viernes, 27 de septiembre de 2013

Mediatarde

Sentado en su sillón preferido, el chico espera que la madre le acerque la mediatarde como todos los días, mientras él juega en la playstation su deporte favorito, el basquet.

Hay muchos juegos que los demás chicos prefieren a éste, pero no le importa en absoluto. El preferido para él, es el basquet. Y ha logrado dominarlo lo suficiente como para destruir a sus amigos cuando vienen y juegan partidas de a dos o más. Es implacable. No llegan ni a la mitad del puntaje que él alcanza y lo hace una y otra vez de manera de dejar bien en claro que no es producto de la casualidad ni nada parecido, él es el mejor. Y tienen que reconocerlo. Si no, no salen de la sala de juegos.

-¡Decilo, vamos decilo! -grita a su oponente.

-Está bien, sos el mejor ¡pesado! -le contestan habitualmente dando un portazo.

Él se rie a carcajadas después de esta escena que se repite una y otra vez en su casa, al final de cada partida. Es un chico odioso, con esa habilidad extraña y poco productiva. Con eso difícilmente se gane la vida cuando crezca, es una habilidad que no le traerá ningún beneficio, y menos con esa personalidad tan patética y arrogante que tiene. Tendría que darle unos buenos bofetones su madre -dicen todos entre dientes- y si no lo dicen lo piensan, eso con seguridad.

Toma su leche sin apartar los ojos del televisor. Ahora le dicen monitor, porque son electrónicos de leds y esas cosas, totalmente ultra-chatos, una belleza. Ocupan apenas espacio en la pared y él puede rotarlo cuanto le de la gana para que quede perfectamente ubicado a su gusto. Además, controla con su tablet qué quiere ver, que quiere hacer, si ver televisión, ver películas de internet o simplemente conectarse y navegar por algunas páginas a su gusto.

La madre no entiende siquiera dónde tiene todo aquello el botón de apagado. Mira perpleja a su hijo tocar todos los botones y manejar aquel mundo cibernético extraño y ajeno, con total dominio de sí mismo y de la situación. Jamás se queja ni le pide ayuda. Ella no sabe absolutamente nada de eso, no entiende cómo llegó a tener tantas cosas que seguramente ella y su marido compraron sin entender. Pero su hijo les dictaba las cosas que tenían que comprar mirando las ofertas en los diarios o en los folletos que repartían las casas de electrodomésticos. Se miraban al principio con su marido, y sentían orgullo de aquel chico que entendía fácilmente todo lo que caía en sus manos. -Es un genio -decían.

El genio está ganando otra vez. Sus amigos están enojados y quieren arrebatarle el premio por primera vez, pero es difícil. Conoce todos los trucos y artimañas del basquet, al menos de esa versión. Él salta, hace dribbling, elude a sus rivales, evita que la pelota salga de la cancha, hace pases estupendos, encesta desde cualquier posición, marca dobles, triples y si hubiera también cuádruples... bueno es muy capaz. Los chicos traman una venganza. No puede ser, algo habría que hacer para enseñarle a este tonto que así no se trata a la gente. Pero qué.

Un día organizan un partido de basquet en la escuela. Llaman a varios clubes a participar, será un torneo. El equipo ganador se va de viaje a Puerto Madryn a ver las ballenas. Es estupendo -gritan todos, entusiasmados. A él, obviamente, no lo invitan. Pretenden invitarlo, le comentan de qué se trata pero lo dejan fuera de la fiesta. Él será el único del colegio que no asista ni siquiera como espectador, habrá diversión pero no para él.

Un chico que se queda en casa, una madre que llora, un padre que pide explicaciones en el colegio.

Así estamos.


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