lunes, 12 de diciembre de 2011

Log-in

Tommy escribió un comentario áspero, de marcado contenido político, confiando que armaría un buen revuelo y se convertiría en un disparador de mensajes punzantes y polémicos pero a esta hora de la noche no le importaba en absoluto. Terminó su trago -un whisky importado con hielo- y se fue a dormir, sereno como un angelito.

A la mañana siguiente, sin perder un segundo encendió su computadora para ver en qué estaba la conversación.  Sentía nervios y mucha ansiedad por contestar cualquier barbaridad que hubieran dicho sobre ese estilo suyo, tan políticamente incorrecto.  Encendió un cigarrillo y mientras el ordenador se ponía en marcha fue a mojarse la cara y despabilarse un poco.  Su computadora estaba lista, sólo había que hacer login en el menú principal del navegador.

Sin embargo, algo había ocurrido con su usuario y contraseña: no funcionaban.  Tal vez habían hackeado su cuenta de internet y ahora tendría que lidiar con un engorroso tramiterío de recuperación de contraseñas, y métodos para demostrar que aquella cuenta de email era suya.  No podía ver los mensajes, ni siquiera el estado del tiempo.  Pero no, todavía no -pensaba-, me habré equivocado, tal vez las mayúsculas están encendidas, o quizás simplemente me equivoqué porque estoy todavía bastante dormido.  Estas posibilidades eran un bonito consuelo y mantenían la esperanza.  Volvió a intentar.  Sabía que su contraseña estaba bien, pero intentó algunas anteriores, las que usaba antes del curso de seguridad que les habían recomendado hacer a todos en la oficina.  Eran claves mucho más inteligentes, combinaban una serie de números y frases imposibles de descrifrar por un atacante, al menos eso le habían asegurado.

Un pensamiento sobrevoló su mente: el hacker había estado durante toda la noche, publicando contenido bajo su apodo.  Le habían usurpado la identidad, y estaban ensuciando su imagen frente a la comunidad de internet.  A eso lo había llevado esta situación, la de ganarse enemigos, la de publicar aquellos mensajes poco simpáticos contra algunos funcionarios deshonestos que no le hacían ninguna gracia.  Había desoído el consejo de utilizar un usuario anónimo para aquella actividad.  Ahora quién sabe qué estaría diciendo él -en realidad la otra persona haciéndose pasar por él- y a quien estaría insultando o a cuál de sus amigos verdaderos estaría haciendo pasar un mal momento.  Lo cierto era que la angustia empezaba a ganarle la pulseada a la mañana.

A todo esto sonó el teléfono a su derecha.

Era su madre.  Preguntaba si recordaba en qué día había nacido Franco, el hijo del vecino que cumplía años ese mes.  Con el corazón helado, Tommy contestó que no, que no tenía idea, que por favor no lo llamara durante todo el día que tenía un problema con internet y que necesitaba concentrarse para resolverlo.  A su madre, claro, le pareció una exageración.  Cuando tenés un problema con internet llamás al técnico y listo -pensaba- y Franco es un buen profesional, no se qué puede ser tan grave que no pueda hablar con su madre, este hijo mío, tan apático y malhumorado que ya no se qué pensar.

Colgó el teléfono.  Tommy recordaba haber utilizado una combinación de números extraídos de la suma de las cifras de su nacimiento y su número de documento.  Había agregado unas letras para hacerlo todavía más complejo siguiendo la recomendación de los cursos de seguridad: "siempre es bueno agregar caracteres, números sólos no".  Nada.  La nueva configuración del proveedor de internet era estricta.  Si pierde u olvida la contraseña para ingresar a internet, todo lo demás no cuenta.  Es decir, si no podés loguearte para acceder a internet, no tenés correo, ni redes sociales, nada.  Ni siquiera una página de noticias podés ver.  Esto había evolucionado.  Tommy siempre lo había criticado pero a mucha gente le parecía correcto este nuevo esquema, ya que evitaba los anónimos y siempre se sabía quién estaba fisgoneando tus cosas.  Así se había eliminado con bastante eficacia la actividad de los hackers que había antes, que de pronto te usurpaban una página de internet colgando información que a ellos se les ocurriera.

Se sentía abrumado por  la desesperación de no ver lo que estaba ocurriendo en su muro, con sus mensajes, y toda la actividad que había llevado adelante los últimos meses.  Buscó un número telefónico para hablar al técnico, pero desistió.  Era una vergüenza perder la contraseña.  Si te ocurría,  era por algo.  O lo habías perdido o, simplemente, te estaban negando el acceso.  Esa posibilidad era la peor.



Tommy era confiado.  De chico se sentaba en la vereda de su casa y a cada uno que pasaba caminando le decía algo picante y chistoso que a veces podía caer pesado pero él no tenía vergüenza en decirlo.  Se sentía seguro de sí mismo al decir estas cosas, con una total confianza en que las reacciones de los demás serían siempre de su agrado y no le traerían problemas, más allá de alguna mirada con recelo y malhumor que eran las menos.  Su perro se sentaba a su lado, y miraba pasar los caminantes con toda alegría.  Movía la cola festejando los comentarios de Tommy y alardeaba de tener un amo caradura y sincero.

Cuando vino el técnico a reparar su computadora, Tommy no estaba en casa.  Había dejado precisas instrucciones sobre cómo tenía que proceder el muchacho.  En síntesis, tendrían que ofrecerle tomar asiento y llamarlo a él donde se encontrara sin demora.  Hasta que no llegara no podía acercarse siquiera a la computadora.

Así lo hizo el técnico, un tanto contrariado por esa situación, del todo estúpida la verdad, si total él podía adelantarse y desarmar al menos el gabinete y mirar dentro si faltaba alguna pieza o había sido violado el interior de la máquina, esto, que suele ser obviado por muchos técnicos puede ser también la causa de la catástrofe.  El muchacho se hacía estas preguntas, fastidiado por el calor y el tedio de la habitación de Tommy que tenía una decoración austera y ninguna ventana a la calle.  Había allí un encendedor cerca del cenicero y al chico le tentaba prender un cigarrillo.  Toda la habitación olía a tabaco. Es que Tommy fumaba mientras usaba la computadora, práctica por lo demás muy poco recomendable.

Al llegar a casa, corrió a su habitación a ver si habían hecho caso de sus instrucciones.  Lo encontró todo como esperaba.  El muchacho con cierto fastidio, lo miró de arriba a abajo insultante, pero lo saludó respetuosamente como a todo cliente.  Abrió su caja de herramientas y empezó su trabajo.  Empezó por donde él creía razonable hacerlo: desarmando el gabinete.  Tommy al principio no entendía, si nadie entraba en esa habitación, y la noche que se produjo la "invasión", él estaba seguro que nadie había entrado por ahí.

-Pero bueno, si a vos te parece hacelo -le dijo, machacando en el cenicero su último cigarrillo.





Su muerte fue lo menos esperado por todos en la casa.  Encontrarlo tirado en el piso, con un revólver empuñado y descargado de la única bala mortal fue sorprendente para quienes lo conocían en el barrio y en la casa.  Sin embargo el técnico era la única persona que había estado en contacto con él los últimos días y debería tener una respuesta.

Lo llamaron a declarar.  En su coartada decía que él solo vino a arreglar una computadora y que la noche anterior había estado con Carolina la hermana de Franco, el hijo del vecino, tomando un helado en la plaza de la esquina, que de ninguna manera había estado cerca de la casa de Tommy y que además, todo hacía presumir que se trataba de un suicidio y que por qué lo llamaban a él, que nada tenía que ver.

El policía desconfiaba de su expresión fría y calculadora.  Había cierta violencia en su mirada y en su manera de hablar.  Digamos que agarraba las palabras y las tiraba hacia el interlocutor con cierta indolencia, cierta desaprensión definitiva y total que era típica de los expertos en computadoras -pensaba el policía- que siempre están buscando información en internet como si ya nada pudiera buscarse en los libros, o preguntarle a los ancianos, o simplemente explorar la naturaleza.

-Hágalo -dijo de pronto- pregúntele a Carolina, investíguela también a ella y verá que no miento. -dijo.
-Sin duda que lo haremos muchacho, -contestó el oficial- sin duda que lo haremos.

Tommy fue enterrado en un funeral sencillo, con un sólo familiar presente en aquel lugar, alguien que vivía en un pueblo cercano, y que recordaba al primo como una persona conflictiva que había vivido los últimos años solo, encerrado en su habitación, siempre conectado a internet, escribiendo cartas (mails en realidad) de marcado contenido político, y ensuciando cuanto pudiera la reputación de los funcionarios corruptos -o que él aseguraba que eran corruptos-, y sin que nadie pudiera probarlo nunca.