sábado, 21 de diciembre de 2013

Vacaciones (fragmento)

Comparto con ustedes un fragmento de la Novela "Tu mano izquierda", de Laura Meradi (Alfaguara).


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Anduviste todo el primer día al sol.  A pesar de que mamá te perseguía para que te guardaras un rato a la sombra, vos te pasaste la tarde haciendo pozos en la arena con Manuel.  Primero te enterraba él, después lo enterrabas vos.  Te gustó que no pudieras enterrarlo entero, que fuera imposible que la arena, como Manuel había hecho con vos, le llegara al cuello.  Te gustó que el torso siempre quedara erguido, apuntando al sol, cada vez más negro e imponente a medida que avanzaba la tarde.  Sos invencible, le dijiste mientras Manuel sacaba las piernas de abajo de la arena, rompiendo la corteza que vos, con tanto esfuerzo, habías logrado hacer.
Manuel te tomó de la mano y caminaron hasta la orilla del mar.  Se enjuagaron los pies y las manos en el agua.  Estaba fría.  Manuel se quiso sacar la arena de la malla y te hizo caminar hacia adentro.  Mientras a él el agua le llegaba a las rodillas, a vos una ola te derribó.  Caíste de espalda, la arenilla raspándote la piel recién quemada y la cabeza debajo del agua, que te entró por la nariz y te llegó hasta la garganta, salada.  Te mantuviste con los ojos abiertos, alerta, pensando que te ahogabas.  Pero Manuel, que en ningún momento te había soltado, te sacó de abajo de la ola levantándote con una mano fuerte, estrujándote los dedos.  Le buscaste los ojos, asustada, y viste que se estaba riendo.  Le soltaste la mano y le pegaste una piña en la cintura.  Él se siguió riendo, vos le pegaste más fuerte, varias piñas seguidas.  Manuel se agachó y te abrazó.

-Nademos -te dijo.

Vos empezaste a patalear.

-No quiero -le dijiste-. Soltame.

Pero Manuel te alzó y te metió corriendo adentro del agua.  Caminaron contra las olas.  Cada vez que venía una, de frente, gigante, Manuel te decía:  No respires.  Entonces vos cortabas la respiración al instante, estuvieses inhalando o exhalando, y te aguantabas los seguindos que la ola tardaba en pasarles por encima.  Más adentro, el mar estaba calmo. Sin soltarlo, pasaste por encima de su cuerpo y lo abrazaste por la espalda.  Tenías frío.  Apoyaste los labios en la nuca de Manuel y sentiste su piel caliente.  Empezaste a respirar por la boca, y el aire que ahora inhalabas venía tibio.

-Agarrate fuerte -dijo Manuel.

Y se hundió en el agua, nadando de pecho.  Estiraste el cuello por encima de la superficie, te sujetaste con las piernas a su cintura y, montada sobre su espalda, avanzaron contra la corriente.  manuel sacaba la cabeza de vez en cuando, tomaba aire y volvía a sumergirse.  Pataleá, te dijo en un momento.  Entonces vos te agarraste con más fuerza de sus hombros, intentando que tus manos abarcaran esa inmensidad.  Soltaste las piernas de su cintura y deslizaste el cuerpo a lo largo del cuerpo de tu hermano.  No respires, te dijo.  Y se sumergieron debajo del agua.  Estaban a oscuras en medio del mar, el movimiento del agua permitiendo que sólo de a ratos tu pecho se tocara con su espalda, tu pelvis con su cola.  Sentías en tus manos las brazadas de Manuel: el movimiento ondulante de sus hombros, tensándose primero y aflojándose después, como si latieran.  Nadaban juntos, él con los brazos y vos con las piernas, como si fueran el mismo animal.  Pataleabas despacio, ondulando desde la ingle hasta la punta de los pies.  Y al patalear tus piernas se rozaban con las piernas de Manuel y sentías su malla, suave como un alga, acariciándote los muslos.





Al atardecer, despues de un día de playa, mamá paró el auto en la única calle repleta de negocios.  La acompañaste al correo y volvieron mirando vidrieras.  Frenaste en una veterinaria: juntos, en la misma jaula, había un perro negro y otro colorado.  Arriba, en otra jaula, tres conejos y un hámster.  Pegaste la cara a la vidriera.  Te tapaste ambos lados de la cara, para que nadie te viera, y sonreiste.  Una sonrisa amplia, forzada.  Guiñaste un ojo, el otro, de nuevo el primero, de nuevo el segundo.  Los perros estaban echados en la jaula, tenían la cabeza apoyada entre las patas y te miraban alzando apenas los ojos.  Sacaste la lengua y lamiste el vidrio varias veces.  Pero los perros seguían quietos, entre serios y aburridos.  Te sacaste las manos de los costados y, despegándote del vidrio y buscando a mamá hacia atrás, le dijiste:

-Qué les pasa, ¿no me ven?

Pero mamá no estaba.  Miraste de nuevo hacia la veterinaria.  Buscaste a mamá entre las jaulas, las peceras y las bolsas de alimento, y tampoco la viste.  Miraste hacia los costados y hacia arriba, tratando de reconocer a tu mamá en la cara de las mujeres que caminaban ida y vuelta por la vereda, frenándose en cada vidriera, entrando y saliendo de algún negocio, chocándose entre sí.  Tampoco.  No estaba.  La perdiste. Te pegaste de espaldas a la vidriera y apoyaste las palmas sobre el vidrio frío.  No querías sacarlas para estar segura de que no te ibas a mover de ahí.  Esperaste a que por alguna esquina apareciera tu madre.  Dos mujeres pasaron charlando, las dos a la vez, muy fuerte y riéndose.  Volvían de la playa, en ojotas y con la piel todavía brillante por el bronceador.  Iban cargadas con sombrilla, reposeras y canastas.  La sombrilla de una de ellas se te enganchó en la musculosa y te arrastró unos metros.  Desesperada, tiraste de tu musculosa hasta hacerle un agujero y zafar de la sombrilla.  Las mujeres siguieron caminando y recién ahí casi te ponés a llorar.  Pensaste, Cecilia, que eran unas gitanas que habían querido secuestrarte.  Buscaste alguna cara que te diera confianza, querías encontrar a alguien que te llevara a tu casa o que te ayudara a escapar.  Pero sólo pasaban mujeres con sombrillas gigantes, amarillas, verdes flúo.  Te diste vuelta y volviste a pegar la cara a la vidriera.  Empañaste los vidrios con tu respiración y los perros te empezaron a ladrar.  No los miraste.  No tenías que llorar, Cecilia: nadie tenía que darse cuenta de que estabas sola.  Alzaste un poco más la mirada y te fijaste en el hámster que, entre todos los conejos, corría sin cansarse en una rueda.  Te detuviste en sus ojos rojos.  En su pelo blanco.  En el aserrín de abajo de la rueda que giraba a toda velocidad.  Viste las manitos del hámster moviéndose a un ritmo fijo, sin errarle ni una sola vez a la rueda.  Chiquitas, rosas y lisas como las manos de un bebé.  Y te acordaste de las manos de Manuel, y pensaste que cada manito del hámster  podría ser una verruga de tu hermano.  Te diste vuelta y caminaste pegada a la vidriera.  Llegaste al final de la veterinaria y viste que empezaba una galería.  Te metiste.  Te parecía que te estaban vigilando desde todos los negocios.  Un hombre estaba apoyado en el marco de una ventana que daba a la galería, con un martillo en la mano, y clavos, sierras y llaves de todos los tamaños alrededor.  Lo miraste y te sonrió.  El cuerpo te tembló de pies a cabeza y  te metiste rápido en el negocio de al lado.  Entonces se abrió una cortina de golpe y del probador salió tu mamá vestida de rojo.  Gritaste.  Ella te preguntó dónde te habías metido y vos la abrazaste con fuerza.
Cuando salieron del negocio, todavía asustada por el hombre del martillo, buscaste la mano de mamá.  Pero ella te dio apenas dos dedos porque en la misma mano llevaba la bolsa con la ropa que se acababa de comprar.

lunes, 16 de diciembre de 2013

La Giménez

-Bueno señores, no puedo escribir en este pizarrón si no me alcanzan esas fibras, que ustedes mismos revolearon.  Así que si quieren que empiece la clase, van y me las traen.  Ya.
-Eh, profe, no fuimos nosotros.  Antes estaba quinto acá -dijo el mejor alumno de la clase, presuroso y ofuscado de que se lo confundiera con otra gente.
-Ya se Romero, ya se que hubo gente.  Igual, ustedes saben bien la mecánica de la clase.   Podrían entrar a primera hora, y alcanzar los útiles.  No soy tonto.
-Profe.   Lo buscan -dijo el chico que estaba sentado cerca de la puerta.

El profesor giró su cabeza, la profesora Giménez había llegado temprano buscando un libro que le había prometido la última clase y él se lo había traído, puntual y ya lo estaba buscando en su maletín.
-Sí, pase señorita -dijo.
-Permiso.  Buen día chicos -dijo la profesora y avanzó hacia el escritorio.
-Buen día profesora -dijeron algunos que estaban más adelante, mientras los otros aprovechaban la distracción para mirar las piernas de la profesora, y otros para conversar.  Estos eran menos.
-Es el mejor Abelardo Castillo de todos.  Disfrútelo -dijo el profesor, entregándole el libro.
-Gracias, veremos.  Estoy cansada de las novelas de acción norteamericanas, voy a probar con algo más latino.  ¿Usted dice que esto vale la pena?
-Totalmente.  Lealo y después me cuenta.
-De acuerdo.  Gracias otra vez, se lo traigo para el fin de semana.
-Despreocúpese -dijo él, con una sonrisa en el rostro, saludandola con un beso.

La señorita Gimenez avanzó hacia la puerta ante la mirada de los chicos que estaban deseosos de volverla a ver, y especialmente de volverla a ver cuando se iba.  Sus caderas hablaban de literatura y los versos eran perfectos, endecasílabos, finísimos.  Alta literatura.
En la escuela técnica, este tipo de casos son raros.  Normalmente, los chicos espantan las profesoras muy atrevidas o muy atractivas.  Terminan abandonando la clase, se van en busca de otros empleos, otros destinos o finalmente se lastiman hasta matarse.  No era el caso de la valiente Giménez, que volvía una y otra vez insistentemente sobre la clase de Matemáticas que ella daba en quinto y tercero.  Justo en las edades donde las hormonas del crecimiento están alborotadas con inusual ímpetu y las curvas femeninas son la excusa perfecta para dejar los libros de texto en un rincón.

-Señorita -dijo uno antes que ella terminara de salir.
-¿Si?
-Una pregunta, ¿usted es casada? -preguntó el alumno soportando las burlas de sus compañeros.  Uno tiró un puño de papel que pegó en su espalda.
-No.  No soy casada, ¿cuál es su nombre?
-Gutierrez.  Disculpe, es que tengo un hermano mayor que quiere saber.  El sí es soltero, sabe.
-Por favor, Gutierrez, vuelva a su banco, siéntese -ordenó el profesor-.  Profesora, discúlpelo.
-No hay problema, y le repito, no soy casada.  Divorciada.  Hace dos años ya.  El tiempo pasa chicos, no se dejen estar.
-¡Gracias! -gritó Gutierrez.

La profesora dio media vuelta y se fue.  Los pibes giraron la cabeza en busca del pizarrón, que ahora ocupaba todo el frente, y era electrónico.  El profesor escribía en una tablet y ellos desde el banco tenían acceso a una pequeña pizarra electrónica para escribir, si el profesor la conectaba, directamente en la que estaba al frente.  Es decir, ahora no debían pasar al frente, podían hacer los cálculos directamente desde el banco.  Antes lo llamaban pupitre, ahora eran modernos bancos  electrónicos con unas cuantas herramientas tecnológicas al alcance de los estudiantes.  Claro, ellos muchas veces preferían el método antiguo, cuando las cosas se escribían con tiza, y había borradores por todos lados y nadie olvidaba las claves de acceso, ni los nicknames.

-Adiós señorita -se escuchó de un rezagado y todos estallaron en una carcajada.

viernes, 1 de noviembre de 2013

De viaje

Tambaleante, llegó a la estación con su valija medio armada buscando dónde preguntar los horarios de salida del tren que va a Buenos Aires.  Ahí le dijeron que no, que ya no había viajes hasta la capital, que tendría que buscar un colectivo.  Pero claro, estaba como borracho.   Insistió.  Volvió a insistir.  Tiene que haber uno, decía, por favor, necesito viajar en ese tren.  No señor, no hay manera que ese tren viaje: es un adorno, digamos, una reliquia que se conserva ahí pero no funciona y menos para viajar. 

Adivinen qué.  Fue y se subió.
-¡Vamos, a toda marcha! -gritaba enloquecido por la ventanita de la locomotora.  Y hacía ruidos extraños como de una máquina de vapor atronando con fuerza para levantar algo que dormía hacía años y no había manera.
Las empleadas de la estación que cumplían horas en el museo, los ojos bien abiertos, no lo podían creer.
-¿Qué hacemos, llamamos a la policía? -preguntó la mujer a su compañera.
-No hace falta, en un rato se le pasa, ¡espero! -contestó.
-¿Y si no?
-Llamemos.

-¡Señor, bájese! -gritó el policía.
-¡Tengo que viajar, mueva el auto por favor! -decía el hombre, apuntando con las manos.
-Me caigo y me levanto, ¿voy a tener que subir a bajar al loco este, será posible? -dijo el policía a su compañero. 

Al cabo de un rato y después de un débil forcejeo, entre los dos lograron reducir al muchacho que intentaba viajar en aquella máquina desprovista ya de todo movimiento.

El sol de la tarde anunciaba la partida de otro día que inexorablemente no volvería más.

A eso se refería él.



jueves, 24 de octubre de 2013

Contrariado

Siempre a la hora de la siesta, me esperan para tomar café todos juntos pero aquel día no fue así y me sentí, digamos, traicionado.   En este simple gesto de ruptura de lo cotidiano, uno puede empezar una batalla absurda por cuestiones de respeto, de consideración, de amabilidad negada que termina quién sabe dónde y cuándo.

Como aquella tarde después de haber discutido ásperamente por cualquier zoncera,  ella me lanzó un par de platos y unos vasos.  Yo agarré lo que tenía a mano, una bolsa con ovillos de lana y lo arrojé con bronca.  Eso por supuesto no tuvo impacto considerable y mientras tanto tenía que esquivar aquellos platos y vasos que, al estrellarse en la pared detrás mío, hacían además de ruido, un notable desastre de esquirlas y piezas rotas por doquier.

Los vecinos empezaron a golpear la pared en señal de “los estamos escuchando, por favor, dejen de hacer tanto lío, que es la hora de la siesta” y nosotros entusiasmados en nuestra disputa seguíamos a pesar de todo y los vecinos.  Ellos tenían sus días de trifulca, así que aquellos golpecitos más bien nos parecían un “estamos con ustedes” tal y como habíamos hecho en otras ocasiones nosotros que cuando veíamos que la situación al lado levantaba mucha temperatura, empezábamos a intervenir golpeando la pared con un bate de béisbol que nos trajeron de Cuba unos primos lejanos, que viajaron con el uno a uno.

Queríamos intervenir siempre.  Y ahora agradecíamos aquel sonido porque sabíamos que teníamos que parar con aquella discusión y sentarnos a conversar, un poco por los vecinos y otro poco por la integridad de nuestras cosas que cada vez nos quedaban menos platos y vasos y estaban caros para andar comprando porque sí nomás, o porque los perdíamos en medio de una discusión airada.  Así éramos nosotros,  vecinos de armas tomar.  Bueno lo de armas te lo debo, porque una bolsa con un ovillo de lana no rompe nada, ni siquiera moretón te deja en caso de acertar a pegarte en el brazo o en la nuca, ponele.

Ahora que escribo esto, el canto de los pájaros me recuerda tiernamente a mi mujer, y me hace más amigo de esta primavera que me ayuda a dejar de lado las hostilidades y se abre a una mañana diáfana y reluciente, de lo más encantadora.

viernes, 18 de octubre de 2013

Rebanada

Me rebané el dedo ayer, cortando papas en la cocina donde trabajo, un restó  que está de moda.  Llegué por consejo de un amigo que me aseguró que se trabaja bien, que hay respeto y buena paga.  Ahora, ando vendado.  Y ya me cuesta pensar en volver a trabajar en esto porque el tajo me dolió más que nada en el orgullo.  Se quedaron mirando, como que no creían, si yo tengo el título y todo del instituto de gastronomía.  ¿Es que no te enseñan a cortar papas sin rebanarte el dedo?  -casi me decían con la mirada.  Y no.  Casi  no te enseñan a cuidarte la integridad física y anímica. 

Si me pusiera a cocinar ahora, haría seguramente unas salchichas todas arrugadas y unos huevos poché, cualquier cosa poco inspirada.  Seguro.   Así de amargado termina el día.   El dedo me está ardiendo.  Me pusieron un líquido para desinfectar la zona y me quedó palpitando pero al menos paró la sangre.  Eso está bueno, que si no, todavía andaría rojo y peligrando.

Porqué será que uno se contagia de los mayores, y no siempre lo bueno.  Estaba el cocinero jefe al lado mío y yo lo miraba trabajar cuando le metí mano al filo ese.  En vez de papar moscas chusmeando, hubiera estado atento, no estaría contando este cuento.  Pero así son las cosas, uno aprende a medida que las heridas van apareciendo.  Uno cura las heridas en el camino del aprendizaje. 

Heridas y aprendizaje. 

Sangre y comida.

Lindo el restorán.

miércoles, 16 de octubre de 2013

El consejo

El sol de enero en San Rafael hacía crujir los techos de chapa, las ventanas de madera y todo cuanto tuviera cierta consistencia henchida por el calor de la tarde.  Paula miró dos veces a través de la ventana, él ya no vendría aquel día.  Era mejor acostarse.  Encender el aire de la habitación y tenderse en la cama  a dejar pasar aquel infierno de luz y calor que remataba un verano atronador.

Llegó tempano a la oficina.  Tomó su bebida plácidamente, observando de reojo a los costados, antes que apareciera algún curioso con una cámara de fotos o simplemente le pidieran un trago, cuando quedaba apenas un cuarto de botella de medio litro.  Casi nada, pero se sintió bien unos minutos con aquella bebida refrescante.   Volvió a mirar y notó que sus compañeros la miraban con recelo, sabiendo que era la única del grupo de la tarde que tenía derecho a tomar una siesta y escapar de aquel infierno.  Estaba acomodada con el jefe, ella hacía las cosas bien.  Un minuto después, ocurrió lo impensado.  Un ladrillo entró por la ventana rompiendo en mil pedazos el vidrio y dejando un  desparramo de esquirlas por toda la sala.  Además del susto, claro.  El estruendo llegó a oídos del jefe que salió corriendo de su oficina, desesperado, preguntando por ella y para quedar bien, por los demás. 

Sonó el teléfono.  Y ahora quién iba a atender, seguramente sería un cliente demorado de los que nunca faltan preguntando alguna estupidez.  Ella atendió finalmente.  Una voz remota y obviamente modulada para resultar desconocida, le dijo “a ver si entienden el mensaje” y colgó.

Paula miró alrededor buscando compañía en sus colegas, en aquellas personas que compartían día a día aquel trabajo absurdo en aquella oficina más absurda todavía sin entender demasiado bien porqué estaba ocurriendo esta locura justo el día de su aniversario.  ¿Sería así como terminan las relaciones con los jefes?  ¿Sería que lo sabían todos y se habían enterado personas que mejor lo ignoraran? 

Recordó el consejo de su abuela: “con hombres casados nunca, nena”.  

Tarde.

miércoles, 9 de octubre de 2013

Para seguir viviendo (III)

Sus padres no pudieron pagarle los estudios pero la habían formado como corresponde, con altos valores morales y éticos, que la llevan a una -decía- a tener una vida honorable y bien vivida, sin meterse en problemas inútiles y que no conducen a nada.  Eso era todo y esa era ella.  «Una mujer tranquila, ama de casa, que hace las cosas que debe hacer sin importarle absolutamente un corno lo que ocurre alrededor, en el mundo, en las afueras del mundo, en el horizonte mismo del universo absurdo este, que va de un lado al otro, a gran velocidad espacio-tiempo, y encima ahora, con la tecnología que nos vuelve locos a todos, que están todos con sus tablets, sus teléfonos y su mierda que no entiendo para nada.»

Apagó la tele, y se puso a tejer.  Se olvidó de todo por unos treinta minutos.  Ese sueter quedaría hermoso.  Justo a la medida de Milagros, ahora que vendría el otoño ya tendría qué ponerse.  Era una práctica casi en desuso.  Nadie tejía como antes, nadie hacía cosas manuales, artesanales, que tuvieran que resolverse con las manos y con un saber que se va pasando de generación en generación: ahora todo se hace con máquinas que previamente han sido programadas por un profesional competente, que debe mostrar ante todo disciplina y rigor científico para manejarla.  Al menos para aprender a manejarla.  Y después, pasarle ese conocimiento a alguien capacitado para repetir ese procedimiento hasta el cansancio, o hasta que el stock esté suficientemente lleno de productos que después se venderán de manera... programada.  Así estaba funcionando el mercado por aquellos días.

Así debía ser, y se abandonaba al conteo de puntos.  Que si hago veinte puntos en una dirección, después tendré que hacer una merma de cinco y seguir así hasta terminar.  Y cambiar el color de la lana al llegar a los quince.  Bueno, pero qué bonito número para jugar a la quiniela.  Le voy a decir a Pocho que me lo juegue.  Ni bien termine le llamo y le digo la apuesta, quién te dice me gane unos pesitos para pagarme el viaje a las Termas.  Que necesito descansar qué tanto.   Unos días de viaje me van a venir fenómeno.  Y si no, al menos, a Merlo acá cerquita que dicen es hermoso en cualquier época del año.  Veremos.  Dios dirá.




Estela se había sentado en la vereda, a fumar.  Miraba pasar gente, despreocupada, escuchando su MP4, un viejo reproductor de música, conectado a unos parlantes de buena calidad, que tenía siempre a mano.  La gente la miraba a ella, la escuchaba tararear canciones y seguía su camino, dudando tal vez si aquella mujer estaría cuerda o no.
Llegó Milagros.  Ambas se miraron cómplices, se saludaron amigablemente como quien está en la vereda de casa y no puede ni debe levantar ninguna perdiz sobre nada, y subieron al departamento.  Más precisamente a la habitación de Estela.  Exactamente, se metieron en la cama tan pronto como pudieron, sin demoras, casi arrancando la ropa, con las manos, con la mirada, con lo que tuvieran a mano.  Ya se estaban besando, ya se estaban acariciando, ya los pechos fríos de Milagros habían cambiado de tono, se notaban más ansiosos y tibios que nunca.  Ya las dos se estaban amando como lo habían deseado siempre.  No había barreras, no había  impedimento alguno para continuar la tarea, la húmeda tarea de amarse sin tapujos.  Así, las encontró la tarde, así se empieza una noche verdaderamente, de esta manera.





Estela está de acuerdo en que deben ganar las elecciones los políticos de la oposición, así de esta manera podrá equilibrarse el juego, habrá un poco de cambio también, un poco de alivio para otra gente que ha estado padeciendo el hecho de estar siempre en minoría en todos lados, y eso provoca estrés.  Esa es su teoría.  Debe ganar la oposición, así se recupera un poco y junta fuerzas para continuar con este jueguito simpático que es la democracia.  Que tanto tiempo en el poder, un mismo equipo, no es bueno.  Se les van los humos a la cabeza y mejor evitarlo.  Pero claro, para que su teoría se cumpla, deberán pasar ciertas cosas que se ven un poquito remotas.

Escuchaba radio todas las mañanas, y en cuanto podía prestaba atención a los programas que hablaban de política.  Como en este caso, había un periodista diciendo concienzudamente, que lo mejor era que ganara la oposición para equilibrar las fuerzas, que no era posible que siguieran en el poder los mismos que estaban, que él -claro está- era una persona profesional en su trabajo, que era “objetivo”, y todo lo demás.  Ella reía para sus adentros, estaba convencida que era una estupidez.  Pero en general, le había resultado interesante la charla del periodista, le había cambiado el humor saber que había alguien que pensaba como ella, que tenía la misma mirada sobre el asunto de las elecciones.  Eso la tranquilizaba.  Pensar que uno es una isla con sus ideas, sus preferencias, que a nadie más le resultan positivas o mínimamente sensatas, la volvía loca.  Le angustiaba y con razón,   por supuesto.

Apagó la radio y encendió la computadora.  Mientras ésta chirriaba, a  primera hora de la mañana, encendió algunas luces para evitar el alto contraste.  Abrió la ventana y se trajo el mate.  Quería navegar un poco, procrastinar que le dicen, mientras se hacía la hora de abrir su negocio. 

Lo primero que vio fue un horrendo crimen en el barrio a pocas cuadras de su casa.  Era una escena macabra.  La madre había atacado a puntazos al marido y éste, moribundo, le había golpeado la cabeza con una maza de  construcción.  Ella, murió de inmediato, él, unos minutos después, justo cuando llegaba la hija de viaje.

Después, se dio una recorrida por las noticias, empezando por las políticas y después a las económicas donde siempre se decía lo mismo: el país estaba atravesando una crisis.  Mentira -pensaba-, esto no es noticia, no jodan.  También puso la vista en los titulares de las noticias tecnológicas que están de moda, y que siempre la inquietan.  Que desarrollaron un nuevo dispositivo a base de nanotecnología, que no saben dónde meterlo de tan pequeño que es, pero así estamos, todo cada vez más pequeño como una muestra de lo grandes que podemos ser.  Es decir, la carrera por una tecnología más moderna es hacia la pequeñez.  Y está bien.

Enseguida, leyó los mails y había uno de Milagros.  Le decía que estaba pasando el mejor momento de su vida, ahora que la conocía y sabía que podía confiarle a ella su estilo de vida, su elección de vida, y que quería conocerla más  y más y la extrañaba como loca cada minuto que no estaban juntas.  Y que leyera unos libros eróticos que había por internet y que le pasaba los enlaces de descarga gratuita.  Que no eran libros sin derechos de autor, pero qué más da, se pueden bajar y listo.  Que está buenísimo sobre todo ese de la escena donde están las dos chicas haciendo el amor y cae un meteorito en medio de la noche que lo ilumina todo, en Europa ocurrió, y ellas quedan expuestas a la mirada de otros vecinos que andaban merodeando el auto donde estaban escondidas en la noche.  Que son escenas de alto vuelo erótico y sexual, que ojalá algún día ellas tuvieran las agallas de hacerlo a la luz del día y que ja ja ja.

Ay, Mili, cuánto te estoy empezando a querer -se decía-, cuánto bien me hace estar con vos, a ver si te das una vuelta hoy por casa a la tarde y tomamos mates (yerba no tengo) -le decía-, y risas y voy a leer esos libros que me decís, y te espero dale?  Besos de lengua, mi vida. 

Estos eran los emails de la mañana, y esa la respuesta.  Estela cerró la sesión, y se fue a su trabajo, conforme con el comienzo del día, en la tranquilidad de su casa, con sus asuntos organizados.  Que Mili viniera cuanto antes.  Se la iba a comer a besos.  Ya estaba decidido.  Apenas pusiera un pie en su casa la iba a desnudar completa y le haría el amor con urgencia y desesperadamente.  Eso no les gustaba a ambas, preferían el sexo lento, tántrico.  Pero sería su bienvenida, a lo “macho” por decirlo de alguna manera horrible.  Acto seguido, como una segunda vez, le haría el amor suave y tiernamente, hasta que la luna se llevara la oscuridad de la noche.






Todo aquello no hacía más que enamorar a Milagros, que pensaba una y otra vez en su amiga-novia  que la estaría esperando confiadamente, a que vuelva de la facultad donde ella estaba ahora cursando economía.  Pero qué materia más estúpida -pensaba Milagros-, como si alguna de estas teorías ridículas pudieran aplicarse en la vida cotidiana.  No tienen idea lo que pasa en el mundo, de cómo las decisiones de quienes nos gobiernan superan siempre a la teoría de los libros y  producen más daño y más horribles consecuencias a futuro que lo que ellos puedan imaginarse.  Pero claro, lo importante era publicar el libro.  Eso era todo.  Y después, que un profesorucho como éste imbécil me venga a dar la cátedra.  Pero porqué no se irán un poquito a trabajar al campo, digo yo, qué tengo que...

-Señorita Milagros, por favor, preste atención -dijo el profesor despertando a Milagros de su letargo.

-Si, disculpe -contestó.

-Y como les decía, la teoría económica de este señor, nos dice que en latinoamérica las cosas no podrían estar mejor en los próximos cinco años, y sin embargo todos sabemos que esto no es así por las noticias que todos conocemos del conflicto que se ha desatado entre Brasil y los Estados Unidos.  Bien... ¿alguna pregunta?  -dijo el profesor.

-Sí, yo tengo una -lanzó Johnny-.  ¿Por qué siguen dando estas materias en la facultad, si ya sabemos que son demasiado abstractas y que en la práctica no tienen ninguna aplicación, profesor?

-Bueno, la verdad es que no se -contestó, esperando las risas de los alumnos.  Pero ciertamente, a mí me enseñó a pensar la realidad por mi cuenta.

Tocó el timbre.

-Chicos, nos vemos la próxima -saludó el hombre.

Ellos se fueron levantando uno a uno, juntando sus útiles, y mientras algunos comentaban lo que habían escuchado, Milagros bostezaba tranquilamente, con los codos apoyados en el banco, completamente adormecida.

-Eh, nena, ¿estás bien? -preguntó una compañera.

-Sí, un poco cansada, no dormí bien -contestó.

-¿Vamos al buffet?

-Dale.  ¿Qué tenemos después? -quiso saber Milagros.

-Matemática, como para completar un miércoles ridículo -dijo la chica.

-Uh qué embole... bueno vamos.

Ambas salieron observando a sus compañeros al pasar, divertidas por los pantalones chupines de uno que le hacían notar sus partes íntimas más de lo normal.  Bueno a Milagros le gustaba pero le interesaba menos.  Tal vez, tendría ojos para mirar más detalladamente a sus compañeras, a decir verdad, a Jorgelina que había mostrado las lolas en el toillet el primer día de clases y eran una hermosura.  Jugando con otras chicas había levantado la remera de pronto para decir cómo asustar a un idiota, y ella había observado algo que le gustaba mucho.  Los pechos femeninos eran una delicia, pero bueno, no le había sonado mal viniendo de ella, si las mujeres son más abiertas en esas cosas, ellas pueden reconocer que alguien está mejor vestido, o tiene mejor físico, incluso tratándose de alguien de su mismo sexo.   A ella le gustaban ESOS pechos, eran una hermosura de redondos, y apuntaban al cielo, apuntaban a lo alto, como en toda la juventud, como en los mejores cuadros y esculturas del mundo, como en las mejores revista photoshopeadas, como en las películas y en las pasarelas de alta moda.
Las  dos comentaban por lo  bajo y se reían, cómplices, divertidas, hasta que llegaron al buffet y se encontraron con la pelea de una parejita que evidentemente había encontrado algo que no estaban dispuestos a tolerar, y la relación estaba tocando fondo.
Se notaba que estaban muy a disgusto uno con el otro, y que querían matarse.  Se podía adivinar con toda facilidad que había un problema grave entre ellos, tal vez, un hijo.  Tal vez un hijo, repitió Milagros en su mente.  No obstante, siguió hasta el vendedor y le pidió un paquete de galletas, mirando la escena de reojo, escuchando los gritos y los insultos.  Eran chicos del último año, ya grandes, no era necesario caer en semejante escándalo.  No era lo mejor que te podía pasar en la facultad, ahí sí quedabas escrachado; nadie se olvidaría la escenita que te estabas mandando, te recordarían sin dudarlo por el resto de tu amarga existencia.  Aquellas palabras, además, fuertes, podrían desencadenar algo trágico, en cualquier momento.
Pero no fue así, afortunadamente, los ánimos se fueron calmando después que el profesor de sicología entró en el lugar y fue derecho a tratar de hablar con ellos, y serenarlos un poco.  Finalmente, los invitó a charlar a un lugar reservado donde él podría aconsejarlos en privado sobre el problema que estaban atravesando.  Nadie entendió del todo cuál era ese problema, pero se veía que era grave.  El mismo hecho de que no pasaran a las manos lo hacía peor.  Si tan solo se tratara de un cachetazo la cosa no sería tan grave, pero el tono de voz y la expresión en el rostro de la pareja, dejaba ver claramente que el problema era serio.  Y el sicólogo era bueno.  Eso no había dudas.  Intervenir así de repente en una discusión, es cosa para valientes.
Ocupan una mesa cualquiera, cerca de la barra y piden un desayuno completo, pero es temprano y las provisiones no han llegado aún.  En cualquier momento comenzará a sentir el malestar por el humo del cigarrillo que saben todos, está prohibido en lugares cerrados, pero nunca falta un desubicado que prende uno y alguien tiene que levantarse de la silla a reclamarle compostura.  Siempre es así, en este buffet del subsuelo de la facultad, donde para colmo de males, la ventilación no es la más eficiente.  Ella no soporta el humo del cigarrillo, especialmente en lugares así, donde no puede reclamar ni respirar.  Empieza a cerrarse sus pulmones, su garganta, se siente sofocada y sin oxígeno.  Sin el aire que da el respeto a las ordenanzas, la puta madre, si han dicho que está prohibido y además acá hay carteles, que mierda tienen que andar haciendo fumando en estos lugares, ¿por qué no salen al patio, y ahi sí, fuman y se arruinan la vida con toda soltura y facilidad, pendejos?
Milagros estaba harta de las mañanas perdidas en la facultad.  Sentía que su carrera no iba a ninguna parte, que los compañeros también sentían lo mismo pero por una absurda inercia momentánea no hacían nada para corregir ese rumbo, y que además, qué harían si la calle era una jungla con título, imaginate sin él.  Sería como andar por la selva con una sevillanita de esas de los llaveros y pretender salir con vida de ahí.  Una empresa imposible.  Y ella no estaba para actos heroicos, no lo quería así, más bien pensaba en hacer las cosas como hacen todos, y rápido,  y conseguir un empleo y dejarse de joder.
Estela, en su verdulería, apagaba el cuarto cigarrillo de la mañana, sin tantas preocupaciones por su salud, a ella le gustaba fumar de vez en cuando.  Últimamente, había desencadenado una adicción mayor y el atado de diez no le duraba el día, y le estaba empezando a preocupar si no estaría agarrando una adicción incurable y enfermiza.  Pero los días de estrés que estaba viviendo tienen su precio, se decía, y era ese.  Muchos cigarrillos, quizás no eran tantos, pero a la noche tenía carraspera en su garganta y eso le molestaba.  Era un buen momento para replantearse muchas cosas, entre ellas de qué manera podrían hacer con Milagros para verse más seguido sin que eso sea motivo para que los vecinos se la agarren con ellas y escandalicen a todo el mundo.  Claro, las escandalosas, eran ellas según los demás.  Tendría que buscar un lugar, un momento del día y de la semana donde estar juntas y pasar desapercibidas en sus demostraciones de cariño y sus arranques apasionados que cada vez irían en aumento, claro.
Milagros responde el balón que pasa la red y golpea la cara de su contrincante, al menos de una de ellas, del grupo de voley.  Festeja todo el equipo y la chica de enfrente le dirige una mirada llena de cólera, los ojos encendidos y tocándose la nariz en señal de molestia.  El partido vuelve a empezar y Mili se concentra en el equipo, en el juego, y en los traseros de las chicas de enfrente suyo, cuando le toca estar en la defensa.  También, en la delantera de las adversarias que levemente inclinadas, responden el juego con maestría.  Son todas lindas.  Tiene que hacer ejercicios mentales para volver al juego, está distraida con los cuerpos de sus compañeras y eso antes no le pasaba, al menos con esta intensidad.  Son todas atractivas, ágiles, están sudando y eso, al menos frecuentemente, le produce cierto atractivo sexual, como si esa humedad fuera una invitación a la desnudez, a refrescarse tirada en la playa, o simplemente el sudor del otro por el calor que producen juntos. 
Ella no lo sabe, pero disfruta el juego, mientras disfruta de sus compañeras que ignoran el momento de tensión sexual que envuelve a Milagros.  Es buena jugando al voley, siempre tuvo aptitudes atléticas, pero esta distracción se está notando, ha tenido más errores que otras veces y errores tontos que podrían evitarse y ayudar a llevar el partido unos puntos arriba a favor, y no como está ocurriendo que van en desventaja.
Estela está en las gradas, ansiosa, divertida, mirando el partido y llevando la cuenta atentamente porque sabe que el árbitro es una chica que les tiene bronca.  Justo tenía que tocar este juez, la puta madre, será posible.  El tiempo pasa, los puntos no llegan y termina el partido 2 a 1.  Que vas a hacer Mili, vos estuviste bien, alguna de tus compañeras no la ven ni cuadrada.  Vos hiciste pases, remataste, permaneciste atenta todo el partido, yo lo vi, así que quedate tranquila -la consolaba-, que está todo bien.  Ya habrá tiempo para revanchas, ¿o no?  Mi chiquita... -dijo abrazándola con ternura.
Milagros lloraba, no había motivo grave para hacerlo pero lloraba.  Tal vez porque por fin había alguien ahi arriba mirando lo que hacía, alguien a quien le importaba su juego, sus actividades aunque sean rutinarias de la facultad.  Pero Estela se había interesado por el juego y había prestado atención al desempeño de Mili.  Eso bastaba para emocionarla, para hacer rodar esas lágrimas por su mejilla, y sentirse querida y acompañada.  Y ese calorcito de la mañana está muy bien, es agradable y les hace amar el hecho de estar juntas disfrutando del día.  Piensan las dos un momento y ya están en el coche de Estela, acomodando el bolso y saliendo para su casa.  Milagros no quiso permanecer con sus compañeras a ver los otros partidos, ni bañarse en los vestuarios.  Rápido a casa, me baño allá, y vemos algo de tele, ¿querés? Claro había dicho Estela, encantada de la vida.  ¿Estarían acaso otra vez desnudas en la cama, y después de haberse bañado, quizás las dos juntas, para hacerse caricias y levantar la temperatura?  Ese sería el plan y le cabía.  Paró en una panadería, compró unas tortitas calentitas, y siguió rumbo al paraíso, como le decía a esos encuentros, sin detenerse casi en las esquinas, a toda prisa, a todo lo que daba el vehículo.  Quería llegar ya mismo.  Quería meterse en el baño con Milagros que olía mal, encantadoramente mal.

viernes, 27 de septiembre de 2013

Mediatarde

Sentado en su sillón preferido, el chico espera que la madre le acerque la mediatarde como todos los días, mientras él juega en la playstation su deporte favorito, el basquet.

Hay muchos juegos que los demás chicos prefieren a éste, pero no le importa en absoluto. El preferido para él, es el basquet. Y ha logrado dominarlo lo suficiente como para destruir a sus amigos cuando vienen y juegan partidas de a dos o más. Es implacable. No llegan ni a la mitad del puntaje que él alcanza y lo hace una y otra vez de manera de dejar bien en claro que no es producto de la casualidad ni nada parecido, él es el mejor. Y tienen que reconocerlo. Si no, no salen de la sala de juegos.

-¡Decilo, vamos decilo! -grita a su oponente.

-Está bien, sos el mejor ¡pesado! -le contestan habitualmente dando un portazo.

Él se rie a carcajadas después de esta escena que se repite una y otra vez en su casa, al final de cada partida. Es un chico odioso, con esa habilidad extraña y poco productiva. Con eso difícilmente se gane la vida cuando crezca, es una habilidad que no le traerá ningún beneficio, y menos con esa personalidad tan patética y arrogante que tiene. Tendría que darle unos buenos bofetones su madre -dicen todos entre dientes- y si no lo dicen lo piensan, eso con seguridad.

Toma su leche sin apartar los ojos del televisor. Ahora le dicen monitor, porque son electrónicos de leds y esas cosas, totalmente ultra-chatos, una belleza. Ocupan apenas espacio en la pared y él puede rotarlo cuanto le de la gana para que quede perfectamente ubicado a su gusto. Además, controla con su tablet qué quiere ver, que quiere hacer, si ver televisión, ver películas de internet o simplemente conectarse y navegar por algunas páginas a su gusto.

La madre no entiende siquiera dónde tiene todo aquello el botón de apagado. Mira perpleja a su hijo tocar todos los botones y manejar aquel mundo cibernético extraño y ajeno, con total dominio de sí mismo y de la situación. Jamás se queja ni le pide ayuda. Ella no sabe absolutamente nada de eso, no entiende cómo llegó a tener tantas cosas que seguramente ella y su marido compraron sin entender. Pero su hijo les dictaba las cosas que tenían que comprar mirando las ofertas en los diarios o en los folletos que repartían las casas de electrodomésticos. Se miraban al principio con su marido, y sentían orgullo de aquel chico que entendía fácilmente todo lo que caía en sus manos. -Es un genio -decían.

El genio está ganando otra vez. Sus amigos están enojados y quieren arrebatarle el premio por primera vez, pero es difícil. Conoce todos los trucos y artimañas del basquet, al menos de esa versión. Él salta, hace dribbling, elude a sus rivales, evita que la pelota salga de la cancha, hace pases estupendos, encesta desde cualquier posición, marca dobles, triples y si hubiera también cuádruples... bueno es muy capaz. Los chicos traman una venganza. No puede ser, algo habría que hacer para enseñarle a este tonto que así no se trata a la gente. Pero qué.

Un día organizan un partido de basquet en la escuela. Llaman a varios clubes a participar, será un torneo. El equipo ganador se va de viaje a Puerto Madryn a ver las ballenas. Es estupendo -gritan todos, entusiasmados. A él, obviamente, no lo invitan. Pretenden invitarlo, le comentan de qué se trata pero lo dejan fuera de la fiesta. Él será el único del colegio que no asista ni siquiera como espectador, habrá diversión pero no para él.

Un chico que se queda en casa, una madre que llora, un padre que pide explicaciones en el colegio.

Así estamos.


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lunes, 2 de septiembre de 2013

Para seguir viviendo (II)

Fueron los chicos de la facultad.  Todos juntos.  Todos ellos, que son unos idiotas, que son unos tarados, que cómo se les ocurre pegarle semejante susto un día como este,  cuando más necesitaba descansar para preparar un final, que estaba tomando un té de arroz que le habían aconsejado para el malestar estomacal.  Chicos... son unos tarados, ya lo saben.

Ella íntimamente, claro, estaba feliz de que no hubiera sido la policía o algo peor.  Sin embargo el susto se lo había llevado, le habían dado un buen remezón a su mañana.   No había dudas.  Pero ahora ya le dieron ganas de salir, ya se sentía bien, con ganas de aceptar la invitación a tomar mates al parque, cosa que ella sabía disfrutar habitualmente.  Pronto, quizás lo haría con Estela.  Y ella traería las masitas de la panadería de su negocio.  Sabía que valían la pena, que eran ricas, que estaban muy bien hechas y todo eso.  Por lo pronto, debía conformarse con ir al parque con los chicos que eran bastante ruidosos e hinchapelotas pero eso, era lo que había.

En su mente brillaba el recuerdo de haber estado con Estela, y si bien no había podido entrar en el tema de su relación con ella, y de cómo tomaría sus intenciones, nada menos que convertirla en su pareja, en este pueblo para nada habituado a las relaciones entre personas del mismo sexo, estaba segura que iba por buen camino.  Habían visto caminando juntas a un par de chicas a la luz del día y cerca de la verdulería.   Eran clientas, pensaba Milagros, ella tal vez las conocía, si varias veces se las había topado allí, seguramente eran clientas y comprarían también ahí.  Tenían el pelo corto, como asustando.  Y caminaban juntas, de la mano, y a veces se hablaban juntando las caras, muy pegadito, sonriendo.  Pero claro, haberlo visto una o dos veces en el año, no sumaba como coartada, como antecedente.  No habría jurisprudencia por eso.

-Dale Mili, apurate con el mate che -dijo Johnny.
-Si Mili, vamos que no es micrófono -apuró otro.
-Uh perdón.
-Gracias.  ¿Y cómo estás con las materias, vas al día? -le preguntó uno de ellos.
-Y más o menos, la verdad, estoy bastante atrasada con Estadísticas.  Me resulta un poco aburrida y el profesor es bastante ojo alegre, no me lo banco -contestó.
-Sí, a mi me pasa igual.  Sólo que conmigo no se mete sino te imaginás terrible bollo se come.  Pero dejámelo a mí, se lo voy a susurrar, despacito, que no se meta con vos, que se deje de boludear, que vos tenés pareja o algo, ya se me va a ocurrir -dijo Johnny, seguro de sus palabras, mirando a lo lejos con cierta bronca en su mirada.
-Gracias nene, me harías un favor, te aseguro.  Quiero rendirla cuanto antes así
me la saco de encima.

Milagros chupó el último sorbo y devolvió el mate, recordando el chiste de mal gusto de hacerle creer que venía la policía a su casa, y pensó en alguna maldad para devolverles el gesto.  Nada se le ocurría que valiera la pena.  En eso estaba, mientras trataba de hilvanar la conversación con los muchachos.  Quería de alguna manera seguir el juego, no quedarse atrás, demostrarles que antes de hacerle ese tipo de bromas lo pensaran un poco por lo menos.  Que no se les hiciera costumbre llamar a su puerta con chistes como ese, ni molestarla menos ahora que estaba imaginando una relación nueva con Estela, y sería una catástrofe que las molestaran cuando estuvieran las dos ahí.  Tendría que hablarlo con ellos.  Bah, tendría que hablarlo con la susodicha, con la homenajeada, con la candidata, con la mina que le estaba rondando la cabeza y el corazón.
Pero no era fácil.  Se asustaba de pensar que Estela saliera corriendo y ya no pudiera siquiera charlar con ella de cosas triviales, que por qué habrían de gustarle las chicas, si ella no era del tipo que andaba metiéndose en problemas.  Eso se notaba claramente cada vez que se juntaban por cualquier motivo.
Los muchachos eran buenos tipos después de todo.  Hasta pensaron en hacerle “pata” a Milagros que, les había confesado entre dientes, que le gustaba una chica y que esa chica era Estela, la de la verdulería.  Ellos, sorprendidos por la confesión al principio no creían lo que estaban escuchando pero después se fueron haciendo a la idea y no les quedó más remedio que aceptarlo.  Ella además, se comportaba como una verdadera amiga, era imposible verla como mujer, era evidente que no tenía el más mínimo interés en ellos y por supuesto tendrían que mirar para otro lado, tendrían que borrar de sus mentes la idea de corregirle esa desviación, por decirlo así, tendrían que pensar en otras chicas y darle una mano -ya que estaban- a Milagros.  Sin embargo, ella no se la veía tan convencida del asunto.  Era cuestión de mirarla nomás a la cara, y ver que había cierta tristeza dibujada en su rostro, cierta desolación, algo... pero ¿eran amigos o qué?




Milagros cuece unas habas en su cocina, y anota en una libreta los pasos que ha leído de una receta de tortilla que Estela le mandó al correo junto a otro par de instrucciones para cocinar  remolachas.  Mira la hora, controla los minutos, y sigue mirando la tele que pasan las noticias del país porque con su televisión satelital es imposible mirar noticias locales, sólo las nacionales.  Y ahí se ven toda clase de crímenes, toda clase de atrocidades que se comenten contra otros seres humanos lejanos y su corazón se llena de estupor cuando cuentan del crimen pasional de una chica, que estaba saliendo con alguien y de pronto la encontraron en un remolque, envuelta en basura, toda destrozada por los golpes y que además había sido violada.  Los principales sospechosos son su grupo de amigos, sus familiares, unos vecinos y el encargado del edificio, pero lo que se acaba de descubrir es que ella estaba ocultando una relación prohibida, con una mujer (¡sí, con una mujer!) que estaba casada con un abogado prominente de la ciudad.  Horror.  Qué historia más espantosa. 

-Hola -dice Milagros.
-Si, qué tal, mirá te llamamos de una agencia de encuentros, ¿vos publicaste un aviso buscando pareja? -contestaron del otro lado.
-No, ¿yo? -pregunta Milagros, inquieta-.  No, para nada, debe haber un error.
-Mirá, acá figura en los datos de la persona, este teléfono, nosotros estamos averiguando para confirmar un encuentro con otra persona, cliente nuestro, que le ha gustado tu perfil y quiere conocerte.
-Pero, a ver, decime el nombre de la persona -dijo Milagros.
-Estela, ¿no sos vos Estela Gutiérrez?
-No, nada que ver, esa persona habrá dado este teléfono, pero yo soy Milagros -contestó ruborizada.
-Ah, disculpá, y este número ¿no lo usa alguien con ese nombre?
-No, mirá es amiga mía esa chica, pero no vive acá y nunca pidió usar este número así que no entiendo -contestó-.  Voy a hablar con ella y cualquier cosa te llamo, ¿me decís un número de teléfono para comunicarme?
-Si, te digo.

Cortó.  Estaba muy molesta.  Algo estaba pasando que ella desconocía y empezaba a preocuparle.  Por qué habría de hacer algo así, sin consultarle, sin preguntar si podía, era muy raro, porqué Estela, porqué... se preguntaba.  Además, le costaba confesar que lo que le molestaba de verdad era la búsqueda. Qué tenía que andar buscando alguien en las redes sociales, o en internet, si tenía una amiga en quien confiar, con quien hablar de su soledad, con quien sentirse acompañada.   Harían falta más insinuaciones, ser más clara con sus intenciones y decirle claramente que a ella le gustaba, que tenía ganas de intentar algo, de empezar una relación, de probar si era posible y vivir un romance, ¿por qué no?  Bueno, el chico en el teléfono no aclaró si buscaba una relación hetero u homo, pero qué más da, estaba buscando una relación.  Eso era lo importante.  Fue y encendió la radio, buscando distracción.  Entre la tele con sus crímenes horrendos y el teléfono estúpido que le había cortado la digestión, no sabía con cuál quedarse.  La angustia le destruyó el almuerzo.  Ahora sólo tendría que apagar la hornalla y sentarse a tomar unos mates para pasar el rato y pensar profundamente, qué hacer.  No era tarea fácil, tendría que enfrentar sus más íntimos miedos y deseos, y salir a la calle a enfrentar el día.



Estela no entiende por qué el mal humor de Milagros, que ha dicho que encontró mejores precios en una verdulería de la vuelta de casa.  Sí, ya la conozco, contesta ella, más atenta al gesto descortés de su amiga que a los precios de los productos.  Estela la mira de reojo, también hay algo en ella que empieza a conectarse, sin saber muy bien cómo ha llegado hasta aquí, mira los ojos de Milagros y encuentra cierto alivio extraño y apacible que la subyuga, que le atrae.  Pero hoy, no es su mejor día.  Está contrariada y Estela quisiera saber porqué, pero no es buen momento para preguntas, mejor hablemos de verduras.

-Y qué tal, tiene buena mercadería? -preguntó Estela.
-Sí, de la mejor -contestó-.  Muy buena de verdad Estela, me gusta además cómo atienden pero eso no es todo, además está mucho más cerca de mi casa, la verdad.
-Eh, tanto te va a gustar, será posible... ¿pero a vos te pasa algo más o me parece?
-Nada, qué me va a pasar -contestó, mirando su rostro de repente-. No me pasa nada, qué inventás, nada que ver.

Y Milagros estaba confesando su malestar, ahora sí se le notaba claramente que estaba contrariada por algo, que no se atrevía a expresar.  Estela sentía que aquella chica empezaba a gustarle de verdad y quería llegar al fondo de la relación, quería llevarla ahora a su departamento y mostrarle sus cosas, su armario de ropa, sus zapatos, su cama.  Sobre todo su cama.  Estela tenía ya antecedentes.  Había tenido dos relaciones anteriormente, una con un chico, la primera, muy frustrante y desastrosa y otra con una chica.  Un tanto mejor.  Había decidido que de aquel día en adelante, sólo se interesaría por quien le llegara al corazón de alguna manera, ya sea por un gesto, una manera de ser particular, un rasgo de la personalidad que la conmoviera o por lo que fuera.  Con quien lograra engancharse, con esa persona estaría, sin importar demasiado si se trataba de hombre o mujer.  Estaba dicho.

-Mili, venís a mi casa esta noche? -preguntó.
-No, esta noche imposible, dan una peli que no me quiero perder por nada del mundo -contestó.
-Pero dale, no seas mala, además podés verla en casa, si yo tengo tele y televisión satelital como te gusta a vos, dale venite -le rogó Estela-. Además podemos cenar, tomar una cerveza, dale, te espero no seas mala.
-Dejámelo pensar no te prometo nada.
-Bueno, pero hacé un esfuerzo, no te quedés sola en casa -dijo Estela-, con que necesidad si podemos pasar un lindo momento juntas y charlamos ¿que te parece?.
-No se, ya te dije que tengo planes -contestó-. Si puedo, voy.
-Dale, te espero.

Estela dio media vuelta y se fue, contenta de la charla, animada por la posibilidad de tener a su nueva amiga en casa esa misma tarde.  Pasaría por la verdulería a buscar frutas.  Vendían frutas de la mejor calidad y ella iría a preparar una ensalada de frutas para presentar en el postre, después de la cena, antes del cafecito y de las bebidas alcohólicas.  A Estela le gustaba el fernet con coca.  Le hacía mal, de eso estaba  segura, lo había sentido cada vez que lo probaba, y siempre le caía mal de una u otra manera.  Le descomponía el estómago pero insistía, hasta que me acostumbre, pensaba.  Por lo menos no lo voy a mezclar con vino, eso nunca más.  O una cosa o la otra. 
Esperaría a Milagros junto a la ventana del living.  Apenas tocara timbre, se asomaría por la ventana, a tirarle la llave para que abriera.  Ella vivía en una planta alta, y la puerta de entrada que daba a la escalera de los departamentos estaba siempre con llave.  La persona debía bajar invariablemente a abrir.  Así que el método más utilizado por todos era tirar la llave por la ventana, para que quien venía de visitas abriera la puerta y pasara.  Eso, si había la suficiente confianza, claro.  Y con Milagros la había.  Así de sencillo, así de fácil había sido para ellas entablar una amistad en poco  tiempo y simplemente después de cruzarse en el negocio, mientras una compraba mercadería y la otra vendía, así de fácil.

-¡Mili, viniste! -gritó con ambas manos apoyadas en la ventana.
-Dale, abrime -dijo ella con una expresión de fastidio por tanto alboroto que la hacía sentir incómoda.
-Ahí te paso la llave -dijo, y hacia ademán de tirarla-. Agarrá.
-Dale -contestó Milagros, atenta a la caída del manojo de llaves.
La atrapó en el aire, y preguntó:
-Cuál es?
-La del medio -contestó Estela.

Milagros abrió, miró hacia ambos lados de la vereda, y subió las escaleras.  La
luz se encendió automáticamente, mostrando el camino y ella, agradecida confió que todo estaría bien.  Se subió las mangas del suéter, hacía calor ahí dentro, y llegó en pocos minutos a la puerta de entrada al departamento.  Pensó que debía abrir con la otra llave, pero tocó la puerta, por cortesía.

-Dale nena, la llave la tenés vos.
-Hola, cómo estás? -preguntó Mili mirando alrededor.
-Bien, pasá -dijo ella besándola en la cara-. Dame el abrigo, lo cuelgo acá.
-Che, qué lindo es tu departamento Estela, se nota acogedor -dijo.
-Gracias.  Pasá, pasá -insistió ella-. Ponete cómoda.
-Ay gracias, me encanta, mirá -dijo con sorpresa frente a una escultura-, este monito lo quería comprar yo, lo vi acá a la vuelta en la regalería, como me gustaba, lo vi en la vidriera -dijo Milagros.
-Si, si, también yo lo estuve viendo varios días hasta que junté la plata y fui y lo compré.  No salía nada barato, eh.
-No, era bastante carito, es cierto.  Bueno -dijo- y cómo andamos, ¿todo bien?
-Sí, Mili, todo bien, mirá ya tengo lista el agua para el mate, ¿nos sentamos?
-Dale, qué lindo sillón, es re cómodo Estela, te podés tirar a lo largo y todo -dijo recostandose a todo lo largo del sillón cuidando de no poner los zapatos encima.
-Sí -rió Estela-, está buenísimo.  Bueno, che, haceme lugar -dijo, y se tiró encima
de ella.
-Epa, Estela -dijo Milagros mientras la abrazaba mirándola fijamente a los ojos.  En ese instante algo sucedió entre ambas que cruzaron la vista y se encontraron confiadamente en la mirada, buscándose, queriéndose y sintiendo que la una estaba pensando lo mismo que la otra.  Que algo lindo, caliente, y de mucha intimidad estaba sucediendo entre ellas, y  que las dos estaban dispuestas a permitirlo y a avanzar por ahí.  Sintió la presión de su pierna justo debajo del vientre y a Mili  le gustó, le hizo sentir un chispazo dulce y tentador que la invitaba a penetrarla con los labios justo en sus labios que los tenía cerquita.  Cerró los ojos, y se dejó llevar.  Estela se acercó más aún y así sin previo aviso, estaban besándose, al principio un beso suave y externo, pero poco a poco, sintiendo que ambas estaban a gusto con aquello, continuaron el beso tan hondo como pudieron.

-Bueno, Mili, bienvenida a casa -dijo Estela, separándose brevemente.
-Sí, gracias Estela, sos muy dulce -contestó Milagros, con los pómulos colorados.
-¿Vamos con el mate? -preguntó.
-Si, vamos con el mate. -dijo Milagros, incorporándose en el sillón, buscando la salida más elegante posible de algo que la hacía sentir ilusionada y muy feliz a la vez.    Qué irian a decir todos en el barrio, cuando se enteraran, y las vieran a las dos salir de la mano, y eso.  Pero no era ahora el momento de preocuparse, seguir adelante era todo.  Sentía el impulso de tirarse encima de Estela y seguir besándola, pero se limitó a buscar la pava y acercar el equipo de mate, para empezarlo.  A ella le gustaba cebar, así que se haría cargo de inmediato.  Del mate, de la vida, de la compañía de Estela, de ese departamento, al que ya miraba con cierto cariño, pensando que también ella podría vivir ahí, compartirlo, compartir todo.  Ya la quería, ya quería quedarse a dormir y estar todo el tiempo con su amiga, con quien acababa de darse un beso enorme, caliente, y de mutua confianza.  Estaba húmeda por dentro.  Sentía el calor entre sus piernas pero era mucho  para un primer encuentro.  Mejor parar acá.  Basta por hoy, sigamos con el plan de ver la peli, por favor, vamos Mili, concentrate, como te decía tu  papá al hacer los ejercicios de matemática, vamos. 
Cebó el mate, mientras Estela se había levantado para buscar el control remoto, en silencio.  Al fin había conocido alguien que se animara a vivir aquella situación.  Al fin ella se sentía plena en una relación, estaba ilusionada y completamente feliz.  Acá tenés el control mi vida, mirá lo que quieras, poné el programa o la peli que quieras, me quiero quedar con vos toda la vida -pensaba-, veamos lo que te gusta.  Ay, cómo me gustás Mili, cómo me gustás... y esas piernas, cuando te tenga en la cama desnuda... ay por dios... 



Toda la vida esperé este instante, toda la vida esta compañía pero lo negaba, lo disimulaba, me hacía la boluda.   Y un poco soy una boluda, porque ahora que Mili se fue, me quedé acá como una boluda pensando cómo no le dije que se quedara a dormir, si era perfectamente posible, siempre estoy pensando estupideces acerca de qué dirán los vecinos que se están dando cuenta de nuestra relación y ya nos miran medio extraño en el pasillo, en la vereda, en todos lados.  Nosotras tratamos de mantener las formas, ojo, no hacemos boludeces en la calle, claro, pero nos llama la atención lo que pasa en la tele: hay programas que muestran cada cosa, que una relación entre homosexuales alquiló un vientre en USA para tener un hijo, que un matrimonio de hombres se separó, no duraron siquiera un mes casados, que una mujer (que en realidad es hombre) se casó con un hombre (que en realidad es mujer) y están esperando un hijo...  Mierda, estas son las cositas que vemos en la tele, y nadie se inmuta.  Eso sí, nos ven en la calle dándonos un beso, y son capaces de escupir.  Ya no entiendo más nada, qué querés que te diga.  Así son las cosas, así es la vida.  Sujeta a múltiples cambios, a mutaciones, a transformaciones impensadas un minuto antes, vivimos arrastrados por una corriente que nos estampa contra un muro, o nos mece plácidamente según la hora del día, o la estación del año.  Y no nos damos cuenta, como la rana en el agua.
Estela, que había amanecido en su cama, estaba rumiando estas ideas cuando sonó el teléfono, y obviamente era Milagros.
-Hola -dijo ella.
-Hola Estela, cómo amaneciste? -preguntó.
-Bien bebé, muy bien, acá estoy en la camita todavía, ¿vos?
-Bien, también -dijo-.  Estoy levantada, recién me levanto, y no dejo de pensar en nosotras.  Estoy muy contenta Estela.
-Me alegro hermosa, yo también -contestó-. Mirá justamente recién prendo la tele y me puse a ver alguna estupideces que dicen de las mujeres que tienen
relaciones con otras muj... esperá... voy a poner música y vuelvo. 
-Andá.
Estela buscó algo especial para el momento.  Se sentía con ganas de cantar, con ganas de bailar, y disfrutar cada segundo y quería compartirlo con Milagros, del otro lado del teléfono.  Estaba radiante.  Había abierto las ventanas de su departamento y bailaba con la música fuerte.  Escuchaba la radio, no sabía quién sería, pero la conmovía.
-¿Escuchás Mili, te gusta? -preguntó.
-Sí, si.. me encanta -dijo ella.
-Ay venite, dale dale, venite.
-Nooo, no puedo, me matan  -contestó-.  Tengo que estudiar, y no puedo dibujarla más.   Tené paciencia, esta tarde salimos a tomar algo, ¿dale?
-Bueno, pero no me falles, por favor, mirá que quiero verte, te extraño.
-Si, si, voy a ir.
-Ok, chau, chau, te mando un besito.
-Otro -dijo colgando la llamada.  Milagros sonreía, estaba ansiosa de que llegara la tarde.  Ya se imaginaba lo larga que sería la mañana, con sus obligaciones ridículas en la casa, que hacerle los mandados a su madre, que estudiar en el escritorio con sus compañeros, que comprar útiles para la facultad, que buscar algunos temas en Google..., ya estaba cansada.  Quería ir y estar con ella, tiradas en la cama, mirando el techo.  No le importaba nada más.  Pero tendría que concentrarse, terminar sus tareas, y avanzar con las materias.  Ella sería una profesional, quería recibirse a pesar de todo, y trabajar con su título que seguramente le serviría para conseguir un mejor trabajo.  Eso quería.  Prendió la radio, así se sentiría más cerca de Estela, buscó aquel tema que escuchaba su flamante novia (qué fuerte la palabra, cuando recién la empezás a pronunciar) y como ya habían pasado algunos minutos, no la encontró.  Adivinó cuál radio sería, y se puso a bailar en la sala de casa, sola, enamorada.
Su madre la miraba extrañada, no entendía en absoluto qué era esa extraña sonrisa plácida en el rostro de su hija, pero bueno no podría ser nada malo, estaba de alguna manera satisfecha y feliz.  Mejor, no tocar.  Mejor seguir con las tareas diarias, y organizarse para las compras de la mañana.  No había en su vida mucho más que hacer.  Era una ama de casa a la antigua.  El marido trabajaba y ella cocinaba y hacía las tareas de la casa.  Trabajaba mucho, pero en casa y no recibía paga alguna por eso.  Estaba tranquila de ver a su hija crecer y llegar a la mayoría de edad y empezar una facultad, algo que ella no pudo hacer porque sus padres no pudieron pagarle.

[continuará]

lunes, 12 de agosto de 2013

Para seguir viviendo

Lo mira fascinada, pensando cuánto amor, cuánta locura aquellos días de primavera cuando se conocieron y empezaron a salir, a frecuentarse animadamente.   Lo mira jugando al fútbol, con sus amigos, en el baldío cercano que alguien regaba aprovechando las acequias que había en la ciudad, que traían agua de quién sabe donde y que la gente usaba para regar las plantas y las calles de tierra.   También lo observa cuando arregla un auto para competir en las carreras de speedway. Pero ahí la dificultad son los auspiciantes.  Todo el revuelo se arma llegando el fin de semana, porque a la noche tienen que presentar el auto, y correr.  Hay que llegar afinados, con el auto bien armado para ganar por las buenas o por las malas.
Había abandonado los planes de ir a estudiar a la capital de la provincia.  Es que por aquel muchacho era capaz de cualquier cosa, sería capaz de eso y mucho más.  Tan fuerte era su amor a esta altura de las cosas.  Lo sentía así, y quería demostrarlo en cuanto fuera posible.  No le importaba nada su condición de virgen, su condición de niña recién salida del cascarón, no le importaba que él fuera un atorrante con todas las letras, que seguramente le era infiel después de los partidos de fútbol o después de las carreras de auto.  A ella le daba lo mismo.  O no, en realidad no... Sentía unos celos enormes pero para reafirmar su amor debía ser capaz de no sentir, de fingir que todo estaba bien, que era capaz de tolerar todo eso y más.  Sabía que era una actitud condenable, pero quería por todos los medios posibles retener a su amor de la juventud.
Y no lo lograba.  Él siempre terminaba escabulléndose por alguna rendija de sus redes, siempre encontraba la manera de escaparse para reunirse con sus amigos e irse de joda incluso con otras chicas de su edad.  Cuando ella se enteraba se amargaba bastante, eran momentos duros, desolados y muy tristes, mezclados con la bronca lógica de saberse traicionada por quien dice ser su amor eterno.  Eterno las pelotas, se decía, con el rostro lleno de rubor, encendido de la bronca, y esperando el momento para desquitarse con él, o con quien fuera que tuviera a la mano.
Su padre, por ejemplo.  Le servía de blanco de todas sus quejas, de todos sus gritos por el mal rato que le hacía pasar su novio.  Y era fácil, cualquier cosa que le preguntara al buen hombre, este respondería una barbaridad, total era un absoluto ignorante de las cosas en informática, ahí tenía un un gran terreno donde hacer sentir idiota a su padre.  Cualquier pedido, cualquier duda, cualquier interrogante sobre el particular, dejaba al pobre hombre en un estado de mente en blanco total, de absoluto desconocimiento de lo que se estaba hablando.  Y ahí aplicaba su puño de palabras, donde más duele, donde cualquier otro ser humano hubiera estallado en insultos que él callaba porque se trataba de su hija, un ser casi de otro mundo.  Jamás le levantaría la mano por más que le dijera aquellas brutales palabras que lo herían en lo más profundo.  ¿Y a quién le importa si no sabe nada de computación? ¡Que le pregunten a otro!  ¡A mí qué mierda me importa si hay que usar sistemas operativos libres o propietarios!, se preguntaba íntimamente el padre, mientras mordía su lengua antes de decir nada ante cada palabrota que profería su hija, su tierna hija adolescente cargada de frustración por aquel mal novio que le hacía pasar muy malos momentos.
Pero ella lo quería y frente a la urgencia que significaba el paso del tiempo sin estar con él, y ver que todas sus amigas pasaban esos mismos momentos abrazadas y dándose besos con sus novios y ella no, tenía que esperar y sentirse sola y traicionada, y dejar que aquel muchacho se fuera de fiesta con sus amigos.
Pero un día, tranquilamente, conoció a Estela.  Una joven vendedora de verduras de un puesto que abrieron cerca de su casa, al que concurría regularmente a comprar sus verduras y sus frutas, tenían de la mejor, y llevaba a su casa encantadoramente con su bolsito de supermercado, y desparramaba en la mesa de la cocina hasta lavarlos bien y guardarlos en la heladera.  Estela que, como su nombre lo indica, dejaba también una estela a su paso, tenía un agradable aroma a mujer joven y ya sabemos qué significa eso, cuán encantadoramente atractivo puede ser, era una muchacha muy bien mandada que hacía su tarea con dedicación y esmero  y que solamente por ella daban ganas de seguir viniendo (no,  viviendo) y comprando regularmente ahí en ese puesto.  Además se encargaba de mantener todo húmedo y limpio, como le gustaba a su jefe.  Era una delicia ver las manzanas brillantes y rojas, todas en sus cajoncitos prolijamente ordenados y perfectos al lado de las naranjas, rozagantes y simétricas, todas iguales.  Gracias a Estela.  Un amor.
-Dos kilos, dame. -dijo ella.
-¿Dos? -preguntó Estela- ¿No querés aprovechar la oferta?
-Bueno, dame la oferta.
Era imposible negarse.  Cuando ella ofrecía, la fruta ya estaba en tu bolsa.  Nadie se negaba.
Milagros, resurgía por aquellos días del infierno de ese novio totalmente desalmado que la llevaba a la rastra, de las mechas, en una relación sin sentido y sin cariño.  Por fin, un día, ella se decidió a plantarlo.  Tal como hacían seguramente los proveedores de Estela con sus productos.  Ella lo plantó y el chico quedó desconcertado.  Diez minutos.  Después siguió planeando su fin de semana, tranquilamente, sin importarle demasiado aquella ruptura.
Milagros lloró, claro, toda esa tarde, y solamente volvió a sonreir frente a Estela cuando le devolvía el dinero de su vuelto, con una sonrisa aspiradora, como le decía después, a esa sonrisa que es imposible no contestar con algo parecido o al menos con un comentario halagador.  Qué bonita era.
-Un kilo de remolacha.  ¿Y ahora qué hago con esto?  Mi madre nunca me enseñó a cocinarla, no debe ser difícil, pero sí me acuerdo de todo ese color rojizo en el agua que había que tirar porque en realidad no servía de mucho.
-No te hagás problema, enseguida me conecto y te mando al correo unos truquitos para que te salgan espectaculares -dijo Estela-.   ¿Cómo es?.
-Sí, anotá.
-Chau, gracias. -se despidió Estela, mientras pasaba el turno al otro cliente.   Milagros estaba encantada.  Qué facil era atender bien a la gente, hacerla sentir feliz aunque sea por un instante en su vida.






Milagros sigue con su rutina habitual de los días martes: a la mañana estudiar para rendir un final, y a primera hora de la tarde, gimnasio.  Dos horas.  Es una adicta al gimnasio.  De ahí no se mueve hasta estar completamente agotada y cansada de la bicicleta, del elíptico, de las pesas, que ella misma controla con gesto serio y más de una vez, asegurándose que los varones hagan bien las cosas sino ella misma los corrige.
-Ahí pusiste dos pesas de más, te vas a lastimar -les dice en tono de broma a algunos.
-Mirá, Mili, esto es fuerza. -contestan mientras suben muchos más kilos de los que ella sería capaz.
La calza que normalmente lleva vuelve locos a todos.  Disimulan, respiran, transpiran, se dan cuenta que ella los está mirando y bajan la mirada o inventan algo rápido para que no se note su calor.
La heladera de jugos es el lugar favorito para hacer sociales.  Hasta allí va distraída a buscar la bebida y lo encuentra justamente a él, demorado con otra chica, así que da media vuelta y se va.  Después volverá -se dice- total qué me importa este tonto, si es un pedazo de infeliz que no me merece.
Vuelve a su mente el recuerdo de Estela, y empieza a sentir un calor inusitado y nuevo, algo que la inquieta y no logra entender todavía de qué se trata.  ¿Estará Estela dispuesta a salir con ella?  ¡Pero no por Dios, en qué esta pensando!  ¿Lo único que le falta ahora, volverse trola?
Lo piensa y cambia la mancuerna de posición.  Ahora con el otro brazo.  Y uno, y dos, y uno y dos... así rítmicamente, mirándose en el espejo, disfrutando de la vista, de la suya y de los chicos prendidos fuego a su alrededor que no le sacan los ojos de la cintura.  De la cintura y de las caderas.  Y ella lo sabe y lo disfruta como loca.  Ella misma se disfruta, y eso le parece bastante... gay (sonríe).
Mira el reloj, ya son más de las cuatro.  Debe seguir con sus estudios.  Antes pasará por el centro a retirar una cadenita que dejó en la relojería, que se rompió en la última sesión de gimnasia.  Sabe que en el camino puede tomar por la vereda de la derecha, y de paso disfrutar de la sombra escasa en este tiempo, pero sobre todo así podrá pasar por la verdulería de Estela y saludarla, hacer como si nada, como si la casualidad estuviera llevándola por ahí.  Está ansiosa por llegar, por saludarla y sentir su perfume.  Se sorprende a sí misma con estos pensamientos, evita pensar en la moralidad de todo eso, más bien se siente a gusto porque la tarde está preciosa y salir del gimnasio es la mejor hora del día.






Entró a la relojería mirando de reojo la vidriera, y adivinen a quién tenía en sus pensamientos.  ¿Le gustará ese anillo a Estela?  No he visto que use  mientras atiende, pero seguro cuando sale se pone algunos. ¿Y aquel reloj?  Cuesta caro, pero me encantaría preguntarle la hora y que me la diga mirando ese reloj pulsera hermoso, de color dorado.
-Hola.  Vengo a retirar una cadenita que dejé para arreglar -dice ella.
-Si, decime tu nombre.
-Estela... no perdón qué tonta, jaja, ¡Milagros! decime Mili -dijo ruborizada-, estaba pensando en una amiga con quien venía conversando -se justificó.
-Dale, ahora me fijo -contestó el empleado revisando el semblante de Milagros que estaba algo contrariado.
Dio media vuelta y se puso a mirar con detenimiento la vidriera del interior de la joyería pensando en la situación absurda que acababa de vivir.  El empleado seguramente ni se imaginaba los pensamientos en su interior, sobre este germen de sentimiento homosexual que la estaba penetrando, que estaba creciendo en su interior de una manera imposible de frenar.  Y ya no vio más nada en la vidriera.  Quería retirar eso, pagarlo, y escapar corriendo pero también se sorprendía cómo, cada día que pasaba, ese sentimiento se hacía más y más estable en su vida, ya no se peleaba tanto con él, y crecía y crecía.






Es una mañana fresca en San Rafael, todavía no ha salido el sol, y ya algunas vecinas riegan la vereda sin mayor sentido que el darle a la mañana más frescura y humedad.  En un clima seco como el nuestro, se agradece.  Solo que me cuesta entender cómo hacen con el frío de la mañana y el agua helada.  Las plantas de las veredas se preguntan angustiadas cada día, si el resto de la semana tendrán que pasar por lo mismo, pero claro, ellas no dicen nada.  ¿Será sólo mi imaginación?
Milagros paseaba por la avenida del centro, preguntándose estas cosas sospechando que a ella le tocaría pasar por lo mismo si alguna vez se formaba una familia, tenía su casa y sus hijos, y a su marido esperándola cada día o más bien al revés ella esperándolo a el, pero muy bien no sabía.  Esta confusión angustiante: imaginarse que él la esperaba a ella.  ¿Sería que estaba más del lado de los hombres que de las mujeres?  ¿Le parecía sensato que él la esperara en casa mientras ella trabajaba afanosamente para ganarse el pan?  Era la costumbre de la época que le tocaba vivir.  Ahora son ellas las que trabajan.  Pero ellos también, igualmente, eso de la vereda húmeda no lo veía en sus planes, a menos que estemos hablando de una muy entrada edad, cuando ya las canas hacen lo suyo y probablemente ella esté retirada.  Lo del agua, no.  Y menos ahora con la escasez que hay, y con la preocupación por el medio ambiente que ya nos tiene fritos a todos.  ¿O no?  Estela seguramente sabría qué hacer.
¿Y esos ruidos?  A ver si tengo unos minutos más -dijo, sintiendo a Looney dando lamidas a su nariz.  ¡Eran más de las ocho y ella durmiendo!  Había tenido un sueño.  Un sueño sereno y placentero que se había terminado con aquel perro lamiendo su nariz y dejando una fina humedad en su rostro.
El sueño no decía mucho, que ella era el hombre de la casa, la que llevaba los pantalones, y dejaba a su pareja en casa atendiendo las tareas del hogar, como si eso fuera algo avergonzante.  Pensaba otra vez en Estela.  Ella sabría qué hacer, se dijo antes, pero aún así lo que de verdad quería era verla, hablar con ella y tal vez decirle o hacerle entrever lo que le estaba pasando por su cabecita y su corazón.  Aquella atracción bien podía ser mutua.  Bien podía Estela estar pensando lo mismo, estar sintiendo lo mismo, estar soñando lo mismo quién sabe.  Y si así fuera, en un par de meses estaría durmiendo a su lado, y tal vez Looney no le daría más bolilla a ella sino a Estela.   Y eso la pondría celosa, pero no importaba.  Era fácil compartir el cariño del perro con quien se ama.  Lo meterían también a la cama a que duerma con ellas, pero no, quizás a ella no le gustaban los perros, o por lo menos ensuciar la cama con las mascotas...






-Estela, qué tal -dijo bajando la mirada en dirección a los cajones de frutas.
-Hola Milagros, bien, ¿cómo estás vos? -preguntó Estela, con su sonrisa brillante y joven.
-Bien.  Aquí andamos, queriendo comprar alguna fruta, ¿qué me recomendas hoy?
-Mirá lo mejor que tengo son las manzanas, están impecables, riquísimas. -Le faltó decir deliciosas.
-Bueno, poneme dos kilos, y de esos kiwis también algunos -dijo Milagros, buscando en el aire alguna palabra para llevar la conversación  a donde ella quería.-   ¿Se llevan bien las manzanas y los kiwis?
-Sí, claro se llevan bien -contestó.
-Qué linda está la mañana, no?
-¡Si, realmente! -dijo Estela mirando el cielo- está increíble.
-¿Salís a caminar, Estela?
-Nooo, para nada, demasiado camino acá en el trabajo, y además los feriantes me hacen madrugar mucho.  La siesta es para dormir a pata ancha nena.
-Ah, qué lástima, me hubiera gustado salir esta tarde a caminar un rato es que estoy muy sedentaria últimamente.
-No, pero te digo, yo veo pasar muchas parejas de mujeres caminando y me pregunto realmente, ¿qué le ven a caminar? ¿Estarán realmente locas?
-Bueno, un día acompañame y vas a ver que vale la pena.  Lo bueno es hacerlo en compañía así vamos charlando un poco también, no se, es que mis amigas son unas vagas todas, a ninguna le gusta.
-Bueno, dale, seamos amigas si querés, pero caminar no lo creo, lo veo muy remoto -contestó ella y comenzó a reirse sabiendo que era gracioso esa actitud antideportiva.
-Daaaale genial.  Te llamo un día y hacemos algo ¿si? -preguntó Milagros feliz.
-Cuando quieras, tomá te doy mi número.
-Ok.
Milagros lo guardó en su billetera en el lugar del dinero.  Así de importante era ESE número.  Quería tenerlo ahí y no perderlo por nada del mundo.  Apenas tuviera un momento libre la llamaría pero para invitarla a pasear, a tomar un helado o lo que fuera.  ¿Por qué no, a charlar y tomar mates en casa?  Como para empezar, unos matecitos en la vereda, al calor del sol de la siesta estaría perfecto.  Además, Estela cerraba la verdulería a esa hora, y podría perfectamente tomarse un rato para estar con ella.  ¿Y si se le hacía costumbre?  ¿Y si toooodos los días la tenía ahí, charlando y contandose sus cosas?  Sería perfecto.  Mientras no vengan los clientes a molestarlos, a decirle cosas ridículas por esa relación extraña para muchos, e indebida para otros, y totalmente normal para otros tantos, no habría problema.  Pero si esto le ocasionaba problemas a cualquiera de las dos, no se lo perdonaría.  Sería horrible tener que soportar a las viejas chusmas mirando de reojo y molestando todo el tiempo.  Conocía a un par.






Su lengua pegagosa, su vientre entumecido, su paladar completamente ampollado nos dan una idea del día que estaba amaneciendo para Milagros, y su completa perplejidad de no entender qué le había caído mal, si habían sido las verduras (imposible) o el helado de chocolate (mucho) que había comido la noche anterior.  Sin dudas, pensó en esto último.  ¿Pero es que ya no los hacen de ingredientes naturales, o justamente estos son los que hacen mal?  ¿Acaso estará prohibido comer en exceso aunque sean de buena calidad?
Llamó a Estela.  A su celular.  Le dijo que se sentía horrible, que por favor en cuanto tuviera un ratito se diera una vuelta por su casa que necesitaba ayuda.  Estela respondió que sí, que apenas pudiera iba lo más pronto posible.  Que no se moviera de la cama,  que ya iba.
Diez minutos después, golpearon la puerta de casa, y Milagros gritó
-¡Pasá!
-Holaaaa  -dijo pausadamente Estela, mientras abría la puerta.- ¿Dónde está la enfermita?
-¡Aquí, Estela! -contestó ella.
-Hola, amiga, ¿qué anduvo pasando?
-Y mirá, debe haber sido el helado que me comí ayer, estaba riquísimo -se veía pálida.
-Ahhh, pero la señorita se da una panzada de helado y después quiere andar fresca como una lechuga, ¿cuánto te comiste, un kilo vos solita?
-Y..., más o menos.
-Eso es too much señorita... a ver que le preparo un te. -contestó Estela cariñosamente, mientras buscaba la puerta de la cocina pero se volvió y le estampó un beso en la mejilla, que a Milagros le sonó prematuramente húmedo y cariñoso.
-Gracias por venir Estela, me siento terrible.
-De nada nena, bancá que te hago un te de yuyos a ver si se te pasa, si no vas a tener que ir al médico eh -gritaba desde la cocina.
-Y sí, ya lo creo.
El cuadro es el cuadro típico de dos amigas que se sostienen una a otra, que se acompañan, que están cuando la otra necesita, pero había algo en la mirada de Estela que hacía perder la confianza.  Y les pasaba con todos los que la conocían.  A poco de conocerla su mirada como distraída por momentos, retirada de la realidad, comenzaba a levantar algún tipo de sospechas.  Eso sucedía en cuanto entablabas una amistad con ella, y habían pasado unos días, nunca de primera intención, pero siempre terminaba sucediendo.  Y aquel momento era el preciso momento en que la relación de ambas cambiaría para siempre.  Sin lugar a dudas, la búsqueda de Milagros estaba llegando a su fin.  Era Estela la persona indicada, se lo preguntaba una y otra vez, y la respuesta llegaba rápidamente, al verla también a ella sola y muy servicial, muy buena amiga, muy buena mina en general.  Ella sabía con tan poco tiempo de frecuentarla que podía contar con ella en cualquier urgencia.  Ella estaría ahí.  Habría que respetarle esos tiempos de mirada perdida, de ausencia, pero por lo demás hacía tés de yuyos riquísimos y muy sanadores especiales para los atracones de helado, por lo que rápidamente volvió la sonrisa a la cara de Milagros, volvieron a reir de cualquier estupidez, y como se había hecho la tarde se metió ella también en la cama y durmieron plácidamente la siesta.  Estela durmió.  Milagros la miraba con sus ojos entreabiertos, maravillada del momento de tenerla ahí cerquita, de sentir su olor y de verla con los labios cerrados descansando confiadamente al lado de una desconocida -quizás- como era ella.






Se le antojó masoquista el hecho de comer tanto helado y después sentirse terrible como se había sentido pero por otro lado, estaba feliz de que ese acontecimiento hubiera hecho que Estela se metiera en su cama, de manera que, no todos los actos masoquistas están del todo mal.  Lo volvería a hacer.  De hecho, compraría helado esa misma tarde, para invitarla a ella que se estaba despertando de la siesta, confundida con las sábanas, y medio enrollada en la almohada.  Su piel era muy suave, Milagros lo había comprobado mirando a través de su musculosa verde y casi transparente que dejaba ver lo más sutil y redondo del cuerpo de mujer y que ella había mirado con deseo.
-Hola -le dijo.
-Hola, Milagros ¿qué hora es? -preguntó.
-Son las seis.  Linda siestita nos dormimos -respondió.
-¡Cómo que las seis! ¡Nena tengo que estar trabajando a esta hora!
-No me digas, bueno andá, andá -contestó Milagros sonriendo, sabiendo de la doble complicidad de ver que Estela había faltado al trabajo por estar con ella durmiendo la siesta, plácidamente, en su cama, y que todo había sido culpa del helado y su descompostura.  Bendita seas inestabilidad intestinal, bendita seas.  Mañana estarás aquí otra vez, oh sí...  O tal vez no.  Ya era hora de invitarla formalmente a cenar, tal vez no esta misma noche pero si mañana, cuando fuera de compras le diría si era posible que se venga a cenar, y después del café seguramente se animaría a quedarse.  Por lo menos podrían hablar y ella le preguntaría por su familia y todo eso, pero se imaginaba que Estela estaba sola.  No había mencionado a sus padres, ni a posibles hermanos en ningún momento, ni hablar de pareja ni cosa por el estilo, así que estaba muy entusiasmada.  Se veía ganadora del momento y de la situación.  ¡Ey, ya estuviste en mi cama, podrás perfectamente venir a casa y cenar y quedarte a dormir esta noche!
En su mente bailaban estas ideas cuando tocaron la puerta violentamente.  ¡Abran!  gritaban del otro lado.  ¡Abran, es la policía!
¡Qué estaba pasando allá afuera, de qué se trataba esa locura, alguien que estaba por tirar la puerta abajo era terrible para ella.
Miró alrededor buscando certificar el desorden, pensando si estaría disponible su habitación para una inspección porque esos gritos sólo podrían estar anunciando una requisa por parte de la policía o algo así, pero qué había hecho ella para semejante situación, si era la vecina más tranquila del barrio por decirlo de alguna manera.   Jamás había hecho ruido con la música fuerte o con alguna discusión con alguna pareja, que por lo demás raramente había tenido hasta ahora y menos de haberla metido allí.  Y el desorden era bastante amplio.  La cama por ejemplo, era un completo desastre, había estado ahí las últimas cuatro horas, y con visita.  Ya sabemos.  Por lo menos los haría pasar al living.
[continuará]

martes, 23 de julio de 2013

Guara

Se encomienda a Dios, y cruza decidido la calle.  Al otro lado se encuentra con su tío, un cura franciscano de unos 40 años que viene de celebrar misa junto a su perro.  El perro no celebra la misa, lo espera fuera de la iglesia y a la salida se van caminando juntos.

El sacerdote acaricia gentilmente a su perro y camina, llevando una bolsa del supermercado donde tiene lo mínimo indispensable para el fin de semana que le espera en su confinamiento de oración y celebraciones.  Nada le interesa más que sus tareas habituales y el fútbol de fin de semana.  A veces va a la cancha pero sólo cuando está de vacaciones en casa de su familia a mil kilómetros de allí en otra ciudad, en otro estado del país, con otra liga deportiva, allí sí que se juega al fútbol de verdad.  En este pueblito sólo hay gente que se junta a hacer picados en terrenos baldíos y a gritar nombres extraños de jugadores extraños, que solo se conocen de verlos en televisión o de los álbumes de figuritas.

Aquí no hay internet.  Nadie sabe de esas cosas, viven alejados de todo lo tecnológico y el cura admite que se vive ciertamente mejor.  Él conoce las grandes urbes con su infierno informático, sus cables en todos lados, sus antenas y su proliferación de señales en todos los rincones.  Que el wifi, que la radio, que las distintas bandas de señales absolutamente inútiles y me olvidaba del peor de todos: el teléfono móvil.  Si señor.

-No señor, -dice- no vi ninguna mujer por aquí.

-Ah, gracias -le contestan.

Y sigue caminando junto a su perro y su bolsa.  Después de todo, se cruza con pocas mujeres a diario.  Solamente cuando van a visitarlo por algún problema de la parroquia pero también eso está organizado de tal manera que pueda evitarse una situación que normalmente lo incomoda.  Él con sus votos a cuestas, debe mantener las formas, cuidarse de las habladurías y de las historias que se cuentan por aquí de otros religiosos anteriores que fueron fecundos y tuvieron incluso hijos con algunas chicas del pueblo y después se fueron y dejaron todo abandonado, o fueron expulsados de la iglesia.

La mañana se presenta cálida y fresca a la vez.  Hay un viento frío del sur que entumece las manos pero si caminás por una vereda que da al sol, podés incluso sentir demasiado calor con el abrigo que lleves.  El cura toma agua de una botella que lleva en la bolsa, directamente del pico, la tapa y vuelve al camino, haciendo ese sonido típico con los dedos para animar a su perro a que le siga.  Este se ha distraido unos minutos detrás de una perrita que seguramente está comenzando su celo y con ese olor característico que solo entienden los machos, ha llamado su atención de inmediato.

-Vamos -le dice al perro- dale, vení conmigo.  Y el can obedece sin mucho convencimiento, queriendo quedarse a comprobar si lo del celo es cierto o le pareció.  Le deja una notita a la perra: mañana voy a pasar por aquí de nuevo y continuamos la charla, le escribe.  La perra, distraída con un huesito echada en el pasto, no presta atención a la nota, sigue atareada con lo suyo, la leerá después.  Ese perro puede ser un buen partido para sus cachorros.  Tiene la sensación de que bien podría convertirse en padre de su cría sin ningún problema.  Ese pelo bien cuidado y brillante es muy atractivo, y sus orejas para qué te cuento, se dice mientras masca con fuerza aquel hueso encontrado en una bolsa.  Y el perro y su amo, se van caminando.

Todo esto transcurría la mañana misma en que encontraron muerto a un joven en casa de sus padres por sobredosis de cocaína.

En este pueblo retirado de la ciudad, que alguien consumiera este tipo de sustancias era inaudito.  El cura se enteró porque a él le llegan siempre este tipo de situaciones de primera mano, ya sea por alguna confesión mal hecha, o por alguna consulta en la secretaría de la parroquia.

Algo así no debería estar sucediendo en ese pueblo, donde el brebaje más fuerte que alguien había consumido jamás era un té de boldo endulzado con miel.  Pero aquel muchacho había encontrado la muerte de la manera más cruel, con una combinación explosiva de cocaína y alcohol y lo encontraron tirado en la cama boca abajo, desnudo, y con marcas de haber estado inyectándose aquellas cosas.  Tuvieron que llamar al médico veterinario del pueblo para que le diera los primeros auxilios al cuerpo ya sin vida.  Por lo menos que dijera de primera mano qué podría haber sido, y se descartara cualquier posibilidad de sobrevida.  Después vendrían los forenses y los médicos profesionales que se ocuparían de aclarar un poco las cosas.

Obviamente, intervino la policía, que tampoco sabía muy bien cómo actuar en este tipo de casos, dado que se trataba de un delito que estaba fuera de su alcance.  Todo lo que tenía que ver con estupefacientes era derivado -en las grandes ciudades- a la policía federal, o gendarmería.  Ninguno de estos tenía oficinas por acá.  Solo había un puesto de gendarmería a 70 kilómetros, y el camino era una calamidad.  De aquí que alguien se animara a cruzar esos vados llenos de barro y piedras, el chico ya tendría cristiana sepultura.

El cura llegó a la sacristía, sacudió los pies en la puerta y se quitó el abrigo colgándolo en el perchero a su derecha.  El perro se acomodó en la entrada conocedor de la situación de que no era bienvenido en el interior de casa, una vez que habían hecho la limpieza.  Y esa mañana, Luisa había limpiado todo, dejando una notita también en la mesa: "Padre, terminé y me fui, en la heladera tiene flan".

Se encogió de hombros, agradecido, pensando en los ricos postres que prepara Luisa y que ahora tiene uno ahí, esperándolo.  Lo que desconoce es la situación del chico muerto, pero no tardará en enterarse.  Bastará que se hagan las doce del mediodía y comience la atención en la secretaría de la parroquia.  Ahí llegó, precipitadamente, Ricardo, con una confesión urgente que hacer.  Se sentía culpable terriblemente culpable.  De qué, le preguntó.  De no haber socorrido a un chico drogadicto tempranamente cuando todavía se podía hacer algo.  Y quién es ese chico.   El que ahora está muerto, padre.  ¿No se enteró?  No.  Este pueblo es demasiado chico para no enterarse pero es un suceso demasiado reciente.  Me estoy enterando ahora y está bien, qué más hijo.  Nada más.  Tres padrenuestros.  Punto.

Era la única persona por atender de la mañana, del día y quizás de la semana.  El resto del tiempo lo tenía para sí mismo, para la lectura, para la meditación y las oraciones.   Pero no podía quitarse de la cabeza la muerte del muchacho, esa horrible muerte anunciada para algunos, que no supieron o no pudieron hacer nada.  Es tan terrible cuando esto sucede que las lágrimas comenzaron a brotar espontáneamente de su rostro, sufriendo el dolor ajeno tal vez, pero contagiado por la confesión reciente.

Alargó su mano para tomar el reloj y ver la hora, confirmando que aún no empezaba el partido.  Tendría que prender la radio para enterarse cómo iba su equipo favorito,  que ahora estaba peleando una plaza en el torneo regional más importante, y en ese equipo jugaba gente conocida, gente amiga y algunos no tanto.  Pero buena gente en general.

La mañana siguiente, comenzó el día trotando alrededor de la granja.  El aire fresco y el pasto húmedo eran una invitación al deleite de los sentidos, inspirar, espirar, inspirar, espirar, era un juego sin dificultades que se agradecía.

Con la novedad de la muerte en su cabeza, daba vueltas al asunto insistentemente, pensando por qué no se enteró antes de aquella situación, por qué no le llegaron antes rumores de que ese muchacho estaba sufriendo tanto, que había alguien de su comunidad con gravísimos problemas de drogas, y no podía entenderlo si siempre era el primero en saber.  Antes incluso que los chicos que estaban haciendo las primeras armas con la radio del pueblo, que funcionaba con unos equipos donados de una ciudad cercana, que ya tenían otros equipos por supuesto más nuevos y ese había quedado vetusto.  Ellos decían obsoleto para no contar la verdad.  Eso no funcionaba.  Y le daba a los chicos muchísimo trabajo ponerlo en marcha, era más el tiempo que pasaban ajustando tuercas y controles que emitiendo programas.  De todos modos no había mucho que decir, más bien pasaban música y algunas breves novedades locales.  Lo que había ocurrido con el muchacho de la droga todavía no llegaba a la cocina de las noticias.  Ni se habían enterado.  El cura ya lo sabía y tenía muchas ganas de llamarlos, no para contarles nada pero sí para ponerse a trabajar con ellos en un programa que lograra atraer a los chicos y chicas que pudieran tener problemas con los padres o que hubiera algún indicio de que estaban consumiendo sustancias prohibidas.  Para eso estaba, si no cuidaba él de su grey, quién lo haría.

Su voz ronca era ideal para un programa nocturno.  A él le gustaba el jazz pero era bastante improbable que lograra imponer ese tipo de música, más bien tendría que meterse de lleno y de una buena vez en el terreno de la música local, con sus cuecas y tonadas a primera hora, y a la orden del día.  Con letras de otro tiempo, con trinares de guitarra desolados y gorjeos insufribles que su oído no estaba acostumbrado a tolerar.  Pero quizás era cuestión de hacerle un lugar a esa música, de escuchar y prestar atención a esas palabras hilvanadas por gente que no ocupaba los primeros puestos de preferencia en la música nacional, ni era de referencia para millones de jóvenes más acostumbrados a la música extranjera o al rock, que sí tenía en el país una gran acogida.

-Tené cuidado -gritó.

-Sí, si, de acuerdo -le contestó el muchacho, haciendo un gesto con la mano.