La dama de las siete
Escribo estas líneas para pasar el rato, o quizás para intentar poner orden en este despelote que llamo vida, aunque sepa de antemano que el titiritero que llevo dentro suele enredar los hilos a propósito. La mañana en Mendoza arranca con ese viento fresco que te cachetea la cara y te recuerda que estás vivo, a pesar de las deudas que se acumulan y de esa parálisis que te agarra cuando el servidor se cae y vos sos el único que tiene que poner el pecho. A las siete de la mañana, el ritual es siempre el mismo: el micro, el olor a café ajeno y la espera. Y ahí está ella. La misteriosa dama de los rulos , esa que parece leer el paisaje urbano como si fuera un libro de edición limitada que solo ella comprende. A veces se sienta sola contra el vidrio, con una actitud desafiante que me hace dudar de si soy un genio o simplemente un "buenudo" que no sabe vender lo que hace. Otras veces, como aquel día que olía a algo especiado y fuerte, se sienta lo suficientemente cerca como p...