viernes, 27 de septiembre de 2013

Mediatarde

Sentado en su sillón preferido, el chico espera que la madre le acerque la mediatarde como todos los días, mientras él juega en la playstation su deporte favorito, el basquet.

Hay muchos juegos que los demás chicos prefieren a éste, pero no le importa en absoluto. El preferido para él, es el basquet. Y ha logrado dominarlo lo suficiente como para destruir a sus amigos cuando vienen y juegan partidas de a dos o más. Es implacable. No llegan ni a la mitad del puntaje que él alcanza y lo hace una y otra vez de manera de dejar bien en claro que no es producto de la casualidad ni nada parecido, él es el mejor. Y tienen que reconocerlo. Si no, no salen de la sala de juegos.

-¡Decilo, vamos decilo! -grita a su oponente.

-Está bien, sos el mejor ¡pesado! -le contestan habitualmente dando un portazo.

Él se rie a carcajadas después de esta escena que se repite una y otra vez en su casa, al final de cada partida. Es un chico odioso, con esa habilidad extraña y poco productiva. Con eso difícilmente se gane la vida cuando crezca, es una habilidad que no le traerá ningún beneficio, y menos con esa personalidad tan patética y arrogante que tiene. Tendría que darle unos buenos bofetones su madre -dicen todos entre dientes- y si no lo dicen lo piensan, eso con seguridad.

Toma su leche sin apartar los ojos del televisor. Ahora le dicen monitor, porque son electrónicos de leds y esas cosas, totalmente ultra-chatos, una belleza. Ocupan apenas espacio en la pared y él puede rotarlo cuanto le de la gana para que quede perfectamente ubicado a su gusto. Además, controla con su tablet qué quiere ver, que quiere hacer, si ver televisión, ver películas de internet o simplemente conectarse y navegar por algunas páginas a su gusto.

La madre no entiende siquiera dónde tiene todo aquello el botón de apagado. Mira perpleja a su hijo tocar todos los botones y manejar aquel mundo cibernético extraño y ajeno, con total dominio de sí mismo y de la situación. Jamás se queja ni le pide ayuda. Ella no sabe absolutamente nada de eso, no entiende cómo llegó a tener tantas cosas que seguramente ella y su marido compraron sin entender. Pero su hijo les dictaba las cosas que tenían que comprar mirando las ofertas en los diarios o en los folletos que repartían las casas de electrodomésticos. Se miraban al principio con su marido, y sentían orgullo de aquel chico que entendía fácilmente todo lo que caía en sus manos. -Es un genio -decían.

El genio está ganando otra vez. Sus amigos están enojados y quieren arrebatarle el premio por primera vez, pero es difícil. Conoce todos los trucos y artimañas del basquet, al menos de esa versión. Él salta, hace dribbling, elude a sus rivales, evita que la pelota salga de la cancha, hace pases estupendos, encesta desde cualquier posición, marca dobles, triples y si hubiera también cuádruples... bueno es muy capaz. Los chicos traman una venganza. No puede ser, algo habría que hacer para enseñarle a este tonto que así no se trata a la gente. Pero qué.

Un día organizan un partido de basquet en la escuela. Llaman a varios clubes a participar, será un torneo. El equipo ganador se va de viaje a Puerto Madryn a ver las ballenas. Es estupendo -gritan todos, entusiasmados. A él, obviamente, no lo invitan. Pretenden invitarlo, le comentan de qué se trata pero lo dejan fuera de la fiesta. Él será el único del colegio que no asista ni siquiera como espectador, habrá diversión pero no para él.

Un chico que se queda en casa, una madre que llora, un padre que pide explicaciones en el colegio.

Así estamos.


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lunes, 2 de septiembre de 2013

Para seguir viviendo (II)

Fueron los chicos de la facultad.  Todos juntos.  Todos ellos, que son unos idiotas, que son unos tarados, que cómo se les ocurre pegarle semejante susto un día como este,  cuando más necesitaba descansar para preparar un final, que estaba tomando un té de arroz que le habían aconsejado para el malestar estomacal.  Chicos... son unos tarados, ya lo saben.

Ella íntimamente, claro, estaba feliz de que no hubiera sido la policía o algo peor.  Sin embargo el susto se lo había llevado, le habían dado un buen remezón a su mañana.   No había dudas.  Pero ahora ya le dieron ganas de salir, ya se sentía bien, con ganas de aceptar la invitación a tomar mates al parque, cosa que ella sabía disfrutar habitualmente.  Pronto, quizás lo haría con Estela.  Y ella traería las masitas de la panadería de su negocio.  Sabía que valían la pena, que eran ricas, que estaban muy bien hechas y todo eso.  Por lo pronto, debía conformarse con ir al parque con los chicos que eran bastante ruidosos e hinchapelotas pero eso, era lo que había.

En su mente brillaba el recuerdo de haber estado con Estela, y si bien no había podido entrar en el tema de su relación con ella, y de cómo tomaría sus intenciones, nada menos que convertirla en su pareja, en este pueblo para nada habituado a las relaciones entre personas del mismo sexo, estaba segura que iba por buen camino.  Habían visto caminando juntas a un par de chicas a la luz del día y cerca de la verdulería.   Eran clientas, pensaba Milagros, ella tal vez las conocía, si varias veces se las había topado allí, seguramente eran clientas y comprarían también ahí.  Tenían el pelo corto, como asustando.  Y caminaban juntas, de la mano, y a veces se hablaban juntando las caras, muy pegadito, sonriendo.  Pero claro, haberlo visto una o dos veces en el año, no sumaba como coartada, como antecedente.  No habría jurisprudencia por eso.

-Dale Mili, apurate con el mate che -dijo Johnny.
-Si Mili, vamos que no es micrófono -apuró otro.
-Uh perdón.
-Gracias.  ¿Y cómo estás con las materias, vas al día? -le preguntó uno de ellos.
-Y más o menos, la verdad, estoy bastante atrasada con Estadísticas.  Me resulta un poco aburrida y el profesor es bastante ojo alegre, no me lo banco -contestó.
-Sí, a mi me pasa igual.  Sólo que conmigo no se mete sino te imaginás terrible bollo se come.  Pero dejámelo a mí, se lo voy a susurrar, despacito, que no se meta con vos, que se deje de boludear, que vos tenés pareja o algo, ya se me va a ocurrir -dijo Johnny, seguro de sus palabras, mirando a lo lejos con cierta bronca en su mirada.
-Gracias nene, me harías un favor, te aseguro.  Quiero rendirla cuanto antes así
me la saco de encima.

Milagros chupó el último sorbo y devolvió el mate, recordando el chiste de mal gusto de hacerle creer que venía la policía a su casa, y pensó en alguna maldad para devolverles el gesto.  Nada se le ocurría que valiera la pena.  En eso estaba, mientras trataba de hilvanar la conversación con los muchachos.  Quería de alguna manera seguir el juego, no quedarse atrás, demostrarles que antes de hacerle ese tipo de bromas lo pensaran un poco por lo menos.  Que no se les hiciera costumbre llamar a su puerta con chistes como ese, ni molestarla menos ahora que estaba imaginando una relación nueva con Estela, y sería una catástrofe que las molestaran cuando estuvieran las dos ahí.  Tendría que hablarlo con ellos.  Bah, tendría que hablarlo con la susodicha, con la homenajeada, con la candidata, con la mina que le estaba rondando la cabeza y el corazón.
Pero no era fácil.  Se asustaba de pensar que Estela saliera corriendo y ya no pudiera siquiera charlar con ella de cosas triviales, que por qué habrían de gustarle las chicas, si ella no era del tipo que andaba metiéndose en problemas.  Eso se notaba claramente cada vez que se juntaban por cualquier motivo.
Los muchachos eran buenos tipos después de todo.  Hasta pensaron en hacerle “pata” a Milagros que, les había confesado entre dientes, que le gustaba una chica y que esa chica era Estela, la de la verdulería.  Ellos, sorprendidos por la confesión al principio no creían lo que estaban escuchando pero después se fueron haciendo a la idea y no les quedó más remedio que aceptarlo.  Ella además, se comportaba como una verdadera amiga, era imposible verla como mujer, era evidente que no tenía el más mínimo interés en ellos y por supuesto tendrían que mirar para otro lado, tendrían que borrar de sus mentes la idea de corregirle esa desviación, por decirlo así, tendrían que pensar en otras chicas y darle una mano -ya que estaban- a Milagros.  Sin embargo, ella no se la veía tan convencida del asunto.  Era cuestión de mirarla nomás a la cara, y ver que había cierta tristeza dibujada en su rostro, cierta desolación, algo... pero ¿eran amigos o qué?




Milagros cuece unas habas en su cocina, y anota en una libreta los pasos que ha leído de una receta de tortilla que Estela le mandó al correo junto a otro par de instrucciones para cocinar  remolachas.  Mira la hora, controla los minutos, y sigue mirando la tele que pasan las noticias del país porque con su televisión satelital es imposible mirar noticias locales, sólo las nacionales.  Y ahí se ven toda clase de crímenes, toda clase de atrocidades que se comenten contra otros seres humanos lejanos y su corazón se llena de estupor cuando cuentan del crimen pasional de una chica, que estaba saliendo con alguien y de pronto la encontraron en un remolque, envuelta en basura, toda destrozada por los golpes y que además había sido violada.  Los principales sospechosos son su grupo de amigos, sus familiares, unos vecinos y el encargado del edificio, pero lo que se acaba de descubrir es que ella estaba ocultando una relación prohibida, con una mujer (¡sí, con una mujer!) que estaba casada con un abogado prominente de la ciudad.  Horror.  Qué historia más espantosa. 

-Hola -dice Milagros.
-Si, qué tal, mirá te llamamos de una agencia de encuentros, ¿vos publicaste un aviso buscando pareja? -contestaron del otro lado.
-No, ¿yo? -pregunta Milagros, inquieta-.  No, para nada, debe haber un error.
-Mirá, acá figura en los datos de la persona, este teléfono, nosotros estamos averiguando para confirmar un encuentro con otra persona, cliente nuestro, que le ha gustado tu perfil y quiere conocerte.
-Pero, a ver, decime el nombre de la persona -dijo Milagros.
-Estela, ¿no sos vos Estela Gutiérrez?
-No, nada que ver, esa persona habrá dado este teléfono, pero yo soy Milagros -contestó ruborizada.
-Ah, disculpá, y este número ¿no lo usa alguien con ese nombre?
-No, mirá es amiga mía esa chica, pero no vive acá y nunca pidió usar este número así que no entiendo -contestó-.  Voy a hablar con ella y cualquier cosa te llamo, ¿me decís un número de teléfono para comunicarme?
-Si, te digo.

Cortó.  Estaba muy molesta.  Algo estaba pasando que ella desconocía y empezaba a preocuparle.  Por qué habría de hacer algo así, sin consultarle, sin preguntar si podía, era muy raro, porqué Estela, porqué... se preguntaba.  Además, le costaba confesar que lo que le molestaba de verdad era la búsqueda. Qué tenía que andar buscando alguien en las redes sociales, o en internet, si tenía una amiga en quien confiar, con quien hablar de su soledad, con quien sentirse acompañada.   Harían falta más insinuaciones, ser más clara con sus intenciones y decirle claramente que a ella le gustaba, que tenía ganas de intentar algo, de empezar una relación, de probar si era posible y vivir un romance, ¿por qué no?  Bueno, el chico en el teléfono no aclaró si buscaba una relación hetero u homo, pero qué más da, estaba buscando una relación.  Eso era lo importante.  Fue y encendió la radio, buscando distracción.  Entre la tele con sus crímenes horrendos y el teléfono estúpido que le había cortado la digestión, no sabía con cuál quedarse.  La angustia le destruyó el almuerzo.  Ahora sólo tendría que apagar la hornalla y sentarse a tomar unos mates para pasar el rato y pensar profundamente, qué hacer.  No era tarea fácil, tendría que enfrentar sus más íntimos miedos y deseos, y salir a la calle a enfrentar el día.



Estela no entiende por qué el mal humor de Milagros, que ha dicho que encontró mejores precios en una verdulería de la vuelta de casa.  Sí, ya la conozco, contesta ella, más atenta al gesto descortés de su amiga que a los precios de los productos.  Estela la mira de reojo, también hay algo en ella que empieza a conectarse, sin saber muy bien cómo ha llegado hasta aquí, mira los ojos de Milagros y encuentra cierto alivio extraño y apacible que la subyuga, que le atrae.  Pero hoy, no es su mejor día.  Está contrariada y Estela quisiera saber porqué, pero no es buen momento para preguntas, mejor hablemos de verduras.

-Y qué tal, tiene buena mercadería? -preguntó Estela.
-Sí, de la mejor -contestó-.  Muy buena de verdad Estela, me gusta además cómo atienden pero eso no es todo, además está mucho más cerca de mi casa, la verdad.
-Eh, tanto te va a gustar, será posible... ¿pero a vos te pasa algo más o me parece?
-Nada, qué me va a pasar -contestó, mirando su rostro de repente-. No me pasa nada, qué inventás, nada que ver.

Y Milagros estaba confesando su malestar, ahora sí se le notaba claramente que estaba contrariada por algo, que no se atrevía a expresar.  Estela sentía que aquella chica empezaba a gustarle de verdad y quería llegar al fondo de la relación, quería llevarla ahora a su departamento y mostrarle sus cosas, su armario de ropa, sus zapatos, su cama.  Sobre todo su cama.  Estela tenía ya antecedentes.  Había tenido dos relaciones anteriormente, una con un chico, la primera, muy frustrante y desastrosa y otra con una chica.  Un tanto mejor.  Había decidido que de aquel día en adelante, sólo se interesaría por quien le llegara al corazón de alguna manera, ya sea por un gesto, una manera de ser particular, un rasgo de la personalidad que la conmoviera o por lo que fuera.  Con quien lograra engancharse, con esa persona estaría, sin importar demasiado si se trataba de hombre o mujer.  Estaba dicho.

-Mili, venís a mi casa esta noche? -preguntó.
-No, esta noche imposible, dan una peli que no me quiero perder por nada del mundo -contestó.
-Pero dale, no seas mala, además podés verla en casa, si yo tengo tele y televisión satelital como te gusta a vos, dale venite -le rogó Estela-. Además podemos cenar, tomar una cerveza, dale, te espero no seas mala.
-Dejámelo pensar no te prometo nada.
-Bueno, pero hacé un esfuerzo, no te quedés sola en casa -dijo Estela-, con que necesidad si podemos pasar un lindo momento juntas y charlamos ¿que te parece?.
-No se, ya te dije que tengo planes -contestó-. Si puedo, voy.
-Dale, te espero.

Estela dio media vuelta y se fue, contenta de la charla, animada por la posibilidad de tener a su nueva amiga en casa esa misma tarde.  Pasaría por la verdulería a buscar frutas.  Vendían frutas de la mejor calidad y ella iría a preparar una ensalada de frutas para presentar en el postre, después de la cena, antes del cafecito y de las bebidas alcohólicas.  A Estela le gustaba el fernet con coca.  Le hacía mal, de eso estaba  segura, lo había sentido cada vez que lo probaba, y siempre le caía mal de una u otra manera.  Le descomponía el estómago pero insistía, hasta que me acostumbre, pensaba.  Por lo menos no lo voy a mezclar con vino, eso nunca más.  O una cosa o la otra. 
Esperaría a Milagros junto a la ventana del living.  Apenas tocara timbre, se asomaría por la ventana, a tirarle la llave para que abriera.  Ella vivía en una planta alta, y la puerta de entrada que daba a la escalera de los departamentos estaba siempre con llave.  La persona debía bajar invariablemente a abrir.  Así que el método más utilizado por todos era tirar la llave por la ventana, para que quien venía de visitas abriera la puerta y pasara.  Eso, si había la suficiente confianza, claro.  Y con Milagros la había.  Así de sencillo, así de fácil había sido para ellas entablar una amistad en poco  tiempo y simplemente después de cruzarse en el negocio, mientras una compraba mercadería y la otra vendía, así de fácil.

-¡Mili, viniste! -gritó con ambas manos apoyadas en la ventana.
-Dale, abrime -dijo ella con una expresión de fastidio por tanto alboroto que la hacía sentir incómoda.
-Ahí te paso la llave -dijo, y hacia ademán de tirarla-. Agarrá.
-Dale -contestó Milagros, atenta a la caída del manojo de llaves.
La atrapó en el aire, y preguntó:
-Cuál es?
-La del medio -contestó Estela.

Milagros abrió, miró hacia ambos lados de la vereda, y subió las escaleras.  La
luz se encendió automáticamente, mostrando el camino y ella, agradecida confió que todo estaría bien.  Se subió las mangas del suéter, hacía calor ahí dentro, y llegó en pocos minutos a la puerta de entrada al departamento.  Pensó que debía abrir con la otra llave, pero tocó la puerta, por cortesía.

-Dale nena, la llave la tenés vos.
-Hola, cómo estás? -preguntó Mili mirando alrededor.
-Bien, pasá -dijo ella besándola en la cara-. Dame el abrigo, lo cuelgo acá.
-Che, qué lindo es tu departamento Estela, se nota acogedor -dijo.
-Gracias.  Pasá, pasá -insistió ella-. Ponete cómoda.
-Ay gracias, me encanta, mirá -dijo con sorpresa frente a una escultura-, este monito lo quería comprar yo, lo vi acá a la vuelta en la regalería, como me gustaba, lo vi en la vidriera -dijo Milagros.
-Si, si, también yo lo estuve viendo varios días hasta que junté la plata y fui y lo compré.  No salía nada barato, eh.
-No, era bastante carito, es cierto.  Bueno -dijo- y cómo andamos, ¿todo bien?
-Sí, Mili, todo bien, mirá ya tengo lista el agua para el mate, ¿nos sentamos?
-Dale, qué lindo sillón, es re cómodo Estela, te podés tirar a lo largo y todo -dijo recostandose a todo lo largo del sillón cuidando de no poner los zapatos encima.
-Sí -rió Estela-, está buenísimo.  Bueno, che, haceme lugar -dijo, y se tiró encima
de ella.
-Epa, Estela -dijo Milagros mientras la abrazaba mirándola fijamente a los ojos.  En ese instante algo sucedió entre ambas que cruzaron la vista y se encontraron confiadamente en la mirada, buscándose, queriéndose y sintiendo que la una estaba pensando lo mismo que la otra.  Que algo lindo, caliente, y de mucha intimidad estaba sucediendo entre ellas, y  que las dos estaban dispuestas a permitirlo y a avanzar por ahí.  Sintió la presión de su pierna justo debajo del vientre y a Mili  le gustó, le hizo sentir un chispazo dulce y tentador que la invitaba a penetrarla con los labios justo en sus labios que los tenía cerquita.  Cerró los ojos, y se dejó llevar.  Estela se acercó más aún y así sin previo aviso, estaban besándose, al principio un beso suave y externo, pero poco a poco, sintiendo que ambas estaban a gusto con aquello, continuaron el beso tan hondo como pudieron.

-Bueno, Mili, bienvenida a casa -dijo Estela, separándose brevemente.
-Sí, gracias Estela, sos muy dulce -contestó Milagros, con los pómulos colorados.
-¿Vamos con el mate? -preguntó.
-Si, vamos con el mate. -dijo Milagros, incorporándose en el sillón, buscando la salida más elegante posible de algo que la hacía sentir ilusionada y muy feliz a la vez.    Qué irian a decir todos en el barrio, cuando se enteraran, y las vieran a las dos salir de la mano, y eso.  Pero no era ahora el momento de preocuparse, seguir adelante era todo.  Sentía el impulso de tirarse encima de Estela y seguir besándola, pero se limitó a buscar la pava y acercar el equipo de mate, para empezarlo.  A ella le gustaba cebar, así que se haría cargo de inmediato.  Del mate, de la vida, de la compañía de Estela, de ese departamento, al que ya miraba con cierto cariño, pensando que también ella podría vivir ahí, compartirlo, compartir todo.  Ya la quería, ya quería quedarse a dormir y estar todo el tiempo con su amiga, con quien acababa de darse un beso enorme, caliente, y de mutua confianza.  Estaba húmeda por dentro.  Sentía el calor entre sus piernas pero era mucho  para un primer encuentro.  Mejor parar acá.  Basta por hoy, sigamos con el plan de ver la peli, por favor, vamos Mili, concentrate, como te decía tu  papá al hacer los ejercicios de matemática, vamos. 
Cebó el mate, mientras Estela se había levantado para buscar el control remoto, en silencio.  Al fin había conocido alguien que se animara a vivir aquella situación.  Al fin ella se sentía plena en una relación, estaba ilusionada y completamente feliz.  Acá tenés el control mi vida, mirá lo que quieras, poné el programa o la peli que quieras, me quiero quedar con vos toda la vida -pensaba-, veamos lo que te gusta.  Ay, cómo me gustás Mili, cómo me gustás... y esas piernas, cuando te tenga en la cama desnuda... ay por dios... 



Toda la vida esperé este instante, toda la vida esta compañía pero lo negaba, lo disimulaba, me hacía la boluda.   Y un poco soy una boluda, porque ahora que Mili se fue, me quedé acá como una boluda pensando cómo no le dije que se quedara a dormir, si era perfectamente posible, siempre estoy pensando estupideces acerca de qué dirán los vecinos que se están dando cuenta de nuestra relación y ya nos miran medio extraño en el pasillo, en la vereda, en todos lados.  Nosotras tratamos de mantener las formas, ojo, no hacemos boludeces en la calle, claro, pero nos llama la atención lo que pasa en la tele: hay programas que muestran cada cosa, que una relación entre homosexuales alquiló un vientre en USA para tener un hijo, que un matrimonio de hombres se separó, no duraron siquiera un mes casados, que una mujer (que en realidad es hombre) se casó con un hombre (que en realidad es mujer) y están esperando un hijo...  Mierda, estas son las cositas que vemos en la tele, y nadie se inmuta.  Eso sí, nos ven en la calle dándonos un beso, y son capaces de escupir.  Ya no entiendo más nada, qué querés que te diga.  Así son las cosas, así es la vida.  Sujeta a múltiples cambios, a mutaciones, a transformaciones impensadas un minuto antes, vivimos arrastrados por una corriente que nos estampa contra un muro, o nos mece plácidamente según la hora del día, o la estación del año.  Y no nos damos cuenta, como la rana en el agua.
Estela, que había amanecido en su cama, estaba rumiando estas ideas cuando sonó el teléfono, y obviamente era Milagros.
-Hola -dijo ella.
-Hola Estela, cómo amaneciste? -preguntó.
-Bien bebé, muy bien, acá estoy en la camita todavía, ¿vos?
-Bien, también -dijo-.  Estoy levantada, recién me levanto, y no dejo de pensar en nosotras.  Estoy muy contenta Estela.
-Me alegro hermosa, yo también -contestó-. Mirá justamente recién prendo la tele y me puse a ver alguna estupideces que dicen de las mujeres que tienen
relaciones con otras muj... esperá... voy a poner música y vuelvo. 
-Andá.
Estela buscó algo especial para el momento.  Se sentía con ganas de cantar, con ganas de bailar, y disfrutar cada segundo y quería compartirlo con Milagros, del otro lado del teléfono.  Estaba radiante.  Había abierto las ventanas de su departamento y bailaba con la música fuerte.  Escuchaba la radio, no sabía quién sería, pero la conmovía.
-¿Escuchás Mili, te gusta? -preguntó.
-Sí, si.. me encanta -dijo ella.
-Ay venite, dale dale, venite.
-Nooo, no puedo, me matan  -contestó-.  Tengo que estudiar, y no puedo dibujarla más.   Tené paciencia, esta tarde salimos a tomar algo, ¿dale?
-Bueno, pero no me falles, por favor, mirá que quiero verte, te extraño.
-Si, si, voy a ir.
-Ok, chau, chau, te mando un besito.
-Otro -dijo colgando la llamada.  Milagros sonreía, estaba ansiosa de que llegara la tarde.  Ya se imaginaba lo larga que sería la mañana, con sus obligaciones ridículas en la casa, que hacerle los mandados a su madre, que estudiar en el escritorio con sus compañeros, que comprar útiles para la facultad, que buscar algunos temas en Google..., ya estaba cansada.  Quería ir y estar con ella, tiradas en la cama, mirando el techo.  No le importaba nada más.  Pero tendría que concentrarse, terminar sus tareas, y avanzar con las materias.  Ella sería una profesional, quería recibirse a pesar de todo, y trabajar con su título que seguramente le serviría para conseguir un mejor trabajo.  Eso quería.  Prendió la radio, así se sentiría más cerca de Estela, buscó aquel tema que escuchaba su flamante novia (qué fuerte la palabra, cuando recién la empezás a pronunciar) y como ya habían pasado algunos minutos, no la encontró.  Adivinó cuál radio sería, y se puso a bailar en la sala de casa, sola, enamorada.
Su madre la miraba extrañada, no entendía en absoluto qué era esa extraña sonrisa plácida en el rostro de su hija, pero bueno no podría ser nada malo, estaba de alguna manera satisfecha y feliz.  Mejor, no tocar.  Mejor seguir con las tareas diarias, y organizarse para las compras de la mañana.  No había en su vida mucho más que hacer.  Era una ama de casa a la antigua.  El marido trabajaba y ella cocinaba y hacía las tareas de la casa.  Trabajaba mucho, pero en casa y no recibía paga alguna por eso.  Estaba tranquila de ver a su hija crecer y llegar a la mayoría de edad y empezar una facultad, algo que ella no pudo hacer porque sus padres no pudieron pagarle.

[continuará]