viernes, 17 de mayo de 2013

Todo terreno


Sencillez. Así debe ser.  Es lo más importante de la vida, y de las computadoras.  Pensaba en eso Julio cuando golpearon la puerta más ansiosamente que de costumbre.  -¡Sí, ya va! -gritó.

Era su vecino, un viejo jugador de ajedrez que había perdido su gato, la última vez que lo vio, se escabulló por el techo, decía nervioso y suponía que podía estar en su patio, atraído por la carne a las brasas que sabe cocinar él.  Pero no, aseguraba Julio, aquí no está.

-Estuve revisando el patio porque te escuché gritar y no está.  Te lo juro, si querés podés entrar y dar un vistazo pero no pierdas tiempo, mejor buscalo en otro lado.  Acá no está.

El vecino dio media vuelta sobre sus pasos, cerrando la puerta de un golpe.  Estaba seguro que el gato sí estaba allí y que su vecino lo estaba ocultando sólamente para hacerle la vida más insoportable.  Pobrecito su gato, era el último amigo que le quedaba desde la muerte de su madre.  Se había convertido en su amigo inseparable.  Continuamente conversaba con él, le contaba sus secretos, le abría su corazón ya que desde hacía un tiempo estaba solo, completamente.  Su madre había fallecido en un accidente terrible de tránsito.  Volcaron a muy alta velocidad con sus compañeras docentes y habían juntado su cuerpo desperdigado ante el violento impacto contra un árbol añoso y firme.  La noticia y la visión del cuerpo sin vida de su madre le hicieron olvidar para siempre su vida.  Su gato se convirtió en lo único que lo traía de vuelta a la tierra, cada vez que tenía que alimentarlo o darle agua, o llevarlo al veterinario, todas tareas que ejecutaba con rigor científico no sea que se enfermara o hiciera algo que fuera indebido para el animal.

Julio a menudo lo veía hablar sólo y le preocupaba esa costumbre arraigada en el vecino.  En eso nos convertimos gracias a vos, soledad.  Te conozco.  Sos la ruina de las personas, maldita, pensaba.  Su vecino movía las manos, gesticulaba, conversaba con seres imaginarios, todo ante la mirada incrédula de Julio que no sabía qué hacer ni decir, pero se consolaba pensando que al menos no alteraba la paz del barrio, era su locura tranquila la que lo tenía así en esa condición, que mejor saldría él también a buscar el gato para darle un poco de alivio a ese pobre hombre, ya mayor de cuarenta, que erraba por la vida sin rumbo y en soledad, como un hermético objeto volador en el espacio.

Volvió a sus pensamientos.  Sencillez.  Así deben ser las cosas en el terreno informático.  Por qué complicarse la vida inútilmente si al final todo terminaría ocurriendo de igual modo.  Las inspecciones eran habituales, cada vez más frecuentes,  no había desarrollo que se les pusiera a la par.  Siempre encontraban algo que argumentar en contra del sistema, siempre había algo que rehacer y él quedaba en el medio una y otra vez, sintiendo que todo su trabajo había sido un tremendo error, una montaña de basura, un tiempo perdido sin ninguna razón ni sentido.