jueves, 9 de septiembre de 2010

Rufino lanzado (IV)

Ahi va, recién llegado a la capital se oculta detrás de una vidriera, todas las luces le resultan abrumadoramente fuertes, tiene que esconderse detrás de su mano, pensando que va a quedar ciego. Rufino tiene tiempo para caminar, recorrer el centro, mirar los carteles, preguntar dónde queda, y seguir su camino hacia la nada en redondo, hacia la pensión otra vez.

Ya lleva una semana de su nueva vida. Por suerte de sus padres ni noticias, tal vez hayan hecho una denuncia y lo estén buscando con la policía, tal vez se acostumbraron a su ausencia más rápido de lo previsto, tal vez su madre ni le dijo a papá y este después de un tiempo al fin preguntará dónde está Rufino. Exagera un poco, lo sabe, su padre no es tan distraído, y le ha hecho demostraciones de cariño, muchas, como cuando le dejó manejar el tractor con sólo 14 años. Pero él prefería la yegua. Arar con la yegua era todo un desafío. Terminabas con los brazos y las piernas rotos por el cansansio. Era una actividad extrema, de tiempo libre, outdoor y el gimnasio todo junto. Felicita trotaba al trabajo como contenta y él se encargaba de bajarle la dosis de alegría con unos buenos azotes hasta que encontraba su rumbo y dejaba de comer de las plantas.

Encuentra un camino más corto a su casa, sube al subte y se deja caer en el asiento pensativo, con la imagen fija de una tapa de revistas en su cabeza. Eso quiero -piensa- eso voy a buscar mañana. Una computadora como esa que sale en la portada de esa revista de computación. Voy a empezar a buscar por el barrio, voy a recorrer los negocios preguntando precios y me voy a comprar la mejor de todas. Ahora sube una chica y se sienta en frente de Rufino, cruza las piernas con su mifalda provocativa, incendiaria, y mira al techo. Deja ver su cuello, ella sabe que eso gusta y aprovecha al pobre pueblerino con carita de bueno, que ahora es todo ojos para ella. Él se olvida de la revista, bueno también había otras -dice- en el revistero, también con chicas en la portada. Quiere preguntarle algo, le gustaría llevarla a su pensión, es preciosa. Tiene las piernas más hermosas que él haya visto jamás, y su minifalda sugiere todo lo necesario para que a él se le vuelen los patos de la cabeza. En la finca había ejemplares menos atrevidos.