viernes, 18 de junio de 2010

SIN TITULO (XIX)


XIX


Empezó a notar el frío y a mitad de cuadra había una farmacia abierta a cualquier hora de la noche. Pensó comprar un tranquilizante para dormir, cosa que hacía días no estaba haciendo reposadamente, sin sobresaltos, sin temer que su mundo se viniera abajo, sin pensar en su ahora ex-amigo que lo seguía a cada paso, que vigilaba sus movimientos en principio en internet, pero seguramente también en la otra vida, en la vida real.

El farmacéutico era una persona conocida del barrio, amigo de todos, muy querible que siempre tenía un remedio para casi todos los males, exceptuando los del corazón, aunque también a veces ofrecía algunas tisanas para los pobres tipos como él, enfermo de traición y abandono. Detrás suyo, y para su desgracia, entró un hombre andrajoso y sudado que se puso a caminar de aquí para allá dentro de la farmacia mientras lo atendían a él. Quiso irse, pero fue justo ahí cuando mencionaron su número, no había más remedio que comprar.

-Qué necesitás Nicolás? -preguntó Ramiro, el farmacéutico.

-Hola, mirá, algo que me tranquilice y pueda dormir a la noche -dijo él, seguro de lo que pedía.

-Tengo un te de esa marca que ves ahí, fijate.

-Sí, algo así ando buscando, nada de pastillas sofisticadas.

-Fijate eso, mirá tranquilo mientras atiendo al señor -dijo el hombre dirigiéndose al personaje que todavía caminaba dando pasos de militar, haciendo media vuelta ¡mar! cada vez que llegaba a la vidriera y no le quedaba espacio.

Nicolás se hundió en la lectura de diez envases diferentes de tés para tranquilizarse, para dormir, para despertarse a tal hora, para sosegarse, para humedecer los labios, para todo tipo de males. Todos envueltos en estricto papel celofán con una presentación envidiable. Le recordaba cuando miraba artículos de computación días atrás, todos con código de barras. Miraba de reojo al comprador afortunado que estaba comprando mientras él miraba cartelitos, y ya casi se iba. Prestó atención y no, el otro no compraba. Le dieron un papel con algo escrito y se fue.

¿Por qué aquel sujeto tenía también ese misterio encima como atacándolo, como acechándolo, y se llevaba algo que seguramente tenía que ver con él. Acaso el farmacéutico ya había dicho qué estaba buscando Nicolás. Todo se sabía ahora, todo. Eligió cualquier té, alguno que le aliviara el sueño, que le prometiera un descanso reparador, y un despertar en otro país, pero eso no había. Solo lo primero, un buen descanso, y a seguir al otro día con sus pequeños problemas, mitad inventados mitad reales.