jueves, 24 de octubre de 2013

Contrariado

Siempre a la hora de la siesta, me esperan para tomar café todos juntos pero aquel día no fue así y me sentí, digamos, traicionado.   En este simple gesto de ruptura de lo cotidiano, uno puede empezar una batalla absurda por cuestiones de respeto, de consideración, de amabilidad negada que termina quién sabe dónde y cuándo.

Como aquella tarde después de haber discutido ásperamente por cualquier zoncera,  ella me lanzó un par de platos y unos vasos.  Yo agarré lo que tenía a mano, una bolsa con ovillos de lana y lo arrojé con bronca.  Eso por supuesto no tuvo impacto considerable y mientras tanto tenía que esquivar aquellos platos y vasos que, al estrellarse en la pared detrás mío, hacían además de ruido, un notable desastre de esquirlas y piezas rotas por doquier.

Los vecinos empezaron a golpear la pared en señal de “los estamos escuchando, por favor, dejen de hacer tanto lío, que es la hora de la siesta” y nosotros entusiasmados en nuestra disputa seguíamos a pesar de todo y los vecinos.  Ellos tenían sus días de trifulca, así que aquellos golpecitos más bien nos parecían un “estamos con ustedes” tal y como habíamos hecho en otras ocasiones nosotros que cuando veíamos que la situación al lado levantaba mucha temperatura, empezábamos a intervenir golpeando la pared con un bate de béisbol que nos trajeron de Cuba unos primos lejanos, que viajaron con el uno a uno.

Queríamos intervenir siempre.  Y ahora agradecíamos aquel sonido porque sabíamos que teníamos que parar con aquella discusión y sentarnos a conversar, un poco por los vecinos y otro poco por la integridad de nuestras cosas que cada vez nos quedaban menos platos y vasos y estaban caros para andar comprando porque sí nomás, o porque los perdíamos en medio de una discusión airada.  Así éramos nosotros,  vecinos de armas tomar.  Bueno lo de armas te lo debo, porque una bolsa con un ovillo de lana no rompe nada, ni siquiera moretón te deja en caso de acertar a pegarte en el brazo o en la nuca, ponele.

Ahora que escribo esto, el canto de los pájaros me recuerda tiernamente a mi mujer, y me hace más amigo de esta primavera que me ayuda a dejar de lado las hostilidades y se abre a una mañana diáfana y reluciente, de lo más encantadora.

viernes, 18 de octubre de 2013

Rebanada

Me rebané el dedo ayer, cortando papas en la cocina donde trabajo, un restó  que está de moda.  Llegué por consejo de un amigo que me aseguró que se trabaja bien, que hay respeto y buena paga.  Ahora, ando vendado.  Y ya me cuesta pensar en volver a trabajar en esto porque el tajo me dolió más que nada en el orgullo.  Se quedaron mirando, como que no creían, si yo tengo el título y todo del instituto de gastronomía.  ¿Es que no te enseñan a cortar papas sin rebanarte el dedo?  -casi me decían con la mirada.  Y no.  Casi  no te enseñan a cuidarte la integridad física y anímica. 

Si me pusiera a cocinar ahora, haría seguramente unas salchichas todas arrugadas y unos huevos poché, cualquier cosa poco inspirada.  Seguro.   Así de amargado termina el día.   El dedo me está ardiendo.  Me pusieron un líquido para desinfectar la zona y me quedó palpitando pero al menos paró la sangre.  Eso está bueno, que si no, todavía andaría rojo y peligrando.

Porqué será que uno se contagia de los mayores, y no siempre lo bueno.  Estaba el cocinero jefe al lado mío y yo lo miraba trabajar cuando le metí mano al filo ese.  En vez de papar moscas chusmeando, hubiera estado atento, no estaría contando este cuento.  Pero así son las cosas, uno aprende a medida que las heridas van apareciendo.  Uno cura las heridas en el camino del aprendizaje. 

Heridas y aprendizaje. 

Sangre y comida.

Lindo el restorán.

miércoles, 16 de octubre de 2013

El consejo

El sol de enero en San Rafael hacía crujir los techos de chapa, las ventanas de madera y todo cuanto tuviera cierta consistencia henchida por el calor de la tarde.  Paula miró dos veces a través de la ventana, él ya no vendría aquel día.  Era mejor acostarse.  Encender el aire de la habitación y tenderse en la cama  a dejar pasar aquel infierno de luz y calor que remataba un verano atronador.

Llegó tempano a la oficina.  Tomó su bebida plácidamente, observando de reojo a los costados, antes que apareciera algún curioso con una cámara de fotos o simplemente le pidieran un trago, cuando quedaba apenas un cuarto de botella de medio litro.  Casi nada, pero se sintió bien unos minutos con aquella bebida refrescante.   Volvió a mirar y notó que sus compañeros la miraban con recelo, sabiendo que era la única del grupo de la tarde que tenía derecho a tomar una siesta y escapar de aquel infierno.  Estaba acomodada con el jefe, ella hacía las cosas bien.  Un minuto después, ocurrió lo impensado.  Un ladrillo entró por la ventana rompiendo en mil pedazos el vidrio y dejando un  desparramo de esquirlas por toda la sala.  Además del susto, claro.  El estruendo llegó a oídos del jefe que salió corriendo de su oficina, desesperado, preguntando por ella y para quedar bien, por los demás. 

Sonó el teléfono.  Y ahora quién iba a atender, seguramente sería un cliente demorado de los que nunca faltan preguntando alguna estupidez.  Ella atendió finalmente.  Una voz remota y obviamente modulada para resultar desconocida, le dijo “a ver si entienden el mensaje” y colgó.

Paula miró alrededor buscando compañía en sus colegas, en aquellas personas que compartían día a día aquel trabajo absurdo en aquella oficina más absurda todavía sin entender demasiado bien porqué estaba ocurriendo esta locura justo el día de su aniversario.  ¿Sería así como terminan las relaciones con los jefes?  ¿Sería que lo sabían todos y se habían enterado personas que mejor lo ignoraran? 

Recordó el consejo de su abuela: “con hombres casados nunca, nena”.  

Tarde.

miércoles, 9 de octubre de 2013

Para seguir viviendo (III)

Sus padres no pudieron pagarle los estudios pero la habían formado como corresponde, con altos valores morales y éticos, que la llevan a una -decía- a tener una vida honorable y bien vivida, sin meterse en problemas inútiles y que no conducen a nada.  Eso era todo y esa era ella.  «Una mujer tranquila, ama de casa, que hace las cosas que debe hacer sin importarle absolutamente un corno lo que ocurre alrededor, en el mundo, en las afueras del mundo, en el horizonte mismo del universo absurdo este, que va de un lado al otro, a gran velocidad espacio-tiempo, y encima ahora, con la tecnología que nos vuelve locos a todos, que están todos con sus tablets, sus teléfonos y su mierda que no entiendo para nada.»

Apagó la tele, y se puso a tejer.  Se olvidó de todo por unos treinta minutos.  Ese sueter quedaría hermoso.  Justo a la medida de Milagros, ahora que vendría el otoño ya tendría qué ponerse.  Era una práctica casi en desuso.  Nadie tejía como antes, nadie hacía cosas manuales, artesanales, que tuvieran que resolverse con las manos y con un saber que se va pasando de generación en generación: ahora todo se hace con máquinas que previamente han sido programadas por un profesional competente, que debe mostrar ante todo disciplina y rigor científico para manejarla.  Al menos para aprender a manejarla.  Y después, pasarle ese conocimiento a alguien capacitado para repetir ese procedimiento hasta el cansancio, o hasta que el stock esté suficientemente lleno de productos que después se venderán de manera... programada.  Así estaba funcionando el mercado por aquellos días.

Así debía ser, y se abandonaba al conteo de puntos.  Que si hago veinte puntos en una dirección, después tendré que hacer una merma de cinco y seguir así hasta terminar.  Y cambiar el color de la lana al llegar a los quince.  Bueno, pero qué bonito número para jugar a la quiniela.  Le voy a decir a Pocho que me lo juegue.  Ni bien termine le llamo y le digo la apuesta, quién te dice me gane unos pesitos para pagarme el viaje a las Termas.  Que necesito descansar qué tanto.   Unos días de viaje me van a venir fenómeno.  Y si no, al menos, a Merlo acá cerquita que dicen es hermoso en cualquier época del año.  Veremos.  Dios dirá.




Estela se había sentado en la vereda, a fumar.  Miraba pasar gente, despreocupada, escuchando su MP4, un viejo reproductor de música, conectado a unos parlantes de buena calidad, que tenía siempre a mano.  La gente la miraba a ella, la escuchaba tararear canciones y seguía su camino, dudando tal vez si aquella mujer estaría cuerda o no.
Llegó Milagros.  Ambas se miraron cómplices, se saludaron amigablemente como quien está en la vereda de casa y no puede ni debe levantar ninguna perdiz sobre nada, y subieron al departamento.  Más precisamente a la habitación de Estela.  Exactamente, se metieron en la cama tan pronto como pudieron, sin demoras, casi arrancando la ropa, con las manos, con la mirada, con lo que tuvieran a mano.  Ya se estaban besando, ya se estaban acariciando, ya los pechos fríos de Milagros habían cambiado de tono, se notaban más ansiosos y tibios que nunca.  Ya las dos se estaban amando como lo habían deseado siempre.  No había barreras, no había  impedimento alguno para continuar la tarea, la húmeda tarea de amarse sin tapujos.  Así, las encontró la tarde, así se empieza una noche verdaderamente, de esta manera.





Estela está de acuerdo en que deben ganar las elecciones los políticos de la oposición, así de esta manera podrá equilibrarse el juego, habrá un poco de cambio también, un poco de alivio para otra gente que ha estado padeciendo el hecho de estar siempre en minoría en todos lados, y eso provoca estrés.  Esa es su teoría.  Debe ganar la oposición, así se recupera un poco y junta fuerzas para continuar con este jueguito simpático que es la democracia.  Que tanto tiempo en el poder, un mismo equipo, no es bueno.  Se les van los humos a la cabeza y mejor evitarlo.  Pero claro, para que su teoría se cumpla, deberán pasar ciertas cosas que se ven un poquito remotas.

Escuchaba radio todas las mañanas, y en cuanto podía prestaba atención a los programas que hablaban de política.  Como en este caso, había un periodista diciendo concienzudamente, que lo mejor era que ganara la oposición para equilibrar las fuerzas, que no era posible que siguieran en el poder los mismos que estaban, que él -claro está- era una persona profesional en su trabajo, que era “objetivo”, y todo lo demás.  Ella reía para sus adentros, estaba convencida que era una estupidez.  Pero en general, le había resultado interesante la charla del periodista, le había cambiado el humor saber que había alguien que pensaba como ella, que tenía la misma mirada sobre el asunto de las elecciones.  Eso la tranquilizaba.  Pensar que uno es una isla con sus ideas, sus preferencias, que a nadie más le resultan positivas o mínimamente sensatas, la volvía loca.  Le angustiaba y con razón,   por supuesto.

Apagó la radio y encendió la computadora.  Mientras ésta chirriaba, a  primera hora de la mañana, encendió algunas luces para evitar el alto contraste.  Abrió la ventana y se trajo el mate.  Quería navegar un poco, procrastinar que le dicen, mientras se hacía la hora de abrir su negocio. 

Lo primero que vio fue un horrendo crimen en el barrio a pocas cuadras de su casa.  Era una escena macabra.  La madre había atacado a puntazos al marido y éste, moribundo, le había golpeado la cabeza con una maza de  construcción.  Ella, murió de inmediato, él, unos minutos después, justo cuando llegaba la hija de viaje.

Después, se dio una recorrida por las noticias, empezando por las políticas y después a las económicas donde siempre se decía lo mismo: el país estaba atravesando una crisis.  Mentira -pensaba-, esto no es noticia, no jodan.  También puso la vista en los titulares de las noticias tecnológicas que están de moda, y que siempre la inquietan.  Que desarrollaron un nuevo dispositivo a base de nanotecnología, que no saben dónde meterlo de tan pequeño que es, pero así estamos, todo cada vez más pequeño como una muestra de lo grandes que podemos ser.  Es decir, la carrera por una tecnología más moderna es hacia la pequeñez.  Y está bien.

Enseguida, leyó los mails y había uno de Milagros.  Le decía que estaba pasando el mejor momento de su vida, ahora que la conocía y sabía que podía confiarle a ella su estilo de vida, su elección de vida, y que quería conocerla más  y más y la extrañaba como loca cada minuto que no estaban juntas.  Y que leyera unos libros eróticos que había por internet y que le pasaba los enlaces de descarga gratuita.  Que no eran libros sin derechos de autor, pero qué más da, se pueden bajar y listo.  Que está buenísimo sobre todo ese de la escena donde están las dos chicas haciendo el amor y cae un meteorito en medio de la noche que lo ilumina todo, en Europa ocurrió, y ellas quedan expuestas a la mirada de otros vecinos que andaban merodeando el auto donde estaban escondidas en la noche.  Que son escenas de alto vuelo erótico y sexual, que ojalá algún día ellas tuvieran las agallas de hacerlo a la luz del día y que ja ja ja.

Ay, Mili, cuánto te estoy empezando a querer -se decía-, cuánto bien me hace estar con vos, a ver si te das una vuelta hoy por casa a la tarde y tomamos mates (yerba no tengo) -le decía-, y risas y voy a leer esos libros que me decís, y te espero dale?  Besos de lengua, mi vida. 

Estos eran los emails de la mañana, y esa la respuesta.  Estela cerró la sesión, y se fue a su trabajo, conforme con el comienzo del día, en la tranquilidad de su casa, con sus asuntos organizados.  Que Mili viniera cuanto antes.  Se la iba a comer a besos.  Ya estaba decidido.  Apenas pusiera un pie en su casa la iba a desnudar completa y le haría el amor con urgencia y desesperadamente.  Eso no les gustaba a ambas, preferían el sexo lento, tántrico.  Pero sería su bienvenida, a lo “macho” por decirlo de alguna manera horrible.  Acto seguido, como una segunda vez, le haría el amor suave y tiernamente, hasta que la luna se llevara la oscuridad de la noche.






Todo aquello no hacía más que enamorar a Milagros, que pensaba una y otra vez en su amiga-novia  que la estaría esperando confiadamente, a que vuelva de la facultad donde ella estaba ahora cursando economía.  Pero qué materia más estúpida -pensaba Milagros-, como si alguna de estas teorías ridículas pudieran aplicarse en la vida cotidiana.  No tienen idea lo que pasa en el mundo, de cómo las decisiones de quienes nos gobiernan superan siempre a la teoría de los libros y  producen más daño y más horribles consecuencias a futuro que lo que ellos puedan imaginarse.  Pero claro, lo importante era publicar el libro.  Eso era todo.  Y después, que un profesorucho como éste imbécil me venga a dar la cátedra.  Pero porqué no se irán un poquito a trabajar al campo, digo yo, qué tengo que...

-Señorita Milagros, por favor, preste atención -dijo el profesor despertando a Milagros de su letargo.

-Si, disculpe -contestó.

-Y como les decía, la teoría económica de este señor, nos dice que en latinoamérica las cosas no podrían estar mejor en los próximos cinco años, y sin embargo todos sabemos que esto no es así por las noticias que todos conocemos del conflicto que se ha desatado entre Brasil y los Estados Unidos.  Bien... ¿alguna pregunta?  -dijo el profesor.

-Sí, yo tengo una -lanzó Johnny-.  ¿Por qué siguen dando estas materias en la facultad, si ya sabemos que son demasiado abstractas y que en la práctica no tienen ninguna aplicación, profesor?

-Bueno, la verdad es que no se -contestó, esperando las risas de los alumnos.  Pero ciertamente, a mí me enseñó a pensar la realidad por mi cuenta.

Tocó el timbre.

-Chicos, nos vemos la próxima -saludó el hombre.

Ellos se fueron levantando uno a uno, juntando sus útiles, y mientras algunos comentaban lo que habían escuchado, Milagros bostezaba tranquilamente, con los codos apoyados en el banco, completamente adormecida.

-Eh, nena, ¿estás bien? -preguntó una compañera.

-Sí, un poco cansada, no dormí bien -contestó.

-¿Vamos al buffet?

-Dale.  ¿Qué tenemos después? -quiso saber Milagros.

-Matemática, como para completar un miércoles ridículo -dijo la chica.

-Uh qué embole... bueno vamos.

Ambas salieron observando a sus compañeros al pasar, divertidas por los pantalones chupines de uno que le hacían notar sus partes íntimas más de lo normal.  Bueno a Milagros le gustaba pero le interesaba menos.  Tal vez, tendría ojos para mirar más detalladamente a sus compañeras, a decir verdad, a Jorgelina que había mostrado las lolas en el toillet el primer día de clases y eran una hermosura.  Jugando con otras chicas había levantado la remera de pronto para decir cómo asustar a un idiota, y ella había observado algo que le gustaba mucho.  Los pechos femeninos eran una delicia, pero bueno, no le había sonado mal viniendo de ella, si las mujeres son más abiertas en esas cosas, ellas pueden reconocer que alguien está mejor vestido, o tiene mejor físico, incluso tratándose de alguien de su mismo sexo.   A ella le gustaban ESOS pechos, eran una hermosura de redondos, y apuntaban al cielo, apuntaban a lo alto, como en toda la juventud, como en los mejores cuadros y esculturas del mundo, como en las mejores revista photoshopeadas, como en las películas y en las pasarelas de alta moda.
Las  dos comentaban por lo  bajo y se reían, cómplices, divertidas, hasta que llegaron al buffet y se encontraron con la pelea de una parejita que evidentemente había encontrado algo que no estaban dispuestos a tolerar, y la relación estaba tocando fondo.
Se notaba que estaban muy a disgusto uno con el otro, y que querían matarse.  Se podía adivinar con toda facilidad que había un problema grave entre ellos, tal vez, un hijo.  Tal vez un hijo, repitió Milagros en su mente.  No obstante, siguió hasta el vendedor y le pidió un paquete de galletas, mirando la escena de reojo, escuchando los gritos y los insultos.  Eran chicos del último año, ya grandes, no era necesario caer en semejante escándalo.  No era lo mejor que te podía pasar en la facultad, ahí sí quedabas escrachado; nadie se olvidaría la escenita que te estabas mandando, te recordarían sin dudarlo por el resto de tu amarga existencia.  Aquellas palabras, además, fuertes, podrían desencadenar algo trágico, en cualquier momento.
Pero no fue así, afortunadamente, los ánimos se fueron calmando después que el profesor de sicología entró en el lugar y fue derecho a tratar de hablar con ellos, y serenarlos un poco.  Finalmente, los invitó a charlar a un lugar reservado donde él podría aconsejarlos en privado sobre el problema que estaban atravesando.  Nadie entendió del todo cuál era ese problema, pero se veía que era grave.  El mismo hecho de que no pasaran a las manos lo hacía peor.  Si tan solo se tratara de un cachetazo la cosa no sería tan grave, pero el tono de voz y la expresión en el rostro de la pareja, dejaba ver claramente que el problema era serio.  Y el sicólogo era bueno.  Eso no había dudas.  Intervenir así de repente en una discusión, es cosa para valientes.
Ocupan una mesa cualquiera, cerca de la barra y piden un desayuno completo, pero es temprano y las provisiones no han llegado aún.  En cualquier momento comenzará a sentir el malestar por el humo del cigarrillo que saben todos, está prohibido en lugares cerrados, pero nunca falta un desubicado que prende uno y alguien tiene que levantarse de la silla a reclamarle compostura.  Siempre es así, en este buffet del subsuelo de la facultad, donde para colmo de males, la ventilación no es la más eficiente.  Ella no soporta el humo del cigarrillo, especialmente en lugares así, donde no puede reclamar ni respirar.  Empieza a cerrarse sus pulmones, su garganta, se siente sofocada y sin oxígeno.  Sin el aire que da el respeto a las ordenanzas, la puta madre, si han dicho que está prohibido y además acá hay carteles, que mierda tienen que andar haciendo fumando en estos lugares, ¿por qué no salen al patio, y ahi sí, fuman y se arruinan la vida con toda soltura y facilidad, pendejos?
Milagros estaba harta de las mañanas perdidas en la facultad.  Sentía que su carrera no iba a ninguna parte, que los compañeros también sentían lo mismo pero por una absurda inercia momentánea no hacían nada para corregir ese rumbo, y que además, qué harían si la calle era una jungla con título, imaginate sin él.  Sería como andar por la selva con una sevillanita de esas de los llaveros y pretender salir con vida de ahí.  Una empresa imposible.  Y ella no estaba para actos heroicos, no lo quería así, más bien pensaba en hacer las cosas como hacen todos, y rápido,  y conseguir un empleo y dejarse de joder.
Estela, en su verdulería, apagaba el cuarto cigarrillo de la mañana, sin tantas preocupaciones por su salud, a ella le gustaba fumar de vez en cuando.  Últimamente, había desencadenado una adicción mayor y el atado de diez no le duraba el día, y le estaba empezando a preocupar si no estaría agarrando una adicción incurable y enfermiza.  Pero los días de estrés que estaba viviendo tienen su precio, se decía, y era ese.  Muchos cigarrillos, quizás no eran tantos, pero a la noche tenía carraspera en su garganta y eso le molestaba.  Era un buen momento para replantearse muchas cosas, entre ellas de qué manera podrían hacer con Milagros para verse más seguido sin que eso sea motivo para que los vecinos se la agarren con ellas y escandalicen a todo el mundo.  Claro, las escandalosas, eran ellas según los demás.  Tendría que buscar un lugar, un momento del día y de la semana donde estar juntas y pasar desapercibidas en sus demostraciones de cariño y sus arranques apasionados que cada vez irían en aumento, claro.
Milagros responde el balón que pasa la red y golpea la cara de su contrincante, al menos de una de ellas, del grupo de voley.  Festeja todo el equipo y la chica de enfrente le dirige una mirada llena de cólera, los ojos encendidos y tocándose la nariz en señal de molestia.  El partido vuelve a empezar y Mili se concentra en el equipo, en el juego, y en los traseros de las chicas de enfrente suyo, cuando le toca estar en la defensa.  También, en la delantera de las adversarias que levemente inclinadas, responden el juego con maestría.  Son todas lindas.  Tiene que hacer ejercicios mentales para volver al juego, está distraida con los cuerpos de sus compañeras y eso antes no le pasaba, al menos con esta intensidad.  Son todas atractivas, ágiles, están sudando y eso, al menos frecuentemente, le produce cierto atractivo sexual, como si esa humedad fuera una invitación a la desnudez, a refrescarse tirada en la playa, o simplemente el sudor del otro por el calor que producen juntos. 
Ella no lo sabe, pero disfruta el juego, mientras disfruta de sus compañeras que ignoran el momento de tensión sexual que envuelve a Milagros.  Es buena jugando al voley, siempre tuvo aptitudes atléticas, pero esta distracción se está notando, ha tenido más errores que otras veces y errores tontos que podrían evitarse y ayudar a llevar el partido unos puntos arriba a favor, y no como está ocurriendo que van en desventaja.
Estela está en las gradas, ansiosa, divertida, mirando el partido y llevando la cuenta atentamente porque sabe que el árbitro es una chica que les tiene bronca.  Justo tenía que tocar este juez, la puta madre, será posible.  El tiempo pasa, los puntos no llegan y termina el partido 2 a 1.  Que vas a hacer Mili, vos estuviste bien, alguna de tus compañeras no la ven ni cuadrada.  Vos hiciste pases, remataste, permaneciste atenta todo el partido, yo lo vi, así que quedate tranquila -la consolaba-, que está todo bien.  Ya habrá tiempo para revanchas, ¿o no?  Mi chiquita... -dijo abrazándola con ternura.
Milagros lloraba, no había motivo grave para hacerlo pero lloraba.  Tal vez porque por fin había alguien ahi arriba mirando lo que hacía, alguien a quien le importaba su juego, sus actividades aunque sean rutinarias de la facultad.  Pero Estela se había interesado por el juego y había prestado atención al desempeño de Mili.  Eso bastaba para emocionarla, para hacer rodar esas lágrimas por su mejilla, y sentirse querida y acompañada.  Y ese calorcito de la mañana está muy bien, es agradable y les hace amar el hecho de estar juntas disfrutando del día.  Piensan las dos un momento y ya están en el coche de Estela, acomodando el bolso y saliendo para su casa.  Milagros no quiso permanecer con sus compañeras a ver los otros partidos, ni bañarse en los vestuarios.  Rápido a casa, me baño allá, y vemos algo de tele, ¿querés? Claro había dicho Estela, encantada de la vida.  ¿Estarían acaso otra vez desnudas en la cama, y después de haberse bañado, quizás las dos juntas, para hacerse caricias y levantar la temperatura?  Ese sería el plan y le cabía.  Paró en una panadería, compró unas tortitas calentitas, y siguió rumbo al paraíso, como le decía a esos encuentros, sin detenerse casi en las esquinas, a toda prisa, a todo lo que daba el vehículo.  Quería llegar ya mismo.  Quería meterse en el baño con Milagros que olía mal, encantadoramente mal.