sábado, 28 de agosto de 2010

Rufino lanzado (II)

Se mueve de aquí para allá, se acomoda una y otra vez, gira su cabeza hacia la ventana y después al pasillo. Una luz ciega su mirada, es el sol bajo del amanecer que ya está entre nosotros, piensa.

Su vista va de aquí para allá, estudiándolo todo, analizando cada cosa con cuidado. Su compañero de asiento duerme tranquilo qué afortunado. El whisky demora todavía un rato más pero al fin llega. La azafata lo trae con una sonrisa dibujada y no disimula su desagrado. Estas no son horas, piensa pero qué tanto, es un viaje largo y seguramente no se moverá de ahí por un buen rato, mucho más de lo que dura el efecto del trago en su cuerpo, de alguna manera ya estaba acostumbrado al alcohol. En su finca se elaboraba vino, tenían lo que hace falta y hasta él conocía la receta. Varias veces habían calmado la sed agobiante de verano tomando de la bordaleza después de un agotador partido de fútbol. Su cabeza conocía la sensación de estar a punto de explotar. Pero esta sensación era singularmente diferente. El whisky había empezado a hacer efecto en su mirada y el sueño estaba llegando por fin.

Había en el ambiente un ruido confortable y armonioso al que ya se estaba acostumbrando. El suave vaivén del vehículo lo estaba meciendo lentamente y su cuerpo parecía ahora liviano, frágil, sumergido en una leve brisa o una densa bruma que lo acariciaba y llevaba un poco más allá, estaba viajando y estos lugares sí eran desconocidos, estaba transitando unos paisajes extraños y placenteros, sabía que ahí quería volver.