El mito de escribir como se habla (o por qué la coma no es un respiro)
Uno cree que porque habla ya puede escribir, y no. Ese es quizás el primer gran engaño con el que nos tropezamos quienes pasamos horas frente al teclado. Cuando hablamos, contamos con una ventaja enorme: el tono de voz, las miradas, los gestos, las pausas reales para tomar aire y la posibilidad de corregir en vivo si el interlocutor pone cara de no entender nada. En la oralidad, las imperfecciones se perdonan o pasan de largo. Pero la escritura es otra cosa. Es arquitectura diferida. El lector se enfrenta a nuestras palabras a solas, sin nuestra voz al lado para explicarle qué quisimos decir. Por eso, escribir bien no consiste en trasladar el habla al papel, sino en dominar la estructura que sostiene el mensaje. Y ahí es donde la gramática —esa palabra que a veces suena a manual escolar aburrido— cobra todo el sentido del mundo. La maquinaria por dentro Hablar de gramática es hablar del marco general que hace que un idioma funcione. Si la miramos de cerca, lo que sostiene un text...