martes, 30 de marzo de 2010

Perfil bajo


Encontré este lugarcito para sentarme al resguardo del sol de verano y me resultó muy agradable. El paisaje tranquilo, lejos del ruido ensordecedor de la ciudad y de las calles del centro donde miles de autos se agolpan sin esperanza en cada esquina esperando el verde.

Es un momento de serena paz, de tranquilidad en medio de la derrota, o mejor en medio de la lucha porque dicen que no hay que darse por vencido ni aún vencido. Aquí, el rumor de las acequias, el lento movimiento del follaje me predisponen a meditar con cuidado los próximos movimientos, tengo que pensar muy bien cada paso. Las elecciones se acercan y soy candidato esta vez sí, en un puesto de relevancia dentro del gobierno. Es un gobierno joven y ahí voy a estar yo seguramente, cargadas las pilas, dispuesto a ayudar, a contribuir en lo posible a solucionar uno que otro problema en mi área. Estoy trabajando en Recursos Humanos. Es un área indispensable, eso se sabe.

El domingo está cerca. Es inevitable, las cartas están jugadas. Aquí todo es serenidad. El lunes vendrá complejo seguramente, ya será otra historia. Un día emocionante, vertiginoso, aterrador. ¿Tendré guardaespaldas, chofer o custodio? ¿Tendré secretaria o asistente? Allí estaremos frente a frente, reconoceré la victoria de mi oponente, o festejaré el triunfo a mis anchas. Vendré cruzando la avenida en los hombros de algún camarada o saldré en los diarios justificando lo ocurrido. Ya veremos. Todo sea por estar un pasito más a su lado.



García Be.

jueves, 25 de marzo de 2010

Ciega

Comencé a mirar a mi derecha y de pronto un camión dobló la esquina en dirección a mi, permanecí inmutable y sereno esperando que viniera a buscarme porque estoy en plan de mudanza otra vez. Quien haya pasado por esto sabe de lo que hablo. Por suerte -podría decir-, el camión siguió de largo y estacionó más adelante en otra casa.

El sol comenzó a hacerme notar la llegada del verano. Busqué una sombra, un reparo donde protegerme y esperar más a gusto. Esperé que llegara de un momento a otro, miré mi reloj, miré el árbol cargado de hojas moradas, miré el cielo resplandeciente, busqué una explicación.

Me gustaría que la mudanza sea de a dos, pero no lo es. El sol quema mi frente y también me achicharra saber que aquí el que se va soy yo y nadie más. Con todos mis útiles, mis monos -dirías vos-, mis valijas, mis esperanzas y mis frustraciones a cuestas. ¡Qué penoso es partir! Qué gris se ve este día soleado, lleno de angustia y desolación. La muerte será esto, despedirse un día de los tuyos, decir adiós sin remedio y sin destino.

Y el sol sigue ahí, uno sabe que se mueve pero resulta implacable su movimiento lento y parsimonioso. Desespera mi paciencia, me ataca una furia de verlo ahí asolándonos a todos..., dicen que nos da su energía pero yo no me lo creo. Sólo está ahí para decirnos dónde están las cosas a nuestro alrededor y nada más. Y por largos períodos deja de hacerlo sin explicación alguna. Y encima nos ciega si queremos apreciarlo. Me llena de angustia y temor en esta espera. Veo la foto en el diario, veo el aviso: "Se alquila camión para mudanza" y es ridículo ¿cómo me atreví a llamarlo? Tendría que haber agotado las instancias para evitar esta dolorosa situación.

Y apareció él. Abrió la puerta de la casa y con los brazos abiertos me rodeó con un abrazo interminable que decía -"negro, quedate tranquilo, todo se va a solucionar".

Desde entonces he vuelto a creer en la gente.


García Be

sábado, 20 de marzo de 2010

Camionero

Me refresco la cara con un buen vaso de agua fria y sigo manejando en la penumbra de una noche cerrada. Pienso regresar pero su declaración encendida diciéndome que ya no me quiere más me detiene en esa idea. Sigamos -me digo- y acelero el camión cargado de frutas en dirección al puerto.

Ella va en el parabrisas. Un vehículo viene de frente y a veces lo veo, aunque normalmente veo su rostro. Me preocupa que esta imagen sea tan persistente. Enciendo el limpiaparabrisas y nada. Sigue ahí apenas lo apago.

Veo las luces, veo el camión de frente y sigo de largo por suerte logro pasar entre uno que viene y otro estacionado muy cerca de la banquina. Me estremezco de pensar qué pasaría si...

Sigo. Acelero y vuelvo a temblar. Ahora son dos pares de luces que avanzan hacia mí. Un auto quiere adelantarse a un camión, y se acercan de frente alucinados por la velocidad y mi espejo retrovisor me muestra ese pasado junto a ella como una película de cine y no puedo dejar de mirar. Alcanza a pasar con lo justo y me detengo del susto. Me tiro a un costado de la ruta, enciendo la luz de giro y estaciono.

Llueve. Y llueve torrencialmente. Son dos experiencias aterradoras en menos de una hora. La noche cerrada me devuelve un insomnio perdurable que atormenta mi trabajo. Sigo pensando y puedo ver las luces a lo lejos, las luces de mi destino. Hacia allá me dirijo -pienso- y estoy tan amarrado a su recuerdo que me cuesta volver al camión. Prefiero sentarme en una piedra a esperar que vuelva la calma.

De un salto me incorporo de pronto por el ladrido de un perro que suena tan cercano que me despierta yo creo para siempre. Y ahí estaba ese hombre a caballo, hablando un lenguaje que apenas entiendo, parecido al mío, pronunciando palabras como aparcero y otras que no recuerdo. Me invita a subir al caballo, que lo acompañe, que su rancho está ahicito nomás, que me invita a tomar un trago bajo el alero para ganarle la pulseada al frio, y yo se muy bien a qué tengo que ganarle una pulseada. Le digo sí, ahí voy.

El camión estacionado con las luces encendidas, el agua que no para de caer, ese puesto lejano en el campo casi perdido en la inmensidad de la llanura y tanta fruta con un destino implacable.


García Be

lunes, 15 de marzo de 2010

Fortuito


Desde ese día tomamos caminos diferentes. No he vuelto a verla aunque parecía posible hacerlo en algún momento, pronto. Tengo un bonito recuerdo de lo que vivimos, me fascina recordarla, lo hago a menudo.

Tomamos caminos separados nos distanciamos definitivamente. Hay cosas que nos separan, que son inexorables, urgentes, determinantes... Aún así, su media vuelta es algo que quedó registrado de manera imborrable en mi mente. De alguna manera quiero volver a verla para recordar lo que vivimos, volver a hacer presente aquel fuego del encuentro, imitar la naturaleza que transita por el mismo camino una y otra vez y de todos modos se pierde.

Ya vendrán tiempos mejores.


García Be

miércoles, 10 de marzo de 2010

Hombre de circo

Fue un momento incómodo descubrir al dueño del circo en un renuncio y todos los empleados y acróbatas quisieron despedirlo inmediatamente y tenían el poder para hacerlo por contrato, desde cuando se formó el circo. Está en el estatuto que si el dueño cae en desgracia o es encontrado in fraganti en un renuncio, puede ser despedido por el plantel de empleados y acróbatas.

Lo estuvieron pensando en asamblea, y decidieron hacerlo finalmente. Fue unánime. A mi me tocó la tarea de enviar gacetillas de prensa, comunicados a medios gráficos... "El dueño del circo atrapado en un renuncio" publiqué.

Después de las 12 de la noche, el próximo sábado será expulsado del circo utilizando el cañón del hombre bala.


García Be

martes, 9 de marzo de 2010

A la mujer

A la mujer le regaló una bicicleta gris y destartalada que hacía juego con un sobretodo del mismo color -decía-, y tenía un canasto negro como los zapatos.

Había que arreglarla, había que llevarla al taller de reparación antes que nada, era imposible usarla en ese estado. Ella dudó al principio pero lo recibió bien, como todo regalo, con entusiasmo y alegría. Se fueron a pasear por el parque, a sufrir los insectos del verano y a espantar curiosos que rumiaban alguna maldición al ver una pareja tan feliz y divertida como ellos.

La vuelta se hizo larga y terminaron en el pueblo vecino siendo testigos de un crimen callejero naturalmente inoportuno y horrendo.

Ella, con su humor, transforma los días tenebrosos, por trillado que suene esto, en días de sol maravillosos y ahora también, hasta los disparos endiablados.


García Be

jueves, 4 de marzo de 2010

Desde arriba



Frenó en la esquina, ¡yo lo vi!, y después arrancó con fuerza el árbol plantado cerca del puente. No se puede manejar así en la ciudad, es insensato.

Ya era de noche, las luces del barrio encandilan a esa hora, más que alumbrar el paso a los transeuntes. Ese árbol lo detuvo, esa planta frenó su inconciencia, su locura. Pobrecito el árbol, pobrecito ese muchacho, y también ¡cómo quedó el auto! Me estremece pensar en todos ellos, e incluso el vecino que, como en un film de Hitchcock, vio una luz crecer, hacerse enorme, venir hacia él y no poder hacer nada. Sentir el estruendo, el drama, la agonía, el dolor.

Con mi camarita lo retraté segundos antes. Soy un capo.


García Be