.  Había logrado penetrar en su máquina que él tan celosamente guardaba en una maleta y después en una caja hermética bien cerrada fuera del alcance de los niños y los ancianos.  La explicación no la tenía.  Él no era uno de esos tipos, no entendía más que lo básico de las computadora.  Cómo encenderlas, como ejecutar un programa, cómo apagarla y cómo escribir o ver una película.  Ahora que hacía el recuento, en realidad le parecían muchas cosas.  Al fin y al cabo no era ningún estúpido -se decía contento. También es cierto que los programadores hacían cosas divertidas, porque hacerlo pasar a él justamente por alguien que mira videos prohibidos era ciertamente una broma.  No había manera de convencer a su círculo íntimo de que Horacio fuera capaz de hacer una cosa así.  De hecho, el día que aparecieron esos escritos en su muro, el estaba reunido con gente y todos fueron testigos de que nada tenía que ver con el asunto.  Vieron con sorpresa cómo su máquina empezaba a trabajar sola, sin la ayuda de nadie y vieron cómo ella solita se metía en distintos sitios de contenido para adultos, firmaba como tal, y se disponía a hacer play en las películas triple equis que tenía en un listado de sitios que venía adjunto.

Suerte para él.  Tampoco así logró frenar el avance de ese sujeto que intentaba tomar el control de su máquina y ciertamente lo lograba.  Era penoso.   Se sentía completamente invadido e impotente.  ¿Qué podría hacer ahora?  Todos sus amigos lo vieron.  Digo, sus amigos del facebook vieron como él marcaba como páginas favoritas a sitios de notable contenido pornográfico, de manera que salir a explicarles uno por uno que había sido tarea de un delincuente informático, era algo cuando menos impensado.  Amargura en su boca.  Tristeza en la piel y en la mente.  Abandono y firmeza en una sola determinación: cerrar su cuenta para siempre y olvidarse por completo de internet y todo eso.  Quería llamar de inmediato a que le suspendieran la conexión y dedicarse a cuidar su jardín.  Eso haría.  Nunca más un solo momento de asfixia como el que lo llevaba a estos pensamientos.  Nunca más un sólo minuto de espanto pensando cómo se cagarían de la risa sus contactos al verlo pasar por aquella tortura desmesurada e inmerecida.  Sin embargo lo consolaba saber que a su alrededor había gente que lo quería y que le servirían de testigos frente a cualquier maltrato y chiste indirecto de los que siempre lo tomaban a él como blanco.  Estaba seguro que encontraría al culpable.  Se sentía motivado y quería pensar que era una persona cercana de la familia o del grupo de amigos que solamente querían gastarle una broma.  Una broma intensa y de mal gusto pero los conocía bien.  Sabía cuánto disfrutaban del calzón chino y ese tipo de joditas insoportables y dolorosas, sobre todo cuando el estaba intentando hacer buena letra y conquistar a una chica.  Ahí, justo ese, era el momento, todos sabían cual era el momento exacto para dar el golpe de gracia que lo dejaría aturdido y moribundo para siempre, en una mueca avergonzante y ridícula.  La idea era sacarlo del medio, espantarlo, destruirlo.  Todo cuanto tenía relación con el.  Todo merecía morir, secarse, perderse.

Eran las cuatro de la mañana de un día viernes cualquiera cuando decidió empezar de cero y dejar atrás todo aquello.  Lo encontraron sin vida en una hamaca de ancianos, de esas que hacen ruido cuando te mecen.