miércoles, 17 de octubre de 2012

Solos

Viajábamos estupendamente, como locos, yendo de banquina a banquina, creyéndonos inmortales y no pensábamos en otra cosa que llegar a destino.  Hartos del sol abrasador de nuestra ciudad, necesitábamos descansar y pasear tanto como un salvavidas veraniego.  Envuelta en su bata, mi mujer me había advertido que este año sí o sí iríamos de viaje o la pasaríamos muy mal en casa, pensando con tristeza en lo que nos estábamos perdiendo.

Ni bien llegamos, el conserje del hotel nos comunicó la bienvenida habitual reservada para los turistas que se atrevían a viajar más de 20 horas, y nos guió gentilmente hasta la habitación.  Eran las 8 de la noche, ya estábamos cerquita de la cena y además, teníamos hambre.  Un hambre brutal.  Nos sumergimos de inmediato en la ducha, nos amamos en silencio, y salimos frescos y limpios a completar el día con una comilona dedicada íntegramente a nuestra llegada, ahí donde horas atrás nos habían invitado a subir a las habitaciones tan gentilmente.

Leíamos la carta buscando vieiras, cornalitos, rabas y toda clase de bichos de mar tan extraños para nosotros, acostumbrados a los animales de granja y a la carne vacuna.   Sabíamos lo bueno de comer pescado y queríamos disfrutarlo ahora que estábamos tan cerquita del mar.  De hecho, era posible disfrutar de una hermosa vista de la playa con solo asomarnos a la ventana.  La mesa que nos había tocado estaba justo ahí,  daba a la calle y al mar.  Mirábamos de vez en cuando, siendo ya la noche, cómo las luces mostraban las olas rompiendo pero más que rompiendo, besando la costa.  Quizá, habíamos sido crueles con nuestros hijos.  Ellos allá,  en realidad tan aburridos de nosotros que nos habían mandado a pasear.  Ya eran mayores ciertamente, y podían arreglarse sin nosotros, eso estaba claro.

Así fue que la vista del mar, y de la promesa de una mañana divertida jugando en las olas, terminó por bendecir la mesa que nos habían servido y nos fuimos a dormir abrazados, placenteramente, escuchando las olas y el bramido del mar que lentamente besa y muerde a la vez.  A la mañana siguiente, nos fuimos a caminar.  Queríamos devorarnos la ciudad, caminar descalzos por la playa, comprar regalitos tempraneros  y empezar nuestras vacaciones definitivamente, conociendo un par de lugares que nos habían recomendado nuestros amigos de siempre, aquellos que habitualmente veraneaban allí, que dicen  conocer la ciudad de palmo a palmo, y lo han hecho siempre caminando y que ahora echábamos de menos.

Estábamos solos pero felices.


García Be

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