jueves, 16 de diciembre de 2010

Rufino lanzado (XV)

Llegó caminando al estudio del abogado.  Miró la placa en la puerta, tocó timbre y pasó. El lugar tenía el perfume que a Rufino le gustaba, una suave brisa marina parecía recorrer la sala, sin conocer el mar el creía reconocerlo ahí.  Se sentó a esperar y de inmediato tomó una revista y se puso a ojearla nerviosamente.  Había otras personas esperando. Una chica rubia a su izquierda, de muy buen gusto vestida, que seguramente olía muy bien también.  Pero es así -pensó Rufino- acá te encontrás de todo, si no mírame a mi, que me cita la policía por un simple caso de robo. Por que estará ella aquí, cual será el caso policial que la trajo y ahora es objeto de las miradas y el pensamiento de Rufino quien dejó de estar interesado hace rato en esa revista.  Ella rompe el silencio inesperadamente con una bofetada en el alma de Rufino: viene a denunciar a su marido por abandono.  La dejó tirada en la calle, en medio de la noche, según dice porque no se animó a irse de su casa a vivir con el.  Todo esto le cuenta a Rufino que escucha sin entender algunas palabras pero se deja llevar por la suave cadencia de su voz, y ese perfume que ya lo tiene completamente borracho  y asustado.  Denota cierta violencia su relato, como reflejando la angustia que viene pasando, el dolor de cualquier pérdida.  Así estamos, cuando de pronto se abre la puerta del estudio y quién sale de ahí a invitarlo a pasar a el no es otro que el chico que intentó robar en el quiosco.  Terrible sorpresa para un recién llegado, un sudor frío le hace volver en si a Rufino quien no espera un minuto más y toma del brazo a la chica y la saca casi a los tirones de esa oficina.  Ella sin entender permite que la saquen.  Se detienen y le pregunta qué se supone que está haciendo.  Él trata de explicarle, se emociona, ya unas lágrimas lo invaden y no lo puede evitar, supone que es la manera, no sabe bien si de protegerla o de seducirla pero lo hace de todos modos. Ahora la besa.

lunes, 29 de noviembre de 2010

Rufino lanzado (XIV)

Rufino corría mientras se desplomaba una manga de piedras al mejor estilo cacería humana, lanzada contra todos en esta ciudad ahora gris de nubes y malhumor.  En esto estaba cuando alguien salía de un negocio de la cuadra y tropezó con él y los dos cayeron al suelo, al agua, a las piedras amontonadas.   Resbalaron por el colchón de granizo que ya se había juntado en la vereda, y los dos se miraron a la cara confundidos, aturdidos y llenos de bronca. Pero qué haces boludo -quiso decir Rufino- pero se guardó la puteada pensando que tal vez él también tenía la culpa del incidente.  El otro flaco se levantó rápidamente y siguió corriendo, detrás de el, el dueño del kiosco salió con el inalambrico en la mano, llamando a la policía: le acababan de robar.  Ese idiota que tropezó en la puerta del negocio, se llevaba la recaudación del día.  Bien hecho por hijo de puta.  Que se parta la cabeza en la esquina también, gritaba mientras le contestaban del otro lado del teléfono.

Rufino entendió la situación y siguió caminando.  

-Eh, pibe pará no te vayas -le pidió el kioskero.  -Vos lo viste al cabrón ese, me robó, esperate un rato que venga la policía así me ayudás de testigo.  Vos lo viste, no te vayas.

-Bueno, está bien, muy bien no lo vi, no me dio ni tiempo a mirarlo a la cara, pero me quedo y te doy una mano.  ¿Me puedo quedar adentro del local?  ¡Mirá como llueve!  -preguntó Rufino.

-Claro, pasá, servite lo que quieras.  Tenés una cara de hambre vos, ¿sos de por acá del barrio?

-Si, de acá a la vuelta, de la pensión de doña Rosa.

-Ah, la vieja esa... pasá pasá... ¿Pero entonces de dónde venís?  -preguntó el hombre mientras Rufino se secaba la cabeza  con servilletas de café y sacudía sus pies.

-Del campo, soy de un pueblito acá a 300 kilómetros, perdido en la frontera.

-Ah, qué lindo, uh allá si se vive bien, no tenés estos quilombos.  Acá hermano te roban a cada rato, es una mierda.  -dijo el hombre esperando con el teléfono en la mano.

-Si, está difícil y más para mi que no conozco mucho la ciudad.  A mi me gustan las computadoras, vine a aprender de eso y llevarme lo que aprenda para el campo, allá en mi pueblito no hay.  

-Es al pedo, no te gastés... las computadoras son una mierda, lo único que me sacaron a mi fue la plata.  Una porquería.  Gasté más de media vida trabajando en eso y mirá, terminé de kiosquero, nunca me fue mejor.  Acá conocés gente, te relacionás, hacés amigos, pero amigos de verdad.  Con la computadora estaba todo el día sentado ahí resolviendo problemas de otros, y para qué... para nada.  -El hombre se había entusiasmado y ya se estaba olvidando.  El teléfono no respondía nunca y se había olvidado del incidente, ahora estaba más preocupado por convencer a Rufino que las computadoras eran una lacra, nada útil.

-Es que no quiero trabajar en eso, yo quiero aprender nomás para comunicarme con otros a miles de kilómetros, como hacen todos.  Eso quiero, y nada más ¿es muy complicado decís? -preguntaba el.

-Puras huevadas nene, acá tenés laburo en serio.  Acá hay que arremangarse todos los días y atender a estos cabrones que dicen que quieren algo y si, lo que quieren es cagarte el día, amargarte la semana y no laburar.  ¡Hijo de putaaaa!  -gritaba en la vereda, mirando hacia donde se fue el chorro.

Al fin vino el móvil policial.  Rufino declaró lo que había ocurrido, los oficiales tomaron nota, formalizaron la denuncia y se fueron dejando al dueño del kiosco más tranquilo y a Rufino con una citación para declarar en la comisaría ampliando los detalles.  


sábado, 20 de noviembre de 2010

Rufino lanzado (XIII)

Rufino se sentía solo y triste por primera vez desde que llegara a la ciudad. Era mediatarde del domingo y su semblante estaba pálido por esto de la primavera. Su tristeza era toda suya, había estado durmiendo ese día en su cuarto, solo, recordando su llegada a la ciudad buscando conocer y estudiar eso que llamaban computadoras e internet.

Al final, se había ido por las ramas, distraido por tantas cosas nuevas que encontraba a su paso y sobre todo sus amistades nuevas: doña Rosa de la pensión y su vecina del otro cuarto, la que había rechazado su revista de historietas por aburrida -decía- y fea. Rufino quería conversar con ella, y preguntarle tal vez si tenía computadora y le enseñaba los primeros pasos.

Caminó hasta la habitación y golpeó la puerta. Silencio.

-Pasá -escuchó que le decían muy bajito.

Rufino tímidamente se animó a entrar. Se preguntaba qué estaba haciendo si estaba loco o qué. Pero avanzó en una habitación semioscura, con un velador mínimo orientado a la pared para mitigar la luz que competía con la pantalla minúscula de una notebook. Vanesa lo miraba dulcemente desde su cama, sentada, respondiendo mensajes en su computadora.

-Sentate -le dijo, guiándolo con su mano. -Acá, vení, sentate dale, no seas tímido.

-Ahí voy -dijo él controlando sus deseos de lanzarse como animal sobre ella y comérsela de un solo bocado toda entera. Pero esta imagen nada tenía de sexual, era solo el deseo de comérsela literalmente cual si fuera un monstruo cavernícola, un ermitaño caníbal capaz de saciar el hambre insaciable de unas cuantas eras humanas. A cada paso que daba, las imágenes se volcaban en su mente nítidas y definitivas. Él era un terrible monstruo-loco capaz de pensar en comerse un ser humano, una chica, una minúscula hembrita toda tibia y llena de pelos en su cabeza. ¿A quién quería engañar? Eso también era él. ¿Sería posible semejante atrocidad?

-Mirá, estoy contestando unos meils y ya estoy con vos. Termino en un minuto. -dijo Vanesa volviendo su vista de lentes a la pantalla y sus manos al teclado.

Rufino quiso ver cómo se hacía y para eso se sentó atrevido muy cerca de ella, oliendo cada cosa, cada retazo de perfume que emanaba de su cuerpo estremecía a Rufino, lo hacía temblar. Se mantenía con la vista fija en la computadora adivinando cómo se hacía, tratando de leer mientras su nueva amiga escribía.

-Parece fácil -dijo él.

-Si, tal cual, es una pavada. -contestó Vanesa.

-¿Yo podría enviarte meils? -preguntó Rufino.

-Pero por supuesto pavote, si es re facil, tenés que abrirte uno.

-Ah, abrirme uno... ¿me enseñás después?

-Por supuesto. ¿Pero me estás jodiendo? !Es increíble Rufino que no tengas meil!

-Y bueno, qué querés, si supieras de dónde vengo yo entenderías. -explicó él sosteniendo su pera con la mano, y el codo apoyado en su rodilla.  -Si vos supieras entenderías.



jueves, 11 de noviembre de 2010

Rufino lanzado (XII)

Salió de su cuarto con una revista en la mano. Quería prestársela a ella que estaba con insomnio y fumando en la escalera. Todo el tiempo que había perdido buscando alguien así ahora veía claramente que era su oportunidad de ofrecerse como amigo, de arrimarse como compañero de vida, de proyectar algo junto a ella.

Era una revista de historietas que Rufino había comprado ahora que vivía en la ciudad; historietas duras, con gráficos inquietantes y de muy buena calidad. Se había sorprendido, jamás antes había visto algo así. Quería ofrecerle la revista a ver si le ayudaba a conseguir el sueño.

-Leete esto -le dijo.

-Ay gracias Rufino, no te hubieras molestado -le contestó y tomó la revista con interés.

-Fijate la de indios, está rebuena -dijo él.

-Gracias otra vez, besito. -dijo dulcemente y se fue a su habitación dejando ese perfume que enloquecía a Rufino, que la miraba de atrás suplicando que lo invitara a seguirla.

Se quedó ahí un rato. Impávido, sordo, enmudecido por aquellas manos cuando tomaron lo que él ofrecía. Dulces, suaves, pintadas las uñas, bonitas. Manos de mujer. Allá en el campo las manos de mujer son duras, ásperas, al menos las que él conocía. Manos suaves es más difícil encontrar. Pocas mujeres usan guantes y las que lo hacen van al campo de a ratos no viven allí. Son de la ciudad. Más asustadas que otra cosa cuando les hablás de trabajar la tierra, y de todas las tareas del campo donde él vivía.

Las manos de ella en cambio eran sutiles y nuevas. Tenía la piel gastada por el aire. Nada. Eran bellas y ahora tenían un trabajo: hojear la revista de historietas de Rufino.

"¡Te vas a ensuciar las manos con tinta, tené cuidado!" quería decirle pero ella había cerrado la puerta hacía rato. Se acercó, quería escuchar algo, lo que fuera, pero la luz estaba apagada y solo había silencio. Raro, pensó, se habrá quedado dormida. Y bueno, la leerá mañana.

domingo, 7 de noviembre de 2010

Lucha

Llegué a la cocina en el momento justo para ver cómo entraba una araña tarántula enorme como buscando refugio.

Quise aplastarla de un pisotón pero se escabullía con una rapidez inusitada. En eso llegó Ella que había escuchado mi voz, y empezamos a seguirla juntos pero era imposible.

Se metió debajo de la cocina.

Cuando salió, se subió por su pierna pero quien gritaba era yo. Quiso agarrarla ella misma con la mano -imaginate yo, espantado-, y la agarró finalmente muy tranquila. La revoleó hacia afuera. Ahí le arrojé lo primero que encontré, una manguera enrrollada con toda la furia ¡y le pegué! Tiré hacia mi para ver si era cierto y venía toda sucia, ensangrentada, seguramente la había matado.

Yo era el cantante principal en las fiestas familiares.


García Be

miércoles, 3 de noviembre de 2010

Rufino lanzado (XI)

De aquella muerte poco se supo en la pensión, solo quedó el recuerdo de doña Rosa enfurecida con los brujos (así llamaba ella a los que escribían barbaridades en el diario) y uno que otro portazo.

Rufino lo recordaba aquel sábado contándolo con el mayor lujo de detalles del que era capaz a todo nuevo pensionado. Su explicación rozaba lo inverosímil. Que doña Rosa tenía indicios -según él- de dónde había sido la muerte pero acá se busca tapar todo, decía. La negación de aquel caso publicado hasta en los diarios había llamado la atención de Rufino que empezaba a darse cuenta cómo se manejaban en la ciudad, con qué rapidez se tapaban algunos hechos y de qué manera se miraba para otro lado cuando el tema aparecía en las conversaciones. A nadie le gustaba quedar como un desubicado comentando semejantes cosas. Mejor callarse.

Era doña Rosa, sin embargo, la que aquella mañana estaba hablando sobre la muerte misteriosa ocurrida en su propio barrio.

-Para mí que fueron los Benavidez -dijo ella y se sentó a tomar unos mates.

-¿Por qué lo dice doña Rosa, tiene algún indicio? -preguntó Rufino entrando en la charla mientras se hurgaba el oído como distraído.

-Y mirá Rufinito, yo los había visto con cara de enojados a esos diablos. Conozco lo que son capaces de hacer cuando les viene el demonio.

-Pero, ¿a quién habrán acuchillado doña? -preguntó

-Esa es una buena pregunta, dicen que a alguien de acá la vuelta, no se. Un tal Ramirez. Un cabo de la policía.

-Eh, pero esa gente anda armada siempre, cómo no se avivó que venían por su cogote -dijo Rufino en su español campesino.

-Mirá querido, vos imaginate que te agarran cuando te estás bañando, suponete, y obviamente no vas a andar con el arma a todos lados, ¿no? -explicaba ella.

-Claro, claro, y si puede ser, algo así habrá sido. -contestó Rufino.

Ya un poco aburrido saludó al pasar y se fue a dormir. Antes, abrió la heladera tomó un yogur vencido que alguien había dejado olvidado, sacó una cucharita del cajón y subió a su habitación. En la escalera fumaba con cara de preocupada la vecina del otro cuarto, que estaba junto al suyo y que habitualmente se sentaba ahí a fumar. Rufino con su yogur, se sentó unos escalones más arriba y se encontró fumando sin querer al ratito nomás. Pero quería terminarse la cena y charlar unas palabritas con ella. Estaba fuerte -según él- y a esta altura del año ponerse de novio era una idea que lo envolvía y no lo dejaba dormir en la noche. Ella estaba más buena que las mañanas de verano allá en el campo, bien temprano, cuando había llovido y salía a acuchillar la tierra con la máquina y el caballo overo.

sábado, 30 de octubre de 2010

Animación con Software Libre

Vean qué interesante esta película hecha íntegramente con herramientas de Software Libre

Dice Tec Ob: "Lo repetiré para los incrédulos: Todo, absolutamente todo en esta pequeña película de fantasía animada se ha realizado con software libre como Blender, GIMP, Inkscape y similares, programación de scripts en Python y todo ello bajo Linux, por supuesto."


Via Tecnología Obsoleta

lunes, 25 de octubre de 2010

Rufino lanzado (X)

La dueña de la pensión era doña Rosa, una mujer de unos sesenta años bien predispuesta a las tareas de la casa y a mantener el orden en todo su rebaño, en sus alrededores tenía que circular aire fresco o se volvía loca. Empezaba a abrir ventanas bien temprano en la mañana y a regar a diestra y siniestra multiplicando la humedad del verano llegado el mediodía.

Sus flores eran su pasatiempo favorito, las regaba constantemente mientras fumaba unos largos cigarrillos rubios que le traían importados. Lo veía con frecuencia a Rufino y no entendía qué hacía un muchacho del campo en esta ciudad; él venía del campo, lo sabían todos. Y muchas veces se preguntaban por qué se le habría ocurrido venir a la ciudad, en busca de qué estaba él aquí. Si no sabía moverse independiente, todo le costaba el doble que sus compañeros de pensión a quienes molestaba con preguntas y toda clase de demoras. Ella lo ayudaba en cuanto podía, a cambio le pedía favores sencillos como pagar una que otra factura de servicio o quehaceres domésticos que no costaba mucho trabajo aprender y hacerlos bien hechos.

Esa mañana era su cumpleaños y su humor estaba particularmente tremebundo. Empezó abriendo ventanas como todos los días, y se encontró una noticia escalofriante en la portada del diario que acababan de traer a la pensión: MUERTE EN EL BARRIO DE DOÑA ROSA, decía el titular y seguramente sería en su barrio porque así lo conocían todos, todavía. ¡Pero por qué la mencionan a ella, no ven que ensucian la reputación de la pensión y espantan los clientes malditos brujos de porquería! -Insultaba por la ventana.

Rufino se despertó con los gritos de la mujer, y se levantó corriendo a preguntar por la ventana qué estaba pasando. Corrió a vestirse porque quería bajar ya a desayunar con cualquier excusa y enterarse de todo. En la pensión las verdades corrían después de las doce, no esperaría tanto y quería saber de la mismísima boca de doña Rosa, puteando y todo como estaba, qué carajo estaba sucediendo en el barrio.

jueves, 21 de octubre de 2010

Rufino lanzado (XIX)

Regresó a casa, y se fue a duchar. En el baño cantaba alguna canción aprendida ahora que vivía cerca de todo. La radio en la pensión estaba todo el tiempo encendida, todo el tiempo en alto volumen, nadie quería bajarle ni cambiar de estación. Siempre se escuchaba bien y era del gusto de todos.

Cantaba mientras abría la ducha, y empezaba a desvestirse. El agua caliente era algo que había empezado a disfrutar por la facilidad con que disponía de ella. En su casa del campo había que luchar para bañarse en invierno con agua fría, o apenas tibia con algunas brasas bajo el lavador y después tirarla lentamente sobre la cabeza y comprobar que no era suficiente, que seguía muy fría, y que mientras más se demoraba más frío pasaba. Ahora en cambio, a bañarse lento, a disfrutar y a cantar. Esa era su tarea.

Llevaba encima un reloj. Miró la hora y se sumergió en la bañera llena de agua, con una sola meditación dándole vueltas en la cabeza. ¿Cómo hacían para calentar el agua así, y que durara tanto tiempo? Se miraba en el agua. Sus manos empezaban a ablandarse y el perfume de jabones llenaba todo el recinto, también eso era extraño para él. Su mirada recorría las paredes del lugar, y cerraba los ojos agradecido por tantos bienes inesperados, tanta alegría que reventaba en sus poros, por todo el cuerpo. ¡Cuando le contara a su madre y a sus amigos del campo! Bueno, más bien a sus amigos, porque lo que era a su madre mejor ni acordarse. Mejor ni pensar, porque le venía una sensación de ruptura, de agonía, de depresión. Ella era la única culpable a fin de cuentas que él estuviera hoy aquí, y a fin de cuentas estaba contento. De no haber sido por ella y sus amonestaciones absurdas, sus retos estúpidos, y su instinto dominador, quizás él estaría todavía sufriendo las inclemencias de aquella casa, y lo que es peor, a su padre.

Alguien golpea la puerta. Rufino se seca la cara y entreabre la puerta ocultando apenas su desnudez con las manos.

viernes, 15 de octubre de 2010

Posicionamiento en Buscadores

Esta semana estuve trabajando en Facebook y Twitter, taladrando a mis contactos muchas de las veces, con la novedad que estoy trabajando en SEO para algunas empresas.

Esta actividad que ha surgido con el boom de internet este último tiempo, tiene en las redes sociales un gran aliado. El botón "Me gusta" difunde la noticia entre toda nuestra red de amigos y los comentarios de los lectores añade riqueza al contenido. Las páginas de internet institucionales tienen muy pocas visitas, los empresarios lo saben. Difícilmente uno recuerda las sugerencias de "visitá nuestra página" que vemos en televisión o en otros medios ya sean gráficos o radiales.

Las redes sociales se están creando ahora mismo. Somos los usuarios de internet quienes creamos contenido, producimos la noticia, mostramos fotografías, videos y texto de una manera singular y desmesurada. El enlace llega ahora en nuestro timeline de Facebook o Twitter y si nos interesa estamos a un click de visitar la página.

S.E.O. o Search Engine Optimization equivale a Posicionamiento en Buscadores que es el trabajo de hacer que lo tuyo llegue a tu público objetivo. Utilizando el medio que sea dentro de internet. Y hacerlo de manera divertida, útil, sencilla y atractiva.


Alejandro

miércoles, 13 de octubre de 2010

Rufino lanzado (VIII)

Subió las escaleras dando saltitos y naturalmente llegó cansado.  Golpeó la puerta y pasó.  Entró con suavidad, caminando despacio como mirando fantasmas por todos lados.  Esos fantasmas que salen a veces en medio de la nada cuando uno menos lo espera.  Ahi estaban sus seres admirados.  Las fotos en la pared recordaban otros años, otras galerías.  Él, los conocía a todos.  Había escuchado allá en el campo, hablar de todos ellos y les tenía un especial afecto.  Como se conocen y se aprecian aquellos seres que idealizamos y nunca tenemos al lado nuestro gritándonos porque tiramos una taza de café o nos olvidamos el diario en la vereda todo desarmado.

Se sentó a esperar.  Era natural que eso ocurra en una oficina tan concurrida como esta.  Él ya lo sabía, estaba acostumbrándose al trato indiferente y lejano de la gran ciudad.  Había en el escritorio una computadora, que le daba la espalda.  Quería acercarse conversar con ella, tocarla, aprender de ella, pero la secretaria lo miraba fíjamente y lo intimidaba, claro.

Cuando se animó a preguntar, consultó por el último ejemplar de la revista que publicaban.  Quería comprarla en los kioscos de revistas pero estaban agotadas.  Se deprimió de pronto por su falta de simpatía para tratar a la gente.  Y esto no era atribuible a su vida campestre versus su vida en la ciudad, simplemente las chicas rubias lo intimidaban, lo hacían volverse para adentro, buscar quién sabe qué cosa dentro de su camisa pero por dentro, donde hay nada la mayor de las veces.

Notó la impaciencia del ambiente y preguntó.  Acá también se han agotado, además no venden, -le comunicaron rápidamente- y Rufino corrió hacia la puerta volviendo a detenerse en las fotografías de la pared, de todos sus ídolos del deporte que había seguido en cada partido allá en el campo.  Allá donde la pelota rueda igual que en todos lados y normalmente se pincha con los mismos alambres olvidados.

Su consuelo era esperar al próximo número, revisar su dinero en el bolsillo y ahorrar para el próximo mes.  Esperar agazapado frente al kiosco a que una copia fresca de la última edición apareciera y le mostrara todos sus ídolos haciendo goles, cabeceando enloquecidos y fuertes,  festejando un gol, una victoria que seguramente ya es vieja.

miércoles, 29 de septiembre de 2010

Rufino lanzado (VII)

La dueña de la pensión ve a Rufino fumando sentado en la mesa de desayunar y lo llama a su oficina, oscura y sucia.

-Vení chiquito -le dice, mirando por debajo de sus anteojos.

-Si doña ahí voy -responde él, levantándose rápidamente.

-Me vas a pagar esta factura, ahí donde el kiosco de la vuelta ¿estamos? -ordena

-Sí, voy ahora mismo.

-Mejor, así no te olvidás cabezota. -le dice mientras le pasa el dinero y la factura.

-Chau.

Rufino sale a la calle, se encuentra un billete tirado en la vereda y sale feliz a cumplir el mandado. Lleva un dinero que no es suyo, una factura a pagar y algo para gastar. Entra en el kiosco, y mira la cola de gente pagando sus cuentas. Se ubica último como debe ser y observa al que está adelante. Es un trasero interesante. Mira de reojo si lo están observando y sigue en su tarea. Es una rubia de pantalones ajustados, que de repente se da vuelta y lo observa a los ojos. Tal vez se sentía incómoda con su presencia ahí tan atrás, tan cerca.

Rufino espera. Tiene todo el tiempo del mundo y se entusiasma al ver a la chica de adelante. Quiere dirigirle una palabra, decirle alguna pavada, algo que comience el diálogo de manera más o menos decente. No se le ocurre nada, y está llegando al cajero. Maldición.

Quiere abrazarla. Rufino siente un deseo enorme de abrazar a la chica, y busca contenerse. Mira al techo, al piso, al kiosquero, al mostrador lleno de golosinas, pero su vista vuelve una y otra vez a ese cuello, ese cabello rubio, esa cintura y la manera en que lleva su cartera repleta de dinero y facturas -piensa- mucho más importantes que esta porquería que tengo acá. Se imagina abrazando a la chica, quiere besarla, sentir su perfume, devorarselo todo y morder su pelo, pero le llega su turno. Ella de pronto se va, lo deja con tarea pedestre por delante. Tiene que pagar y nada más.

Cuando Rufino sale a la calle, ella ya no está. Se vuelve y compra un paquete de cigarrillos y chicles. Le dan su vuelto y se queda mirando, buscando el olor de ella que tal vez sea ese que se siente en el ambiente. Un perfume a rosas o tabaco, algo que lo envuelve y lo aprisiona, le llena la garganta de lágrimas y su emoción se ve en el espejo, ese que tiene ahi arriba el kiosquero, para encontrarse con la mirada de los chorros.

miércoles, 22 de septiembre de 2010

Rufino lanzado (VI)

Estaba conversando sentado en la vereda, miraba los autos y se reía. Su vecino le daba charla de computación a él le fascinaba.

-¡Dijo que podía estar conectado con alguien de otro país! -Se reía, y contaba los autos. El vecino tenía un kiosco y ahí empezó a comprar cigarrillos y le daban fiado cuando faltaba la moneda. El dueño era un chico de unos treinta años con una carrera de martillero público terminada y ejercía de eso, de comerciante. Algo increíble, algo impensado para quien estudia una carrera.

Rufino miraba encantado el monitor del kiosquero. Cuándo me dejará usarla aunque sea un rato -pensaba- y no se atrevía a decirlo siquiera en voz baja. Se reía de los íconos, los carteles, las banderas, y también de las mujeres que el otro le mostraba. Según él, mujeres inofensivas que invitaban, sugerían y también cobraban por cierto.

Se reía.

-Convidame uno -dijo Rufino, señalando un paquete de cigarrillos.

-Sí, servite, ahí tenés el encendedor -respondió Juan.

-Gracias. ¿Y cómo hacés? ¿Vos tenés que comprar los cables para conectarte con otra máquina? -preguntó sin quitar los ojos del monitor, desorbitado.

-¡No, cómo se te ocurre?! -respondió el dueño de la computadora, el dueño de la diversión-. No entendés nada Rufino, sos un desastre. ¿Dónde vivías decime? Volvete, no hay lugar para vos acá. Vas a sufrir mucho mientras aprendés, además acá las minas son terribles, se van a burlar de vos si no conocés internet.

-¿Cómo hiciste eso?

-Ah, una pavada, tenés que usar esto, ¿ves? Se llama "mouse" que es ratón en inglés, ¿ves cómo se mueve ese puntero? -respondía Juan, mirando de reojo a su nuevo amigo.

-Eh, qué loco. Allá en mi campo había unos así de grandes, pero nos comían las conservas había que matarlos -le contaba Rufino, y soltaba la carcajada.

Después de un rato de reirse y no entender nada se fue a caminar por el barrio, pensando seriamente en lo que había aprendido hoy, para él esto del puntero y el mouse eran dos enormes palabras nuevas, dos cosas desconocidas llenas de misterio y sentido en su nueva vida en la ciudad.

En su finca ¡para qué le podrían servir! Sería ridículo utilizar algo así para cosechar tomate, berro, o hinojo fresco. Una ensalada no lleva nada de eso, hay que regar en su debido tiempo, quitar la maleza, y matar los bichos cuando hay. Cada vez más, una plaga. Su mirada divaga por ahí hasta detenerse siempre en la misma vidriera, la de la casa de computación con las luces altas. Parecía un coche de frente -reía Rufino- este se te viene y no lo parás con nada. Ya estaba cerrado, se tenía que conformar con leer los precios escritos en carteles con nombre propio. Y las características no le decían mucho, eran un montón de caracteres extraños, letras bizcosas -decía él- porque lo dejaban medio bizco de no entender nada.

Pucha, ahí estan esos dos, meta darse besos en el interior del local. ¿No es hora de irse ya?

miércoles, 15 de septiembre de 2010

Rufino lanzado (V)

Rufino llega a la pensión y encuentra todo revuelto. La dueña discute con otro inquilino que hace días que no paga su mensualidad y esto le complica el mes, que se atrasa en el gas, en la luz y en todos los servicios que presta en su cuchitril. Rufino pasa por un costado, esquiva la situación y se siente observado, sabe que a él le va a tocar un día como no haga algo pronto para conseguir trabajo. El dinero ahorrado no le va durar toda la vida, lo sabe, es más, tiene que apurarse o de lo contrario en dos meses estará pasando esta situación.

Dos meses se pasan volando, piensa, y sube las escaleras. En el último peldaño Jorgelina prepara un parcial de Estadísticas. Él no entiende pero le da charla igual.

-Hola, cómo va eso? -pregunta sonriente.

-Bien, aquí estamos con frio, esta vieja ya nos cortó el gas -responde ella visiblemente enojada.

-A ver, esperá. -Rufino va a su habitación, toma la frazada y se la trae. Dulcemente abriga la espalda de Jorgelina y se sienta a su lado.

-¡Gracias! -dice ella.

-De nada. Vos me gustás, sabías? Desde el primer día que te ví, no he podido quitarte de mi cabeza.

-Ayyy, salí, no seas pesado -responde ella, ruborizándose ante la imprevista declaración de Rufino.

-De verdad, me encantan tus rulos, son hermosos. Además, sos una buena chica. ¿Te animás a salir este sábado conmigo? Vamos a tomar algo.

-No puedo, disculpá, me tengo que ir a bañar ahora, después hablamos. -dijo ella, le dejó la manta, subió a su habitación y cerró la puerta.

Rufino quedó desconcertado y solo en medio de la sala. Una ventana dejaba entrar algunos rayos de sol. Era temprano y sólo a él se le podía ocurrir decir tales cosas a esa hora. Se sintió avergonzado y quiso correr a pedir disculpas, pero no -se dijo- mejor lo dejo así. Minutos después ella saldría de su habitación y se iría a bañar, tal como había dicho. Tal vez ahí la volvería a encarar y a decirle que lo sentía que no lo volvería a hacer, pero que por favor, le diera una oportunidad de salir el fin de semana. Tenía unos ahorros, la invitaría al cine y al parque de diversiones. Seguro con eso la convencería de empezar un noviazgo. Su dinero era suficiente hasta ahora. Todavía no había comprado la computadora que tanto deseaba, esa que ya había visto en revistas y en la televisión.

Se encerró en su habitación, quería pensar. Como siempre se tiró en la cama a media luz y prendió un cigarrillo. Tosía. No estaba acostumbrado todavía al humo, y mucho menos en el encierro de su cuarto, tan amplio era su campo, tan libre se sentía, respiraba todo el aire puro de la finca. Los árboles lo rodeaban y lo refrescaban todas las tardes cuando el sol estaba a pleno. Aquí era diferente. Su cuarto tan solo tenía una pequeña ventana que daba a un patio interno. Apenas la claridad podía entrar ni siquiera el sol directo. ¿Qué hago? -pensaba- ¿compro la compu o la invito a Jorgelina a salir? -Solamente tenía que insistir, llevarla al cine no costaba tanto y el parque tampoco, pero su presupuesto era limitado.

Tomó su celular y empezó a escribir un mensaje. Antes de terminar se había dormido.

jueves, 9 de septiembre de 2010

Rufino lanzado (IV)

Ahi va, recién llegado a la capital se oculta detrás de una vidriera, todas las luces le resultan abrumadoramente fuertes, tiene que esconderse detrás de su mano, pensando que va a quedar ciego. Rufino tiene tiempo para caminar, recorrer el centro, mirar los carteles, preguntar dónde queda, y seguir su camino hacia la nada en redondo, hacia la pensión otra vez.

Ya lleva una semana de su nueva vida. Por suerte de sus padres ni noticias, tal vez hayan hecho una denuncia y lo estén buscando con la policía, tal vez se acostumbraron a su ausencia más rápido de lo previsto, tal vez su madre ni le dijo a papá y este después de un tiempo al fin preguntará dónde está Rufino. Exagera un poco, lo sabe, su padre no es tan distraído, y le ha hecho demostraciones de cariño, muchas, como cuando le dejó manejar el tractor con sólo 14 años. Pero él prefería la yegua. Arar con la yegua era todo un desafío. Terminabas con los brazos y las piernas rotos por el cansansio. Era una actividad extrema, de tiempo libre, outdoor y el gimnasio todo junto. Felicita trotaba al trabajo como contenta y él se encargaba de bajarle la dosis de alegría con unos buenos azotes hasta que encontraba su rumbo y dejaba de comer de las plantas.

Encuentra un camino más corto a su casa, sube al subte y se deja caer en el asiento pensativo, con la imagen fija de una tapa de revistas en su cabeza. Eso quiero -piensa- eso voy a buscar mañana. Una computadora como esa que sale en la portada de esa revista de computación. Voy a empezar a buscar por el barrio, voy a recorrer los negocios preguntando precios y me voy a comprar la mejor de todas. Ahora sube una chica y se sienta en frente de Rufino, cruza las piernas con su mifalda provocativa, incendiaria, y mira al techo. Deja ver su cuello, ella sabe que eso gusta y aprovecha al pobre pueblerino con carita de bueno, que ahora es todo ojos para ella. Él se olvida de la revista, bueno también había otras -dice- en el revistero, también con chicas en la portada. Quiere preguntarle algo, le gustaría llevarla a su pensión, es preciosa. Tiene las piernas más hermosas que él haya visto jamás, y su minifalda sugiere todo lo necesario para que a él se le vuelen los patos de la cabeza. En la finca había ejemplares menos atrevidos.

jueves, 2 de septiembre de 2010

Rufino lanzado (III)

Rufino atendió el teléfono. Era su madre que le preguntaba dónde estaba.

-Me fui de casa, mamá -contestó él.

-Pero, ¿cómo que te fuiste, se puede saber dónde?

-No mamá, voy a estar bien, pero me fui y no pienso volver por ahora, lo siento.

-No puede ser, ¿qué pasó? -preguntó ella angustiada. -si acá lo tenés todo, hijo.

-No mamá, allá estaba lejos de todo lo que me gusta, no soportaba un día más, vos no te das cuenta de nada, como siempre -dijo Rufino con lágrimas en los ojos.

-Voy a hablar con tu padre, esto no puede estar pasando, no en esta época del año. ¡Qué te pensás vos, que nos vas a abandonar así como así.

-No me busqués, no pienso volver. Quiero ir a la capital, no soporto un día más en casa, con ustedes, muriéndome de soledad, sin ver lo que me gusta con mis propios ojos, ahí donde pasan las cosas.

-¡Ya vas a ver! -gritó ella, desconsolada, reclamando a su hijo todas las desdichas juntas.

Rufino cerró su celular y lo apagó. quería huir, escapar de aquella realidad doméstica agobiante y opresiva, para siempre.

Solo quería viajar, conocer lugares, vivir mejor y conocer gente, hacer nuevos amigos, pasear un poco, zambullirse en eso que le fascinaba tanto: la computación. En su casa del campo no había internet y sus primos no hacían otra cosa que hablar de eso, todas las veces que se juntaban, él quería conocer por si mismo, ver qué era esa conectividad a miles de kilómetros.

sábado, 28 de agosto de 2010

Rufino lanzado (II)

Se mueve de aquí para allá, se acomoda una y otra vez, gira su cabeza hacia la ventana y después al pasillo. Una luz ciega su mirada, es el sol bajo del amanecer que ya está entre nosotros, piensa.

Su vista va de aquí para allá, estudiándolo todo, analizando cada cosa con cuidado. Su compañero de asiento duerme tranquilo qué afortunado. El whisky demora todavía un rato más pero al fin llega. La azafata lo trae con una sonrisa dibujada y no disimula su desagrado. Estas no son horas, piensa pero qué tanto, es un viaje largo y seguramente no se moverá de ahí por un buen rato, mucho más de lo que dura el efecto del trago en su cuerpo, de alguna manera ya estaba acostumbrado al alcohol. En su finca se elaboraba vino, tenían lo que hace falta y hasta él conocía la receta. Varias veces habían calmado la sed agobiante de verano tomando de la bordaleza después de un agotador partido de fútbol. Su cabeza conocía la sensación de estar a punto de explotar. Pero esta sensación era singularmente diferente. El whisky había empezado a hacer efecto en su mirada y el sueño estaba llegando por fin.

Había en el ambiente un ruido confortable y armonioso al que ya se estaba acostumbrando. El suave vaivén del vehículo lo estaba meciendo lentamente y su cuerpo parecía ahora liviano, frágil, sumergido en una leve brisa o una densa bruma que lo acariciaba y llevaba un poco más allá, estaba viajando y estos lugares sí eran desconocidos, estaba transitando unos paisajes extraños y placenteros, sabía que ahí quería volver.

miércoles, 25 de agosto de 2010

Rufino lanzado (I)

Rufino corrió. Lo hizo tan rápido como le fue posible a esa hora de la mañana. Atrás dejó a su padre y sus hermanos, el campo, los caballos, la finca, el arado, la viña, la cosecha, el vino y todo lo demás. Se subió al colectivo agitado, sudoroso pero feliz. Los que iban a la ciudad lo conocían, pensaron que esta vez se había quedado dormido pero no, él estaba dispuesto a comenzar una nueva vida en la ciudad, lejos de los trabajos en la tierra, lejos de las angustias por la cosecha y de la mala paga.

Se veía a si mismo triunfando rápidamente en alguna actividad de las tantas que habían allá y que lo habían fascinado en su último viaje, a los catorce años, con sus primos y su padre.

Ahora tenía dieciocho, se sentía libre y fuerte, con todas las ganas y muchas ansias de hacer cosas que le rindieran frutos. Buscó una butaca vacía y se sentó sin mirar siquiera, pero había alguien a su lado. Sumido en sus pensamientos vio de reojo una pequeña caja a los pies del acompañante, con unos agujeros. Después supo que ahí llevaba una tortuga. Se acomodó lo mejor que pudo y se dispuso a dormir, nunca había dormido bien en los viajes, algún ruido, algún salto, por pequeño que fuera lo arrancaba de su sueño fácilmente y otra vez volver a empezar. No era facil, además el espacio para los pies naturalmente no es lo que sobra.

Por suerte, ahí traen algo para beber y él dice que sí, por favor, que le traigan un whisky con hielo, lo quiere probar y ver de qué se trata. Quiere sentirse un hombre por fin, un hombre libre y grande.

miércoles, 18 de agosto de 2010

Las mañanas

Se acercó a su cama en medio de la noche. Él dormía tranquilo. Ella llevaba una prenda íntima muy ligera, dejaba ver su desnudez sutilmente. Temblaba. Su aliento sereno y mágico lo envolvió de inmediato y una revolución inesperada nacía en su interior, ya antes de despertar por completo.

La miró confundido apenas pudo abrir los ojos, y se enamoró, se sintió único, elegido. Ella venía a ofrecerse, llena, sabia, como las mañanas frescas de primavera.

La realidad comenzó a despertarlo, se dio cuenta y suavemente empezó a alejarse. Trataba de explicar, quería decir que no, que él tenía compromisos y ella también, que era muy hermosa pero no, además su marido estaba ahí mirando. Que aquello no era posible y no iba a ocurrir.



García Be

martes, 10 de agosto de 2010

Una mirada

Una mirada de aprobación, eso es todo lo que Luciana quería. Eso esperaba de su padre, así que fue y se lo dijo a la cara, temblando, asustada de aquella persona severa y hostil que apenas conocía. Lo quería sin embargo como se quieren las estrellas de cine y las historias de final feliz.

Esperaba un milagro: que su padre consintiera ese viaje, ese cambio de vida a una ciudad más grande, más al centro de todo, rodeada de todos los encantos que a ella siempre le habían fascinado. Ciudades populosas llenas de ruido, gente y estruendos. Se preguntaba: "-¿Podré vivir yo ahí, si todos los días un embotellamiento demora el regreso a casa, una o dos horas?"

Pero su padre dijo no. Apenas le bastó una mirada para decirlo, no hizo falta el puñetazo en la mesa ni la bestialidad de sus palabras.


García Be

viernes, 6 de agosto de 2010

Reviente

Ignacio se rebeló un día, prefirió comprar pan roseta en vez de francés pero su madre no lo perdonó. En el camino de regreso a la panadería pensaba hay que hacer algo para comer ese pan que le resultaba tan atractivo.

Nicanor temblaba de frío, era el último día de la semana, le quedaban sábado y domingo para levantarse tarde y ver pasar la mañana congelada desde su cama, abrigadito.

Tamara quería un bebé. ¡Lo había pedido tanto! Ella y su novio lo buscaban con empeño, llevaban un calendario de los días fértiles en su computadora pero pensaban que había sido hackeado.

Américo cruzaba las vías del tren imprudente y el maquinista fingía no verlo a tiempo, lo cierto es que quedaba destrozado al costado de las vías, su cabeza hecha añicos debajo del último vagón.


García Be

viernes, 30 de julio de 2010

Sumisión

Tocó el timbre, y a mí me tocó atender con el teléfono en la mano. Ella también venía contestando un mensaje o algo así y me sorprendió ver su rostro malhumorado, desencajado y tembloroso. ¿Qué noticia habrá recibido, qué le dijeron que tenía esa expresión de espanto?

Yo, consuelo podría darle. Estoy acostumbrado desde que aquí en casa las desgracias se vienen sucediendo muy a menudo, ya es un escándalo. Mi preocupación mayor es que ella sufra por algo que se podría evitar y no lo hago por ignorancia, o porque ella es muy reservada y capaz de mentirme antes de pedir ayuda...

Me quedé estupefacto, enseguida cambió su humor, pasó de un momento a otro a saltar de alegría y su felicidad era tan increíble como su tormento. No lo podía creer, entonces le pregunté:

-¿Me voy a morir?


García Be

lunes, 26 de julio de 2010

Varonil

Venía bajando la avenida cuando lo vi a pie, parado en una esquina esperando para cruzar y las ganas de estamparle una cachetada en todo el cuello y la cara fueron abrumadoras. Yo circulaba en moto claro, y pensé que sería bonito darle una buena bofetada que sumada a la velocidad de la moto sonaría perfecta, hermosa, clarísima, con inusitada fuerza.

Me contuve y seguí de largo. Pero en la otra esquina el semáforo estaba en rojo. Ahí me di cuenta que habría sido un error porque al frenar en ese semáforo de cuatro manos, seguramente lo tendría a mis espaldas buscando una explicación o peor, queriendo pegarme a mí.

Frené. Miré por el retrovisor y lo vi que venía igualmente hacia mi, corriendo hecho una furia. Juro que no lo conocía, es hasta el día de hoy que desconozco el motivo por el cual quiso venir a increparme lo cierto es que dieron el verde y fue muy facil acelerar y huir rápidamente del lugar. Tal vez, no tenía esa intención, tal vez fue pura imaginación mía, pero reconozco un rostro desencajado y puedo entender cuál es la actitud de un hombre que corre con los puños cerrados y hacia donde vos estás.

En la próxima esquina doblé a la derecha, por supuesto no era en la dirección que yo iba, pero quería despistar. Me encontré con una calle contramano que me impedía el paso y pensar en volverme sobre mi camino era lo más difícil. Sería reencontrarme con aquel sujeto loco, o tal vez, con aquellas personas a quienes él habría dicho lo que hice.

¡Hola! ¡No le pegué!


García Be.

martes, 20 de julio de 2010

Feliz

Fue un encuentro casual, lleno de emoción y alegría. Nos habíamos visto por última vez hacía ya un año, pero en aquel encuentro nos abrazamos y nos dijimos adiós, casi como si nunca fuéramos a volver a vernos.

Pasaron muchas cosas entre nosotros. Ambos tomamos caminos diferentes, los dos nos encontramos no tan casualmente en la esquina del odio y la incomprensión. Fue tumultuoso, muy poco divertido. Nos odiamos a muerte por un tiempo, dejamos de compartir las cosas buenas de la vida, nos olvidamos de disfrutar los buenos momentos, el campo de golf, las tardes quietas y serenas alejados en algún green que nos gustara.

Pero ahora vemos que la amistad sigue intacta. Nos escuchamos y sabemos que el otro está ahí, dispuesto a retomar la buena senda, en definitiva el diálogo sincero.


García Be.

miércoles, 7 de julio de 2010

Aventurarse


-Amar es no solo aventurarse -dijo Joaquín como pensando en voz alta.

-Es cierto -respondió ella, entusiasmada.

Los dos bajaban el río en un bote inflable, alquilado junto a 10 personas más todos ellos turistas. Joaquín había hecho ya varias veces el recorrido, lo conocía a la perfección, en cambio Lucía hacía su primer descenso. Temblaba. Estaba asustada porque le habían comentado acerca del nivel de dificultad de este río, que era alto, pero confiaba en la pericia de los dueños del bote, y también en su amigo. Recordaba las cataratas del Niágara, había estado ahí el año pasado. Le traían justo en este momento buenos recuerdos, fantásticas imágenes de un paisaje deslumbrante y aterrador a la vez. ¿Y si este bote terminaba en una caída de 100 metros, similar a las de las cataratas? ¡Por Dios no! Pensaba ella, el corazón desbordado.

Mientras descendían, los guías llevaban la voz de mando, -¡Remen! -decía uno, que iba sentado detrás de todos. -¡Basta de remos! -cambiaba enseguida. Lucía iba sentada en el medio del bote, no llevaba remos en sus manos, iba descansando; los otros hacían fuerza, seguían la voz y miraban el paisaje entrecortado, con dificultad. Ella -en cambio- no dejaba de mirar en ningún momento la orilla del río, seguía el movimiento de la montaña cercana, se distraía con los pájaros que aleteaban encima, entre los árboles.

Joaquín la miraba de reojo. Había empezado a gustarle. Le ayudó a colocarse el salvavidas, le subió el cierre del chaleco y la observó en sus movimientos suaves y seguros, sin dudas ni preguntas absurdas. Ella le gustaba. Pensaba ayudarla todo el tiempo que durara el viaje, no la dejaría sola si algo ocurría con el bote. Estaba dispuesto a sacrificarse por ella, aún así, con tan poco tiempo de amistad. Es que cuando me enamoro -pensaba- soy capaz de cualquier cosa.

Había algo en su rostro que lo atraía, algo así como un rumor de soledad, una hermética somnolencia de domingo a la tarde, algo... una sutil pero definitiva diferencia con las otras que también bajaban con ellos. Ya le parecía una mujer única. Tal vez, había sido muy prematuro hablar de amor al comienzo de la aventura, pero quiso decirle eso, ese juego de palabras muy lógico... "Amar es -no sólo- aventurarse"... como quien dice aventurarse pero en compañía y también dejando entrever que amar podía ser otras cosas.


García Be

lunes, 28 de junio de 2010

SIN TITULO (X)



X


Nicolás lo supo desde un principio. Me vino a ver a mí que escribo este relato. Quién sabe cómo se enteró que quien había puesto unas trampas en su computadora era yo mismo. Me tomó de sorpresa porque no dejó suelto ni un sólo indicio de que estaba sobre la pista, jamás lo adiviné.

Se enteró por boca de una amiga en común. ¿Quién podría estar detrás de esto sino alguien que lo sigue a sol y a sombra y que publica lo que él hace a cada momento, quién sino yo estaría vigilando sus movimientos y habría incluso hackeado su computadora para que la cámara web mostrara sus movimientos sin que él siquiera lo sospechara?

Pensé que vendría a verme furioso pero no fue así. Estaba muy tranquilo y hasta una mueca de diversión se escurría por la comisura de sus labios, satisfecho de haber descifrado el enigma, de haber descubierto la trama, el secreto hilo que conducía al ladrón de su paz por estos meses que duró la persecución.

-Entendeme, estoy preparando una tesis para el final de mi carrera -argumenté inquieto ante su mirada.

-Sos basura, sos una mierda, tenés que entender que eso no se hace -me dijo.

-Estaba a punto de terminar los objetivos que me había propuesto, faltaba muy poco. Estuviste muy bien, me siento traicionado por la gente de mi confianza, me han dejado en ridículo.

-Es lo menos que te merecés. Buscate un robot y no personas para jugar al titiritero, idiota -dijo Nicolás, y dio media vuelta y se fue.

Quedé atónito, furioso ahora yo por el ridículo de la situación, y por que no esperaba un desenlace así, el plan era ir personalmente y explicarle lo que había estado haciendo y por qué. Ahora deberé presentar el trabajo a medias, sin terminar; ya no podré decirle que todo esto lo estaba haciendo para lograr el maldito título de una vez.



FIN

jueves, 24 de junio de 2010

Amigos

Fumaba en el balcón y caminaba de aquí para allá nerviosamente como respondiendo a la luna furiosa de amarillo todo eso que daba vueltas en su mente. Discutía con ella, la increpaba, la insultaba. Quería cortar su rostro, si tuviera un cuchillo a mano lo habría hecho. Pero tenía que llegar al cielo, llegar hasta ella que pretendía ser una mujer encendida, una heroína fuera de cuadro, toda hermética en su armadura, toda lejana.

Entró. Se dispersó en algunas tareas sin sentido pero seguía caminando de aquí para allá, buscando algo difuso, algo etéreo y transparente como el humo de su cigarrillo, como el cigarrillo que fumaron juntos a medias, a bocanadas, a quemarropa.

Tecleaba unas palabras, y seguía con sus tareas, seguía de aquí para allá, ahora cortaba para sus hijos unas letras del periódico, ahora escribía en su computadora, llamaba la atención de sus amigos escribiendo frases que se leian igual de atrás para adelante que de viceversa para atrás. (Idiota, me hace equivocar).

Lo observo tranquilo, lo dejo actuar, hacer su teatrito infantil y absurdo, lo llamo por teléfono porque él no sabe de mi, no tiene idea de mi presencia, prefiere ignorarme y seguir caminando de aquí para allá, en una mueca absurda y aburrida, en un histérico movimiento perpetuo y circular.

Ahora llama por teléfono y este de aquí a mi lado hace un sonido sencillo y me queda claro que es a mi a quien llaman.


García Be

viernes, 18 de junio de 2010

SIN TITULO (XIX)


XIX


Empezó a notar el frío y a mitad de cuadra había una farmacia abierta a cualquier hora de la noche. Pensó comprar un tranquilizante para dormir, cosa que hacía días no estaba haciendo reposadamente, sin sobresaltos, sin temer que su mundo se viniera abajo, sin pensar en su ahora ex-amigo que lo seguía a cada paso, que vigilaba sus movimientos en principio en internet, pero seguramente también en la otra vida, en la vida real.

El farmacéutico era una persona conocida del barrio, amigo de todos, muy querible que siempre tenía un remedio para casi todos los males, exceptuando los del corazón, aunque también a veces ofrecía algunas tisanas para los pobres tipos como él, enfermo de traición y abandono. Detrás suyo, y para su desgracia, entró un hombre andrajoso y sudado que se puso a caminar de aquí para allá dentro de la farmacia mientras lo atendían a él. Quiso irse, pero fue justo ahí cuando mencionaron su número, no había más remedio que comprar.

-Qué necesitás Nicolás? -preguntó Ramiro, el farmacéutico.

-Hola, mirá, algo que me tranquilice y pueda dormir a la noche -dijo él, seguro de lo que pedía.

-Tengo un te de esa marca que ves ahí, fijate.

-Sí, algo así ando buscando, nada de pastillas sofisticadas.

-Fijate eso, mirá tranquilo mientras atiendo al señor -dijo el hombre dirigiéndose al personaje que todavía caminaba dando pasos de militar, haciendo media vuelta ¡mar! cada vez que llegaba a la vidriera y no le quedaba espacio.

Nicolás se hundió en la lectura de diez envases diferentes de tés para tranquilizarse, para dormir, para despertarse a tal hora, para sosegarse, para humedecer los labios, para todo tipo de males. Todos envueltos en estricto papel celofán con una presentación envidiable. Le recordaba cuando miraba artículos de computación días atrás, todos con código de barras. Miraba de reojo al comprador afortunado que estaba comprando mientras él miraba cartelitos, y ya casi se iba. Prestó atención y no, el otro no compraba. Le dieron un papel con algo escrito y se fue.

¿Por qué aquel sujeto tenía también ese misterio encima como atacándolo, como acechándolo, y se llevaba algo que seguramente tenía que ver con él. Acaso el farmacéutico ya había dicho qué estaba buscando Nicolás. Todo se sabía ahora, todo. Eligió cualquier té, alguno que le aliviara el sueño, que le prometiera un descanso reparador, y un despertar en otro país, pero eso no había. Solo lo primero, un buen descanso, y a seguir al otro día con sus pequeños problemas, mitad inventados mitad reales.

miércoles, 16 de junio de 2010

SIN TITULO (VIII)


VIII


En el supuesto caso que supiera tocar la guitarra iría a comprarse una como la de vidriera pero el problema es que no sabía, entonces no había caso, no había supuesto, no había guitarra. Siguió de largo hasta la próxima vidriera que vendía camisetas de rock y le llamó la atención una de los Sex Pistols, que le recordaba las andanzas de su padre que visitó Londres únicamente para estar cerca de ellos cuando todavía eran una banda. Se la compró a su padre. Le va a gustar pensaba mientras pagaba en la caja.

Era una banda la que estaba detrás de aquella significativa angustia suya. Desde luego que había más de una persona y que su amigo y ese personaje del sobretodo eran los brazos ejecutores de aquella fantasmagórica lucha. ¿Ella también estaría en la organización? ¿Acaso estaba en esa plaza por pura casualidad, o había ejecutado también parte de aquella partitura macabra?

Sentía que estaba exagerando, que de ninguna manera podría estar ocurriendo semejante locura. Intentaba distraerse, mirar el cielo, revisar los árboles en busca de pájaros que lo hicieran sentirse un ave, un poco más liviano. Podría ser cierto que todo fuera una gran fantasía suya, y que las personas a quienes estaba juzgando nada tuvieran que ver, pero su presencia le molestaba, su cercanía lo llenaba de angustia y se sentía defraudado y molesto por aquella situación. ¿Qué más podía sentir?

Ella no. Aquella suavidad en el rostro, aquella brillante mirada enmarcada por esos enormes ojos verdes estaban fuera de esta película, acá el único cachivache era él, con sus terribles fantasmas. Ella estaba en otra historia, en una de esas que llenan salas y que tienen un feliz final con atardeceres enamorados. Tal vez sabe ella tocar la guitarra. ¿Con quién habría tomado clases? ¿Será diestra? Recordaba su amigo zurdo que tenía dolorosos ejercicios para cambiar de mano y sufría en cada canción, sufría con cada acorde especialmente los de los tonos más altos.

sábado, 12 de junio de 2010

SIN TITULO (VII)


VII


En su barrio se escuchaban sonidos de fanfarria, había un acto en la plaza cercana. La banda de música local estaba celebrando sus 40 años a todo trapo, tocando canciones de hace unos 50, pensaba Nicolás. Así se fue arrimando tal vez para distraerse, tal vez para entonar alguna, la que siempre le había gustado era Febo Asoma. Pero tuvo una muy grata sorpresa: ahí estaba ella. Era una chica que había ido al acto acompañada por desgracia, pero a él no le importaba en absoluto, solo quería observarla, mirarla de cerca y que ella lo mirara aunque sea una vez. Tenía una mirada cálida y dulce, entibiaba la fría mañana de invierno con su bufanda violeta y su abrigo blanco.

Se fue olvidando del acto, de la fanfarria y de los metales, era todo oídos y ojos para ella. Se acercó hasta casi rozarla, intentaba ser nadie en ese momento que ella ni siquiera supiera que él estaba ahí. Quería borrarse, ser un hombre invisible para estar cerca, sentir su respiración, su aliento, su calor de cerca, el aire de su nariz. Estaba fascinado, y observaba también al que estaba ahí atrás, que hablaba con ella, que le sonreía, que le hacía chistes (estúpidos) y que iba muy mal vestido.

Llegaron algunas tropas en desfile militar, por un momento tuvieron que moverse unos metros, Nicolás observó solamente quedar cerca de ella y que nadie lo notara. Estuvo así, soportando el sol justo encima de su cabeza, y a pesar del frío le resultaba bastante molesto, pero era capaz de aguantar todo eso y más. El desfile se desarrollaba y todos prestaban atención al paso marcial, estaban muy entretenidos con las armas al hombro, las armas en los brazos, las armas entre las piernas, todo resultaba perfecto en una mañana de celebraciones y cantos. Hasta ahí había llegado él, sin pensarlo siquiera, sin estudiar quizás consecuencias, ni nuevas heridas.

-Qué hacés boludo! -dijo el chico que la acompañaba.

-Uy disculpá, te pisé -contestó Nicolás dirigiéndose directamente a ella.

No lo podía creer. Lo peor estaba pasando, lo peor y lo mejor. Por un lado la veía esbozar una sonrisa débil y también mezclada de bronca por el pisotón que debió doler ese día y por otro le estaba dirigiendo la palabra. Se sintió el tipo más estúpido. Quiere hablar con alguien y lo hace pisándole el pie, no se podía ser más idiota. Y aquel infelíz haciéndose el valiente, pedazo de basura, te rompería la nariz con el zapato -pensaba, gimiendo, y haciéndose callar para no embarrarla más.

Ambos se corrieron unos metros y ya no la veía a la cara. Debería saber volar, se decía, podría elevarme unos metros y ubicarme justo encima de ella a pocos centímetros, para observarla, decirle cosas, acariciarla. Pero la realidad estaba ahí, azotándolo otra vez. Cerca suyo el sujeto del sobretodo gris estaba simulando una actitud de observador del acto, pero era claramente una advertencia hacia él. Lo miraba de reojo, lo espiaba, estaba estudiándolo. El estaba solo, se sentía en medio de un drama inexplicable y escandaloso. ¿Dónde terminaría con su paranoia? ¿A quién contarle lo que le estaba pasando y que no lo juzgara como un buitre en busca de sangre?

jueves, 10 de junio de 2010

Una mañana de invierno


A mi amigo
Carlos Sarra




Andrés subió al ascensor a media mañana, llevaba facturas para el mate y estaba contento porque lo estaban esperando. Era una entrevista de trabajo pero conocía a todos los que había allí en esa oficina.

Era un lugar amplio con ventanales enormes, un tercer piso radiante de modernidad y espacio. Llegó a la oficina, algo nervioso golpeó la puerta y entró sin esperar. Sentía la presión del sistema de calefacción que se hacía notar y por suerte era así, allá afuera la sensación térmica apenas rozaba el cero grado.

Un televisor también enorme de plasma recordaba que era época de espectáculos deportivos excepcionales. Nadie quería perderse el combate entre la pulga de Río Cuarto y el enano ese del gran País del Norte.

Bueno muy bien -se dijo- todo sea por un trabajito- y se sentó frente al televisor a esperar, pero se ocupó muy bien de no levantar la perdiz. Quería pasar desapercibido, que lo atiendan en media horita. Observaba con detalle el lugar. Había perchas plásticas por todos lados, claro, era una fábrica de diseños y evidentemente estaban trabajando en algo así. Pensó en colgarse de una. Pero no como un suicidio o algo así, sino más bien para esperar. Dijo: ¿y si me cuelgo? ¿Se les habrá ocurrido inventar una cosa semejante, como para poner una persona en lista de espera, o para secarse al sol, o guardarla en un vestidor?

Debería ser muy resistente, soportar más de ochenta kilos, tener un interior de acero o similar. Una música de reaggae lo sacó de su letargo, se levantó de la silla, se dejó caer pesadamente en el mostrador y dijo:

-Hola, ¿me atienden?


García Be

martes, 8 de junio de 2010

SIN TITULO (VI)


VI


Cerró su ventana del chat. Deseaba no volver a abrirla jamás. Su experiencia reciente le dejaba un sabor amargo en cualquier actividad de internet. Especialmente cuando su amigo aparecía, su nombre, su apodo, cualquier referencia suya era motivo de amargura, de temor desmedido. Estaba arrepentido de haberlo confesado, y presisamente a él, de modo que ahora el protagonista de su sufrimiento estaba enterado, sabía de su desesperación. Había cambiado definitivamente su relación con internet. Un milagro hacía falta para que volviera la normalidad.

Consultó el estado del tiempo, quería salir a trotar por el parque. Era la única actividad que le permitía desconectarse, sacar renovadas fuerzas para pensar y olvidarse de sus problemas. En el parque había WI-FI, pensaba. Podría llevar un equipo y conectarse allá pero mejor no, mejor salia a correr, después de todo ese era el plan.

Había un frondoso bosque donde quería correr entre los árboles, exigirse, hacer piques cortos, tomar sol y saltar algún cerco. Era lo que más le agradaba, la sensación de estar cruzando algún límite no del todo permitido, era fantástico para Nicolás, siempre lo estaba haciendo. Recordaba cuando con su amigo frecuentaban el cine condicionado y no tenían mayoría de edad. A veces los dejaban entrar porque, o bien simulaban una edad mayor o bien le daban una generosa propina al de la puerta. Las películas aquellas eran en su mayoría brasileñas y estaban llenas de mujeres desnudas. En el cine de su época había pocas películas condicionadas demasiado obscenas, tan solo insinuaciones, misterio, erotismo. Era como saltar un cerco de 100 centímetros. Era algo divertido que compartía con su amigo cercano, a quien estaba siempre contándole cómo le iba en la vida real tratando de simular esas situaciones tan extrañas que veía en el cine. Una vez quiso llevar una chica al parque ahí donde estaba ahora, intentando repetir una escena de la película donde la chica se entrega bajo una florida selva, un impenetrable bosque del norte. Fue divertido hasta que la mujer se alejó saltando también ella los cercos que encontraba a su paso.

Ahora buscaba contraseñas, otros límites que sobrepasar. Quería encontrar la clave de su amigo, intentaba franquear la entrada del correo de Ricardo, pero sin éxito. El sistema le denegaba el acceso por muy complicado que fuera el algoritmo con que lo intentaba. Las palabras, las combinaciones de números y letras eran inútiles, era imposible conseguirlo. Pensaba que así descubriría cualquier intento de violentar su información. Quería encontrar en la agenda de su amigo algún contacto que revelara para quién estaba trabajando secretamente y en su contra. Su amigo era un experto también y seguramente no regalaría la contraseña de acceso a cualquier extraño que pretendiera ingresar combinando algunos números sencillos de la fecha de nacimiento o similares. Había puesto una clave bien difícil y Nicolás desistió en su intento. Era un límite que debía respetar. Mientras no tuviera pruebas fehacientes, por respeto a su juventud, tendría que olvidarse de la posibilidad de ingresar en ese correo.

sábado, 5 de junio de 2010

SIN TITULO (V)


V




Nicolás buscaba algo de paz llevando a su sobrino a la plaza. En el sube y baja pensaba en aquello que lo torturaba, era difícil concentrarse en su tarea diaria. El equilibrio se había perdido. A su alrededor habían otras personas caminando, haciendo quién sabe qué, él jugaba con su sobrino en el sube y baja, qué difícil mantener el equilibrio, de eso se trataba y cada vez se hacía más complicado. Su suerte estaba echada, todo a su alrededor estaba muy tensionado, muy desequilibrado, esa era la palabra.

Tensión. Su muñeca había perdido la calma, sentía dolor ahora, sus últimas sesiones en la máquina lo habían dejado exhausto. Buscaba aquí, allá, alguna respuesta, alguna solución, sus dedos estaban entumecidos, prefería el teclado y no el mouse para trabajar, pero en esta ocasión hacía uso de ambas cosas a la vez. En su teléfono móvil también escribía con desconfianza. Ahí tal vez nadie lo estaría espiando, nadie estaría mirando su actividad secretamente. Se podía comunicar por teléfono. ¿O no? Y esta persona que se acerca ahora lo llena de temor. Viene demasiado abrigado, parece más bien alguien que busca pasar desapercibido, alguien que busca el anonimato.

-Hola, es usted del barrio -pregunta el hombre algo mayor.

-Sí, qué tal, quién es Usted? -interroga Nicolás.

-Nadie, no me conoce, estoy de paso aquí busco una casa de computación, me dijeron que a la vuelta de la plaza había una.

-Si, mire ahí enfrente. Esa del cartel descolorido.

-Ah, gracias, con razón no la vi. -El hombre parecía ahora algo nervioso. Sin embargo Nicolás no se percataba de esta nueva coincidencia.

-Y qué anda buscando, a lo mejor le puedo ayudar.

-No creo, ya fue suficiente. Ese dato me sirve. Gracias.

Se marchó rumbo al negocio de computación que estaba en frente de la plaza. Nicolás, algo confundido, decidió seguirlo, ahora bastante inquieto quería saber si era cierto. Agarró del brazo a su sobrino y cruzó detrás del hombre. Algo se le ocurriría, algo iba a inventar para salir de una situación algo incómoda.

Entró al negocio, hizo sonar una campanilla electrónica, y se puso discretamente a mirar las estanterías, pero estaba claro que no veía, solo escuchaba la conversación de su reciente interlocutor. Él conocía al vendedor. Después podría preguntarle pero prefería escuchar por él mismo de qué se trataba. Sentía el aire cortarse, podía sentir el vuelo de una mosca si quisiera. Su sobrino le hacía preguntas, y le pedía cosas, pero él lo dejó entretenido con un juego electrónico de los estantes más bajos.

Nicolás estaba aturdido. El hombre llevó un teclado inalámbrico, eso era todo, pero para él había algo en su mirada, en su sobretodo gris plomo que lo hacía sospechoso. ¿A qué oscura organización pertenecería este sujeto que le dirigía miradas extrañas a él? ¿O sería todo producto de su imaginación? ¿Hacia donde se dirigía aquel hombre? Tomó para el este, para el centro. Salió detrás, a pocos metros, con su sobrino de la mano, intentando disimular. Tuvo que frenar en el semáforo y dejar pasar una abuelita que caminaba con dificultad. El hombre entró en un consultorio y Nicolás tomó nota de la dirección. Había abierto un "expediente" decía, en su cuaderno de notas. Iba a llevar un minucioso registro de todos los incidentes de este tipo que tuviera que enfrentar. Tal vez así descubriría alguna conexión y lograra desbaratar esa red.

jueves, 3 de junio de 2010

SIN TITULO (IV)


IV



Nicolás se sentó en el bar cerca de la ventana y miraba hacia afuera curioso del taxi que recién frenaba en la calle y del cual se bajaba alguien muy apurado tanto que apenas si alcanzaba a tomar el vuelto que le pasaba el taxista. Empezaba a caminar casi correr hacia el bar cuando se acordó de algo que se olvidaba en el taxi, y se volvió a los gritos haciendo señas con sus manos para que el chofer frenara. Lo alcanzó, y abrió la puerta rápido. Se olvidaba una notebook. Mucho dinero -pensó Nicolás- mucho más si cae en manos inadecuadas.

Ricardo demoraba. Esto lo impacientaba a Nicolás que solamente podía sumergirse en sus pensamientos de espías y traiciones. Pidió un café, con una medialuna. Mientras el mozo se alejaba la vista lo siguió y terminó justo sobre un televisor que pasaba imágenes de una película de los ochenta, nada menos que Sin Salida o No way Out, inquietante film acerca de la libertad y los espías tecnológicos y nada menos que en el área de los militares estadounidenses. Él la recordaba pero su mente hoy no podía disfrutar del cine, y menos de esta película que tantos recuerdos le traía.

Volvió a la ventana. Algo debería encontrar ahí. Su amigo Ricardo no aparecía. Alguien apoyaba su bicicleta en la pared de la vereda opuesta, el chico se bajaba y desconectaba el móvil que llevaba atado a sus oídos y se disponía a cruzar hacia el bar. Traía un mensaje.

-¿Usted es Nicolas? -preguntó el cadete.

-Si, soy yo. -contestó él, adivinando que su amigo ya no vendría.

-Me manda Ricardo, quiere decirle que por favor lo espere una hora, que está demorado en la lavandería.

-Ah, está bien, decile que no hay problema que yo lo espero. -contestó Nicolás mirando a los ojos del muchacho.

-Chau. -dijo el chico y se fue, casi corriendo hasta su bicicleta.

Ricardo no vendrá. Estaba seguro y esto lo preocupaba aún más, estaba completamente convencido de la traición de su amigo, el lo estaba siguiendo en sus actividades en internet. Como resultado, él se pasaba muchas menos horas conectado. ¿Esa sería su intención? ¿Alejarlo de internet hasta lograr que sintiera terror? Su mensaje había sido más que claro. Hagas lo que hagas, yo estoy mirando, estoy controlando tu actividad, puedo seguir la línea de tu pensamiento, puedo navegar en tu mente y sin escritorio. Todo lo que hagas, digas, busques, escribas, va a terminar guardado en un historial de mi máquina, todo.

Fantástico. Va a necesitar un disco rígido bien grande ese sorete. Ya va a ver con cuánto lo voy a torturar. Eso tengo que hacer, multiplicar mi actividad, distraer, confundir, voy a buscar infinidad de temas, voy a recorrer todos los foros escribiendo todas las boludeces posibles, voy a descargar todas las películas posibles, ¿tanto espacio va a tener para guardar toda esa actividad? Imposible.

lunes, 31 de mayo de 2010

SIN TITULO (III)


III


El orden aleatorio de los temas que estaba escuchando no funcionaba. Quería escuchar una canción y no llegaba nunca. Empezó a embroncarse. Estos reproductores del orto, decía, pensaba. Voy a instalar algo que funcione la próxima vez. Y todo debe tener que ver con lo mismo, seguro me están digitando qué escuchar, qué está bueno y qué no. Hijos de puta.

Nicolás seguía buscando información en internet para proteger su equipo y le empezaba a preocupar que los resultados de su búsqueda también estuvieran digitados. ¿Por qué no? Debería ir a trabajar a un cyber y jamás utilizar su usuario regular porque estaba seguro que esto también estaba controlado. Lo que aparecía en su navegador era inconsistente. ¿Para qué bajar un antivirus si su equipo ya no respondía con la integridad que era necesaria? Además estas búsquedas tal vez ya habían alertado a sus enemigos y estarían buscando la manera de escabullirse de sus teclas, de sus búsquedas. Nicolás pensaba en sus padres, en sus abuelos. Ellos jamás habrían tenido estos problemas en el mundo real. ¿Qué espía podría estar acechando a sus padres cuando vivían la vida más tranquila y sin contacto con estos robots absurdos que son las máquinas que usamos hoy? Ellos leían diarios de papel, miraban las noticias y las novelas de la TV, tan solo eso. Acaso alguna vecina indiscreta que miraba por la ventana algún día de peleas, o cuando vinieron a embargar por aquella deuda insólita que les produjo ser garantes de un tío que finalmente terminó muerto en un callejón. Y por supuesto le fue mucho mejor que a ellos que se quedaron acá, maldiciendo la situación del país y la región. Sus hermanos ya estaban contagiados como él de todo el cyber conocimiento. Vivían fuera de la ciudad pero estaban en contacto por internet. ¿Serían ellos?

"La calle está dura" escuchaba en la radio. -Y sí -pensaba- ni hablar de mi departamento, mi computadora, mis archivos y mis amigos virtuales. ¿Acaso tendría que acostumbrarse a hablar solamente por computadora con amigos virtuales y no reales, que además eran capaces de adueñarse de sus cosas, de sus objetos más preciados... Qué radio de mierda. ¡Qué va a estar dura la calle!

Apareció en el chat aquel amigo suyo que estaba costándole tanto sufrimiento. Un temblor se apoderó de su mano, de su cuerpo entero. Tendría que hablar, tendría que conversar con él y no sabía de qué, no sabía como decirle lo que estaba pasando.

-Tengo que hablar con vos Ricardo, pero personalmente -escribió.

-Hola Nicolás, pasó algo?

-No, pero estoy muy preocupado por el chat de hace unos días, te acordás?

-La verdad ni idea, ¿de qué hablás?

-Dale, juntémonos en un bar, ¿te parece?

-Como quieras pero ¿no me adelantás algo? -preguntó Ricardo, buscando entrar en confianza.

viernes, 28 de mayo de 2010

SIN TITULO


II


Nicolás no salía de su asombro, estaba aterrado de pensar que había gente capaz de entrometerse en sus cosas, como observadores ocultos que ni siquiera le decían lo que estaba ocurriendo sino que él se enteraba casi sin querer. De todos modos, quizás no sería tan así porque si hubieran querido espiarlo jamás se habría enterado, eso es verdad. Pero en realidad su amigo no lo había dicho, él lo había deducido, fue también como un mensaje: "quedate piola, mirá que te estamos vigilando", o peor, "vos que pasás horas frente al monitor de tu máquina no te das cuenta que tenés agujeros de seguridad por todos lados."

Llamó por teléfono a un viejo compañero de clases, a quien no veía desde hacia mucho tiempo, de cuando hizo unos cursos aburridísimos de computación, que lógicamente le sirvieron para muy poco.

-Jorge, ¿cómo andas? -preguntó al teléfono.

-Bien, Nico, ¿y vos?

-Acá andamos, che, ¿no te apareciste más por la facu? -dijo él.

-Es cierto, es que no tengo un solo minuto de tiempo, de verdad. Estoy con mucho trabajo querido. ¿Qué se te ofrece?

-Mirá, estoy envuelto en un pequeño quilombo. Es un cyberquilombo diría yo. Te llamo porque vos entendías bastante del tema -argumentaba nervioso, buscando explicar cuanto antes lo que le sucedía.

-Si, no se a qué te referís, pero sí, de computadoras digamos estoy bastante entrenado -dijo Jorge.

-Creo que me están espiando, que tienen control, acceso, facilidad, uso y abuso de mi computadora conectada a internet. Me estoy volviendo loco -dijo Nicolás, serio.

-Nah, no puede ser, -contestó- ¿tanto así? ¿Pero qué: vos le dijiste tu clave a alguien? -preguntó.

-No, para nada, pero el otro día, hablando con un amigo por chat me pasó que otro amigo que estaba conectado se puso a hablar ¡de-lo-mis-mo! ¿entendés? ¡El tipo sabía de qué estaba hablando yo en ese momento! Además, lo peor de todo -decía levantando la voz como si así le fuera a entender mejor- es que es mi mejor amigo, ya no se también en qué andará este.

-Tengo que cortar Nico, te llamo en 10 minutos, o mejor hagamos así, yo paso mañana por tu casa y lo vemos ¿dale?

-Por favor.

-Ok, chau.

-Chau Jorge.

Nicolás se sintió peor. ¿Acaso no estaría también este contacto al corriente de lo que estaba pasando? ¿Cómo se le había ocurrido plantearle tan alegremente un caso así, algo tan delicado? ¿A ver? ¿Estudiaron juntos aquellos dos, se conocerían de algún lado? Hacía memoria, recordaba, "escaneaba" sus recuerdos buscando alguna, aunque sea remota, posibilidad de que eso fuera cierto.

Se iba a ir. Mañana, le diría "sí, está bien, nos juntamos a las seis" y a esa hora se iba a ir por ahí a hacer alguna cosa. Mejor si no estaba en casa, no quería dejarle el acceso libre a este otro maniático de las computadoras, que a lo mejor se encargaba de hacerle otro agujero y ya serían dos los que tenían control de lo suyo.

miércoles, 26 de mayo de 2010

SIN TÍTULO


I


Nicolás estaba incómodo en su silla, no era precisamente algo ergonómico para trabajar, él lo sabía pero en la ansiedad de escribir lo dejaba pasar, se estaba acostumbrando. Su amigo de la infancia estaba conectado en ese momento y quería conversar con él sobre un asunto que lo tenía bastante preocupado y tenía que contarselo urgente.

Empezó a decirle que se fijara en esto y aquello dando vueltas al asunto sin saber muy bien cómo abordar el tema. Pero -se dijo- vamos al grano porque si no voy a pasarme otra noche en vela.

-Ricardo, entendeme, no es que desconfíe de vos -dijo temeroso de ofenderlo- pero ayer pasó que considero muy grave.

-No entiendo -escribió Ricardo.

-Es fácil -argumentó Nicolás- yo estaba buscando información sobre el software de videos, y vos en el chat me empezas a hablar de este tema como si nada, como si hablaras de cualquier asunto. Digo, -continuó Nicolás, ya cada vez más nervioso- todos sabemos que las coincidencias no existen.

-¡Estás loco! ¿Cómo se te ocurre? ¿Somos amigos, no? -Se defendió Ricardo.

-Si, te repito, disculpame, pero es mucha casualidad, me asusté.

La conversación no iba a ninguna parte, era obvio que Nicolás seguiría con la misma preocupación, sin saber qué hacer. Buscó en internet un antivirus, quería instalar inmediatamente un firewall, algo que lo protegiera, no sabía para donde tomar. ¿De qué manera podrían estar fisgoneando su máquina? Solamente alguien que conociera su número de conexión podría ingresar directamente a ella, pero aún así, tendría que atacar los sistemas de seguridad que traen ya por defecto.

¿Habrían adivinado su clave de correo? ¿Estarían corriendo algún programa sin su aprobación, y sin él tener idea? ¿Tan vulnerables eran los sistemas?

Le corría un frío por la espalda, la sensación era de terror y espanto. ¿Qué hacer? ¿Cómo protegerse? La información en su máquina era confidencial, también era conciente del hecho que esa información no derrocaría ningún gobierno, claro, pero ¡era suya! Quería por todos los medios estar seguro de que nadie, pero NADIE lograría penetrar ese sistema que el consideraba íntimo y privado. Sus propios escritos, sus fotos, su información bancaria, ¿por qué alguien tendría intenciones de robarle esa información? ¿Y aquellas fotos que tomaron jugando con su amiga en la playa, simulando un videoclip del tema de los fabulosos, el de la prima?

Continuó la búsqueda. El buscador de internet ofrecía resultados vagos y muy específico para antivirus, troyanos, gusanos pero nada para lo que buscaba. En realidad lo que más le agobiaba era pensar que su propio amigo de siempre era quien tenía el control de su máquina, y no estaba contándoselo a él. La traición de su amigo... pero bueno, tampoco tenía pruebas. Solo su fantasía apoyada en el hecho de que su mejor amigo salió a hablar de un tema que él estaba en ese momento buscando en internet, y conversando con su otro contacto. ¿Pura coincidencia?

Nicolás tenía un título en marketing y algunos cursos de computación básicos y otros no tanto. Algo sabía del tema. Usaba el pelo corto, anteojos y tenía en general un aspecto geek que lo diferenciaba del resto de sus compañeros, más acostumbrados a usar trajes, corbatas y esas cosas. Él no. Prefería la ropa informal, y si había alguna remera con dibujos de computadoras mejor. Andaba en bicicleta. Llevaba una mochila, en la que su inseparable amiga la notebook, era infaltable. A veces, especialmente los días de lluvia, se manejaba en colectivo. Había uno o dos que se podían tomar para ir a la facu o al trabajo que quedaba en el centro. En la ciudad había WiFi, de modo que algunos viajes los hacía chateando o buscando información en internet. Sus páginas favoritas siempre versaban sobre publicidad, marcas, y videos musicales. Todo un joven moderno.

En su bolsillo siempre llevaba su celular con música bajada de internet, que escuchaba a toda hora siempre mientras escribía, o viajaba en colectivo desde o hacia la facultad. Su número de teléfono lo conocía todo el curso, era amigos de todos a todos facilitaba las cosas en cuanto el pudiera ayudar. Además, podría hackear cualquier sistema con pequeñas aplicaciones en java que él mismo desarrollaba.

Una vez, salió a caminar con amigos y les mostraba su habilidad:

-Mirá, ¿ves ese televisor ahí en la vidriera de enfrente? -decía fanfarrón.

-Sí, ¿que tiene? -preguntaban los amigos curiosos y fascinados.

-Fijate como cambia de canal -contestaba él, y presionaba botoncitos de su móvil y hacía zapping con el celu. Increíble. Lo respetaban por eso, y porque tenía levante también. Las chicas lo consideraban atractivo a pesar de ser un nerd -como le decían- a pesar que estaba varias horas encerrado estudiando materias de la facu o estudiando a su querida computadora. Todo el tiempo, dándole a las teclas y al mouse.

El incidente con su amigo lo había dejado perplejo. ¿Era producto de la casualidad, o había algo más? No salía de su asombro y se trataba de su mejor amigo. Si había traición en esto no se lo perdonaría. Se encontraba en una situación bastante difícil, "una situación de mierda" -decía.

Pensó borrar el historial de su navegador. Pensó cambiar todas las contraseñas. Pensó cambiar de proveedor de internet, hasta dijo mudarse a un departamente solo, donde solamente él tuviera acceso. ¿Y si habían descubierto una entrada de su casa y el plagio lo habían hecho desde su computadora? ¡Era lo peor! ¡Qué gente endemoniada!

Su suerte había cambiado. Ahora, cada vez que presionaba las teclas pensaba en sus padres, en sus hermanos. Dónde estarán, con quienes lo habían dejado a él, con quienes se estaba enfrentando. Eran monstruos. Eran seres terribles, oscuros, espantosos. Capaces de entromenterse en sus asuntos, en sus juegos, en su jardín.

sábado, 22 de mayo de 2010

Music Player Daemon

Prefiero mpd (Music Player Daemon) para reproducir música en mi máquina. Funciona como un servicio silencioso y de bajo perfil que no molesta y da algunas facilidades prácticas bastante piolas como controlar todo lo que se reproduce desde cualquier máquina conectada a la red.

Me harté de que hubiera mp3 en cada máquina conectada, ahora todas las canciones están en un sólo lugar, el espacio /media/music es una carpeta pública en la red a la que todos tienen acceso. Después, cada uno configura su cliente de mpd que prefiera y agrega a la lista aquellos temas que quieran escuchar y se reproduce en el equipo de audio conectado a la PC. Me parece muy recomendable.

Hay además un gran número de clientes para Windows, Linux y seguramente Mac y también para la consola con ncurses (ncmpd) una belleza. También podrías controlar desde Firefox ya que también hay un addon cliente para eso.

Me daba un error después de instalarlo:

error while loading shared libraries: libid3tag.so.0:

En este caso hay que agregar a nuestro sistema:

libid3tag


Después, que a vos también te guste escuchar "Todos" de Divididos, ya es otro tema.

Links:
http://mpd.wikia.com/wiki/Music_Player_Daemon_Wiki
http://wiki.archlinux.org/index.php/Mpd

Alejandro

miércoles, 19 de mayo de 2010

Utopía

Entendí tu llamada, adiviné al instante qué me querías decir y pensé que sería bueno que nos viéramos personalmente antes de tomar esas medidas tan drásticas como pedir la renuncia de tus subordinados, por faltar una vez a la clase.

Entiendo que tus charlas son de primera. Lo entiendo. Pero decirle a tus empleados que no deben faltar o de lo contrario serán removidos del plantel de personal me parece sencillamente un abuso, una canallada. ¿Dónde te educaste? ¿En qué infernal escuela te graduaste en Recursos Humanos?

Estás avisado. Así no va conmigo, no lo quiero para mi entorno. Sos idiota, sabelo. Te conozco porque alguna vez me comporté así, está bien, ya se lo que me vas a decir, que mejor me calle entonces. ¡Pero qué va! ¡Cambié, te juro que cambié! Y a tiempo, justo antes que cambiara el milenio era ya otra persona. Mi computadora se descalabró entonces porque no estaba "año 2000 ready" y se le hizo una mezcolanza de números de la que ya no pudo salir. Estuvo todo un mes procesando información me acuerdo. Se quedó tildada y no había manera de sacarla de ese bucle infinito. Fue muy gracioso, la tuve que desenchufar. Ese trasto aún lo conservamos. Está intacto, pero tengo miedo de prenderlo a ver si se queda tarado sin saber para donde tomar, encima imaginate que lo conecte a internet.

Pero yo cambié. Digamos me adapté, en cambio vos seguís con la misma idea de hace 20 años. ¿Vas a echar gente? Tené cuidado y andá sabiendo que te las vas a ver conmigo.


García Be

sábado, 15 de mayo de 2010

Onírica

A mi maestro
Carlos Brega
con cariño.

Se escapó corriendo, danto trotecitos histéricos con sus calzas blancas ajustadas. Al cruzar la calle una moto que llegaba a la esquina no pudo esquivarla, ella tampoco, pero se trepó en medio de los dos ocupantes, todo ocurrió muy rápido. La moto intentaba seguir su camino, ella ahora iba entre los dos pero por el mismo impulso y la sorpresa, apenas cruzaron la calle se cayó pesadamente al asfalto.

A su lado llegué gritando y pregunté qué le pasaba si estaba loca o si un demonio se había apoderado de ella.

La gente empezó a acercarse, todos querían levantarla y ella se hacía cada vez más chiquita con mis gritos. Yo cada vez gritaba más fuerte no solo para que me oyera, también quería no se... ¿matarla? De un empujón me sacaron de ahí, y como intentara volver con los gritos, un puñetazo en el medio de mi cara me devolvió a la realidad.

-¡La cara! -gritaba llevándome las manos al rostro- ¡La cara!
-¡Quédese ahí por Dios, no moleste! -supe que alguien me decía.
-¡Ella no tiene nada, sólo está loca! -gritaba intentando ver la escena.
-Basta señor, no moleste, soy médico.

La estaban atendiendo y eso me dejó más tranquilo. Volví al camino, me dispuse a volver por donde había venido, después de todo apenas si la conocía, estuvimos juntos una noche, una siesta y una mediatarde. Tomando mates nos fuimos conociendo y contándonos lo más íntimo, lo más oscuro, hasta que empezamos a hablar de cosas que no se debe y ella explotó igual que mi nariz.


García Be.

martes, 11 de mayo de 2010

El espejo


Espera que su padre se retire de la oficina, hace una hora que están ahí haciendo cola por un trámite que ya lleva dos meses. Ella desconoce absolutamente todo lo relacionado con el trámite, para su pequeña mente todo se reduce a una espera que aburre y su mente divaga, buscando entretenerse con algo, con esto, con aquello.

Mascando chicle el rato se hace más llevadero. El sabor, el dolor en la mandíbula, el fresco de la menta, los globos, el aire y la explosión. Todo esto la tiene contenta. Gracias a ese pequeño detalle puede aguantarse todos los hombres grandes que pasan a su lado, molestan, estorban, no la dejan mirarse en el espejo que hay enfrente donde ella ve su imagen volviéndose difusa, distorsionada por el frío que empaña los espejos.

Babea. La niña se da cuenta y empieza a limpiar su boca con la manga del sueter, se mira otra vez en el espejo y observa que está sucia algo habrá que hacer. Se acerca al espejo, ve su reflejo, se arregla el pelo, juega con sus manos y espera. Mira hacia su padre que sigue en el mismo lugar, avanzó muy poco, casi no avanzó nada. Y ella tan aburrida sola con su chicle y su espejo.

-Papá, ¿falta mucho?
-No, ya nos vamos. Arreglate el pulover.
-Pa estoy aburrida, ¿quién es ese señor?
-Un funcionario hija -dice él, mirando de reojo a la persona que está en frente-. Ya nos vamos, ya me toca.

La oficina recibió la documentación, estaba todo en regla. Ahora él estaba seguro de haber hecho lo correcto, ser padre en estos tiempos es un asunto demasiado grande.


García Be

miércoles, 5 de mayo de 2010

Criminal

Le faltó vocabulario para decirle en la cara lo que pensaba, todo lo que hubiera querido gritarle. Se tuvo que callar. Alguien cruzaba caminando y prefería en ese momento evitar toda situación embarazosa.

Había que ver en qué lío se había metido y esta vez hasta las narices. Su cómplice era un muchacho de apellido español, que había conocido en un bar, mientras miraban un partido de fúbol que, desde luego, tenía para ellos muy escaso interés.

Su manera de hablar, su cadencia, la forma en que pronunciaba las eses, todo ese juego elegante en la voz lo había seducido al principio como si se tratara de alguien especial, alguien en quien podía confiar ciegamente y ahora, tristemente tarde, se daba cuenta del fabuloso engaño del que había sido víctima. Tan sólo podía esperar la cárcel que, por cierto, en esta temporada está recibiendo la mayor cantidad de gente por la miseria y el frío y ahí, a nadie se le niega un plato de comida caliente. Tal vez -pensaba- haya sopa a la noche y a mí que me gusta tanto. Callate idiota -se contestaba- ¿no te das cuenta que con eso no se jode? Andá que va a ser bueno ir a la cárcel, ¡idiota mil veces idiota! ¿Cómo no lo pensaste antes? Cómo no lo pensaste antes -seguía repitiendo en un monólogo infantil cambiando el tono de voz, haciéndose el español al hablar, lo repetía una y otra vez.

Robó un auto, pero para él todo había sido un juego, un divertido juego criminal que terminó con la vida del dueño y por si fuera poco, de la esposa. Había matado dos pájaros de dos tiros, ni siquiera tuvo habilidad para economizar balas o respetar dichos populares. La sangre manchaba ahora sus manos, sus pantalones, su camisa. Estaba sucio y enfermo. Ahora se reía pensando en lo que había vivido. Alguien lo amenazó de muerte y él reaccionó de inmediato disparándole en la sien, ahí donde no se deja lugar a dudas. -Estás muerto -decía, y se regodeaba con el arma, la mostraba a las cámaras de seguridad como si de un juguete se tratara. -¡Aquí está! ¡Miren idiotas! ¡Con esto lo hice, con esto los mate a los dos! ¡Vengan a buscarme! -gritaba enloquecido, fuera de sí.

Ahora miren este cielo qué pálido. Miren el sol escondiéndose y la luna enorme ahí tan redonda como un enorme proyectil precisamente disparado por nosotros y detenido en el tiempo, perforando la atmósfera para siempre.


García Be

miércoles, 28 de abril de 2010

Fútbol

Prometí cerrar la boca al comenzar el partido, pero me dejaron entrar sin pagar de modo que me sentía a mis anchas, solo tenía ganas de gritar y nadie lo iba a impedir sin golpearme.

Encontré un libro tirado ahí, rarísimo me dije, lo metí al bolsillo decidido a darle un vistazo después cuando terminara el encuentro. Jugaban dos equipos vecinos uno de mi barrio, el otro de aquí cerquita. Mis amigos eran todos del equipo contrario, estaban conmigo pero me daban codazos cada vez que su equipo hacía una jugada, para qué decirlo, apenas buena.

Un hombre a mi lado tenía la voz ronca, la garganta seca, y gritaba todo el tiempo con un hilo de rabia que brotaba de vez en cuando para calmar esa sed. Era una tarde fría de invierno todas las cabezas cubiertas por unos gorritos muy simpáticos que regalaban en la entrada. A mi no me tocó, claro entré colado, pero eso no me importaba. Estaba singularmente entretenido con el hombrecito y su gorro, su bufanda y su voz destartalada.

Disparé una bengala que explotó en el aire y sorprendió a todos, era media tarde y por supuesto apenas escucharon el sonido porque las luces se perdieron por completo, nada había para ver. Así que me fui del estadio, simulando, haciendo como que iba acercándome a la cancha fui bajando escalones, lentamente, mirando de vez en cuando a mis camaradas, gritando un poco para despistar. Y así llegué a la salida, con cierta nostalgia miré hacia atrás como buscando reconocer a alguien pero estaba lo suficientemente lejos para ver una cara conocida, y me fui. Me pidieron el gorrito. -No, les dije, a mi no me dieron.

Ahí tuve que pagar la entrada.


García Be

miércoles, 21 de abril de 2010

Un milagro

Reconozco que mentí alevosamente, y considero que tomé ese camino por una razón inequívoca: salvar el pellejo.  Mis compañeros de tareas lo entenderán -pensé-, no lo tomarán como un abandono o una traición pero en el medio del campo, en la trinchera, las decisiones cuestan la vida de seres humanos compañeros, camaradas con quienes hay una relación de afecto de tanto tiempo transitado juntos.

A él lo vi mirando carteles pegados en la pared donde decía que a los dos nos buscan por traición a la patria y no: deberían buscarlo a él solamente pero la plana mayor de la Fuerza es difícil de engañar y hoy pienso:  gracias a Dios.  Me volví sobre mis pasos buscando una salida digna a la situación y en eso estaba cuando apareció un segundo y un tercero de los que habían quedado atrapados por el fuego.

Mi vergüenza fue mayor.  Cada vez me sentía más en falta por lo ocurrido pero solo pensaba en mis hijos, quería volver a verlos, eso me daba cierta tranquilidad de conciencia.  Me aferré a la imagen de la virgen y seguí caminando por el desierto, tan seguro estaba que me cruzaría con un convoy de soldados extranjeros con quienes rendirme de inmediato.  La batalla había terminado, me encontraba desarmado y sólo.  Seguí caminando buscando el horizonte o el norte, que es donde estaba el enemigo.  Mis compañeros hoy, serían una alternativa seguramente peor.

Silencio.

Escucho una tropa que se acerca por derecha y una ráfaga de metralla que busca el blanco móvil que se desplaza por la ruta.  Ese soy yo.


García Be.