La terapeuta
Eran las seis menos cuarto. Sergio guardó lo que tenía en su mano, subió el cierre y apretó el botón, mientras miraba sin ver por la pequeña ventana que daba al patio del consultorio de la terapeuta que lo estaba tratando. -Faltan 15 minutos y me rajo por fin de aquí -dijo en voz baja arreglándose el pelo al espejo. -Qué tengo yo que andar contándole mis cosas a esta mujer cara de nada que me mira por encima de esos lentes viejos y gastados, por Dios, en qué estaba pensando cuando acepté venir, pedir turno, organizar los horarios de trabajo y, lo que es peor, decirle a mis amigos que estaba en tratamiento para curarme mis manías. En especial la de enterrar sobras de comida en el patio, los días lunes. Abrió la puerta. La terapeuta estaba desnuda en el diván, sin los anteojos, el pelo suelto y la mirada clavada en él señalándolo con el dedo como diciendo "vení querido, vení conmigo..." Ni en sus mejores sueños se había atrevido a pensar en una situación a...