Cambiar la frecuencia
Está muy bien ser agradecido. Hoy, por ejemplo, cuando venía en el micro sentí precisamente eso: la gratitud profunda de estar bien, con buena salud, más allá de las amenazas que siempre andan dando vueltas por ahí. En medio de las rutinas y las paranoias habituales, reconocerse entero es casi un milagro cotidiano.
Me acordaba de lo que me sucedió ayer, cuando fui al barrio en busca de semillas gateras y finalmente encontré lo que andaba buscando: una conexión sincera y amable. Porque una vez que eso pasa, cuando sucede esa chispa simple entre dos personas, el momento nos advierte de lo que somos capaces también, y está bueno que suceda. La posibilidad de hundirnos en la mirada del otro, de escuchar con atención sin importar lo que tenemos para decir ni estar preparando la respuesta de antemano; ser capaces de esperar el momento sin asustarnos y salir huyendo.
No hay peligro real, pero la mente siempre en alerta pretende que uno está amenazado todo el tiempo. Es el cerebro que tiene ese pensamiento predeterminado, ese circuito cerrado de autoprotección. Se siente bien pensar en cambiar ese pensamiento, esa modalidad, esa forma de pensar y de actuar ante los demás.
Esta mañana, sin ir más lejos, cuando venía en el micro y alguien me pegó un golpe con la mochila, no me molestó en absoluto. En otro momento me habría enganchado en el enojo, pero esta vez pensé en dar un paso al costado y serenamente mirar por la ventana la lluvia que caía sobre la ciudad. Todo pasa, me dije.
Hacia dónde podemos ir en un vínculo nuevo, esa es la gran pregunta que queda flotando. Y también aprender a verlo como un triunfo, jamás como una derrota.
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