miércoles, 3 de noviembre de 2010

Rufino lanzado (XI)

De aquella muerte poco se supo en la pensión, solo quedó el recuerdo de doña Rosa enfurecida con los brujos (así llamaba ella a los que escribían barbaridades en el diario) y uno que otro portazo.

Rufino lo recordaba aquel sábado contándolo con el mayor lujo de detalles del que era capaz a todo nuevo pensionado. Su explicación rozaba lo inverosímil. Que doña Rosa tenía indicios -según él- de dónde había sido la muerte pero acá se busca tapar todo, decía. La negación de aquel caso publicado hasta en los diarios había llamado la atención de Rufino que empezaba a darse cuenta cómo se manejaban en la ciudad, con qué rapidez se tapaban algunos hechos y de qué manera se miraba para otro lado cuando el tema aparecía en las conversaciones. A nadie le gustaba quedar como un desubicado comentando semejantes cosas. Mejor callarse.

Era doña Rosa, sin embargo, la que aquella mañana estaba hablando sobre la muerte misteriosa ocurrida en su propio barrio.

-Para mí que fueron los Benavidez -dijo ella y se sentó a tomar unos mates.

-¿Por qué lo dice doña Rosa, tiene algún indicio? -preguntó Rufino entrando en la charla mientras se hurgaba el oído como distraído.

-Y mirá Rufinito, yo los había visto con cara de enojados a esos diablos. Conozco lo que son capaces de hacer cuando les viene el demonio.

-Pero, ¿a quién habrán acuchillado doña? -preguntó

-Esa es una buena pregunta, dicen que a alguien de acá la vuelta, no se. Un tal Ramirez. Un cabo de la policía.

-Eh, pero esa gente anda armada siempre, cómo no se avivó que venían por su cogote -dijo Rufino en su español campesino.

-Mirá querido, vos imaginate que te agarran cuando te estás bañando, suponete, y obviamente no vas a andar con el arma a todos lados, ¿no? -explicaba ella.

-Claro, claro, y si puede ser, algo así habrá sido. -contestó Rufino.

Ya un poco aburrido saludó al pasar y se fue a dormir. Antes, abrió la heladera tomó un yogur vencido que alguien había dejado olvidado, sacó una cucharita del cajón y subió a su habitación. En la escalera fumaba con cara de preocupada la vecina del otro cuarto, que estaba junto al suyo y que habitualmente se sentaba ahí a fumar. Rufino con su yogur, se sentó unos escalones más arriba y se encontró fumando sin querer al ratito nomás. Pero quería terminarse la cena y charlar unas palabritas con ella. Estaba fuerte -según él- y a esta altura del año ponerse de novio era una idea que lo envolvía y no lo dejaba dormir en la noche. Ella estaba más buena que las mañanas de verano allá en el campo, bien temprano, cuando había llovido y salía a acuchillar la tierra con la máquina y el caballo overo.

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