sábado, 12 de junio de 2010

SIN TITULO (VII)


VII


En su barrio se escuchaban sonidos de fanfarria, había un acto en la plaza cercana. La banda de música local estaba celebrando sus 40 años a todo trapo, tocando canciones de hace unos 50, pensaba Nicolás. Así se fue arrimando tal vez para distraerse, tal vez para entonar alguna, la que siempre le había gustado era Febo Asoma. Pero tuvo una muy grata sorpresa: ahí estaba ella. Era una chica que había ido al acto acompañada por desgracia, pero a él no le importaba en absoluto, solo quería observarla, mirarla de cerca y que ella lo mirara aunque sea una vez. Tenía una mirada cálida y dulce, entibiaba la fría mañana de invierno con su bufanda violeta y su abrigo blanco.

Se fue olvidando del acto, de la fanfarria y de los metales, era todo oídos y ojos para ella. Se acercó hasta casi rozarla, intentaba ser nadie en ese momento que ella ni siquiera supiera que él estaba ahí. Quería borrarse, ser un hombre invisible para estar cerca, sentir su respiración, su aliento, su calor de cerca, el aire de su nariz. Estaba fascinado, y observaba también al que estaba ahí atrás, que hablaba con ella, que le sonreía, que le hacía chistes (estúpidos) y que iba muy mal vestido.

Llegaron algunas tropas en desfile militar, por un momento tuvieron que moverse unos metros, Nicolás observó solamente quedar cerca de ella y que nadie lo notara. Estuvo así, soportando el sol justo encima de su cabeza, y a pesar del frío le resultaba bastante molesto, pero era capaz de aguantar todo eso y más. El desfile se desarrollaba y todos prestaban atención al paso marcial, estaban muy entretenidos con las armas al hombro, las armas en los brazos, las armas entre las piernas, todo resultaba perfecto en una mañana de celebraciones y cantos. Hasta ahí había llegado él, sin pensarlo siquiera, sin estudiar quizás consecuencias, ni nuevas heridas.

-Qué hacés boludo! -dijo el chico que la acompañaba.

-Uy disculpá, te pisé -contestó Nicolás dirigiéndose directamente a ella.

No lo podía creer. Lo peor estaba pasando, lo peor y lo mejor. Por un lado la veía esbozar una sonrisa débil y también mezclada de bronca por el pisotón que debió doler ese día y por otro le estaba dirigiendo la palabra. Se sintió el tipo más estúpido. Quiere hablar con alguien y lo hace pisándole el pie, no se podía ser más idiota. Y aquel infelíz haciéndose el valiente, pedazo de basura, te rompería la nariz con el zapato -pensaba, gimiendo, y haciéndose callar para no embarrarla más.

Ambos se corrieron unos metros y ya no la veía a la cara. Debería saber volar, se decía, podría elevarme unos metros y ubicarme justo encima de ella a pocos centímetros, para observarla, decirle cosas, acariciarla. Pero la realidad estaba ahí, azotándolo otra vez. Cerca suyo el sujeto del sobretodo gris estaba simulando una actitud de observador del acto, pero era claramente una advertencia hacia él. Lo miraba de reojo, lo espiaba, estaba estudiándolo. El estaba solo, se sentía en medio de un drama inexplicable y escandaloso. ¿Dónde terminaría con su paranoia? ¿A quién contarle lo que le estaba pasando y que no lo juzgara como un buitre en busca de sangre?