miércoles, 24 de agosto de 2011

Rufino lanzado (XVIII)

Una película de ciencia ficción -se dice Rufino-, buscando imágenes familiares pero eso que ve lo deja enmudecido, parece descubrir un mundo nuevo a cada minuto, una realidad totalmente diferente.  Ve pantallas de computadora reales o virtuales donde los actores mueven hilos, corren cortinas, abren puertas, cierran ventanas, y toda clase de operaciones de la vida diaria que jamás ha visto a su alrededor.

Pero en el cine todo es posible, él lo sabe y aún así está maravillado y quiere salir cuanto antes a contar esta novedad, a compartirla con alguien a ver si también lo conmueve de pronto.  Si: de pronto se corta la película, se enciende la luz y los pocos espectadores comienzan a hacer ruido, a quejarse.  Se asoma un acomodador y dice que ya vuelve, que ha habido un pequeño corte de luz y que el generador no alcanza para proyectar el filme pero que en unos minutos todo vuelve a la normalidad.   Rufino abre su paquete de pochoclos y se entretiene mirando alrededor, las paredes, el techo, la cabezas adelante, las chicas a su lado pero lejos.

Y como había dicho el hombre de linterna en mano, todo vuelve a la normalidad.  Los actores siguen tecleando contraseñas increíbles, moviendo dinero entre cuentas propias y ajenas,  y Rufino sigue maravillado frente a este espectáculo.  Se sienta de pronto una chica a su lado, y lo saluda amablemente.  Habiendo tantas butacas por ahí, justo viene  a sentarse a mi lado -piensa sorprendido-.   La chica lo mira de reojo y le ofrece unas pastillas diminutas.  Rufino sospecha que algo debe estar mal.  Esas pastillas desde luego no son recetadas, ni de menta compradas en un kiosco.  La chica huele mal.  Literalmente.  Se levanta Rufino, le pide permiso para pasar y se va del cine.  Mira hacia atrás y la chica por suerte no lo sigue.  Esto es un alivio.  Lo que menos quiere es meterse en problemas y de los graves, con drogas.

Ya en la calle, siente la llovizna refrescar su rostro y respira aliviado.  Por suerte la pesadilla terminó.

jueves, 4 de agosto de 2011

Espacio

La secretaria me invita a pasar gentilmente y yo acepto.  Tengo reunión con un compañero de secundaria y tenemos mucho de qué hablar, pues hemos estado distanciados mucho tiempo pero aun así, espero confiado que el reencuentro sea agradable.

La oficina tiene ese perfume a limón característico que invade la razón y abruma el sentido del olfato.  A los pocos minutos comienzo a sentirme agobiado, fastidiado y ya quiero abandonar la espera porque todo se vuelve misterioso, ya no se qué hago aquí.  Pero reservo una cuota de alegría y entusiasmo que se sobrepone a las ganas de escapar o explotar a los gritos en un intento de resolver mis problemas de manera primitiva y brutal.

Me llena la garganta el nombre desconocido de una planta carnívora que decora la sala y digo:  -¡PLANTA!



García Be