sábado, 21 de diciembre de 2013

Vacaciones (fragmento)

Comparto con ustedes un fragmento de la Novela "Tu mano izquierda", de Laura Meradi (Alfaguara).


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Anduviste todo el primer día al sol.  A pesar de que mamá te perseguía para que te guardaras un rato a la sombra, vos te pasaste la tarde haciendo pozos en la arena con Manuel.  Primero te enterraba él, después lo enterrabas vos.  Te gustó que no pudieras enterrarlo entero, que fuera imposible que la arena, como Manuel había hecho con vos, le llegara al cuello.  Te gustó que el torso siempre quedara erguido, apuntando al sol, cada vez más negro e imponente a medida que avanzaba la tarde.  Sos invencible, le dijiste mientras Manuel sacaba las piernas de abajo de la arena, rompiendo la corteza que vos, con tanto esfuerzo, habías logrado hacer.
Manuel te tomó de la mano y caminaron hasta la orilla del mar.  Se enjuagaron los pies y las manos en el agua.  Estaba fría.  Manuel se quiso sacar la arena de la malla y te hizo caminar hacia adentro.  Mientras a él el agua le llegaba a las rodillas, a vos una ola te derribó.  Caíste de espalda, la arenilla raspándote la piel recién quemada y la cabeza debajo del agua, que te entró por la nariz y te llegó hasta la garganta, salada.  Te mantuviste con los ojos abiertos, alerta, pensando que te ahogabas.  Pero Manuel, que en ningún momento te había soltado, te sacó de abajo de la ola levantándote con una mano fuerte, estrujándote los dedos.  Le buscaste los ojos, asustada, y viste que se estaba riendo.  Le soltaste la mano y le pegaste una piña en la cintura.  Él se siguió riendo, vos le pegaste más fuerte, varias piñas seguidas.  Manuel se agachó y te abrazó.

-Nademos -te dijo.

Vos empezaste a patalear.

-No quiero -le dijiste-. Soltame.

Pero Manuel te alzó y te metió corriendo adentro del agua.  Caminaron contra las olas.  Cada vez que venía una, de frente, gigante, Manuel te decía:  No respires.  Entonces vos cortabas la respiración al instante, estuvieses inhalando o exhalando, y te aguantabas los seguindos que la ola tardaba en pasarles por encima.  Más adentro, el mar estaba calmo. Sin soltarlo, pasaste por encima de su cuerpo y lo abrazaste por la espalda.  Tenías frío.  Apoyaste los labios en la nuca de Manuel y sentiste su piel caliente.  Empezaste a respirar por la boca, y el aire que ahora inhalabas venía tibio.

-Agarrate fuerte -dijo Manuel.

Y se hundió en el agua, nadando de pecho.  Estiraste el cuello por encima de la superficie, te sujetaste con las piernas a su cintura y, montada sobre su espalda, avanzaron contra la corriente.  manuel sacaba la cabeza de vez en cuando, tomaba aire y volvía a sumergirse.  Pataleá, te dijo en un momento.  Entonces vos te agarraste con más fuerza de sus hombros, intentando que tus manos abarcaran esa inmensidad.  Soltaste las piernas de su cintura y deslizaste el cuerpo a lo largo del cuerpo de tu hermano.  No respires, te dijo.  Y se sumergieron debajo del agua.  Estaban a oscuras en medio del mar, el movimiento del agua permitiendo que sólo de a ratos tu pecho se tocara con su espalda, tu pelvis con su cola.  Sentías en tus manos las brazadas de Manuel: el movimiento ondulante de sus hombros, tensándose primero y aflojándose después, como si latieran.  Nadaban juntos, él con los brazos y vos con las piernas, como si fueran el mismo animal.  Pataleabas despacio, ondulando desde la ingle hasta la punta de los pies.  Y al patalear tus piernas se rozaban con las piernas de Manuel y sentías su malla, suave como un alga, acariciándote los muslos.





Al atardecer, despues de un día de playa, mamá paró el auto en la única calle repleta de negocios.  La acompañaste al correo y volvieron mirando vidrieras.  Frenaste en una veterinaria: juntos, en la misma jaula, había un perro negro y otro colorado.  Arriba, en otra jaula, tres conejos y un hámster.  Pegaste la cara a la vidriera.  Te tapaste ambos lados de la cara, para que nadie te viera, y sonreiste.  Una sonrisa amplia, forzada.  Guiñaste un ojo, el otro, de nuevo el primero, de nuevo el segundo.  Los perros estaban echados en la jaula, tenían la cabeza apoyada entre las patas y te miraban alzando apenas los ojos.  Sacaste la lengua y lamiste el vidrio varias veces.  Pero los perros seguían quietos, entre serios y aburridos.  Te sacaste las manos de los costados y, despegándote del vidrio y buscando a mamá hacia atrás, le dijiste:

-Qué les pasa, ¿no me ven?

Pero mamá no estaba.  Miraste de nuevo hacia la veterinaria.  Buscaste a mamá entre las jaulas, las peceras y las bolsas de alimento, y tampoco la viste.  Miraste hacia los costados y hacia arriba, tratando de reconocer a tu mamá en la cara de las mujeres que caminaban ida y vuelta por la vereda, frenándose en cada vidriera, entrando y saliendo de algún negocio, chocándose entre sí.  Tampoco.  No estaba.  La perdiste. Te pegaste de espaldas a la vidriera y apoyaste las palmas sobre el vidrio frío.  No querías sacarlas para estar segura de que no te ibas a mover de ahí.  Esperaste a que por alguna esquina apareciera tu madre.  Dos mujeres pasaron charlando, las dos a la vez, muy fuerte y riéndose.  Volvían de la playa, en ojotas y con la piel todavía brillante por el bronceador.  Iban cargadas con sombrilla, reposeras y canastas.  La sombrilla de una de ellas se te enganchó en la musculosa y te arrastró unos metros.  Desesperada, tiraste de tu musculosa hasta hacerle un agujero y zafar de la sombrilla.  Las mujeres siguieron caminando y recién ahí casi te ponés a llorar.  Pensaste, Cecilia, que eran unas gitanas que habían querido secuestrarte.  Buscaste alguna cara que te diera confianza, querías encontrar a alguien que te llevara a tu casa o que te ayudara a escapar.  Pero sólo pasaban mujeres con sombrillas gigantes, amarillas, verdes flúo.  Te diste vuelta y volviste a pegar la cara a la vidriera.  Empañaste los vidrios con tu respiración y los perros te empezaron a ladrar.  No los miraste.  No tenías que llorar, Cecilia: nadie tenía que darse cuenta de que estabas sola.  Alzaste un poco más la mirada y te fijaste en el hámster que, entre todos los conejos, corría sin cansarse en una rueda.  Te detuviste en sus ojos rojos.  En su pelo blanco.  En el aserrín de abajo de la rueda que giraba a toda velocidad.  Viste las manitos del hámster moviéndose a un ritmo fijo, sin errarle ni una sola vez a la rueda.  Chiquitas, rosas y lisas como las manos de un bebé.  Y te acordaste de las manos de Manuel, y pensaste que cada manito del hámster  podría ser una verruga de tu hermano.  Te diste vuelta y caminaste pegada a la vidriera.  Llegaste al final de la veterinaria y viste que empezaba una galería.  Te metiste.  Te parecía que te estaban vigilando desde todos los negocios.  Un hombre estaba apoyado en el marco de una ventana que daba a la galería, con un martillo en la mano, y clavos, sierras y llaves de todos los tamaños alrededor.  Lo miraste y te sonrió.  El cuerpo te tembló de pies a cabeza y  te metiste rápido en el negocio de al lado.  Entonces se abrió una cortina de golpe y del probador salió tu mamá vestida de rojo.  Gritaste.  Ella te preguntó dónde te habías metido y vos la abrazaste con fuerza.
Cuando salieron del negocio, todavía asustada por el hombre del martillo, buscaste la mano de mamá.  Pero ella te dio apenas dos dedos porque en la misma mano llevaba la bolsa con la ropa que se acababa de comprar.

lunes, 16 de diciembre de 2013

La Giménez

-Bueno señores, no puedo escribir en este pizarrón si no me alcanzan esas fibras, que ustedes mismos revolearon.  Así que si quieren que empiece la clase, van y me las traen.  Ya.
-Eh, profe, no fuimos nosotros.  Antes estaba quinto acá -dijo el mejor alumno de la clase, presuroso y ofuscado de que se lo confundiera con otra gente.
-Ya se Romero, ya se que hubo gente.  Igual, ustedes saben bien la mecánica de la clase.   Podrían entrar a primera hora, y alcanzar los útiles.  No soy tonto.
-Profe.   Lo buscan -dijo el chico que estaba sentado cerca de la puerta.

El profesor giró su cabeza, la profesora Giménez había llegado temprano buscando un libro que le había prometido la última clase y él se lo había traído, puntual y ya lo estaba buscando en su maletín.
-Sí, pase señorita -dijo.
-Permiso.  Buen día chicos -dijo la profesora y avanzó hacia el escritorio.
-Buen día profesora -dijeron algunos que estaban más adelante, mientras los otros aprovechaban la distracción para mirar las piernas de la profesora, y otros para conversar.  Estos eran menos.
-Es el mejor Abelardo Castillo de todos.  Disfrútelo -dijo el profesor, entregándole el libro.
-Gracias, veremos.  Estoy cansada de las novelas de acción norteamericanas, voy a probar con algo más latino.  ¿Usted dice que esto vale la pena?
-Totalmente.  Lealo y después me cuenta.
-De acuerdo.  Gracias otra vez, se lo traigo para el fin de semana.
-Despreocúpese -dijo él, con una sonrisa en el rostro, saludandola con un beso.

La señorita Gimenez avanzó hacia la puerta ante la mirada de los chicos que estaban deseosos de volverla a ver, y especialmente de volverla a ver cuando se iba.  Sus caderas hablaban de literatura y los versos eran perfectos, endecasílabos, finísimos.  Alta literatura.
En la escuela técnica, este tipo de casos son raros.  Normalmente, los chicos espantan las profesoras muy atrevidas o muy atractivas.  Terminan abandonando la clase, se van en busca de otros empleos, otros destinos o finalmente se lastiman hasta matarse.  No era el caso de la valiente Giménez, que volvía una y otra vez insistentemente sobre la clase de Matemáticas que ella daba en quinto y tercero.  Justo en las edades donde las hormonas del crecimiento están alborotadas con inusual ímpetu y las curvas femeninas son la excusa perfecta para dejar los libros de texto en un rincón.

-Señorita -dijo uno antes que ella terminara de salir.
-¿Si?
-Una pregunta, ¿usted es casada? -preguntó el alumno soportando las burlas de sus compañeros.  Uno tiró un puño de papel que pegó en su espalda.
-No.  No soy casada, ¿cuál es su nombre?
-Gutierrez.  Disculpe, es que tengo un hermano mayor que quiere saber.  El sí es soltero, sabe.
-Por favor, Gutierrez, vuelva a su banco, siéntese -ordenó el profesor-.  Profesora, discúlpelo.
-No hay problema, y le repito, no soy casada.  Divorciada.  Hace dos años ya.  El tiempo pasa chicos, no se dejen estar.
-¡Gracias! -gritó Gutierrez.

La profesora dio media vuelta y se fue.  Los pibes giraron la cabeza en busca del pizarrón, que ahora ocupaba todo el frente, y era electrónico.  El profesor escribía en una tablet y ellos desde el banco tenían acceso a una pequeña pizarra electrónica para escribir, si el profesor la conectaba, directamente en la que estaba al frente.  Es decir, ahora no debían pasar al frente, podían hacer los cálculos directamente desde el banco.  Antes lo llamaban pupitre, ahora eran modernos bancos  electrónicos con unas cuantas herramientas tecnológicas al alcance de los estudiantes.  Claro, ellos muchas veces preferían el método antiguo, cuando las cosas se escribían con tiza, y había borradores por todos lados y nadie olvidaba las claves de acceso, ni los nicknames.

-Adiós señorita -se escuchó de un rezagado y todos estallaron en una carcajada.