miércoles, 28 de abril de 2010

Fútbol

Prometí cerrar la boca al comenzar el partido, pero me dejaron entrar sin pagar de modo que me sentía a mis anchas, solo tenía ganas de gritar y nadie lo iba a impedir sin golpearme.

Encontré un libro tirado ahí, rarísimo me dije, lo metí al bolsillo decidido a darle un vistazo después cuando terminara el encuentro. Jugaban dos equipos vecinos uno de mi barrio, el otro de aquí cerquita. Mis amigos eran todos del equipo contrario, estaban conmigo pero me daban codazos cada vez que su equipo hacía una jugada, para qué decirlo, apenas buena.

Un hombre a mi lado tenía la voz ronca, la garganta seca, y gritaba todo el tiempo con un hilo de rabia que brotaba de vez en cuando para calmar esa sed. Era una tarde fría de invierno todas las cabezas cubiertas por unos gorritos muy simpáticos que regalaban en la entrada. A mi no me tocó, claro entré colado, pero eso no me importaba. Estaba singularmente entretenido con el hombrecito y su gorro, su bufanda y su voz destartalada.

Disparé una bengala que explotó en el aire y sorprendió a todos, era media tarde y por supuesto apenas escucharon el sonido porque las luces se perdieron por completo, nada había para ver. Así que me fui del estadio, simulando, haciendo como que iba acercándome a la cancha fui bajando escalones, lentamente, mirando de vez en cuando a mis camaradas, gritando un poco para despistar. Y así llegué a la salida, con cierta nostalgia miré hacia atrás como buscando reconocer a alguien pero estaba lo suficientemente lejos para ver una cara conocida, y me fui. Me pidieron el gorrito. -No, les dije, a mi no me dieron.

Ahí tuve que pagar la entrada.


García Be

miércoles, 21 de abril de 2010

Un milagro

Reconozco que mentí alevosamente, y considero que tomé ese camino por una razón inequívoca: salvar el pellejo.  Mis compañeros de tareas lo entenderán -pensé-, no lo tomarán como un abandono o una traición pero en el medio del campo, en la trinchera, las decisiones cuestan la vida de seres humanos compañeros, camaradas con quienes hay una relación de afecto de tanto tiempo transitado juntos.

A él lo vi mirando carteles pegados en la pared donde decía que a los dos nos buscan por traición a la patria y no: deberían buscarlo a él solamente pero la plana mayor de la Fuerza es difícil de engañar y hoy pienso:  gracias a Dios.  Me volví sobre mis pasos buscando una salida digna a la situación y en eso estaba cuando apareció un segundo y un tercero de los que habían quedado atrapados por el fuego.

Mi vergüenza fue mayor.  Cada vez me sentía más en falta por lo ocurrido pero solo pensaba en mis hijos, quería volver a verlos, eso me daba cierta tranquilidad de conciencia.  Me aferré a la imagen de la virgen y seguí caminando por el desierto, tan seguro estaba que me cruzaría con un convoy de soldados extranjeros con quienes rendirme de inmediato.  La batalla había terminado, me encontraba desarmado y sólo.  Seguí caminando buscando el horizonte o el norte, que es donde estaba el enemigo.  Mis compañeros hoy, serían una alternativa seguramente peor.

Silencio.

Escucho una tropa que se acerca por derecha y una ráfaga de metralla que busca el blanco móvil que se desplaza por la ruta.  Ese soy yo.


García Be.

jueves, 15 de abril de 2010

Día de paseo

Estoy realmente muy triste porque atropellé un perro.  Fue imposible esquivarlo, el muy tonto se cruzó repentinamente, no me dio tiempo a nada.  Estoy triste, el momento después fue bastante violento, mi moto en el piso, la sangre, los vidrios y plásticos por todos lados, y una sensación de impotencia insalvable, algo de dolor en la rodilla derecha, la misma de patear al arco.

Quise levantar la moto pero es muy pesada para mí sólo,  y quedó en una posición incómoda.  Pensé que con la ayuda de algún vecino tal vez, podría.

El aceite comenzó a aparecer y como un hilo o un río, tomó hacia abajo por la avenida.  Miré varios minutos después y seguía drenando líquido.  Ya me empecé a asustar, porque claro, se perdía a mitad de cuadra.  Como siguiendo una señal empecé a pensar que debía seguir la huella.  Y lo hice.  Como a mitad de camino el curso del aceite doblaba a la derecha en dirección a un taller mecánico. ¡Ah! pensé, ahí está la solución y avancé detrás del líquido lubricante, que corría bastante rápido para ser aceite.

Dispuesto a averiguar dónde me llevaría y con la sangre ya brotando de mi rodilla le seguí los pasos con mi estado de ánimo bastante inquieto.  ¿De quién sería ese animal?  ¿Del dueño del taller?   ¿Qué tenía que saber?  ¿Sólo que hay un desnivel importante desde el lugar de mi caída, y el taller mecánico de este hombre?

Avancé cuanto pude y encontré una arboleda de frondosas hojas verdes que servía de escondite para mirar con atención sin ser visto, a ver qué diablos ocurría ahí dentro.  Ya preso de un temblor por lo desconocido, y por el misterio de tanta cantidad de aceite escapando de mi máquina, comencé a vislumbrar una persona que desarmaba un robot perfectamente camuflado bajo el aspecto de un perro enorme, el mismo que había huído dando alaridos de dolor del lugar del accidente.


García Be

viernes, 9 de abril de 2010

Unas gardenias

El abuelo español se bajó del avión e inmediatamente buscó asilo en nuestro país. Ya a sus 70 años no está para andar mendigando una cama y piensa vivir el último retazo de su vida tranquilo, retirado.

Piensa en sus hijos y nietos que quedaron allá al otro lado del mar y sueña con reencontrarse con ellos pero avizora la realidad que le toca, y el sueño se esfuma, se disipa, se borra. Tranquilo, recorre las calles del centro, se sorprende al comprar cigarrillos en un lugar que dice llamarse kiosko y sigue la recorrida descubriéndolo todo, maravillado por todo. Las mujeres son lo que más llama su atención, maravillosamente producidas a cualquier hora de la tarde, festejando la primavera con vestidos y soleras radiantes de sensualidad y provocación.

Su mujer quedó allá, detrás del mar, bajo tierra, literalmente sepultada en el último terremoto que provocó la guerra. Es la única imagen imborrable que azota su mente: llegar a buscarla y encontrar ruinas en cambio, y dolor porque él había salido por un momento y el estrépito del odio lo encontró a buen refugio, milagrosamente, en el subte.

Hoy regala una sonrisa a cada transeúnte que cruza con él la mirada, agradece este racimo de rayos de sol que despeja su mente. Piensa en el futuro, breve si acaso, pero a buen resguardo. Sueña con rehacer su vida, es decir, encontrar una compañera que lo mime un poco y a quien regalar unas gardenias de vez en cuando.

Escribe ahora en un cyber a sus familiares sobrevivientes, les cuenta con la inmediatez del correo electrónico que ya encontró dónde quedarse, que ya tiene quien mire por él, quien le ayude a socorrer su alma en aquellos días.

El internet le devuelve fotos de sus seres queridos. La red lo hace viajar y encontrarse con sus amigos de siempre que ahora ya saben que será inútil esperarlo. Esos amigos que se salvaron, que están ausentes pero milagrosamente cercanos y que cansan sus dedos afiebrados cuando escribe a máquina todo, todo cuanto se puede contar del viaje y de la nueva vida.

Se siente como en casa.


García Be