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Mostrando las entradas de octubre, 2013

Contrariado

Siempre a la hora de la siesta, me esperan para tomar café todos juntos pero aquel día no fue así y me sentí, digamos, traicionado.   En este simple gesto de ruptura de lo cotidiano, uno puede empezar una batalla absurda por cuestiones de respeto, de consideración, de amabilidad negada que termina quién sabe dónde y cuándo. Como aquella tarde después de haber discutido ásperamente por cualquier zoncera,  ella me lanzó un par de platos y unos vasos.  Yo agarré lo que tenía a mano, una bolsa con ovillos de lana y lo arrojé con bronca.  Eso por supuesto no tuvo impacto considerable y mientras tanto tenía que esquivar aquellos platos y vasos que, al estrellarse en la pared detrás mío, hacían además de ruido, un notable desastre de esquirlas y piezas rotas por doquier. Los vecinos empezaron a golpear la pared en señal de “los estamos escuchando, por favor, dejen de hacer tanto lío, que es la hora de la siesta” y nosotros entusiasmados en nuestra disputa seguíamos...

Rebanada

Me rebané el dedo ayer, cortando papas en la cocina donde trabajo, un restó  que está de moda.  Llegué por consejo de un amigo que me aseguró que se trabaja bien, que hay respeto y buena paga.  Ahora, ando vendado.  Y ya me cuesta pensar en volver a trabajar en esto porque el tajo me dolió más que nada en el orgullo.  Se quedaron mirando, como que no creían, si yo tengo el título y todo del instituto de gastronomía.  ¿Es que no te enseñan a cortar papas sin rebanarte el dedo?  -casi me decían con la mirada.  Y no.  Casi  no te enseñan a cuidarte la integridad física y anímica.  Si me pusiera a cocinar ahora, haría seguramente unas salchichas todas arrugadas y unos huevos poché, cualquier cosa poco inspirada.  Seguro.   Así de amargado termina el día.   El dedo me está ardiendo.  Me pusieron un líquido para desinfectar la zona y me quedó palpitando pero al menos paró la sangre.  Eso está bueno, qu...

El consejo

El sol de enero en San Rafael hacía crujir los techos de chapa, las ventanas de madera y todo cuanto tuviera cierta consistencia henchida por el calor de la tarde.  Paula miró dos veces a través de la ventana, él ya no vendría aquel día.  Era mejor acostarse.  Encender el aire de la habitación y tenderse en la cama  a dejar pasar aquel infierno de luz y calor que remataba un verano atronador. Llegó tempano a la oficina.  Tomó su bebida plácidamente, observando de reojo a los costados, antes que apareciera algún curioso con una cámara de fotos o simplemente le pidieran un trago, cuando quedaba apenas un cuarto de botella de medio litro.  Casi nada, pero se sintió bien unos minutos con aquella bebida refrescante.   Volvió a mirar y notó que sus compañeros la miraban con recelo, sabiendo que era la única del grupo de la tarde que tenía derecho a tomar una siesta y escapar de aquel infierno.  Estaba acomodada con el jefe, ella hacía las cosas b...

Para seguir viviendo (III)

Sus padres no pudieron pagarle los estudios pero la habían formado como corresponde, con altos valores morales y éticos, que la llevan a una -decía- a tener una vida honorable y bien vivida, sin meterse en problemas inútiles y que no conducen a nada.  Eso era todo y esa era ella.  «Una mujer tranquila, ama de casa, que hace las cosas que debe hacer sin importarle absolutamente un corno lo que ocurre alrededor, en el mundo, en las afueras del mundo, en el horizonte mismo del universo absurdo este, que va de un lado al otro, a gran velocidad espacio-tiempo, y encima ahora, con la tecnología que nos vuelve locos a todos, que están todos con sus tablets, sus teléfonos y su mierda que no entiendo para nada.» Apagó la tele, y se puso a tejer.  Se olvidó de todo por unos treinta minutos.  Ese sueter quedaría hermoso.  Justo a la medida de Milagros, ahora que vendría el otoño ya tendría qué ponerse.  Era una práctica casi en desuso.  Nadie tejía como antes,...