Mejor esperar
Antes de marcharse me miró fijamente a los ojos, movió su camioneta hacia atrás unos metros y aceleró. Pensé que iba a frenar en el semáforo que había a pocos metros de ahí pero se puso en verde y avanzó fácil, serenamente, dejando atrás el ordenador vial y nuestra historia, para siempre. Me quedé estupefacto y sombrío, pensando en ese olor a orina de ratas que se había instalado en mi nariz, después de pasarme la mañana en aquel lugar que olía a muerte, en el mejor de los casos. Quería quitármelo de inmediato, así que entré al bar y pedí un lomito. Eran las diez de la mañana, un horario lo suficientemente extraño para que alguien pidiera comida, pero me gustaba recordar aquel aroma a bife cocinado en las sartenes de los carritos lomiteros que conocía a la perfección desde niño, cuando mi madre me mandaba a comprar en el que había cerca de casa, una especie de vagón de ferrocarril, o una suerte de casilla rodante, no lo recuerdo. El bife empezó a soltar el humo en la coc...