viernes, 15 de febrero de 2013

Pensionados

Tal vez, aquel papel hallado en el piso sea importante, tal vez no.  Lo cierto es que Ramón se inclinó para recogerlo y se puso a leerlo con la tenue luz de la habitación en la que se encontraba, después de haber discutido con su mujer por lo mismo de siempre: las facturas impagas.

Se recostó en el sillón desafiando la hora y la molestia en sus ojos por la oscuridad reinante.  Se fue hundiendo en el texto de mala calidad, de libro de cuarta categoría, de lectura barata y sin sentido, mientras esperaba que se calentara el agua para el mate.  A esa hora, los mates eran una delicia,  él ignoraba porqué aquella infusión se había transformado en el eje de su vida.  Todo giraba alrededor del mate.  Con quién lo tomaba, con qué lo acompañaba, si el agua estaba a la temperatura exacta, si necesitaba más yerba o si la bombilla era la correcta.  Su computadora estaba apagada y le daba pereza sentarse a esperar que encendiera para buscar información sobre aquel texto extraño.  Acaso con solo poner unas breves líneas en el buscador encontrase a quién pertenecía, o de qué libro se trataba.  Pero prefirió seguir con la lectura, seguro de que terminaría en cualquier momento sin saber qué pasaba a continuación.  Era una hojita suelta de algún libro con mala encuadernación que hablaba sobre unas supuestas experiencias paranormales de un escritor que había viajado por la India y cosas así.   De pronto recordaba nítidamente el olor de los libros en la planta alta de una librería de San Luis.

Lo dejó en su lugar otra vez y sentía que todo el peso del día se le venía encima.  El mate estaba listo pero no tenía ganas ahora de sentarse a tomar y prefirió irse a la cama con su mujer aunque tuviese que soportar otra andanada de reproches e insultos por todo lo que estaban viviendo en aquella oscura pensión. No era justo que ellos tuvieran que pasar por esto.  Sentía la rabia de su mujer y la justificaba plenamente.  Sus deudas de juego habían superado todos los límites posibles.  A esta altura los acreedores se lo querian comer vivo.  A él y a su mujer también porque naturalmente la creían su cómplice.  Se fue acomodando a su lado, tratando de no hacer ruido pero fue en vano.   Ella comenzó de inmediato a meterlo otra vez en tema, lentamente sin llamar la atención, en pocos minutos estaban otra vez discutiendo sobre qué harían con las deudas.  Deudas que solamente él se había buscado con su adicción  a los juegos y a las estupideces que se venden en internet, de las que tenía lleno el armario de la habitación que alguna vez fuera para los chicos.  Los dos vivían solos en esa pensión después que los echaran de la casa donde vivieron por muchos años y que abandonaron por causa de la maldita hipoteca.  Tristísimo.

Tal vez, si vendiera algunas cosas, tendría para sacarla a pasear un domingo, hacer un asado e invitar a los viejos amigos o simplemente comprar ropa para los dos.  Pero no, él prefería tener esos trastos viejos y sin usar a modo de colección irracional allí en ese armario desvencijado y sucio que había en la pensión como un mudo testigo de todos los que pasaron por ahi alguna vez.  Personas sin techo, personas sin familia, sin empleos, sin recorridos por el mundo, sin estudios, sin gozar de buena salud o sexo, en fin, personas pensionadas.