jueves, 18 de mayo de 2017

Cruzar

Crucé la calle y toqué timbre.  

Abrió la puerta de inmediato, tal vez​ esperando encontrar la mujer de su vida, pero lo que había era simplemente yo.  Lo puse al corriente acerca del pedido que vamos a preparar juntos. Ahora le decimos pedidos porque hasta no tener la aprobación del cliente no estamos libres de una cancelación​, nos movemos con absoluta reserva.

Cierta vez sucedió que empezamos a preparar un envío a Europa y se canceló minutos antes de embarcar. Amargamente perdimos en ese instante millones de dólares como si nada.  Fue un aprendizaje duro, que jamás olvidaré.   Los buenos aprendizajes lo son. 

Duros.

Sirvió para unirnos más aquel día.  A partir de entonces solo hacíamos algo si estábamos seguros que el colega estaba al corriente y tomados​ los recaudos necesarios. Ya nunca volvimos a equivocarnos tanto. Pero la lección la aprendimos de una vez y para siempre. A quién le resulta divertido​ poner en riesgo su casa.  En aquella oportunidad lo nuestro se volvió deuda permanente y la hipoteca se nos vino encima. No recuerdo haber atravesado por una situación de tanto estrés como aquel día. 

Pero ahora, mientras recuerdo estas cosas, veo la luz de un móvil policial en la calle.

Me dicen que han secuestrado un vecino, piden rescate y los familiares lo primero que hacen es llamar a la policía que, como era su deber, atendió el llamado.  Los secuestradores habían sido claros: se mete la ley, él muere.

Entonces, la sirena y un alboroto de gente nunca visto a esta hora del día y mi temor era que los vecinos vinieran a casa a preguntar cosas porque cada vez que hubo revuelo en el barrio, me vinieron a buscar.  Parece que me tienen entre ceja y ceja. En la policía debe haber un registro a mi nombre que dice las veces que crucé un semáforo en rojo y cosas así. Lo sospecho por la cara de reproche del agente aquella vez que nos cruzamos en la delegación policial.  Hay registros de mi conducta por todos lados, ya no se qué pensar. 

Debo actuar como si nada,  de lo contrario la paranoia se vuelve insoportable y paso a la inacción total. Me vuelvo una persona apática y solitaria, no contesto los llamados o los emails y cualquier extraño me horroriza.

Es un día gris. Los vecinos ya están en calma. Ahora deben estar despidiendo los restos, contando a sus amigos y familiares cómo descubrieron este perfil delictivo.

Pero yo, apenas si crucé la calle aquel día.