El muchacho a mi derecha permaneció de pie todo el tiempo que duró la operación, hasta que el cirujano terminó de dar la última puntada. Sin embargo, su impaciencia era cada vez más notoria, ya no disimulaba una gota.
Yo aguardaba en silencio observando fijamente el indicador de las pulsaciones, que no fuera a dejar de marcar «normal».
Me escapé más tarde con la enfermera en jefe.
García Be
martes, 6 de septiembre de 2011
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