Sudor y frío
Sólo necesitaba comprar un cigarrillo en el kiosco de la esquina, y así hizo. Aspiró hasta llenarse los pulmones como si fuera la última pitada del condenado, mirando el cielo diáfano y el entorno otoñal, que lo desafiaba a seguir caminando hasta encontrarse con alguien. El día se prestaba para la conversación, para la charla animada con quien sea, de cualquier cosa, hasta de bueyes perdidos, que por esta zona no había siquiera uno para conocerlos siquiera. Sin embargo, esta vez no tuvo suerte. Siguió caminando alrededor de la cuadra, se terminó su cigarrillo, y se encontró con un perro que daba vueltas extrañamente sobre sí mismo, como atontado y perdido, sin saber qué hacer. Otro perro, más grande, se dispuso a atacar. Aquel gritaba dando aullidos desesperado arrinconado en el piso por el otro que abría las fauces más grandes demostrando que no estaba para bromas, que la cosa iba en serio, que acá era el final de todo. Una vecina s...