Escribo estas líneas para pasar el rato, o quizás para intentar poner orden en este despelote que llamo vida, aunque sepa de antemano que el titiritero que llevo dentro suele enredar los hilos a propósito. La mañana en Mendoza arranca con ese viento fresco que te cachetea la cara y te recuerda que estás vivo, a pesar de las deudas que se acumulan y de esa parálisis que te agarra cuando el servidor se cae y vos sos el único que tiene que poner el pecho.
A las siete de la mañana, el ritual es siempre el mismo: el micro, el olor a café ajeno y la espera. Y ahí está ella. La misteriosa dama de los rulos, esa que parece leer el paisaje urbano como si fuera un libro de edición limitada que solo ella comprende. A veces se sienta sola contra el vidrio, con una actitud desafiante que me hace dudar de si soy un genio o simplemente un "buenudo" que no sabe vender lo que hace. Otras veces, como aquel día que olía a algo especiado y fuerte, se sienta lo suficientemente cerca como para que mi buen amigo Brian —mi cerebro, que a veces me sabotea con frases terribles— empiece a tiritar de nervios.
Mientras el micro avanza por la ciudad, mi mente salta de un "commit" de Git a la cuenta del alquiler que no para de subir por culpa de una escribana que parece ensañada conmigo. En la oficina me ningunean, me tratan como si fuera un extraño que no sabe nada, mientras yo sigo intentando que el Nextcloud funcione y que la IA no se convierta en mi peor enemigo. Es una lucha constante entre el Escritor que busca la frase perfecta y el Programador que solo quiere que el código compile sin errores de sintaxis.
Hoy, antes de bajarme para ir a comprar esas tortitas que son mi único consuelo, nos cruzamos la mirada. Fue apenas un segundo, un gesto sutil que logró acallar por un momento los reclamos y la presión de un contrato de alquiler que me tiene en la picota. Ella se bajó silenciosa, dejándome con esa mezcla de angustia y humildad que ya es parte de mi ADN.
Al final, me quedo pensando en lo que decía el maestro: que la vejez se va alejando, pero el cansancio va in-crescendo. Pero no importa. Mañana volveré a subir al micro, volveré a pelearme con los contenedores de Docker y volveré a buscarla entre los asientos grises. Porque a pesar de los incendios, de las deudas y de que mi trabajo parezca un "depósito de cadáveres", yo sigo acá, tipeando en modo markdown.
Como anoté hace poco en mi Org Mode: Elijo la alegría, siempre.