lunes, 12 de diciembre de 2011

Log-in

Tommy escribió un comentario áspero, de marcado contenido político, confiando que armaría un buen revuelo y se convertiría en un disparador de mensajes punzantes y polémicos pero a esta hora de la noche no le importaba en absoluto. Terminó su trago -un whisky importado con hielo- y se fue a dormir, sereno como un angelito.

A la mañana siguiente, sin perder un segundo encendió su computadora para ver en qué estaba la conversación.  Sentía nervios y mucha ansiedad por contestar cualquier barbaridad que hubieran dicho sobre ese estilo suyo, tan políticamente incorrecto.  Encendió un cigarrillo y mientras el ordenador se ponía en marcha fue a mojarse la cara y despabilarse un poco.  Su computadora estaba lista, sólo había que hacer login en el menú principal del navegador.

Sin embargo, algo había ocurrido con su usuario y contraseña: no funcionaban.  Tal vez habían hackeado su cuenta de internet y ahora tendría que lidiar con un engorroso tramiterío de recuperación de contraseñas, y métodos para demostrar que aquella cuenta de email era suya.  No podía ver los mensajes, ni siquiera el estado del tiempo.  Pero no, todavía no -pensaba-, me habré equivocado, tal vez las mayúsculas están encendidas, o quizás simplemente me equivoqué porque estoy todavía bastante dormido.  Estas posibilidades eran un bonito consuelo y mantenían la esperanza.  Volvió a intentar.  Sabía que su contraseña estaba bien, pero intentó algunas anteriores, las que usaba antes del curso de seguridad que les habían recomendado hacer a todos en la oficina.  Eran claves mucho más inteligentes, combinaban una serie de números y frases imposibles de descrifrar por un atacante, al menos eso le habían asegurado.

Un pensamiento sobrevoló su mente: el hacker había estado durante toda la noche, publicando contenido bajo su apodo.  Le habían usurpado la identidad, y estaban ensuciando su imagen frente a la comunidad de internet.  A eso lo había llevado esta situación, la de ganarse enemigos, la de publicar aquellos mensajes poco simpáticos contra algunos funcionarios deshonestos que no le hacían ninguna gracia.  Había desoído el consejo de utilizar un usuario anónimo para aquella actividad.  Ahora quién sabe qué estaría diciendo él -en realidad la otra persona haciéndose pasar por él- y a quien estaría insultando o a cuál de sus amigos verdaderos estaría haciendo pasar un mal momento.  Lo cierto era que la angustia empezaba a ganarle la pulseada a la mañana.

A todo esto sonó el teléfono a su derecha.

Era su madre.  Preguntaba si recordaba en qué día había nacido Franco, el hijo del vecino que cumplía años ese mes.  Con el corazón helado, Tommy contestó que no, que no tenía idea, que por favor no lo llamara durante todo el día que tenía un problema con internet y que necesitaba concentrarse para resolverlo.  A su madre, claro, le pareció una exageración.  Cuando tenés un problema con internet llamás al técnico y listo -pensaba- y Franco es un buen profesional, no se qué puede ser tan grave que no pueda hablar con su madre, este hijo mío, tan apático y malhumorado que ya no se qué pensar.

Colgó el teléfono.  Tommy recordaba haber utilizado una combinación de números extraídos de la suma de las cifras de su nacimiento y su número de documento.  Había agregado unas letras para hacerlo todavía más complejo siguiendo la recomendación de los cursos de seguridad: "siempre es bueno agregar caracteres, números sólos no".  Nada.  La nueva configuración del proveedor de internet era estricta.  Si pierde u olvida la contraseña para ingresar a internet, todo lo demás no cuenta.  Es decir, si no podés loguearte para acceder a internet, no tenés correo, ni redes sociales, nada.  Ni siquiera una página de noticias podés ver.  Esto había evolucionado.  Tommy siempre lo había criticado pero a mucha gente le parecía correcto este nuevo esquema, ya que evitaba los anónimos y siempre se sabía quién estaba fisgoneando tus cosas.  Así se había eliminado con bastante eficacia la actividad de los hackers que había antes, que de pronto te usurpaban una página de internet colgando información que a ellos se les ocurriera.

Se sentía abrumado por  la desesperación de no ver lo que estaba ocurriendo en su muro, con sus mensajes, y toda la actividad que había llevado adelante los últimos meses.  Buscó un número telefónico para hablar al técnico, pero desistió.  Era una vergüenza perder la contraseña.  Si te ocurría,  era por algo.  O lo habías perdido o, simplemente, te estaban negando el acceso.  Esa posibilidad era la peor.



Tommy era confiado.  De chico se sentaba en la vereda de su casa y a cada uno que pasaba caminando le decía algo picante y chistoso que a veces podía caer pesado pero él no tenía vergüenza en decirlo.  Se sentía seguro de sí mismo al decir estas cosas, con una total confianza en que las reacciones de los demás serían siempre de su agrado y no le traerían problemas, más allá de alguna mirada con recelo y malhumor que eran las menos.  Su perro se sentaba a su lado, y miraba pasar los caminantes con toda alegría.  Movía la cola festejando los comentarios de Tommy y alardeaba de tener un amo caradura y sincero.

Cuando vino el técnico a reparar su computadora, Tommy no estaba en casa.  Había dejado precisas instrucciones sobre cómo tenía que proceder el muchacho.  En síntesis, tendrían que ofrecerle tomar asiento y llamarlo a él donde se encontrara sin demora.  Hasta que no llegara no podía acercarse siquiera a la computadora.

Así lo hizo el técnico, un tanto contrariado por esa situación, del todo estúpida la verdad, si total él podía adelantarse y desarmar al menos el gabinete y mirar dentro si faltaba alguna pieza o había sido violado el interior de la máquina, esto, que suele ser obviado por muchos técnicos puede ser también la causa de la catástrofe.  El muchacho se hacía estas preguntas, fastidiado por el calor y el tedio de la habitación de Tommy que tenía una decoración austera y ninguna ventana a la calle.  Había allí un encendedor cerca del cenicero y al chico le tentaba prender un cigarrillo.  Toda la habitación olía a tabaco. Es que Tommy fumaba mientras usaba la computadora, práctica por lo demás muy poco recomendable.

Al llegar a casa, corrió a su habitación a ver si habían hecho caso de sus instrucciones.  Lo encontró todo como esperaba.  El muchacho con cierto fastidio, lo miró de arriba a abajo insultante, pero lo saludó respetuosamente como a todo cliente.  Abrió su caja de herramientas y empezó su trabajo.  Empezó por donde él creía razonable hacerlo: desarmando el gabinete.  Tommy al principio no entendía, si nadie entraba en esa habitación, y la noche que se produjo la "invasión", él estaba seguro que nadie había entrado por ahí.

-Pero bueno, si a vos te parece hacelo -le dijo, machacando en el cenicero su último cigarrillo.





Su muerte fue lo menos esperado por todos en la casa.  Encontrarlo tirado en el piso, con un revólver empuñado y descargado de la única bala mortal fue sorprendente para quienes lo conocían en el barrio y en la casa.  Sin embargo el técnico era la única persona que había estado en contacto con él los últimos días y debería tener una respuesta.

Lo llamaron a declarar.  En su coartada decía que él solo vino a arreglar una computadora y que la noche anterior había estado con Carolina la hermana de Franco, el hijo del vecino, tomando un helado en la plaza de la esquina, que de ninguna manera había estado cerca de la casa de Tommy y que además, todo hacía presumir que se trataba de un suicidio y que por qué lo llamaban a él, que nada tenía que ver.

El policía desconfiaba de su expresión fría y calculadora.  Había cierta violencia en su mirada y en su manera de hablar.  Digamos que agarraba las palabras y las tiraba hacia el interlocutor con cierta indolencia, cierta desaprensión definitiva y total que era típica de los expertos en computadoras -pensaba el policía- que siempre están buscando información en internet como si ya nada pudiera buscarse en los libros, o preguntarle a los ancianos, o simplemente explorar la naturaleza.

-Hágalo -dijo de pronto- pregúntele a Carolina, investíguela también a ella y verá que no miento. -dijo.
-Sin duda que lo haremos muchacho, -contestó el oficial- sin duda que lo haremos.

Tommy fue enterrado en un funeral sencillo, con un sólo familiar presente en aquel lugar, alguien que vivía en un pueblo cercano, y que recordaba al primo como una persona conflictiva que había vivido los últimos años solo, encerrado en su habitación, siempre conectado a internet, escribiendo cartas (mails en realidad) de marcado contenido político, y ensuciando cuanto pudiera la reputación de los funcionarios corruptos -o que él aseguraba que eran corruptos-, y sin que nadie pudiera probarlo nunca.

martes, 15 de noviembre de 2011

Mi trabajo

La línea de producción está colapsada.  Hay mucho inventario por revisar, mucho catálogo por chequear, y nadie quiere hacer nada.  Es un bajón trabajar aquí, todos los compañeros tienen una cara que mejor ni te cuento.  Están haciendo campaña para desbancar al gerente porque -ya lo saben- se lo pasa en su oficina mirando páginas de internet y no toma decisiones, no arma reuniones, no hace una mierda.  Lo miro absorto cada vez que me llama a su escritorio, por alguna pregunta que termina en nada,  él distraído, yo pidiéndole un cafe a la secretaria que me hace un guiño cómplice y me lo trae con scons que ella misma prepara.

Me recuesto -prácticamente- en el sillón de la oficina del jefe, mirando a mi alrededor el decorado, las ventanas, ese sujeto ahí enceguecido por la pantalla del monitor, yendo de aquí para allá en páginas absurdas, y todo el tiempo ignorándome por completo.  Aprovecho la comodidad de su oficina, el calor de este lunes lunático y la somnolencia que me invade mientras espero el café y los scons.  Quisiera ocupar su puesto para  acelerar la producción, poner orden, y dar de baja internet.  Pero no.  Prefiero mi box de trabajo, ahí estoy seguro.  Este hombre está perdiendo la razón, y yo le cedo el lugar con todo gusto.  Mi tarea aquí se reduce a soportar sus caprichos de vez en cuando y, si la secretaria me lo sugiere, la paso a buscar y nos escapamos a un hotel alojamiento cercano por algunas horas a beber whisky.

Ella es hermosa.  Tiene los labios más bellos que he visto jamás.  Sus palabras no tropiezan ahí nunca.  Buscan la salida con decoro, piden permiso, atacan el silencio con cierta ternura dulce y crocante.  Yo me siento un oso bruto y espantado cuando la veo sonreir.  Eso es lo que me gusta de este empleo.

Así las cosas, nos hemos acostumbrado a trabajar a media máquina, como quien pone freno en la tarea para no tener tanto éxito en la vida y en los negocios, que marchan viento en popa todo el año.  Ni tiempo para las vacaciones nos deja el éxito, la verdad.



García Be

jueves, 13 de octubre de 2011

Parque de diversiones

El presidente del club inauguró un parque de diversiones para mil personas en la manzana lindera y fue una fiesta para los vecinos.  Se agolparon en la entrada desesperados por ingresar y a mí, que ni me gustan los juegos, me regalaron accesos libres para ir con mis amigos.  Fuimos todos juntos a festejar la flamante inauguración de esta ampliación del querido club de barrio.

-En fútbol andamos regular -dijo el presidente en su discurso, y la gente lo abucheó por un momento, pero redobló su promesa de levantar en lo futbolístico para el próximo año, y uno de los objetivos de la reciente apertura del parque de diversiones es juntar fondos para repatriar algunos valores que están jugando en el fútbol trasandino con importante éxito.  Del semillero del club han salido algunas figuras notables que hoy son noticia en todo el mundo.  Uno de ellos asesinó al referee que le cobró mal un penal, pero eso es otra historia, y desde luego no es la más alegre de recordar.

El presidente da que hablar.  Su paso lento hace pensar en un recambio generacional.  Los dirigentes lo ven alicaído y cansado.  Él argumenta que sólo su cuerpo responde con dificultad, pero la mente está al cien por ciento activa y está decidido a llevar al club al viejo sitial de líder que tuviera en los años setenta.  Quienes le ayudan son buena gente muchos de ellos amigos personales.  Realmente están dispuestos a colaborar cada vez que surge alguna iniciativa dentro de la asamblea y trabajan juntos, codo a codo.

Hay cierto malestar por la contaminación sonora que va a ocasionar el parque de diversiones.    ¡Pero el empleo...!  Ha dado empleo a mucha gente del barrio y eso fortalece los vínculos.

viernes, 23 de septiembre de 2011

El palo correcto

Ya era tiempo de dejar de preguntarse por las cosas.    Eso no conducía a nada y era sólo otra mierda.    Stephen King, «La Larga Marcha»

El caddie me avisa que la pelota cayó al agua en el último golpe.  Yo lo miro incrédulo pero el público parece darle la razón porque murmura algo que no alcanzo a escuchar, desde aquí donde estoy, con el viento en mi cabeza y el ruido en los árboles.  Me inclino a recoger el tee, lo miro a los ojos y le devuelvo el palo.  Usé un hierro 3 para salir en este hoyo.  La gente avanza.  Nosotros, demorados, estudiamos la situación y anotamos las condiciones del tiempo para la salida de mañana.  El premio consiste en un viaje, me anoté de inmediato sin importar lo mucho que hacía que no practicaba.

Mi turno se demora por los jugadores que nos anteceden, situación que invariablemente me pone nervioso.  El canto de los pájaros ahora, se vuelve molesto.  Quiero silencio, silencio absoluto.  Es mi turno, ahora sí puedo ejecutar el golpe.  Me inclino a clavar el tee nuevamente, buscando dejar en evidencia la posición de la pelota.  La limpio, y vuelvo a ubicar en su lugar.  Observo la distancia, son más de 200 yardas y aquí la cosa se complica.  El palo elegido es el que me heredara mi abuelo.  Un palo con una trayectoria adorable.  Con él ganó un premio en un legendario club de Escocia.  Pienso en él, en sus pasos en aquella cancha increíble, y pienso en el premio.  Mis manos sudan, es un golpe importante.  Tengo dos bunkers a la izquierda  y agua a la derecha del green.  Busco el centro del fairway y busco concentración.  Dejo de pensar y suelto toda la energía que se desplaza desde mis puños hasta el extremo del palo, buscando el eje de la pelota.  Siento la violencia del impacto.  Miro hacia el green, busco en el aire la pelota.  Su trayectoria es impecable.  Va hacia donde quería, describiendo en el aire una parábola perfecta.

viernes, 9 de septiembre de 2011

Un sistema operativo singular

Hace unos años, aproximadamente 5, no recuerdo exactamente, tuve la oportunidad de instalar un Linux From Scratch, (Linux Desde Cero) que es un sistema operativo basado en Linux que se arma siguiendo precisas instrucciones de un libro que se publica on-line.

Lo novedoso es que nada se instala de manera compilada, o siquiera con un administrador de paquetes sino que cada paquete que va a construir el Sistema Operativo hay que descargarlo, compilarlo y enlazarlo.  En primer lugar, se construye un sistema anfitrión el cual se utiliza para ir desarrollando el sistema definitivo.  Cuando digo desarrollando, me refiero a descargar, compilar, poner en funcionamiento.   Una vez que se ha terminado de armar el sistema definitivo, se borra el sistema anfitrión y ya se pueden seguir instalando nuevos programas desde el sistema recién iniciado.

La experiencia fue increíble.  Alguna vez había imaginado o soñado llegar a entender como funcionaban en sus aspectos internos y más sofisticados, aquellas computadoras que caían a mis manos y que solo podía conocer por encima, en el aspecto del usuario solamente.  En este caso estaba llegando a lo profundo de la máquina y estaba cerca de entender cómo funcionaba.

Desde luego, no soy experto en programación en C o similares, lenguajes en que está desarrollado casi todo Linux, pero aún así la experiencia fue completamente apasionante.

El objetivo de este post, además de recordarlo, es agradecer a mis padres que me dieron lo más valioso que puede tener una persona: el tiempo necesario para hacerlo.  Sin su apoyo y confianza hubiera sido completamente imposible.  ¡Gracias a ellos!



Alejandro

martes, 6 de septiembre de 2011

Silencio

El muchacho a mi derecha permaneció de pie todo el tiempo que duró la operación, hasta que el cirujano terminó de dar la última puntada.  Sin embargo, su impaciencia era cada vez más notoria, ya no disimulaba una gota.

Yo aguardaba en silencio observando fijamente el indicador de las pulsaciones, que no fuera a dejar de marcar «normal».  

Me escapé más tarde con la enfermera en jefe.


García Be

miércoles, 24 de agosto de 2011

Rufino lanzado (XVIII)

Una película de ciencia ficción -se dice Rufino-, buscando imágenes familiares pero eso que ve lo deja enmudecido, parece descubrir un mundo nuevo a cada minuto, una realidad totalmente diferente.  Ve pantallas de computadora reales o virtuales donde los actores mueven hilos, corren cortinas, abren puertas, cierran ventanas, y toda clase de operaciones de la vida diaria que jamás ha visto a su alrededor.

Pero en el cine todo es posible, él lo sabe y aún así está maravillado y quiere salir cuanto antes a contar esta novedad, a compartirla con alguien a ver si también lo conmueve de pronto.  Si: de pronto se corta la película, se enciende la luz y los pocos espectadores comienzan a hacer ruido, a quejarse.  Se asoma un acomodador y dice que ya vuelve, que ha habido un pequeño corte de luz y que el generador no alcanza para proyectar el filme pero que en unos minutos todo vuelve a la normalidad.   Rufino abre su paquete de pochoclos y se entretiene mirando alrededor, las paredes, el techo, la cabezas adelante, las chicas a su lado pero lejos.

Y como había dicho el hombre de linterna en mano, todo vuelve a la normalidad.  Los actores siguen tecleando contraseñas increíbles, moviendo dinero entre cuentas propias y ajenas,  y Rufino sigue maravillado frente a este espectáculo.  Se sienta de pronto una chica a su lado, y lo saluda amablemente.  Habiendo tantas butacas por ahí, justo viene  a sentarse a mi lado -piensa sorprendido-.   La chica lo mira de reojo y le ofrece unas pastillas diminutas.  Rufino sospecha que algo debe estar mal.  Esas pastillas desde luego no son recetadas, ni de menta compradas en un kiosco.  La chica huele mal.  Literalmente.  Se levanta Rufino, le pide permiso para pasar y se va del cine.  Mira hacia atrás y la chica por suerte no lo sigue.  Esto es un alivio.  Lo que menos quiere es meterse en problemas y de los graves, con drogas.

Ya en la calle, siente la llovizna refrescar su rostro y respira aliviado.  Por suerte la pesadilla terminó.

jueves, 4 de agosto de 2011

Espacio

La secretaria me invita a pasar gentilmente y yo acepto.  Tengo reunión con un compañero de secundaria y tenemos mucho de qué hablar, pues hemos estado distanciados mucho tiempo pero aun así, espero confiado que el reencuentro sea agradable.

La oficina tiene ese perfume a limón característico que invade la razón y abruma el sentido del olfato.  A los pocos minutos comienzo a sentirme agobiado, fastidiado y ya quiero abandonar la espera porque todo se vuelve misterioso, ya no se qué hago aquí.  Pero reservo una cuota de alegría y entusiasmo que se sobrepone a las ganas de escapar o explotar a los gritos en un intento de resolver mis problemas de manera primitiva y brutal.

Me llena la garganta el nombre desconocido de una planta carnívora que decora la sala y digo:  -¡PLANTA!



García Be

miércoles, 20 de julio de 2011

Rufino lanzado (XVII)

Rufino escuchaba de la habitación contigua algunas voces y carcajadas, subidas de tono.  También la música fuerte y las voces lo llevaban de paseo por la ciudad alimentando su imaginación con toda clase de imágenes y sabores que todavía le eran desconocidos.  Seguía firme en su determinación de aprender computación en la gran ciudad pero llegó y se fue desayunando de un montón de cosas que ni siquiera hubiera sospechado en el más remoto de sus sueños.  De eso estaban hechos sus días.  Todos.

Aprendizaje, recorridas por las calles del centro, los ojos dilatados  y entusiasmados siempre.  Había que ver su desconcierto a cada paso.  Todo llamaba su atención, se dispersaba en cada paso que daba... Siempre había algo más interesante para ver o para hacer.  ¿Leer diarios como antes lo hacían sus padres, sentados en casa tomando unos mates?  No.  Imposible.  Ahora todo corría a la velocidad de la luz, las noticias, los chismes, las eufóricas jugadas de cualquier deporte eran analizadas y pasadas al olvido en un santiamén.  El mundo había cambiado y su mundo, dentro del otro más grande todavía había cambiando más.

Quería ver una película en el cine.  Se detuvo a ver la cartelera y había entre todas las ofertas una que llamó su atención particularmente.  Ciencia ficción -decía el afiche-, y él sin entender demasiado lo que significaba se sumergió en el cine de pronto.  La oscuridad lo envolvió nuevamente, como cuando en su pueblo salía a alimentar los perros en la noche cerrada y se oía tal vez un aullido o un lechuzo en la noche tenebrosa.

viernes, 24 de junio de 2011

Es lo que hay

El muchacho a mi izquierda agita su pie en señal de impaciencia.  Me mira de reojo, puedo notar su inquietud, su rechazo.  Es mejor que espere, que siga esperando -pienso- otro buen rato, a él y a mí nos vendría bien otra cosa, pero no hay.   Carraspea la garganta seca por el frío, se muerde las uñas con sus otras uñas y sonríe mintiendo a todos ahí que se creen la mentira de que le queda tiempo.

Ahí aparece el titular de esta Asociación.  Me mira directo a los ojos y me saluda.  El muchacho se levanta y se dirige rápidamente ejerciendo su derecho y me deja sólo, ahora si entiendo la rapidez de su mirada y su enojo.  Tiene suerte, lo van a atender primero -me digo- y sigo hojeando la revista que había sobre la mesita.  Ahora soy yo quien mira de reojo, a mi derecha, a mi izquierda, buscando también que los minutos pasen más rápido.  Tal vez, ya quiero irme.

Resignación viejo, el ambiente del fútbol es así.  Es lo que hay.


García Be

martes, 31 de mayo de 2011

Sudor y frío

Sólo necesitaba comprar un cigarrillo en el kiosco de la esquina, y así hizo.  Aspiró hasta llenarse los pulmones como si fuera la última pitada del condenado, mirando el cielo diáfano y el entorno otoñal, que lo desafiaba a seguir caminando hasta encontrarse con alguien.  El día se prestaba para la conversación, para la charla animada con quien sea, de cualquier cosa, hasta de bueyes perdidos, que por esta zona no había siquiera uno para conocerlos siquiera.

Sin embargo, esta vez no tuvo suerte.  Siguió caminando alrededor de la cuadra, se terminó su cigarrillo, y se encontró con un perro que daba vueltas extrañamente sobre sí mismo, como atontado y perdido, sin saber qué hacer.  Otro perro, más grande, se dispuso a atacar.  Aquel gritaba dando aullidos desesperado arrinconado en el piso por el otro que abría  las fauces más grandes demostrando que no estaba para bromas, que la cosa iba en serio, que acá era el final de todo.  Una vecina salió de su casa a los gritos, buscando separarlos les tiró un balde con agua.  Los perros al momento salieron disparando hacia la calle, que a esta hora estaba transitada y al ver que se les hacía imposible cruzar, pegaron media vuelta y se hundieron en la calle hacia el interior del barrio.  La avenida no es para nosotros, se dijeron ambos y se echaron a correr como si nada pasara, como viejos amigos.

Él increpó a la vieja, -total, lo que buscaba era conversar- de que cómo dejan sueltos a los perros, son capaces de provocar accidentes, y ahora andan enloquecidos, mojados y encima son perros feroces, ya lo vimos.  ¡Nada! ¡Qué me importa a mí! -dijo la vieja y se metió en su casa.

Avanzó unos metros hacia el norte.  Estaba seguro que era hacia allá.  Un almacén cerraba en ese momento, sus empleados bajaban las cortinas ansiosos queriendo irse, a esta hora quién puede estar trabajando.  Se veía en sus rostros sudor y frío.

Sudor y frío de aquel que trabaja.


García Be

martes, 10 de mayo de 2011

Bajo el cuadro

Llegaron después de mi, pero lograron entrar primero a la cita.  Guardé silencio todo el tiempo hasta que llegó mi turno, lógicamente, no era mi intención perturbar la reunión.

Hablaron por más de dos horas, agitadamente, sobre políticos y candidaturas, bajo una lámina de Monet que languidecía sobre la pared color pastel.  Mi número era el siete.  Todo un número.  Sin embargo, pensé, debería haberme tocado "último" que era el más adecuado.

Hicieron silencio.  Agradecí mentalmente,  su voz chillona era insoportable.  Un tumulto de gente hacía menos ruido.  La impresora matriz de puntos en la sala contigua comenzó su trabajo, ruidoso y circular, que me transportaba a otros tiempos de ilusiones y  rechazos, de franquezas y rupturas.

Escuchaba en silencio, inmutable y sereno frente al cuadro de Monet.


García Be

viernes, 29 de abril de 2011

En el camino

El chofer del camión se estremece después de atravesar la bajada del río, pensando hubiera sido malo quedarse atascado en el agua, como le ocurrió aquella vez que lo rescataron varios cientos de metros aguas abajo milagrosamente.  Ahora mira la estampita de la Virgen, se persigna agradecido y sigue su camino recordando amablemente a su jefe, que le había dicho, ¡vamos, al camión, con todo y melones, que en el camino se acomoda la carga!  Más adelante, un cartel declara la proximidad de su destino: 100 kilómetros de puro asfalto sinuoso y en subida.  Sólo 100 kilómetros y volverá a ver a su familia.

Su hijo menor está dando las primeras batallas en la ruta.  Ya se anima a manejar, con él al lado, pero algún día será su reemplazo natural.  Va a heredarle todo su prestigio al mando del vehículo, quiere enseñarle todos los trucos y mostrarle todos los atajos, las ventajas y desventajas de este trabajo sucio a veces, y grato algunas otras, las menos.

En todo es respetuoso de la ruta, de las indicaciones del camino, de la autoridad.  Tiene que atravesar un badén, y él frena para cuidar el camión.  Tanto peso, si agarrás un pozo a más de 50 kilómetros por hora, hacés un desastre, lo amonesta.  Entoces sigue su camino.  Por suerte no viene el tren.  Más adelante, un pozo.  Lo esquiva velozmente, y más allá una subida leve con algunas curvas que siempre son un peligro, piensa.  Recuerda aquella vez que una tropilla apareció de repente y tuvo que frenar con todo su cuerpo y los que iban con él terminaron heridos en la cabeza del frentazo que se dieron contra el parabrisas.

En la última curva siente pena.  Los años están pasando tan rápido que a veces no tiene tiempo para pasarlo en familia, jugar con sus hijos, arreglar el jardín de casa y limpiar su territorio en el taller de reparaciones que tiene montado en el patio trasero.  Todas las mañanas sale sin perder un solo minuto y vuelve cansado a la noche, salvo algunos días cuando le toca viajar a otras ciudades y quedarse y hacer noche por ahí, en lugares de mala muerte, porque ahí la bronca es mayor.


García Be

sábado, 8 de enero de 2011

Rufino lanzado (XVI)

Serenamente recostado en su habitación Rufino estudia un manual de instrucciones del último aparatito que compró.  Un GPS.  ¡Para qué habría de necesitar semejante artefacto este muchacho!  Lo vio en vidriera y sin pensarlo sacó su billetera y entregó el dinero necesario.  Se fue a su habitación como un niño chico con juguete distinto.  Distinto y nuevo.  Cero kilómetro.  Eso le falta, un cero kilómetro, o un usado o algo en qué moverse y con qué perderse.  Camina la ciudad y su nuevo orientador le resulta prácticamente inútil.  Conoce todas las bocacalles, todos los atajos, todas las veredas y los nombres de las calles ya le resultan familiar.
Sin embargo, en la soledad de su cuarto estudia el manual que le promete divertidas aventuras y encuentros inesperados, tal como el lo soñó alguna vez.
Observa por la ventana de su habitación intentando divisar algún satélite de los que se vale su GPS pero le resulta difícil.  En su pueblo el cielo solía ser diáfano y luminoso.  Aquí, hay siempre bruma.  Y cuando no, humo.  Las estrellas no se mueven.
Entonces, vuelve a mirar por la ventana y descubre una voraz nube blanca que empieza a cubrirlo todo, como quemando el cielo viene a devorarlo.  Tiene forma de pacman y en su andar va destruyendo estrellas y oscuridad.  El color negro va dando paso a las luces como de flash de una tormenta inusitada y oscura que borra del mapa toda huella del abismo.
Golpean su puerta y Rufino no responde.  Quiere seguir así, sin que lo molesten, estudiando su manual y presionando botoncitos en el adminículo.  Lo prende y apaga cada vez que se siente perdido, en una pantalla distinta y sin opciones.  Se va quedando sin baterías de tanto gastarlo con los dedos y vuelve a enchufarlo.  Vuelven a golpear la puerta.  Esta vez, se levanta pesadamente y camina hasta la puerta.  Pega el oído a ver si descubre voces.  Si son más de uno, no abro -piensa-.  Silencio.
-¿Quién es? -pregunta.
-Soy yo Rufino, tu madre, abrime. -contestan del otro lado y es por lejos la respuesta menos esperada, aquella que nunca soñó.
-Mamá ¿qué hacés por acá? -pregunta él, abriendo apuradamente la puerta.
-Hijo.  ¡Dónde te has metido!  ¿Qué es este cuchitril, me querés decir? -pregunta la mujer y lo abraza llorando.
-Hola má.  Aquí estoy, mirá pasá, no está tan mal. -la invita a pasar y cierra la puerta detrás suyo.
-Tu padre está allá afuera, bajemos que queremos hablar con vos, pero no acá.  Queremos que vuelvas con nosotros.
-No mamá, aquí estoy bien, tengo todo lo que necesito, estoy buscando trabajo y mirá, ya me compré un GPS.  -dice Rufino.
-Ay, querido, cuánto te extrañamos y cuánta falta nos hacés a tu padre y a mi.
-Si, me imagino.
Rufino entiende que esta vez le va a ser difícil librarse de ellos, han venido dispuestos a llevarlo de vuelta y no sabe cómo hacer para convencerlos.  Quiere saltar por la ventana pero un primer piso no es garantía de nada.