miércoles, 22 de septiembre de 2010

Rufino lanzado (VI)

Estaba conversando sentado en la vereda, miraba los autos y se reía. Su vecino le daba charla de computación a él le fascinaba.

-¡Dijo que podía estar conectado con alguien de otro país! -Se reía, y contaba los autos. El vecino tenía un kiosco y ahí empezó a comprar cigarrillos y le daban fiado cuando faltaba la moneda. El dueño era un chico de unos treinta años con una carrera de martillero público terminada y ejercía de eso, de comerciante. Algo increíble, algo impensado para quien estudia una carrera.

Rufino miraba encantado el monitor del kiosquero. Cuándo me dejará usarla aunque sea un rato -pensaba- y no se atrevía a decirlo siquiera en voz baja. Se reía de los íconos, los carteles, las banderas, y también de las mujeres que el otro le mostraba. Según él, mujeres inofensivas que invitaban, sugerían y también cobraban por cierto.

Se reía.

-Convidame uno -dijo Rufino, señalando un paquete de cigarrillos.

-Sí, servite, ahí tenés el encendedor -respondió Juan.

-Gracias. ¿Y cómo hacés? ¿Vos tenés que comprar los cables para conectarte con otra máquina? -preguntó sin quitar los ojos del monitor, desorbitado.

-¡No, cómo se te ocurre?! -respondió el dueño de la computadora, el dueño de la diversión-. No entendés nada Rufino, sos un desastre. ¿Dónde vivías decime? Volvete, no hay lugar para vos acá. Vas a sufrir mucho mientras aprendés, además acá las minas son terribles, se van a burlar de vos si no conocés internet.

-¿Cómo hiciste eso?

-Ah, una pavada, tenés que usar esto, ¿ves? Se llama "mouse" que es ratón en inglés, ¿ves cómo se mueve ese puntero? -respondía Juan, mirando de reojo a su nuevo amigo.

-Eh, qué loco. Allá en mi campo había unos así de grandes, pero nos comían las conservas había que matarlos -le contaba Rufino, y soltaba la carcajada.

Después de un rato de reirse y no entender nada se fue a caminar por el barrio, pensando seriamente en lo que había aprendido hoy, para él esto del puntero y el mouse eran dos enormes palabras nuevas, dos cosas desconocidas llenas de misterio y sentido en su nueva vida en la ciudad.

En su finca ¡para qué le podrían servir! Sería ridículo utilizar algo así para cosechar tomate, berro, o hinojo fresco. Una ensalada no lleva nada de eso, hay que regar en su debido tiempo, quitar la maleza, y matar los bichos cuando hay. Cada vez más, una plaga. Su mirada divaga por ahí hasta detenerse siempre en la misma vidriera, la de la casa de computación con las luces altas. Parecía un coche de frente -reía Rufino- este se te viene y no lo parás con nada. Ya estaba cerrado, se tenía que conformar con leer los precios escritos en carteles con nombre propio. Y las características no le decían mucho, eran un montón de caracteres extraños, letras bizcosas -decía él- porque lo dejaban medio bizco de no entender nada.

Pucha, ahí estan esos dos, meta darse besos en el interior del local. ¿No es hora de irse ya?