miércoles, 28 de abril de 2010

Fútbol

Prometí cerrar la boca al comenzar el partido, pero me dejaron entrar sin pagar de modo que me sentía a mis anchas, solo tenía ganas de gritar y nadie lo iba a impedir sin golpearme.

Encontré un libro tirado ahí, rarísimo me dije, lo metí al bolsillo decidido a darle un vistazo después cuando terminara el encuentro. Jugaban dos equipos vecinos uno de mi barrio, el otro de aquí cerquita. Mis amigos eran todos del equipo contrario, estaban conmigo pero me daban codazos cada vez que su equipo hacía una jugada, para qué decirlo, apenas buena.

Un hombre a mi lado tenía la voz ronca, la garganta seca, y gritaba todo el tiempo con un hilo de rabia que brotaba de vez en cuando para calmar esa sed. Era una tarde fría de invierno todas las cabezas cubiertas por unos gorritos muy simpáticos que regalaban en la entrada. A mi no me tocó, claro entré colado, pero eso no me importaba. Estaba singularmente entretenido con el hombrecito y su gorro, su bufanda y su voz destartalada.

Disparé una bengala que explotó en el aire y sorprendió a todos, era media tarde y por supuesto apenas escucharon el sonido porque las luces se perdieron por completo, nada había para ver. Así que me fui del estadio, simulando, haciendo como que iba acercándome a la cancha fui bajando escalones, lentamente, mirando de vez en cuando a mis camaradas, gritando un poco para despistar. Y así llegué a la salida, con cierta nostalgia miré hacia atrás como buscando reconocer a alguien pero estaba lo suficientemente lejos para ver una cara conocida, y me fui. Me pidieron el gorrito. -No, les dije, a mi no me dieron.

Ahí tuve que pagar la entrada.


García Be

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