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Sudor y frío

Sólo necesitaba comprar un cigarrillo en el kiosco de la esquina, y así hizo.  Aspiró hasta llenarse los pulmones como si fuera la última pitada del condenado, mirando el cielo diáfano y el entorno otoñal, que lo desafiaba a seguir caminando hasta encontrarse con alguien.  El día se prestaba para la conversación, para la charla animada con quien sea, de cualquier cosa, hasta de bueyes perdidos, que por esta zona no había siquiera uno para conocerlos siquiera. Sin embargo, esta vez no tuvo suerte.  Siguió caminando alrededor de la cuadra, se terminó su cigarrillo, y se encontró con un perro que daba vueltas extrañamente sobre sí mismo, como atontado y perdido, sin saber qué hacer.  Otro perro, más grande, se dispuso a atacar.  Aquel gritaba dando aullidos desesperado arrinconado en el piso por el otro que abría  las fauces más grandes demostrando que no estaba para bromas, que la cosa iba en serio, que acá era el final de todo.  Una vecina s...

Bajo el cuadro

Llegaron después de mi, pero lograron entrar primero a la cita.  Guardé silencio todo el tiempo hasta que llegó mi turno, lógicamente, no era mi intención perturbar la reunión. Hablaron por más de dos horas, agitadamente, sobre políticos y candidaturas, bajo una lámina de Monet que languidecía sobre la pared color pastel.  Mi número era el siete.  Todo un número.  Sin embargo, pensé, debería haberme tocado "último" que era el más adecuado. Hicieron silencio.  Agradecí mentalmente,  su voz chillona era insoportable.  Un tumulto de gente hacía menos ruido.  La impresora matriz de puntos en la sala contigua comenzó su trabajo, ruidoso y circular, que me transportaba a otros tiempos de ilusiones y  rechazos, de franquezas y rupturas. Escuchaba en silencio, inmutable y sereno frente al cuadro de Monet. García Be

En el camino

El chofer del camión se estremece después de atravesar la bajada del río, pensando hubiera sido malo quedarse atascado en el agua, como le ocurrió aquella vez que lo rescataron varios cientos de metros aguas abajo milagrosamente.  Ahora mira la estampita de la Virgen, se persigna agradecido y sigue su camino recordando amablemente a su jefe, que le había dicho, ¡vamos, al camión, con todo y melones, que en el camino se acomoda la carga!  Más adelante, un cartel declara la proximidad de su destino: 100 kilómetros de puro asfalto sinuoso y en subida.  Sólo 100 kilómetros y volverá a ver a su familia. Su hijo menor está dando las primeras batallas en la ruta.  Ya se anima a manejar, con él al lado, pero algún día será su reemplazo natural.  Va a heredarle todo su prestigio al mando del vehículo, quiere enseñarle todos los trucos y mostrarle todos los atajos, las ventajas y desventajas de este trabajo sucio a veces, y grato algunas otras, las menos. En todo es r...

El Amigo

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García Be

Rufino lanzado (XVI)

Serenamente recostado en su habitación Rufino estudia un manual de instrucciones del último aparatito que compró.  Un GPS.  ¡Para qué habría de necesitar semejante artefacto este muchacho!  Lo vio en vidriera y sin pensarlo sacó su billetera y entregó el dinero necesario.  Se fue a su habitación como un niño chico con juguete distinto.  Distinto y nuevo.  Cero kilómetro.  Eso le falta, un cero kilómetro, o un usado o algo en qué moverse y con qué perderse.  Camina la ciudad y su nuevo orientador le resulta prácticamente inútil.  Conoce todas las bocacalles, todos los atajos, todas las veredas y los nombres de las calles ya le resultan familiar. Sin embargo, en la soledad de su cuarto estudia el manual que le promete divertidas aventuras y encuentros inesperados, tal como el lo soñó alguna vez. Observa por la ventana de su habitación intentando divisar algún satélite de los que se vale su GPS pero le resulta difícil.  En su pueblo el ci...

De madrugada

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García Be

Rufino lanzado (XV)

Llegó caminando al estudio del abogado.  Miró la placa en la puerta, tocó timbre y pasó. El lugar tenía el perfume que a Rufino le gustaba, una suave brisa marina parecía recorrer la sala, sin conocer el mar el creía reconocerlo ahí.  Se sentó a esperar y de inmediato tomó una revista y se puso a ojearla nerviosamente.  Había otras personas esperando. Una chica rubia a su izquierda, de muy buen gusto vestida, que seguramente olía muy bien también.  Pero es así -pensó Rufino- acá te encontrás de todo, si no mírame a mi, que me cita la policía por un simple caso de robo. Por que estará ella aquí, cual será el caso policial que la trajo y ahora es objeto de las miradas y el pensamiento de Rufino quien dejó de estar interesado hace rato en esa revista.  Ella rompe el silencio inesperadamente con una bofetada en el alma de Rufino: viene a denunciar a su marido por abandono.  La dejó tirada en la calle, en medio de la noche, según dice porque no se animó a irse d...