miércoles, 5 de mayo de 2010

Criminal

Le faltó vocabulario para decirle en la cara lo que pensaba, todo lo que hubiera querido gritarle. Se tuvo que callar. Alguien cruzaba caminando y prefería en ese momento evitar toda situación embarazosa.

Había que ver en qué lío se había metido y esta vez hasta las narices. Su cómplice era un muchacho de apellido español, que había conocido en un bar, mientras miraban un partido de fúbol que, desde luego, tenía para ellos muy escaso interés.

Su manera de hablar, su cadencia, la forma en que pronunciaba las eses, todo ese juego elegante en la voz lo había seducido al principio como si se tratara de alguien especial, alguien en quien podía confiar ciegamente y ahora, tristemente tarde, se daba cuenta del fabuloso engaño del que había sido víctima. Tan sólo podía esperar la cárcel que, por cierto, en esta temporada está recibiendo la mayor cantidad de gente por la miseria y el frío y ahí, a nadie se le niega un plato de comida caliente. Tal vez -pensaba- haya sopa a la noche y a mí que me gusta tanto. Callate idiota -se contestaba- ¿no te das cuenta que con eso no se jode? Andá que va a ser bueno ir a la cárcel, ¡idiota mil veces idiota! ¿Cómo no lo pensaste antes? Cómo no lo pensaste antes -seguía repitiendo en un monólogo infantil cambiando el tono de voz, haciéndose el español al hablar, lo repetía una y otra vez.

Robó un auto, pero para él todo había sido un juego, un divertido juego criminal que terminó con la vida del dueño y por si fuera poco, de la esposa. Había matado dos pájaros de dos tiros, ni siquiera tuvo habilidad para economizar balas o respetar dichos populares. La sangre manchaba ahora sus manos, sus pantalones, su camisa. Estaba sucio y enfermo. Ahora se reía pensando en lo que había vivido. Alguien lo amenazó de muerte y él reaccionó de inmediato disparándole en la sien, ahí donde no se deja lugar a dudas. -Estás muerto -decía, y se regodeaba con el arma, la mostraba a las cámaras de seguridad como si de un juguete se tratara. -¡Aquí está! ¡Miren idiotas! ¡Con esto lo hice, con esto los mate a los dos! ¡Vengan a buscarme! -gritaba enloquecido, fuera de sí.

Ahora miren este cielo qué pálido. Miren el sol escondiéndose y la luna enorme ahí tan redonda como un enorme proyectil precisamente disparado por nosotros y detenido en el tiempo, perforando la atmósfera para siempre.


García Be

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