jueves, 21 de octubre de 2010

Rufino lanzado (XIX)

Regresó a casa, y se fue a duchar. En el baño cantaba alguna canción aprendida ahora que vivía cerca de todo. La radio en la pensión estaba todo el tiempo encendida, todo el tiempo en alto volumen, nadie quería bajarle ni cambiar de estación. Siempre se escuchaba bien y era del gusto de todos.

Cantaba mientras abría la ducha, y empezaba a desvestirse. El agua caliente era algo que había empezado a disfrutar por la facilidad con que disponía de ella. En su casa del campo había que luchar para bañarse en invierno con agua fría, o apenas tibia con algunas brasas bajo el lavador y después tirarla lentamente sobre la cabeza y comprobar que no era suficiente, que seguía muy fría, y que mientras más se demoraba más frío pasaba. Ahora en cambio, a bañarse lento, a disfrutar y a cantar. Esa era su tarea.

Llevaba encima un reloj. Miró la hora y se sumergió en la bañera llena de agua, con una sola meditación dándole vueltas en la cabeza. ¿Cómo hacían para calentar el agua así, y que durara tanto tiempo? Se miraba en el agua. Sus manos empezaban a ablandarse y el perfume de jabones llenaba todo el recinto, también eso era extraño para él. Su mirada recorría las paredes del lugar, y cerraba los ojos agradecido por tantos bienes inesperados, tanta alegría que reventaba en sus poros, por todo el cuerpo. ¡Cuando le contara a su madre y a sus amigos del campo! Bueno, más bien a sus amigos, porque lo que era a su madre mejor ni acordarse. Mejor ni pensar, porque le venía una sensación de ruptura, de agonía, de depresión. Ella era la única culpable a fin de cuentas que él estuviera hoy aquí, y a fin de cuentas estaba contento. De no haber sido por ella y sus amonestaciones absurdas, sus retos estúpidos, y su instinto dominador, quizás él estaría todavía sufriendo las inclemencias de aquella casa, y lo que es peor, a su padre.

Alguien golpea la puerta. Rufino se seca la cara y entreabre la puerta ocultando apenas su desnudez con las manos.

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