Contrariado
Siempre a la hora de la siesta, me esperan para tomar café todos juntos pero aquel día no fue así y me sentí, digamos, traicionado. En este simple gesto de ruptura de lo cotidiano, uno puede empezar una batalla absurda por cuestiones de respeto, de consideración, de amabilidad negada que termina quién sabe dónde y cuándo. Como aquella tarde después de haber discutido ásperamente por cualquier zoncera, ella me lanzó un par de platos y unos vasos. Yo agarré lo que tenía a mano, una bolsa con ovillos de lana y lo arrojé con bronca. Eso por supuesto no tuvo impacto considerable y mientras tanto tenía que esquivar aquellos platos y vasos que, al estrellarse en la pared detrás mío, hacían además de ruido, un notable desastre de esquirlas y piezas rotas por doquier. Los vecinos empezaron a golpear la pared en señal de “los estamos escuchando, por favor, dejen de hacer tanto lío, que es la hora de la siesta” y nosotros entusiasmados en nuestra disputa seguíamos...