miércoles, 15 de febrero de 2012

Certeza de funeral

Alfio era un buen muchacho.  Aquella mañana corrió a buscar el diario debajo de la puerta urgido por un presagio amargo y terrible.  Encontró su aviso en los clasificados y revisó cada detalle buscando el mínimo error de tipografía o de imprenta.  Es que no tenía mucho tiempo, si no vendía aquel bote de inmediato su vida correría peligro.

Otro tipo de errores, más propios de un mal vendedor que de los empleados de la imprenta donde armaban el periódico, fue lo que llamó su atención.  Si hubiera puesto esto otro en lugar de aquello, se decía, habría quedado mejor.  Tal vez el destacado ese que me ofrecieron  habría sido una buena idea, que para eso son destacados y así está medio perdido entre los demás avisos, una lástima.

Miró a través de la ventana, pudo ver al vecino con su hijito en brazos que se había quedado dormido y era un haragán de cuidado, pesaba como una roca cuando se dormía, Alfio lo sabía perfectamente.  Pero qué hacía el vecino a estas horas, con el niño en brazos.  No lo supo sino hasta el mediodía cuando encontró la puerta de su casa entreabierta y se animó a entrar, movido en primer lugar por la curiosidad y por la inquietud de haberlo visto en una situación poco común, pero en el fondo era algo suyo, una intuición.

Encontró todo desordenado como si un equipo de ladrones se hubiera hecho cargo de la casa, y no encontraran en su búsqueda frenética aquello tan valioso.  Fue directamente al interior, hacia el living y ahí los encontró, meciéndose en esa actitud tan propia de los locos o los enfermos cuando intentan acomodarse a una situación que los sobrepasa. El  padre con el  niño en brazos, y todo alrededor revuelto y deshecho.

Alfio vio en el piso algo que brillaba con destellos de oro demasiado brillantes para pasar desapercibido.  El tesoro estaba ahí.  Abrió la puerta con un gesto despreocupado y entró.  Las luces cada vez más intensas lo conducían directamente al estudio de la casa donde seguramente encontraría un cadaver.  Tenía otra vez la horrorosa sensación de saber qué estaba ocurriendo en el futuro.  Caminó despacio sin olvidar ese bolso con los destellos de oro, y que tal vez si se lo llevaba nadie lo notaría y abandonaría la idea de vender el bote.

En la habitación estaba la mujer del vecino, abrazada a la notebook con un orificio en la nuca por donde había brotado toda esa sangre que yacía en el piso y encima de la máquina.  Alfio tenía razón, era un pésimo día de verano y toda la angustia que venía sintiendo aquella mañana se transformó en una certeza de funeral.

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