lunes, 3 de diciembre de 2012

Juegos de invierno

Abrir el facebook, cerrar el facebook.  Hacerlo 20 veces en una hora para comprobar que no hay novedades interesantes, que la tarde pasó volando y que mirá la hora que  se ha hecho y el partido de fútbol  no se pudo organizar de ninguna manera, ni siquiera con las nuevas tecnologías.  ¿Acaso los amigos no tenían teléfonos y computadoras conectadas a internet?  Claro que sí.  Eran bastante hábiles con eso.  Todos sabían  que él estaba ansioso por jugar después de la lesión que lo tuvo fuera de las canchas por 8 meses.  Estaba aturdido y dolido por la actitud de ellos.  Qué mierda, era injusto.  Siempre había organizado lindos partidos, con premios, con bebidas frescas al terminar, con juntadas con chicas inclusive, hasta eso.  Ahora, resulta que él quiere armar un picadito y no le dan pelota. ¿Es que tanto atractivo tiene jugar fútbol en la casa, con la play que ya no les importa juntarse y rasparse un poco pero de verdad, en la canchita de acá a la vuelta?

No había manera de entenderlo.  Estaba revisando una y otra vez su correo, sus mensajes privados, y nada.  Era absurdo.  Todos estaban en otra.  Absortos y mudos frente a la pantalla de su móvil o de su computadora.  Inútiles, borrachos, hambrientos (o no, porque siempre había algo que llevarse a la boca) pero seguramente aislados del mundo.  Eso sin duda.

Aun así, sin siquiera pensarlo, se encontró mirando uno de esos perfiles sugeridos por el sistema, a un costadito de la pantalla.  Es un bombonazo -se dijo- mirá qué caramelo te estás perdiendo por insistir con el deporte, sos un nabo.  E hizo click.

Abrió el perfil de la rubia, y empezó a pasar fotos y más fotos, todas en una actitud sexy, casi diría provocadora, sin medias tintas.  Parecía ofrecerlo todo, de inmediato y fácil.  ¿Sería así? -se preguntaba de pronto, recordando los mil y un fraudes que había escuchado de internet..  Había que tener cuidado.  Pero lo mágico del encuentro era que le recordaba a alguien.  Alguien cercano y remoto a la vez.  Como si viniera de otra vida.  Tampoco había vivido tantos años como para que los recuerdos fueran remotos y lejanos en el tiempo. Tenía que haber otra explicación, otra razón para que eso ocurriera.  ¿Cómo podía ser posible que alguien tuviera ese nivel de cercanía para él, para sus sentimientos?  Imágenes volaban ahora, excitado, en su mente. Veía pasar una chica delante suyo, los hombros encogidos protegiéndose del frío nocturno.  Veinte vueltas en uno de esos juegos de parque de diversiones en donde volabas a gran velocidad y altura y los pelos se te ponían de punta, pero ella al lado daba gritos, divertida,  y lo tranquilizaba.  Esas imágenes lo torturaban.  Le traían recuerdos inquietantes y oscuros de una época que no recordaba claramente y  estaba seguro de conocer aquella chica del facebook.

"Enviar solicitud de amistad".  Click.

Y que sea lo que Dios quiera  -se dijo.

"Solicitud de amistad aceptada".   -Epa, ¿tan rápido? -volvió a murmurar.

-Hola, ¿quién sos? -leía en el chat.

-Hola, -empezó la charla- qué tal..., nada: te vi en los contactos sugeridos y me animé a conectarme.  Me pasa algo raro, me parece conocerte.  ¿Vos a mí no?  -preguntó.

-No, para nada.  ¿Dónde estudiaste? -respondió la chica, que escribía también velozmente.

-Fui a la secundaria acá  a la vuelta de casa.

-¿Y sos de San Rafael?  -preguntó ella, animada.

-Sí, claro.  De acá nomás.

-Ah, mirá, entonces en algún lado nos habremos visto. -insistió ella.

La tarde empezaba su marcha, y los planes de salir a la noche se amontonaban en la cabeza de Luciano pensando en las últimas salidas fallidas en las que había invertido tiempo y dinero.  No quería pasar por eso otra vez.  Esta, tendría que ser especial, con todos los condimentos de una buena salida de diversión. ¿Qué faltaba?  Más gente, tal vez.  Algún amigo con su novia o alguien que propusiera ella, como sea.

-¿Qué hacemos esta noche, tenés algún plan? -preguntó él.

-Eh, pará... recién empezamos a charlar,  yo no te he visto nunca -respondió ella con firmeza.

-Ah, está bien, no hay problema.  Estaba mirando tus fotos, sos muy linda -escribió el de pronto, sin poder creer lo que veía en su monitor.  Enter.

-Sos atrevido, pero gracias -contestó la chica.

-De nada.  ¿Salimos?  jajaja -escribió él.

-[carita feliz] No, todavía no -remató ella.

-Bueno, pero voy a crear un evento para el próximo jueves, vos y yo, solos a la tarde nos tomamos un helado en la heladería del centro -escribió Luciano-  Ya está.  Ahí te envío el evento privado para nosotros dos, este jueves a las siete de la tarde.  Listo.

-Ok.  Recibido. -contestó ella.

Luciano estaba radiante.  Había concretado una cita con una linda chica del Facebook a quien recién conocía por chat, y con quien sospechaba haber tenido algo en el pasado, tal vez la cercanía en algún juego mecánico, o tal vez, compartir el aula de alguna clase aunque ella lo negara.  Estaba seguro, sin embargo de haberla visto antes.  Sobre todo la imagen del parque de diversiones, con ella a su lado volando, él con ganas de vomitar y ella tan fresca como una lechuga invitándolo a subir a otro.  No pará, había dicho él, bajando el pulgar en señal de malestar, y con el rostro pálido.  Basta por hoy.  A mí esto no me gusta mucho, si te acompañé es porque me sentía mal en casa también pero por otra cuestión. Estoy saliendo de una relación dolorosa, alguien me dejó un poquito destruido, digamos, y estoy quedándome solo en casa mucho tiempo.  Mis padres dicen que eso no está bueno, pero a mí no me quedan ganas de hacer nada.  Estoy todo el día tirado en la cama, o mirando tele, y pensando y pensando cómo pudo pasar aquello.  Estoy triste además.  La perdí, me perdí, nos perdimos de vivir algo que pudo ser hermoso, y de pronto nos encontramos jurándonos odio eterno mirá qué loco, en vez de querernos un poco nos odiamos con tanta pasión que a mí me volcó.  Me dejó hecho pelota.   Por eso estoy agradecido que vengas y me llevés a los tirones a los juegos.  Son para chicos, pero qué más da, nosotros los disfrutamos igual. Bah, vos más que yo.  Sonrió.

El recuerdo había sido intenso.  Y los sentimientos estaban ahí, claramente, cada juego,  cada uno de los minutos que estuvo en soledad, mirando esa ventana, el cieloraso de la habitación, esperando que la tragedia a su alrededor se borrara.  Algo pasó entre los dos, algo hizo que se alejara, que no pudieran avanzar pero es que como él decía, estaba saliendo de una relación y no había espacio para algo nuevo, tan pronto.  Tenía que esperar.   Dejar que el tiempo curara las heridas y rearmarse para salir a la calle y enfrentar su verdad.  Era joven y tenía la vida por delante.



miércoles, 17 de octubre de 2012

Solos

Viajábamos estupendamente, como locos, yendo de banquina a banquina, creyéndonos inmortales y no pensábamos en otra cosa que llegar a destino.  Hartos del sol abrasador de nuestra ciudad, necesitábamos descansar y pasear tanto como un salvavidas veraniego.  Envuelta en su bata, mi mujer me había advertido que este año sí o sí iríamos de viaje o la pasaríamos muy mal en casa, pensando con tristeza en lo que nos estábamos perdiendo.

Ni bien llegamos, el conserje del hotel nos comunicó la bienvenida habitual reservada para los turistas que se atrevían a viajar más de 20 horas, y nos guió gentilmente hasta la habitación.  Eran las 8 de la noche, ya estábamos cerquita de la cena y además, teníamos hambre.  Un hambre brutal.  Nos sumergimos de inmediato en la ducha, nos amamos en silencio, y salimos frescos y limpios a completar el día con una comilona dedicada íntegramente a nuestra llegada, ahí donde horas atrás nos habían invitado a subir a las habitaciones tan gentilmente.

Leíamos la carta buscando vieiras, cornalitos, rabas y toda clase de bichos de mar tan extraños para nosotros, acostumbrados a los animales de granja y a la carne vacuna.   Sabíamos lo bueno de comer pescado y queríamos disfrutarlo ahora que estábamos tan cerquita del mar.  De hecho, era posible disfrutar de una hermosa vista de la playa con solo asomarnos a la ventana.  La mesa que nos había tocado estaba justo ahí,  daba a la calle y al mar.  Mirábamos de vez en cuando, siendo ya la noche, cómo las luces mostraban las olas rompiendo pero más que rompiendo, besando la costa.  Quizá, habíamos sido crueles con nuestros hijos.  Ellos allá,  en realidad tan aburridos de nosotros que nos habían mandado a pasear.  Ya eran mayores ciertamente, y podían arreglarse sin nosotros, eso estaba claro.

Así fue que la vista del mar, y de la promesa de una mañana divertida jugando en las olas, terminó por bendecir la mesa que nos habían servido y nos fuimos a dormir abrazados, placenteramente, escuchando las olas y el bramido del mar que lentamente besa y muerde a la vez.  A la mañana siguiente, nos fuimos a caminar.  Queríamos devorarnos la ciudad, caminar descalzos por la playa, comprar regalitos tempraneros  y empezar nuestras vacaciones definitivamente, conociendo un par de lugares que nos habían recomendado nuestros amigos de siempre, aquellos que habitualmente veraneaban allí, que dicen  conocer la ciudad de palmo a palmo, y lo han hecho siempre caminando y que ahora echábamos de menos.

Estábamos solos pero felices.


García Be

miércoles, 19 de septiembre de 2012

Chicle

-Tené cuidado hermano,  mucho cuidado -dijo Esteban mientras acomodaba el cuello del buzo del muchacho que estaba a punto de subir al colectivo.  Este llevaba las herramientas para su trabajo de albañil en una caja de metal en la que tenía todo lo necesario para terminar lo que había comenzado hacía ya 3 meses.
Su hermano lo cuidaba siempre, y le hacía recomendaciones como de madre. Es que se llevaban varios años y el mayor siempre había hecho las veces de padre y madre a la vez y él lo dejaba hacer,  acostumbrado al buen trato y a su cariño. Arriba del colectivo recibió varias llamadas entre ellas, la de su propio hermano, apenas habían transcurrido 30 minutos y ya estaba preguntándole como estaba, si iba todo bien.
-Si, está todo bien, quedate tranquilo -dijo él, acalorado pensando qué pesado mi hermano, que me llama todo el tiempo.  Ya es bastante con que me pague el pasaje, y me vaya a buscar a la vuelta a la terminal. ¿Acaso también él estaría detrás de este trabajo, sería él quien me lo habría conseguido? No, no creo que de para tanto. Él tiene su familia, y se ocupa también de ellos, bah, de hecho lo hace pero por qué no me dejará tranquilo digo, no se… Me gustaría que alguna vez se diera cuenta que lo suyo pasa de castaño oscuro. Ya es peor que una madre sobreprotectora, cariñosa por demás, agobiante. En el viaje, tenía una compañía inquietante. Su vecina de asiento era una chica que por la vestimenta seguramente iba al colegio secundario del pueblo cercano. Eran 3 horas de viaje. Mirá que hacer este viaje todos los días para ir al colegio, hay que tener ganas, ¿eh?

-Hola, qué tal, ¿vas a Malargüe? -preguntó tímidamente.
-Sí -contestó ella, y dio vuelta la cara para mirar por la ventanilla y tomar un poco de distancia del muchacho encarador.
-Ah, yo voy a trabajar. Mi hermano insistió que dejara el estudio, viste, y que me dedicara a lo que me gusta, la albañilería -avanzó él, tratando de agradarle.
-No, pero eso no es buena idea, ¿cómo que te dijo que no estudiaras? -preguntó la chica mirándolo a la cara.
-Y sí, es raro pero es así. Me dijo que para él lo mejor era que empezara rápido a hacerme un lugar en alguna empresa constructora , y me dejara de boludeces con el estudio. Se puso en contra de mucha gente por esto -comentó.
-Y claro, es que no es buena idea. Imaginate que vas a ser empleado toda la vida, te van a tener corriendo de aquí para allá, y vos sin saber por qué, es horrible -argumentó ella.
-¿Qué vas a estudiar vos? -preguntó él.
-Mirá, todavía no lo tengo del todo resuelto, pero apenas termine la secundaria pienso irme a la capital, a Mendoza, a estudiar allá.
-Hermosa ciudad -comentó él y pensó que lo mismo podría decirse de ella.
-Así es -dijo-. Azafata, disculpame, ¿no me traes un vasito de agua por favor?
-Sí, un segundo ya te lo traigo -contestó la chica.
-Como te decía, quiero estudiar periodismo allá, es la mejor universidad de la provincia.
-Ah, periodismo, qué interesante, vas a saber mucho de todo. De todo y de todos! -dijo sonriendo.
-Sí, periodismo político, es lo que más me gusta. Me paso el día leyendo sobre historia argentina y latinoamericana. Todo lo que sea política me gusta, me apasiona. Pero no me veo trabajando de eso, quiero decir, en política -argumentó ella, volviendo la vista hacia el paisaje mortecino de la ventana.
-Está bien, me encanta. Me gusta que la gente se ocupe de la política, hace bien en hacerlo. Muchas veces discuto con mi jefe. El tiene una postura bastante contraria a este gobierno, a mi me parece bien, yo lo respeto. Lo que no veo de su parte es eso justamente, un poco de respeto al que piensa diferente.
-Ah, eso es patético. Me asusta la gente así -dijo ella, recordando alguna situación dolorosa.
-Son unos idiotas. Pero qué querés, son una barbaridad todos esos años de dictadura.

Lucía se sintió cansada. Dió media vuelta en su asiento y se acomodó para dormir siempre que su imprevisto compañero de viaje la dejara hacerlo. Miró el paisaje montañés y fue cerrando débilmente su conciencia hasta hundirse profundamente en un sueño blando y delicado como le gustaba a ella casi todo en la vida. De pronto soñó que viajaba dentro del viaje. Que podía elevarse entre aquellas montañas nevadas y recorrerlas a pocos metros del suelo velozmente, parando donde quisiera, llegando a lugares que nadie puede llegar gracias a su sistema super moderno de viaje, suspendida a metros del suelo o a la distancia que ella considere prudente. No quería mirar su espalda, sabía que algo la sostenía, pero prefería mantener la vista en el en el frío paisaje de alta montaña y no mirar para atrás. Aquello podía ser una máquina con propulsores o simplemente unas manos como garras. Y era aterrador pensar en algo así.   Pero... ¿por qué no recordaba el comienzo del viaje, por qué no tenía presente el momento en que cargó combustible y pagó, y le pidió consejo al chico de la bomba de nafta, acerca de los lugares que podía visitar en aquella nave moderna y precaria a la vez, que ella desconocía por completo? Era misterioso.
Pero la distraía del paisaje. A lo lejos divisaba un riacho que descendía de lo alto, se hundía de pronto y se perdía de vista. La poca vegetación reinante le permitía mirar cualquier detalle del terreno. Algunos animales a su derecha le recordaron las fiestas de navidad en la región donde la comida principal eran los chivos de la zona. Sabía que en alguna dirección se encontraría con el avión de los uruguayos, pero en cuál. Y ahí cayó en la cuenta que no traía su GPS. Estaba viajando sin dirección, pero el viaje era super facil también. Se orientaba por las luces, el sol, las montañas y se dirigía hacia donde quisiera, con solo pensarlo y a la velocidad que quisiera, o que ella soportara. Era fascinante.

viernes, 31 de agosto de 2012

La máquina gana


"Luces calientes atraviesan mi mente,
 te veo a vos."
Sumo

-Tengo un par de deudas o mejor dicho, un par de miles de deudas.  A cada santo una vela como reza el dicho popular.  Sin embargo estoy convencido que antes que el año termine, saldaré la mitad al menos.  -Rufino se consolaba pensando lo bien que iba el trabajo.  Era la época del año en que las cosas suelen empezar a cambiar de rumbo, la temporada alta que le dicen.  Los clientes empiezan a agolparse en la entrada del negocio, y la cara del dueño cambia totalmente.  Se convierte en un sujeto agradable, sonriente y generoso  que lo tiene a uno en bandeja de plata.  Te da todos los gustos, incluso antes que te atrevas a pedirlos.  Es adivino.  O brujo.  Se me ocurre ésta metáfora: cuando el viento sopla de cola y las olas están bajas, la nave avanza a toda marcha y el jefe es bueno, solidario y buen compañero.  Pero cuando el viento arrecia y las olas estremecen el barco, ahí la cosa cambia.  El jefe es un ortiba de aquellos.

Eso es lo que ocurre una vez terminado el verano.  Los días parecen cambiar el humor de la gente.  Incluso los pocos clientes que vienen al negocio están de mal humor, menos quieren comprar.  Sólo lo indispensable para la vida.  Cualquier otra cosa es inútil, incluso mi cara.  Les falta escupirme a veces.  Yo lo noto enseguida y trato de calmarlos hablándoles del clima, ofreciéndoles algún regalito que tenga a mano, o cualquier oferta que me imagino les pueda servir.  Los conozco a casi todos.  Vivir en esta especie de bosque retirado del pueblo, nos da una seguridad de que es aquí donde van a venir todos.  Y a todos los conocemos.  Sabemos cuántos familiares son en casa, cuántos vecinos y quiénes son.  De manera que es fácil acertar cuando queremos adivinar y hacer un regalo.  De verdad, sabemos mucho de la gente que vive aquí.  Todos ellos vienen a cargar combustible acá, es el único lugar habilitado.  Tenemos esa bomba tan vieja pero que todavía funciona a la perfección.  Y eso funciona también como gancho.  Muchos vienen por el combustible, pero terminan llevando otras cosas.  Para el auto o para la casa.  De primera o de segunda necesidad.

Igual, es un tanto aburrido en el invierno.  Sobre todo cuando nieva, hay que trabajar mucho.  Por eso a la noche, a mí me da por jugar al poker on-line, y eso lamentablemente ha sido mi perdición.  Estoy endeudándome a pasos agigantados.  ¡Mi jefe me sigue a la par, eh!  Está entusisamado con la tecnología como yo.  A los dos nos encanta jugar y más ahora con internet que jugamos con gente de todo el mundo.  ¿Será cierto?  ¿No será que la máquina tiene esos jugadores completamente inventados? ¿Ah, pero y cuando chateas?  ¡Y qué, bien podrían ser robots!  Eso me decía un amigo.  Hoy la tecnología hace que uno crea que está hablando con alguien y no, en realidad es la misma máquina que elabora contenidos y conversaciones de los más variados temas teniendo en cuenta ese conocimiento que va acumulando de nosotros y que registra obviamente en sus memorias internas.  Nos conoce mejor que nosotros mismos, de hecho evita mostrar de repente todo lo que sabe.  Nos retacea información, nos oculta todo lo que sabe de nosotros porque nos daríamos cuenta enseguida que estamos siendo engañados.  Tan hábilmente las han programado.

O sea, el escenario es el siguiente: me conecto a un servidor de juegos, y elijo uno al azar.  Normalmente elijo póker.  Este servidor ya tiene información sobre mí, y me pone a jugar con "julio399" que es un robot.  Yo entro como un caballo y empiezo a conversar con él, pero atención, el tipo sabe cosas de mí como gustos, preferencias, ideologías, y un largo etcétera y va desgranando una conversación totalmente inventada, en la cual obviamente me va envolviendo y haciéndome perder muchísima guita.

Termino la sesión feliz.  Feliz de la vida porque he conversado con alguien, pero totalmente seco:  la máquina me ganó otra vez.

sábado, 25 de agosto de 2012

while en Emacs Lisp

Una plantilla para el comando while en Emacs Lisp sería la siguiente:
   (while true-or-false-test
      body...)
Este bucle se va a ejecutar siempre que el test nos de 'verdadero'.
Evaluar una lista vacía, nos da 'nil'.  Entonces puede ser útil para salir del bucle, simplemente evaluar una lista.  Si la lista está vacía, salimos del bucle.  Si no, continuamos con la ejecución del mismo que puede ser, por ejemplo, quitar un elemento de la misma, y así sucesivamente hasta encontrarnos con la lista vacía.

Otra posibilidad naturalmente es utilizar un contador.  Este contador a medida que va ejecutándose el bucle, va decreciendo hasta llegar a un valor que ocasionará que el test de falso y así salir del bucle.

El test puede ser una expresión del tipo (< contador numero-deseado) que va a devolver t de verdadero si el valor de contador es menor que el del número deseado.
inicializar contador
(while (< contador numero-deseado)           ; test
   body...
   (setq contador (1+ contador)))            ; incremento

El valor inicial del contador suele ponerse en 1.

martes, 14 de agosto de 2012

Un robo programado

Se quitó el abrigo y lo colgó en el perchero que habían instalado detrás de la puerta.  Se sentó un momento en la silla del living y apoyó el codo en la mesa, pensativo, observando la calle a través de la ventana.  ¡Qué hice!  Se preguntaba.  ¡Qué hice!

Un fuerte golpe.  Más de cien mil pesos robados a gente que seguramente no los necesita.  El sentimiento de culpa estaba presente, para recordarle que otras veces había actuado igual, desobedeciendo las costumbres familiares, los mandatos sociales y la seguridad impuesta por su conducta intachable.  Tenía ese socio bastante hábil para atar personas en situación de robo, bastante hábil para planear hechos delictivos, y llevarlo a él por el camino del delito, convirtiéndolo en el malo de la película, en el personaje que nunca en su vida había sido un héroe para el.  De chico veía las películas del lejano oeste y se encariñaba con los buenos, jamás con los malos.  Había leído que ciertas personas tenían preferencia por los otros, por los que acuchillaban, mataban con revólveres o simplemente traicionaban a su mejor amigo.

El consideraba la situación, veía que por lo menos los próximos cuatro años no debería trabajar.  Así, un cálculo rápido le daba esa cifra.  Cuatro años.  Lo mínimo indispensable de una vida silenciosa, tranquila, de bajo perfil, que tranquilamente podía pasar desapercibida en el pueblo.  Mudarse no era una alternativa a considerar siquiera.  ¿Para qué levantar sospechas?  ¿Para qué agitar las aguas, si podía armarse de paciencia y tolerar a la idiota de la vecina que le daba alimentos a su perro, y el no podía decirle nada, y regaba todas las mañanas a la misma hora y como quien no quiere la cosa, regaba también sus plantas, lo cual estaba bueno pero le sonaba a invasión, a falta de límites, a meterse en la vida de los demás.

Sus pasos habían sido los adecuados.  Robar esa cifra, esa cantidad de dinero exagerada, no estaba en sus planes, pero ¡qué va!  ¡quién iba a imaginarse que los tipos esos tendrían tanto en la caja fuerte!  ¡Y que iban a estar dispuestos a entregárselo sin chistar, sin hacer ningún movimiento sospechoso que lo impulsara a lastimarlos y complicarse la vida!   Por supuesto, su amigo se encargó de casi todo.  Él sólo tuvo que vigilar con el arma empuñada y lista, una de las ventanas que daba a la calle.  Digamos, había cumplido su función de campana a la perfección.  Estaba seguro que nadie los había visto.  Habían vigilado de cerca los movimientos del dueño y se habían memorizado todos los rincones del lugar en sus visitas inocentes cada mañana.  Iban, preguntaban una estupidez y miraban alrededor buscando cámaras de seguridad, vigilantes ocultos, vidrios espejados que pudieran figurar un espía interior, todo eso.  Los riesgos son riesgos, se habían dicho esa mañana que decidieron finalmente planear el robo.  Estaban tranquilos, solos, nadie más los acompañaba ni sabía que iban a alzarse con un botín semejante.  Sus familiares habían viajado y a otros les habían mentido acerca de un trabajo urgente que les había salido en San Luis, donde pasarían la temporada de invierno y quizás entrada la primavera.  Durante el tiempo que permanecieron en la ciudad, se pasaron los días encerrados planeando todo, y sólo salían para ir de compras a un almacen retirado de ahí, de modo de no despertar sospechas, ni hacerse ver.  Las visitas al local donde hicieron el atraco las habían hecho antes.  Se habían tomado un tiempo más que prudencial para hacer bocetos, controlar movimientos y hacer preguntas a los vecinos que, desprevenidos, respondían con entusiasmo sin advertir que aquellos tipos estaban armando un plan para robar ahí.

Después, viajaron a Las Leñas.  Con todo el dinero en las valijas, se tomaron un taxi y huyeron hacia el centro de esquí.  Era un buen lugar para esconderse.  Nadie pensaría que podían ocultarse tan cerca.  Tan cerca y tan lejos.  -Estos lugares selectos y elitistas normalmente son de difícil acceso para la policía y los investigadores y además están llenos de chorros -bromeaban ellos- y nadie nos buscará ahí.   -Además, podremos tomar clases por fin, y usar los medios de elevación, va a ponerse bueno -fantaseaban al borde del éxtasis.

jueves, 26 de julio de 2012

Crudo

"¡Ah bueno! Con los amigos no.  Con los amigos no te metas maldito estafador."
Matías comía su manzana recordando las palabras de aquel conocido suyo que le traía a la memoria a su padre cuando se ponía a darle consejos absurdos y supuestamente bien intencionados.  El quería marcharse de aquel lujoso estadio de fútbol y comenzar una nueva vida alejado de los rumores de infidelidades y acoso sexual en que se había visto envuelto la última temporada.

Temblaba.  Sentía frío, y claro, las ventanas estaban abiertas y el maldito aire polar se colaba asechándolo y entumeciendo sus manos que pedían a gritos unos guantes para pasar el invierno.  Su mirada vagaba insegura en torno a las fotografías que había colgado en las paredes del estadio.  Viejas glorias del fútbol local, en curiosas imágenes blanco y negro donde habitualmente aparecían viejos vecinos de la zona formando el equipo  antes de salir a la cancha, o también las de algunos osados y atrevidos esposos que celebraban su boda en el S.U.M. del estadio.

Hasta allí se dirigío Matías.  Pensaba llevarse de recuerdo algún souvenir, una foto o algo que encontrara por ahí y que pudiera ocultar entre sus ropas.  Amaba ese club.  Había nacido a pocas cuadras y de niño había pasado las tardes recorriendo el estadio que demolieran años después.  Ahora, con treinta y pico de años, no estaba para hacerse el pendejo.  Sabía lo que quería.  Era hora de retirarse, de calmarse, de comenzar una nueva vida, de ordenarse un poco como quien vuelve a recorrer un viejo barrio y busca al amor verdadero en cada una de las casas y se reprocha haber dejado una casa sin visitar, sintiendo que ahí justamente habría estado esperándolo, pero en su infinito desorden, lo había dejado pasar.  ¿Qué le pasaba?  ¿El hablando de amor verdadero?  Era inaudito.  Solo debía interesarse por su trabajo y por su casa en construcción.  Su carrera en el fútbol local estaba acabada, los rumores no hacían más que empeorar su variada lista de metidas de pata colosales, de las que salía normalmente sangrando o echando fuego como un desesperado animal bajo amenaza de muerte.

miércoles, 4 de julio de 2012

Sereno y tranquilo

En otro dormitorio contiguo al suyo, Martín tenía escondida la treinta y dos con la que terminó para siempre con los problemas de su vida.  Así lo sentía él, acurrucado en su sillón, terminando un vaso de vino con aquellos maníes salteños que conseguían en un almacén único del barrio.  ¿De dónde los sacaban?  ¡Eran sencillamente espectaculares!  Sin embargo, se sentía sólo.  Estaba solo.  Él y su secreto, bien guardados.

Al momento de esconder el arma no había considerado siquiera las medidas de seguridad aprendidas en la escuela de tiro.  Estaba bien donde estaba, encima del placard de la habitación, bien a mano por si se presentaba la ocasión de usarla en su defensa o en defensa de su familia.  Siempre con una bala en la recámara y con el seguro colocado, pero fuera de su estuche.  Al alcance.  Estaba contento.  Por fin su problema había concluido y todo gracias a esa pistola calibre 32 que había utilizado con tanta precisión.  Es que el maldito se lo merecía.  ¡Qué tenía que decirle a él cómo hacer las cosas!  Está bien, es normal que en tu trabajo te digan como hacer la tarea, pero ¿había necesidad de hacerlo humillándolo?  Seguro que no.

Había entrado esa mañana en la oficina del jefe y le había apuntado directamente a la cabeza, sin miramientos, y sin decir una palabra le había disparado silenciosamente, aquella bala mortal.  El hombre quedó desparramado en el suelo dejando un espantoso cuadro de sangre y vísceras por el piso y la pared completamente sucia.  Después, un regreso tranquilo sintiendo una calma extraña, un alivio desconocido y largamente buscado, inolvidable y sucio, pero intenso.

El desenlace era previsible.  No quería que su crimen quedara impune.  Si la investigación no conducía a él por algún motivo, se encargaría igualmente de guiar a la justicia para llegar a la verdad.  Quería pagar por lo que había hecho.  Pensaba en la mujer de aquel hombre mayor, en los hijos y en los familiares directos.  Pensaba en su soledad, la sentía en el pecho como una brasa caliente quemando por dentro, y pensaba en aquel cuadro lamentable que habían dejado los dos en la oficina de su jefe.  Pero estaba tranquilo y sereno,  confiando -¿por qué no?- en la justicia.

lunes, 28 de mayo de 2012

La terapeuta

Eran las seis menos cuarto.  Sergio guardó lo que tenía en su mano, subió el cierre y apretó el botón, mientras miraba sin ver por la pequeña ventana que daba al patio del consultorio de la terapeuta que lo estaba tratando.

-Faltan 15 minutos y me rajo por fin de aquí -dijo en voz baja arreglándose el pelo al espejo.  -Qué tengo yo que andar contándole mis cosas a esta mujer cara de nada que me mira por encima de esos lentes viejos y gastados, por Dios, en qué estaba pensando cuando acepté venir, pedir turno, organizar los horarios de trabajo y, lo que es peor, decirle a mis amigos que estaba en tratamiento para curarme mis manías.  En especial la de enterrar sobras de comida en el patio, los días lunes.

Abrió la puerta.  La terapeuta estaba desnuda en el diván, sin los anteojos, el pelo suelto y la mirada clavada en él señalándolo con el dedo como diciendo "vení querido, vení conmigo..."  Ni en sus mejores sueños se había atrevido a pensar en una situación así.  Aquella mujer no era su tipo.  Evidentemente necesitaba hacerse ver ella también, necesitaba algo más fuerte como una terapia de choque, medicamentos, tal vez el encierro. Pero Sergio obedeció.  Se sentó a su lado.  Y comenzó a hablarle.

-Mire doctora, no lo tome a mal pero debo irme, ya son las seis -dijo.

-Pero no tontito, ¿no ves que cancelé todos los turnos para más tarde?  -contestó ella- tenemos toda la tarde para nosotros solitos.

-Es que sabe qué pasa, esto me recuerda un sueño que tuve anoche, y me da un poquito de angustia doctora.

-A ver bonito, contame, ¿qué pasaba en el sueño? -preguntó la licenciada poniendo su mano lentamente sobre la pierna del muchacho.

-Mire, la cosa es que yo soñé que estaba con usted en una casa muy parecida a esta, y de pronto usted me echaba a la calle.  Llovía.  Yo buscaba mi auto que había estacionado junto al cartel de la esquina, y me encontraba con algo que debía ser el piso del auto, nada más.  Es decir me lo habían desmantelado doctora, ¿se da cuenta?  Me lo habían robado de la peor manera, dejándome algo perfectamente inútil y demostrando que habían trabajado lo suyo para hacerlo, que se habían tomado su tiempo para dejarme así, a pié, sin mi auto, pero con el suficiente cinismo y crueldad de dejarme algo que dijera «andá ahora en esto boludo», es raro doctora, es increíble que yo esté acá, sabiendo que puedo salir y encontrarme el auto desarmado o en una situación completamente distinta a como yo lo dejé.  ¿Se da cuenta?  Sería horrible doctora.

-Pero no, mi chiquito, mirá por la ventana si querés, mirá por ahí,  a ver  si está todo en orden y vení metete aquí conmigo que tenemos mucho de qué conversar -dijo guiñándole el ojo y metiéndose el dedo en la boca en actitud desafiante.

Sergio se acercó a la ventana y miró en dirección al auto y vio que allí estaba, lo más campante, esperándolo.  Volvió la vista hacia la mujer que seguía allí sensual, atrevida, desnuda.  A tiro de una foto artística.  Especialmente atractiva ya que se ofrecía generosa a entregarle una tarde toda para él solito.  La luz de la habitación a esta hora de la tarde creaba una atmósfera cálida y crepuscular, lo estremecía pensar si debía o no saltar a la cama y «atender» él a su terapeuta por primera vez.    A pesar de sus años, la mujer guardaba una figura más que atractiva.  Cualquiera diría que era deportista, eso se notaba claramente en su delgada figura, en su cuerpo trabajado en el gimnasio y en los accesorios que guardaba en el mueblecito del baño, ahí donde había estado metiendo mano hacía un ratito nomás.   Él pensaba en la foto.  Se la imaginaba en distintas poses, todas sexys pero delicadas y cuidadas, como les gusta decir a los fotógrafos.  Este sería también un desnudo artístico, una fotografía que retratara la belleza del cuerpo desnudo y no un momento obsceno o pornográfico.

Evitó decirle a la terapeuta que en el sueño, al encontrar su auto desvalijado, él había vuelto para quedarse con la terapeuta y aquella paciente que acababa de entrar, para desobedecer los horarios y completar el trío.

lunes, 14 de mayo de 2012

Una bonita historia

De pie frente al empleado del banco, contaba el dinero, cuando escuchó los disparos al aire (una locura) y los gritos de la gente y las amenazas del ladrón.  De inmediato buscó alrededor una mirada que le dijera qué hacer en una situación como esa.   Tirarse al piso, con dinero nuevo, su dinero, sus ahorros y un maldito chorro al acecho.  Qué mala suerte.  Ahora tendría que entregarle todo y pensar en la fortuna de seguir con vida, si es que aquel delincuente tenía la bondad de dejarlo ir.  ¿Y si estaba drogado o borracho y enloquecía de pronto, y empezaba a los tiros contra él y los que estaban ahí en la fila?  Sería estúpido morir así, de ninguna manera lo permitiría.  En especial por su familia que lo estaba esperando.  Sano y salvo y con dinero.  Ojo.  Mucho cuidado con volver con las manos vacías.  Mucho cuidado con volver a casa con las manos lastimadas.  Tendría que hacer algo con aquel tipo.   No sabía qué, pero debía pensar en algo y rápido, así como estaba con la cabeza tapada con las manos y el dinero en el suelo, bajo su pecho.

Miró a los costados, una chica de un rostro hermoso lo miraba con los ojitos llenos de lágrimas, el estupor, el horror dibujados con claridad.  Sintió por primera vez ganas de ser un héroe.  Por él, por la chica, por su familia y también -por qué no- por aquel pobre infeliz que estaba ahí llamando la atención desesperadamente, quién sabe qué problemas tuvo en su infancia, parado ahí con un arma en la mano y con dinero en los bolsos listo para huir.

Agazapado como estaba, sacó de su bolsillo una pequeña navaja con la que más de una vez había bromeado acerca de lo que realmente se podía hacer con eso, que apenas servía para cortar una soga, abrir una caja encintada o atornillar algo sin demasiada fuerza porque lo rompería.  No importa -se dijo- la voy a tener aquí cerca por las dudas.  Él con un arma de fuego.  Yo, con esta cortaplumita de mierda que no corta sino que apenas lastima.

Devolvió a la chica una mirada de "ja, mirá lo que voy a hacer..." y estudió la situación.  El muchacho rodeaba a la secretaria del gerente a quien había ido a buscar por las llaves de la bóveda.  ¡Abrime la caja fuerte!  ¡Vamos, vamos, la guitaaa! -gritaba enloquecido.  La secretaria lloraba y se movía torpemente buscando una llave en un cajón.  Él sospechaba que aquello mal podía abrir ninguna caja fuerte.  Lo cierto es que la distracción servía y mucho para cualquier pequeño movimiento que pensara hacer.  De pronto se movió.  Estiró una pierna hacia atrás como un corredor a punto de largar, afiebrado, esperando la oportunidad.  En la mano el cortaplumas sostenido con fuerza y con la única esperanza de que aquella locura saliera bien.  El chorro miraba atentamente los movimientos de la secretaria que buscaba en el cajón del escritorio alguna llave, alguna combinación numérica.  Él saltó de su lugar con audacia y clavó de un sólo golpe aquella hojita afilada en la garganta del delincuente.  Brotó un tibio chorro de sangre y cayó desplomado mostrando su arma, queriendo moverse en aquella lucha, como quien intenta un último movimiento salvador.  Pero no le alcanzaron las fuerzas para apretar el gatillo.  Solamente, caerse al piso, desplomarse y rendirse a la muerte que lo esperaba con los brazos abiertos, feliz, muy orgullosa de aquel amigo nuevo que llegaba a su encuentro con las manos vacías pero con una bonita historia de delitos que contar.

martes, 1 de mayo de 2012

En las nubes

¡Cómo quisiera usar mi computadora en este momento! -dijo el muchacho agazapado entre los barrotes fríos de la prisión, mirando hacia el patio de la celda.  Se sintió penosamente aturdido por el griterío confuso de otros internos.  Alguien había recibido un puntazo en el abdomen, estaba seguro.

Era un guardiacárcel, que pasó corriendo frente a su celda, rengueando y dejando a su paso un reguero de sangre.  Pensó en lo divertido que se estaba poniendo aquello.  Era la segunda semana de condena cumplida y ya había movimientos inquietantes dentro del penal.  Lo inquietante era que el guardia no llevaba la pistola reglamentaria.  Probablemente se la habían quitado en la pelea, o posiblemente no ingresaba a ese sector con su arma por seguridad.  Pero él sabía que todo podía pasar de un momento a otro.  Le habían advertido que esa cárcel era de máxima seguridad, que los nenes que estaban ahí encerrados podían hacer cualquier cosa.  Ya sea con los guardiacárceles  o con los otros presos.  Que tuviera cuidado.

Se fue acomodando en un rincón, esperando que pase la tormenta y se sintió de pronto aquel niño de barrio que se juntaba con su mejor amigo a fumar en el terreno baldío enfrente de su casa.  A su amigo le había ido peor en la vida.  Lo habían enterrado hacía poco, muerto de dos balazos en el torax, unos hijos de puta que seguramente estaban libres.  Como su amigo, ahora (pensaba).

Él estaba ahí en ese oscuro rincón recordando el terreno baldío, que hoy tal vez se había convertido en un hermoso rascacielos con una vista maravillosa a las afueras de la ciudad, como esos paisajes que tanto vendían las agencias de viajes, transformados gracias a la potencia de los programas de edición de fotografías que podían si querías, convertir  esta pocilga en un lugar de ensueño.

miércoles, 18 de abril de 2012

Quería vivir ahí

La mente tiene esas extrañas ideas que te complican la vida unas veces y otras que tal vez te sacan de apuros.  El caso es que mi amigo Verardi un día decidió quitarse la vida subiéndose a un edificio lindero al hospital psiquiátrico del barrio, para desde allí tirarse al suelo, eran unos cuatro o cinco pisos más o menos.  Digamos que las posibilidades de matarse eran cincuenta y cincuenta, quiero decir, uno ve la altura y dice sí, desde acá te matás pero en realidad no lo es tanto.  Hay posibilidades de quedar vivo y mal herido... y eso sería fatal.

Verardi quería hacerlo bien, pero el ahorcamiento le parecía espantoso, no había forma que se confundiera con un accidente.  Y armas no tenía, le producían un escalofrío de solo verlas.  En cambio la caída era diferente, uno puede hacer pensar que tropezó y se cayó.  De modo que no estaba en sus planes dejar carta alguna, simplemente quería suicidarse de manera segura incluso al punto de confundir a la policía, a los medios y al juez.  Eso le seducía. Confundir, despistar al juez aunque sea en aquel último acto inútil y cobarde de tirarse al vacío.  Como un tiro de gracia hacia la cordura de la gente que deposita en un modesto juez la razón de ser de su vida, la justicia en el mundo y en las relaciones.  Una atroz locura, una singular estupidez de la que él, por supuesto, estaba asqueado.

Pero muy por el contrario, subido al cuarto piso, Verardi vio el patio de aquel hospicio para enfermos mentales y sintió un extraño alivio en su mente, como si por fin hubiera encontrado la paz.  El quería vivir ahí.  Era su sueño.

viernes, 13 de abril de 2012

La izquierda

Eduardo trabaja en la pensión de Elsa.  Corre las cortinas en la mañana, deja entrar la luz y barre el piso de las habitaciones, ordena los cuartos que tiene a cargo, que son cuatro, y saca a pasear el perro, un gran-danés del tamaño de una locomotora que tiene el andar lento y la orina fuerte por los golpes y la vejez.

Eduardo tiene una mueca de dolor permanente a causa de su muñeca izquierda, mal curada después de la operación a la que fue sometido a raíz de un accidente, por eso le duele terriblemente algo tan sencillo como pasear al perro y no tiene más remedio que hacerlo, si no lo castigan.  En la pensión tienen reglas estrictas para la gente que se hospeda y reglas crueles para los que trabajan ahí.  Reglas crueles que no termina de entender.  Reglas siniestras y absurdas que terminan por destruir a la persona, convirtiéndola en un ser vil y deprimido que pasa el día rumiando su venganza y destrucción de todo cuanto lo rodea.  Y el ha terminado creyéndose ese cuentito sobre sí mismo.

Y pasear el perro es realmente un suplicio en su vida por la molestia en su mano izquierda.  Claro, uno dirá, por qué si tiene la otra mano libre, pero ahí está el asunto.  En la pensión le obligan a pasearlo con la izquierda y no porque él tenga ese problema, no, sino porque quien diseñó esta regla lo dispuso así fundamentando su decisión en la idea de que al quedar libre la mano derecha, la persona tiene más chances de hacer bien su trabajo.

El explicó su problema y debido a eso, estuvo dos semanas a pan y agua en la habitación del fondo, ahí donde la luz se empeña en retroceder.

viernes, 23 de marzo de 2012

Un árbol frondoso

Aquella mañana, trepado a su árbol preferido, mi amigo Julián cantaba con voz de hincha de fútbol todas las canciones que había aprendido en la cancha cuando lo llevaba su abuelo.  Y las sabía todas, no le hacía falta anotarlas en absoluto, las conocía de primera mano, de la popular, ahí donde lo llevaba el viejo, que había sido jugador de fútbol del club de barrio y ahora ya no estaba para verlo festejar.

Había crecido, ya no era el mismo ni era un niño.  Pero seguía subido al árbol, recordando viejos tiempos, aquellos años de infancia con su grito ahogado de emoción y lágrimas por su abuelo, por el fútbol, por el árbol de la infancia que ya no estaba frente a su casa, sino frente a la casa que sus padres vendieron muchos años atrás.

Todo el vecindario conocía la afición de Julián y su abuelo.  Era buen jugador.  Jugaba en el medio de la cancha, controlando todo, dando órdenes y armando el equipo.  Cuando hacían un gol, su festejo era tranquilo, normalmente los dejaba a los otros más efusivos y calientes.  Él prefería volver a su lugar con una sonrisa en la cara -eso sí- pero no iba a la montonera, no se permitía demasiado expresar sus emociones.  Sus amigos, sus compañeros del club lo gastaban por esto. Le decían: "¡dale puto, qué hacés que no festejás los goles, somos tus amigos, tus compañeros, qué te pasa loco!".  El les explicaba que estaba bien, que la próxima vez lo haría.  No había manera.   La próxima vez iba, le daba una palmadita al que estuviera más cerca y se volvía como siempre a su puesto a esperar el saque del medio del campo.

Pero le gustaba subirse a los árboles a gritar.  Ahí si.  En aquella frondosa copa se escondía y festejaba a lo grande.  Miraba por encima de todos, observaba la cancha si quería.  El árbol estaba en la pared lindera del club y si trepaba lo suficiente alcanzaba a ver el partido tranquilo.  Ahora,  ya no jugaba como antes, no le importaban demasiado los resultados, pero sí agradecía que su árbol de la infancia, frondoso, verde y maternal, estuviera ahí todavía para cobijarlo y darle color a su tristeza.

miércoles, 15 de febrero de 2012

Certeza de funeral

Alfio era un buen muchacho.  Aquella mañana corrió a buscar el diario debajo de la puerta urgido por un presagio amargo y terrible.  Encontró su aviso en los clasificados y revisó cada detalle buscando el mínimo error de tipografía o de imprenta.  Es que no tenía mucho tiempo, si no vendía aquel bote de inmediato su vida correría peligro.

Otro tipo de errores, más propios de un mal vendedor que de los empleados de la imprenta donde armaban el periódico, fue lo que llamó su atención.  Si hubiera puesto esto otro en lugar de aquello, se decía, habría quedado mejor.  Tal vez el destacado ese que me ofrecieron  habría sido una buena idea, que para eso son destacados y así está medio perdido entre los demás avisos, una lástima.

Miró a través de la ventana, pudo ver al vecino con su hijito en brazos que se había quedado dormido y era un haragán de cuidado, pesaba como una roca cuando se dormía, Alfio lo sabía perfectamente.  Pero qué hacía el vecino a estas horas, con el niño en brazos.  No lo supo sino hasta el mediodía cuando encontró la puerta de su casa entreabierta y se animó a entrar, movido en primer lugar por la curiosidad y por la inquietud de haberlo visto en una situación poco común, pero en el fondo era algo suyo, una intuición.

Encontró todo desordenado como si un equipo de ladrones se hubiera hecho cargo de la casa, y no encontraran en su búsqueda frenética aquello tan valioso.  Fue directamente al interior, hacia el living y ahí los encontró, meciéndose en esa actitud tan propia de los locos o los enfermos cuando intentan acomodarse a una situación que los sobrepasa. El  padre con el  niño en brazos, y todo alrededor revuelto y deshecho.

Alfio vio en el piso algo que brillaba con destellos de oro demasiado brillantes para pasar desapercibido.  El tesoro estaba ahí.  Abrió la puerta con un gesto despreocupado y entró.  Las luces cada vez más intensas lo conducían directamente al estudio de la casa donde seguramente encontraría un cadaver.  Tenía otra vez la horrorosa sensación de saber qué estaba ocurriendo en el futuro.  Caminó despacio sin olvidar ese bolso con los destellos de oro, y que tal vez si se lo llevaba nadie lo notaría y abandonaría la idea de vender el bote.

En la habitación estaba la mujer del vecino, abrazada a la notebook con un orificio en la nuca por donde había brotado toda esa sangre que yacía en el piso y encima de la máquina.  Alfio tenía razón, era un pésimo día de verano y toda la angustia que venía sintiendo aquella mañana se transformó en una certeza de funeral.

martes, 7 de febrero de 2012

Dial-up

"Un poco de filosofía, doctor, 
mejora la circulación." 
S. King,
Cementerio de Animales.


Encontró abierta la notebook y empezó a escribir rápidamente el correo electrónico que pensaba enviar a todos sus cotactos con la esperanza de que al saber lo que estaba ocurriendo, le darían una mano lo más rápido posible.  Sin embargo la conexión a internet era lenta e inestable.  Su mensaje iba a demorar más de la cuenta y los responsables de su desesperante situación andaban con poco tiempo.  Eso le habían dicho mientras cargaban los muebles de la cocina y del comedor, y ya avanzaban con los de las habitaciones.

"Son gente de temer Colorado" -le habían aconsejado pero él, apremiado por las necesidades había confiado en ellos, les había pedido prestado dinero para pagar algunas deudas y empezar a construir su casa.  Ahora los tenía ahí dentro, envueltos en sus trajes de color negro y sus anteojos de sol de pésima calidad pero que iban muy bien para su propósito.

Pedía en mayúsculas que sacaran esa gente de su casa, que lo habían invadido y se estaban llevando por la fuerza sus pertenencias, que por favor se acercaran y armaran un escándalo, alguna cosa que hiciera que estos delincuentes -ahora eran delincuentes- se fueran de inmediato y lo dejaran con sus computadoras, sus electrodomésticos, que eran todas suyos y de nadie más, qué  hacían estos tipos ahí rompiéndolo todo.

La conexión a internet se hacía rogar.  Era un modem «dial-up».  Lentísimo a cada paso, a cada bit.  La única conexión que había en el pueblo y que andaba un poco mejor era de la empresa, pero tenía que caminar diez cuadras para llegar a la oficina, no iba a hacer semejante gasto dejando todo librado a las decisiones de estos cerdos -ahora eran cerdos-.

Así fue que buscó un bidón de nafta en la estación de servicio de la esquina y roció el contenido por toda la casa en un descuido de los prestamistas.  Fue después que ingresaron estos, que encendió un fósforo y lo arrojó al suelo para ver cómo las llamas consumían todo su esfuerzo de años y a estos verdugos de barrio que habían acabado con su debilucha libertad.

miércoles, 11 de enero de 2012

Puticlub

Corrió a esconder la ropa de su amigo en un lugar seguro.  Afuera reían y le contaban a todos la gracia.  Lo habían dejado desnudo en las duchas.  Era verano, y después del voley  un grupito de  jugadores fue a refrescarse en la pileta, mientras los otros decidieron pasar por el vestuario a quitarse la arena y el sudor.

La genial idea se le había ocurrido de pronto, cuando lo vio dejar el pantalón fuera del locker cerca de la ducha en un banco.  Exactamente ahí se le prendió la lamparita.... justo debajo del modesto foco que alumbra los baños del club,  con las paredes descascaradas y la humedad en todos los rincones.

Mientras afuera reían y pensaban en las puteadas del acalorado bañista, en el interior de las duchas se libraba una batalla singular.  Nuestro amigo se había resbalado y se había roto el cuello con el borde del piso, aquel que hicieron para contener el agua, que no escape hacia los baños.  Había quedado con la cabeza en un rictus mortal, mirando al cielo, la ducha corriendo, los otros preguntándose qué le pasa a éste que no sale del baño, ni mete ruidos, por lo menos sonarse la nariz con violencia, ni siquiera pedir como broma que le alcancen el jabón unos chicos que pasaban por ahí y no tendrían siquiera 18 años, y le gustaba a él como a los otros gastarle bromas a los más chicos, hacerles pasar papelones si total estaban en el vestuario de hombres y ahí se pueden hacer este tipo de chistes que todos festejan.  Menos él, que ahora tiene el cuello fracturado y la sangre no llega donde debe llegar, los pensamientos han ido haciéndose fugaces y livianos en estos minutos y la vista se ha hecho demasiado borrosa, al punto de no ver siquiera el agua que todavía le moja la cara y la refresca.  Afuera hay uno que todavía festeja su ocurrencia como un gol de cabeza en medio de una defensa de tipos enormes, se rie a carcajadas con los otros que se dicen buenos amigos y lo quieren, y por eso se animan a hacerle bromas.

Cuando lleguen a verlo y descubran la expresión del rostro del amigo muerto, qué cara pondrán ellos, tal vez se les quiebre la sonrisa, tal vez lloren desconsoladamente, tal vez alguno amague con llamar de inmediato al doctor que en ese momento estará haciendo revisaciones médicas para permitirle entrar a la pileta a los demás.