martes, 23 de julio de 2013

Guara

Se encomienda a Dios, y cruza decidido la calle.  Al otro lado se encuentra con su tío, un cura franciscano de unos 40 años que viene de celebrar misa junto a su perro.  El perro no celebra la misa, lo espera fuera de la iglesia y a la salida se van caminando juntos.

El sacerdote acaricia gentilmente a su perro y camina, llevando una bolsa del supermercado donde tiene lo mínimo indispensable para el fin de semana que le espera en su confinamiento de oración y celebraciones.  Nada le interesa más que sus tareas habituales y el fútbol de fin de semana.  A veces va a la cancha pero sólo cuando está de vacaciones en casa de su familia a mil kilómetros de allí en otra ciudad, en otro estado del país, con otra liga deportiva, allí sí que se juega al fútbol de verdad.  En este pueblito sólo hay gente que se junta a hacer picados en terrenos baldíos y a gritar nombres extraños de jugadores extraños, que solo se conocen de verlos en televisión o de los álbumes de figuritas.

Aquí no hay internet.  Nadie sabe de esas cosas, viven alejados de todo lo tecnológico y el cura admite que se vive ciertamente mejor.  Él conoce las grandes urbes con su infierno informático, sus cables en todos lados, sus antenas y su proliferación de señales en todos los rincones.  Que el wifi, que la radio, que las distintas bandas de señales absolutamente inútiles y me olvidaba del peor de todos: el teléfono móvil.  Si señor.

-No señor, -dice- no vi ninguna mujer por aquí.

-Ah, gracias -le contestan.

Y sigue caminando junto a su perro y su bolsa.  Después de todo, se cruza con pocas mujeres a diario.  Solamente cuando van a visitarlo por algún problema de la parroquia pero también eso está organizado de tal manera que pueda evitarse una situación que normalmente lo incomoda.  Él con sus votos a cuestas, debe mantener las formas, cuidarse de las habladurías y de las historias que se cuentan por aquí de otros religiosos anteriores que fueron fecundos y tuvieron incluso hijos con algunas chicas del pueblo y después se fueron y dejaron todo abandonado, o fueron expulsados de la iglesia.

La mañana se presenta cálida y fresca a la vez.  Hay un viento frío del sur que entumece las manos pero si caminás por una vereda que da al sol, podés incluso sentir demasiado calor con el abrigo que lleves.  El cura toma agua de una botella que lleva en la bolsa, directamente del pico, la tapa y vuelve al camino, haciendo ese sonido típico con los dedos para animar a su perro a que le siga.  Este se ha distraido unos minutos detrás de una perrita que seguramente está comenzando su celo y con ese olor característico que solo entienden los machos, ha llamado su atención de inmediato.

-Vamos -le dice al perro- dale, vení conmigo.  Y el can obedece sin mucho convencimiento, queriendo quedarse a comprobar si lo del celo es cierto o le pareció.  Le deja una notita a la perra: mañana voy a pasar por aquí de nuevo y continuamos la charla, le escribe.  La perra, distraída con un huesito echada en el pasto, no presta atención a la nota, sigue atareada con lo suyo, la leerá después.  Ese perro puede ser un buen partido para sus cachorros.  Tiene la sensación de que bien podría convertirse en padre de su cría sin ningún problema.  Ese pelo bien cuidado y brillante es muy atractivo, y sus orejas para qué te cuento, se dice mientras masca con fuerza aquel hueso encontrado en una bolsa.  Y el perro y su amo, se van caminando.

Todo esto transcurría la mañana misma en que encontraron muerto a un joven en casa de sus padres por sobredosis de cocaína.

En este pueblo retirado de la ciudad, que alguien consumiera este tipo de sustancias era inaudito.  El cura se enteró porque a él le llegan siempre este tipo de situaciones de primera mano, ya sea por alguna confesión mal hecha, o por alguna consulta en la secretaría de la parroquia.

Algo así no debería estar sucediendo en ese pueblo, donde el brebaje más fuerte que alguien había consumido jamás era un té de boldo endulzado con miel.  Pero aquel muchacho había encontrado la muerte de la manera más cruel, con una combinación explosiva de cocaína y alcohol y lo encontraron tirado en la cama boca abajo, desnudo, y con marcas de haber estado inyectándose aquellas cosas.  Tuvieron que llamar al médico veterinario del pueblo para que le diera los primeros auxilios al cuerpo ya sin vida.  Por lo menos que dijera de primera mano qué podría haber sido, y se descartara cualquier posibilidad de sobrevida.  Después vendrían los forenses y los médicos profesionales que se ocuparían de aclarar un poco las cosas.

Obviamente, intervino la policía, que tampoco sabía muy bien cómo actuar en este tipo de casos, dado que se trataba de un delito que estaba fuera de su alcance.  Todo lo que tenía que ver con estupefacientes era derivado -en las grandes ciudades- a la policía federal, o gendarmería.  Ninguno de estos tenía oficinas por acá.  Solo había un puesto de gendarmería a 70 kilómetros, y el camino era una calamidad.  De aquí que alguien se animara a cruzar esos vados llenos de barro y piedras, el chico ya tendría cristiana sepultura.

El cura llegó a la sacristía, sacudió los pies en la puerta y se quitó el abrigo colgándolo en el perchero a su derecha.  El perro se acomodó en la entrada conocedor de la situación de que no era bienvenido en el interior de casa, una vez que habían hecho la limpieza.  Y esa mañana, Luisa había limpiado todo, dejando una notita también en la mesa: "Padre, terminé y me fui, en la heladera tiene flan".

Se encogió de hombros, agradecido, pensando en los ricos postres que prepara Luisa y que ahora tiene uno ahí, esperándolo.  Lo que desconoce es la situación del chico muerto, pero no tardará en enterarse.  Bastará que se hagan las doce del mediodía y comience la atención en la secretaría de la parroquia.  Ahí llegó, precipitadamente, Ricardo, con una confesión urgente que hacer.  Se sentía culpable terriblemente culpable.  De qué, le preguntó.  De no haber socorrido a un chico drogadicto tempranamente cuando todavía se podía hacer algo.  Y quién es ese chico.   El que ahora está muerto, padre.  ¿No se enteró?  No.  Este pueblo es demasiado chico para no enterarse pero es un suceso demasiado reciente.  Me estoy enterando ahora y está bien, qué más hijo.  Nada más.  Tres padrenuestros.  Punto.

Era la única persona por atender de la mañana, del día y quizás de la semana.  El resto del tiempo lo tenía para sí mismo, para la lectura, para la meditación y las oraciones.   Pero no podía quitarse de la cabeza la muerte del muchacho, esa horrible muerte anunciada para algunos, que no supieron o no pudieron hacer nada.  Es tan terrible cuando esto sucede que las lágrimas comenzaron a brotar espontáneamente de su rostro, sufriendo el dolor ajeno tal vez, pero contagiado por la confesión reciente.

Alargó su mano para tomar el reloj y ver la hora, confirmando que aún no empezaba el partido.  Tendría que prender la radio para enterarse cómo iba su equipo favorito,  que ahora estaba peleando una plaza en el torneo regional más importante, y en ese equipo jugaba gente conocida, gente amiga y algunos no tanto.  Pero buena gente en general.

La mañana siguiente, comenzó el día trotando alrededor de la granja.  El aire fresco y el pasto húmedo eran una invitación al deleite de los sentidos, inspirar, espirar, inspirar, espirar, era un juego sin dificultades que se agradecía.

Con la novedad de la muerte en su cabeza, daba vueltas al asunto insistentemente, pensando por qué no se enteró antes de aquella situación, por qué no le llegaron antes rumores de que ese muchacho estaba sufriendo tanto, que había alguien de su comunidad con gravísimos problemas de drogas, y no podía entenderlo si siempre era el primero en saber.  Antes incluso que los chicos que estaban haciendo las primeras armas con la radio del pueblo, que funcionaba con unos equipos donados de una ciudad cercana, que ya tenían otros equipos por supuesto más nuevos y ese había quedado vetusto.  Ellos decían obsoleto para no contar la verdad.  Eso no funcionaba.  Y le daba a los chicos muchísimo trabajo ponerlo en marcha, era más el tiempo que pasaban ajustando tuercas y controles que emitiendo programas.  De todos modos no había mucho que decir, más bien pasaban música y algunas breves novedades locales.  Lo que había ocurrido con el muchacho de la droga todavía no llegaba a la cocina de las noticias.  Ni se habían enterado.  El cura ya lo sabía y tenía muchas ganas de llamarlos, no para contarles nada pero sí para ponerse a trabajar con ellos en un programa que lograra atraer a los chicos y chicas que pudieran tener problemas con los padres o que hubiera algún indicio de que estaban consumiendo sustancias prohibidas.  Para eso estaba, si no cuidaba él de su grey, quién lo haría.

Su voz ronca era ideal para un programa nocturno.  A él le gustaba el jazz pero era bastante improbable que lograra imponer ese tipo de música, más bien tendría que meterse de lleno y de una buena vez en el terreno de la música local, con sus cuecas y tonadas a primera hora, y a la orden del día.  Con letras de otro tiempo, con trinares de guitarra desolados y gorjeos insufribles que su oído no estaba acostumbrado a tolerar.  Pero quizás era cuestión de hacerle un lugar a esa música, de escuchar y prestar atención a esas palabras hilvanadas por gente que no ocupaba los primeros puestos de preferencia en la música nacional, ni era de referencia para millones de jóvenes más acostumbrados a la música extranjera o al rock, que sí tenía en el país una gran acogida.

-Tené cuidado -gritó.

-Sí, si, de acuerdo -le contestó el muchacho, haciendo un gesto con la mano.

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