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Relato (tercera parte)

Eugenia, que ya estaba mejor, abrió el portón de su casa y buscó la bicicleta. Salió a la calle principal a recorrer un poco el vecindario y si tenía tiempo, andaría por el parque, que el clima estaba hermoso, lleno de luz y fresco para la hora que era: las 9 de la mañana. A esta hora, normalmente ya el sol está alto y cualquier actividad física se convierte en un baño sauna. Pero esa mañana, hacían apenas 8 grados y unas nubes iban y venían ensombreciendo y aclarando el cielo continuamente. Ella agradecía el fresco, se sentía en plenitud con el verde de los árboles, el canto caótico de las aves en esa época del año, y algunos ladridos de perros callejeros que a esa hora han comenzado su rutina matinal de buscar restos de comida en los cestos de basura. Buscar restos de comida, y destrozar el orden y la prolijidad de la calle también. Y no dejarte dormir si puede ser. Hay que ladrar justo a la hora en que se acuestan -parecían decir aquellos animales-, y ladrar si es posible de manera ...

Relato (segunda parte)

Eugenia ya es toda una profesional de la arcilla. Trabaja desde muy temprano hasta eso de las diez y se va al centro, a visitar amigas, o al gimnasio que queda cerquita del parque. Los trabajos los está empezando a vender en las casas de artesanías o regionales que ahora con el auge del turismo hay por todos lados. Los que más le compran son los que están en Valle Grande, que hay muchos y trabajan bien. No alcanza a recorrerlos todos, cuando faltan unos kilómetros para llegar al murallón, se queda sin productos. Lo suyo es puramente artístico, no quiere producir en serie ni industrializar por ahora, una producción lenta y cuidada es lo que prefiere. Los comerciantes siempre le están pidiendo más: «Traenos más Euge, que tengo las cabañas llenas de gente y los tuyos siempre gustan» le dicen, y ella encantada de escuchar eso, promete que sí que va a venir antes de fin de semana con unos nuevos que está haciendo, hay uno que es una mano, dice, que lo estoy terminando y va a quedar fantásti...

Relato (primera parte)

Comenzar de nuevo. Volver a empezar, dejar atrás aquello que tanto malestar le producía y calzarse con humildad los botines y salir a la cancha. Como aquella vez que metieron cinco, y él hizo tres. Y se los dedicó a Eugenia que estaba en la tribuna detrás del arco contrario, en los dos primeros. Y los gritó frente a ella y estaba feliz y los festejaba a sus anchas.  Habrían festejado dentro de la cancha, gritando como locos, pero era imposible. Ella estaba envuelta en una humareda blanca que el viento arrinconaba frente a las gradas,  por el vendedor de choripán detrás del estadio. Habría saltado, habría hecho toda clase de payasadas estando ahí con él, pero estaba detrás de la tela, y gritaban como locos su gol número dos. -Hola Eugenia -le dijo horas después por teléfono-, te ví en la tribuna, sos loca cómo te metés entre la gente de la popular. -Bueno, cuando me gusta algo voy al frente -dijo ella. -Pero ese estadio es un horno en verano y vos con esas musculosas, t...

Vacaciones (fragmento)

Comparto con ustedes un fragmento de la Novela "Tu mano izquierda", de Laura Meradi (Alfaguara).  --- Anduviste todo el primer día al sol.  A pesar de que mamá te perseguía para que te guardaras un rato a la sombra, vos te pasaste la tarde haciendo pozos en la arena con Manuel.  Primero te enterraba él, después lo enterrabas vos.  Te gustó que no pudieras enterrarlo entero, que fuera imposible que la arena, como Manuel había hecho con vos, le llegara al cuello.  Te gustó que el torso siempre quedara erguido, apuntando al sol, cada vez más negro e imponente a medida que avanzaba la tarde.  Sos invencible, le dijiste mientras Manuel sacaba las piernas de abajo de la arena, rompiendo la corteza que vos, con tanto esfuerzo, habías logrado hacer. Manuel te tomó de la mano y caminaron hasta la orilla del mar.  Se enjuagaron los pies y las manos en el agua.  Estaba fría.  Manuel se quiso sacar la arena de la malla y te hizo caminar hacia aden...

La Giménez

-Bueno señores, no puedo escribir en este pizarrón si no me alcanzan esas fibras, que ustedes mismos revolearon.  Así que si quieren que empiece la clase, van y me las traen.  Ya. -Eh, profe, no fuimos nosotros.  Antes estaba quinto acá -dijo el mejor alumno de la clase, presuroso y ofuscado de que se lo confundiera con otra gente. -Ya se Romero, ya se que hubo gente.  Igual, ustedes saben bien la mecánica de la clase.   Podrían entrar a primera hora, y alcanzar los útiles.  No soy tonto. -Profe.   Lo buscan -dijo el chico que estaba sentado cerca de la puerta. El profesor giró su cabeza, la profesora Giménez había llegado temprano buscando un libro que le había prometido la última clase y él se lo había traído, puntual y ya lo estaba buscando en su maletín. -Sí, pase señorita -dijo. -Permiso.  Buen día chicos -dijo la profesora y avanzó hacia el escritorio. -Buen día profesora -dijeron algunos que estaban más adelante, mientras ...

De viaje

Tambaleante, llegó a la estación con su valija medio armada buscando dónde preguntar los horarios de salida del tren que va a Buenos Aires.  Ahí le dijeron que no, que ya no había viajes hasta la capital, que tendría que buscar un colectivo.  Pero claro, estaba como borracho.   Insistió.  Volvió a insistir.  Tiene que haber uno, decía, por favor, necesito viajar en ese tren.  No señor, no hay manera que ese tren viaje: es un adorno, digamos, una reliquia que se conserva ahí pero no funciona y menos para viajar.  Adivinen qué.  Fue y se subió. -¡Vamos, a toda marcha! -gritaba enloquecido por la ventanita de la locomotora.  Y hacía ruidos extraños como de una máquina de vapor atronando con fuerza para levantar algo que dormía hacía años y no había manera. Las empleadas de la estación que cumplían horas en el museo, los ojos bien abiertos, no lo podían creer. -¿Qué hacemos, llamamos a la policía? -preguntó la mujer a su compañera. -No...

Contrariado

Siempre a la hora de la siesta, me esperan para tomar café todos juntos pero aquel día no fue así y me sentí, digamos, traicionado.   En este simple gesto de ruptura de lo cotidiano, uno puede empezar una batalla absurda por cuestiones de respeto, de consideración, de amabilidad negada que termina quién sabe dónde y cuándo. Como aquella tarde después de haber discutido ásperamente por cualquier zoncera,  ella me lanzó un par de platos y unos vasos.  Yo agarré lo que tenía a mano, una bolsa con ovillos de lana y lo arrojé con bronca.  Eso por supuesto no tuvo impacto considerable y mientras tanto tenía que esquivar aquellos platos y vasos que, al estrellarse en la pared detrás mío, hacían además de ruido, un notable desastre de esquirlas y piezas rotas por doquier. Los vecinos empezaron a golpear la pared en señal de “los estamos escuchando, por favor, dejen de hacer tanto lío, que es la hora de la siesta” y nosotros entusiasmados en nuestra disputa seguíamos...